Francisco Ibarra Bravo, autor en Runrun

Ene 16, 2017 | Actualizado hace 3 años
La gran depresión chavista, por Francisco Ibarra Bravo

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Culminó 2016. Un año que hizo ver los dos anteriores como buenos cuando en realidad fueron desastrosos. Con lo ocurrido durante el año que recién finaliza ya son 12 trimestres consecutivos de contracción económica; algo que el país nunca antes había experimentado en tiempos de paz.

Entre 2013 y 2016 la economía venezolana se ha reducido alrededor de 20%. Una caída en la actividad económica de esta magnitud no puede ser considerada una recesión dentro de un ciclo económico normal. Lo que ha ocurrido en los últimos años en Venezuela es una depresión económica, no simplemente una recesión. A diferencia de un proceso recesivo, en el cuál la actividad económica decrece por algunos trimestres, y luego la economía retoma la senda de crecimiento, la depresión económica implica una prolongada y profunda recesión con efectos permanentes.

La depresión económica ha arrasado con una serie de empresas y de puestos de trabajo que, como decía aquella famosa filósofa de pelo teñido, no volverán. Esta es una de las mayores diferencias respecto una recesión: la depresión tiene efectos permanentes en la capacidad productiva de la economía destruyendo parte importante de su capital. Esta destrucción no solo se centra en aquellas empresas que desaparecen, aquellas que logran sobrevivir también quedan afectadas. También la fuerza de trabajo sufre daños permanentes. La prolongada contracción económica ha acentuado la migración, no ya de profesionales sino de todo tipo de personas. Muchas de los que quedan desempleados por largo tiempo tienen serios inconvenientes luego para regresar al mercado de trabajo. A medida que la recuperación se retrase más, será más difícil su reinserción en el mercado laboral.

El estado actual de la economía es el resultado de un cúmulo de malas decisiones de política económica. Estas decisiones preceden al actual gobierno que ha sido un digno heredero del anterior. La situación ha sido gestada durante largo tiempo y no llegó antes producto de los elevados precios del petróleo. Debemos recordar que cuando la economía entra en recesión la cesta petrolera venezolana superaba los 90 dólares por barril. Sería un error únicamente culpar al actual gobierno porque estaríamos eximiendo de responsabilidad a quienes le precedieron. La responsabilidad del calamitoso estado de la economía nacional es compartida entre quienes tomaron las decisiones antes, incluido por supuesto el mayor responsable, y el actual gobierno. Lo peor de todo es que esta situación era perfectamente evitable. La depresión económica actual ha sido autoinfligida.

El país no saldrá de la depresión sin la adopción de una batería de medidas económicas. El inmovilismo del Gobierno solo conduce a un agravamiento de la situación. Es necesario que como sociedad tengamos claro que hemos llegado a este punto por nuestro propio pie. No somos víctimas de los bajos precios del petróleo ni de ninguna confabulación económica. Estamos en una depresión económica por la exacerbación de las políticas de control económico por parte del Gobierno. Dicho sea de paso, el origen de estas tendencias antecede al chavismo. Como país tenemos en materia económica un doble reto considerable. El primero, ajustar y estabilizar la economía. El segundo, realizar una transformación estructural de la economía para lograr lo que nos ha sido esquivo durante casi 40 años: enrumbar al país por una senda de crecimiento sostenible. Para ambos requerimos un nuevo gobierno. Por ahora toca esperar y sobre todo, resistir.

@franibar10

 

Ago 04, 2016 | Actualizado hace 3 años
Ni una lagrimita, por Francisco Ibarra

MiguelPerezAbad

El pasado martes fue destituido el ministro de industrias y comercio Miguel Pérez Abad. Ser destituido en el chavismo con frecuencia implica ser reciclado en otro puesto, es por ello que no podemos dar por sentado que el exministro este completamente fuera del gobierno. Sin embargo, su supuesta agenda reformista parece haber naufragado en el mar de intereses económicos que es el chavismo. Perdió la batalla con ese pequeño peso pesado que le encanta fotografiarse entregando bolsas de comida. El dólar Marco Torres sigue vivito y coleando.

Hay al parecer algo de congoja en aquellos que desean un cambio drástico en materia económica. En el fondo Pérez Abad representaba la esperanza de cierta sensatez en materia económica. La oportunidad de traer algo de cordura al gobierno más inepto que hemos tenido, capaz de superar a su predecesor y a otros tantos de nuestra historia reciente. Esa esperanza la mantenían aquellos que han subestimado el nivel de rapiña interna dentro del chavismo, los que creen que en el fondo priva algún grado de racionalidad en las decisiones que se toman.

Miguel Pérez Abad probablemente lo tenía mucho más claro que aquellos que ahora parecen extrañarle. Llegó a ser ministro, viajó por el país y el extranjero, se montó en helicópteros del ejército para “supervisar”, dio declaraciones, afirmó cosas que sabía que no iba a poder cumplir y en el camino arrimó algo para el mingo. La misma historia de la mayoría de los ministros chavistas. Ahora es el turno de Carlos Farías. Como aquel caballito mecánico que había antes en las farmacias: se espera su turno, se le mete un bolívar, se sube y luego se baja. Al que se sube siempre le parece poco, al resto una eternidad. El tiempo de Pérez Abad ha sido una eternidad de promesas incumplidas y de tiempo perdido. No daba para más.

No existe nadie afín al gobierno con la capacidad y el poder para poder implementar una real reforma económica. Ante el menor movimiento aparecen campeones quemando autobuses, que ahora andan con niñeras armadas, a recordar que hay un Plan de la Patria. Este supuesto plan no es más que “palo a la piñata”, todavía algunos caramelos le quedan.  Aquellos que quieren seguir aferrados al poder van a torpedear cualquier intento de reforma, si a eso uno le suma la tara ideológica, el resultado no puede ser otro.

Lo fundamental es tener claro que no habrá cambio económico mientras no exista cambio político. Quienes gobiernan actualmente saben que el tiempo arriba del caballito se les está acabando. Saben que en lo que se bajen no se vuelven a subir. Entonces han estado metiéndole a escondidas bolívares al caballito para alargar la cabalgata. Pérez Abad fue uno de esos bolívares, ahora viene otro que seguro comprará aún menos tiempo.

Lamentar la salida de Pérez Abad es congraciarse con la mediocridad. El exministro nunca tuvo un plan, no lo podía tener porque no entiende cual es el camino para salir del atolladero actual. Su salida no mejora ni empeora la situación, es por ello que no vale la pena ni una lagrimita.

 

Francisco Ibarra Bravo

@franibar10

Jul 21, 2016 | Actualizado hace 3 años
Deuda odiosa, por Francisco Ibarra Bravo

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El término deuda odiosa se refiere a la deuda contraída por algunos gobiernos de forma ilegítima; deuda que se entiende no ha sido empleada para el bien de la nación sino para beneficio del régimen. Según cierta doctrina esta deuda no tendría por qué ser honrada al momento en que ocurra un cambio de gobierno.

Si bien no servir la deuda odiosa tiene sentido, es mucho más difícil conseguir que algún tipo de endeudamiento sea considerado como tal. Desde el punto de vista práctico es realmente difícil poder catalogar una deuda en específico como odiosa, bajo esta óptica un gobierno nuevo, en especial cuando ocurre un cambio de régimen, tiene todo el incentivo para catalogar la deuda anterior como deuda odiosa, lo sea o no. Dejando de lado este tema, la reciente sentencia del TSJ vuelve a poner sobre el tapete un nuevo posible endeudamiento de la República, en este caso uno totalmente ilegal puesto que viola el artículo 312 de la constitución.

Lo que dicte el TSJ no está por encima de la constitución y ésta es muy clara en el caso del endeudamiento público. La reciente sentencia del TSJ en la que se autoriza al BCV a suscribir préstamos con el Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR), sin contar con el debido respaldo de la Asamblea Nacional, viola la constitución y es un claro caso de una deuda que el país no debe honrar aún al costo de tener que salir del FLAR. Debería ser además el mismo organismo el primero en demandar que se cumplan todos los requisitos legales para poder conceder el préstamo.

Venezuela fue endeudada desde 2005 hasta 2012 de una manera irresponsable. A la fiesta de los bonos de la República y Pdvsa, luego le siguió el crédito bilateral con China y otros países. Todo este endeudamiento solo sirvió para que continuara la fiesta. Este gobierno no ha podido ni terminar una línea del metro completa pese a hacer gozado de la mayor bonanza petrolera en nuestra historia y haber multiplicado la deuda externa en más de cuatro veces. Sin embargo, esta deuda no es deuda odiosa. Esta fiesta fue avalada por las instituciones del poder público debidamente electas, los venezolanos en repetidas elecciones avalaron una política económica ruinosa de los controles. El término deuda odiosa aplica para deuda que ha sido contraída de espalda a los ciudadanos. Ciertamente la deuda hasta ahora contraída no entra dentro de esta categoría.

Otra cosa es el endeudamiento que está tratando de realizar el Gobierno mediante tu ministerio de asuntos monetarios, otrora BCV. Este endeudamiento es ilegal como toda cosa que firmen los ministros que han sido cesados por la Asamblea Nacional. El país no puede hacerse responsable de deudas que no tienen otro fin práctico que seguirle regalando dólares a algunos para que sigan en su fiesta particular mientras el país es cada vez más arrastrado a la miseria. Requerimos que la Asamblea Nacional diga fuerte y claro: deuda contraída de forma ilegal no será honrada. Punto.

 

@franibar10

¿Estamos en hiperinflación?, por Francisco Ibarra Bravo

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La respuesta a la pregunta es un claro no. Venezuela no está en hiperinflación por más que algunos pretendan utilizar criterios flexibles y decirnos que 460% de inflación interanual es ya hiperinflación. Con esto no se está diciendo que la inflación existente no sea un gravísimo problema, pero declarar a los cuatro vientos lo que no existe ayuda poco a entender la difícil coyuntura actual y los potenciales riesgos.

La definición más empleada para  acotar un período hiperinflacionario es la que Phillip Cagan usó en su trabajo de 1956. La hiperinflación comienza cuando la inflación mensual supera el 50%. El final del período hiperinflacionario es un tanto más complejo, ya que para considerar que se ha salido de la hiperinflación debe transcurrir un año entero con inflaciones mensuales por debajo de 50%. Con inflaciones mensuales de 20% todavía estamos algo distantes de adentrarnos en una hiperinflación bajo la definición clásica. Esto no quiere decir que 20% de inflación mensual no sea enormemente preocupante.

Históricamente las inflaciones altas como las que experimenta Venezuela son inestables. Esto implica que tienden acelerarse o a disminuir. Si bien el país ha podido mantener por años inflaciones de dos dígitos bajos, es improbable que pueda hacer lo mismo con inflaciones de tres dígitos. Si de algo sirve la historia es para indicarnos que la inflación, o bien se acelerará drásticamente en el mediano plazo, o el país iniciará un proceso de desinflación (no confundir con deflación). Una de dos y es aquí dónde reside el mayor riesgo: no hay actualmente un plan o un ajuste macroeconómico para comenzar un proceso de desinflación. En mi opinión este es el mayor argumento para afirmar que al proceso inflacionario actual todavía le  queda recorrido.

Tan nocivo como la desinformación de aquellos que buscan notoriedad en la estridencia es el negacionismo de algunos colegas. Según esta visión es imposible que el país atraviese por una hiperinflación. Esta postura se basa fundamentalmente en el hecho de que el déficit público en un país petrolero como Venezuela puede ser teóricamente estabilizado devaluando lo suficiente. Además de lo anterior, advierten que los aumentos de salario mínimo no apuntan a una hiperinflación y que los agregados monetarios no están creciendo a velocidades consistentes con una hiperinflación. Estos argumentos tienen algo de validez pero no son todo lo sólido que algunos colegas creen. Me voy a enfocar en los dos últimos.

El argumento de que los aumentos de salario mínimo no son lo suficiente hasta ahora para desatar una hiperinflación es cuando menos endeble. Las primeras hiperinflaciones ocurrieron en países donde no existía salario mínimo. Un proceso hiperinflacionario no requiere decretos de aumentos salariales para desatarse. En mi opinión cada día en Venezuela el salario mínimo es menos marcador en la economía. Si la dinámica salarial cada vez depende menos de los anuncios oficiales, es absurdo argumentar que la falta de aumentos salariales por decreto es inconsistente con una hiperinflación. Además, nada indica que en el futuro los aumentos salariales no comiencen a seguir más de cerca el aumento de precios. El ritmo de incremento en los aumentos de salario mínimo se ha acelerado en respuesta a la aceleración de la inflación. Aquellos que creen que el proceso de hiperinflación se desata por aumentos salariales siguen colocando los bueyes detrás de la carreta.

Un caso más elaborado hay que hacer con los agregados monetarios. La liquidez se viene expandiendo interanualmente a alrededor de 100%. Viene creciendo a esa velocidad más o menos desde septiembre del año pasado. Según algunos con estas tasas de crecimiento de los medios de pagos la inflación no puede acelerarse más allá de lo que ya lo ha hecho. Lo primero que hay que decir es que el crecimiento de los medios de pago es estacional.  Hace un año la liquidez se expandía en 77%, luego volvió a tomar el impulso usual del segundo semestre de este año. Gran parte de ese impulso podría deberse a que las necesidades de financiamiento monetario del gasto público son mayores en el segundo semestre. Si la liquidez ahora está creciendo 100%, con la institucionalidad actual, nada impide que a la vuelta de unos meses no lo haga al doble de esa tasa.

Hay otro punto que es más crucial. Cuando las inflaciones se aceleran a estos niveles los precios tienden a crecer a una velocidad superior a los medios de pago. El trasfondo del trabajo de Cagan de 1956 no fue solo documentar las hiperinflaciones ocurridas posteriores a la Primera Guerra Mundial, sino indagar porqué los precios aumentaban a una velocidad mayor a los medios de pago. La razón está en la caída de la demanda de saldos reales. Cuando los precios comienzan a aumentar drásticamente la gente demanda cada vez menos dinero y mantiene menos saldos líquidos. Los agentes entienden que el dinero debe ser empleado para comprar productos o divisas porque pierde rápidamente valor. Esta conducta pone más presión en los mercados de bienes y servicios. Este efecto es el que explica en gran parte la diferencia entre el crecimiento de los precios y los medios de pago.

En Venezuela actualmente se está dando este fenómeno pero en un entorno incluso mucho más complicado. Las hiperinflaciones de la postguerra no estuvieron asociadas necesariamente a contracciones económicas. En Venezuela el aumento de la liquidez y la caída de la demanda de los saldos reales están operando sobre una economía en depresión y con una oferta de producto transable en colapso. Este efecto compone los problemas. Obviar esta realidad y sentarse a esperar que los medios de pago exploten para poder ver la magnitud del problema inflacionario es esperar a que se produzcan los hechos y no tratar de anticiparlos.

Mi visión es que el país no está necesariamente abocado a un proceso hiperinflacionario clásico. Esto es que veamos la economía saltar a inflaciones mensuales de 30%, luego 40% y finalmente 50%; pero que no escapará a inflaciones mensuales de 50% al momento del ajuste. La razón es que estamos experimentando inflaciones mensuales de 20% que son fundamentalmente del sector transable. En el sector de servicios reside una enorme inflación oculta que posiblemente se manifestará con fuerza en los meses posteriores al ajuste macroeconómico. Incluso a cualquier tasa de unificación cambiaria razonable hay inflación represada en el sector transable de la economía.

El país tiene el peor desequilibrio monetario de su historia. Los argumentos van desde afirmar lo que no existe (hiperinflación), hasta negar completamente la posibilidad de que atravesemos una. Es hora de hablarle claro a la gente y no continuar desinformando. No estamos en hiperinflación pero el riesgo de entrar en una existe. Dependerá de quienes controlan la política económica ahorrarnos el trago amargo de pasar por una. Nos vamos quedando sin tiempo.

 

@franibar10

Rescatemos Sidor… No gracias por Francisco Ibarra Bravo

SidorAcerías

Hace algunas semanas en un artículo de la revista The Economist leía sobre el posible cierre de las operaciones de Tata Steel en el Reino Unido. En la imagen que acompaña el artículo se veía el eslogan “salvemos nuestro acero”, el título del artículo era “No gracias”.

Hay dos factores externos que inciden sobre la gestión de Sidor actualmente. El primero, los bajos precios del acero en los mercados internacionales a raíz del exceso de producción; y en segundo lugar, el control de cambio que ha destruido el sector transable nacional. Si bien ambos factores podrían explicar el desplome en las exportaciones de acero, no pueden explicar los problemas en el abastecimiento interno. Sidor está terriblemente manejada y ha vuelto a ser la Sidor de toda la vida: la joya de la corona de los hijos bobos de la CVG.

Meterse con las empresas de Guayana no goza de muy buena prensa. Todavía la gran mayoría de los venezolanos creen que en las empresas básicas el país invirtió de forma correcta el ingreso petrolero, y que son una fuente importante de generación de riqueza nacional. Yo estoy del otro lado de la acera, somos pocos pero no por ello debemos dejar de alzar nuestra voz. La CVG ha sido una pésima idea donde se ha dilapidado, y se continúa haciéndolo, ingentes recursos públicos para sostener en muchos casos empresas improductivas. Sidor es la bandera de estas empresas, una vez reestatizada era cuestión de tiempo para que volviera a las andanzas.

Decir que la CVG ha sido una ruina no quiere decir que el desarrollo del sur lo sea. El problema de las empresas básicas siempre fue su modelo de gestión. Este desarrollo debió haber sido realizado por el capital privado y por empresas descentralizadas. Cuando hoy los trabajadores de Sidor piden a gritos nuevas intervenciones y ayudas del gobierno para poder subsistir, hay que recordar que hace algunos años muchos de ellos aplaudieron hasta con las orejas la reestatización. Hay que decir también que no fueron todos. Los venezolanos no debemos seguir financiando una empresa ruinosa, mal administrada y que además goza de protección interna frente al comercio internacional. Esta Sidor ni lava ni presta la batea.

Nunca hubo un buen argumento para nacionalizar la industria pero la fiebre de “sembrar el petróleo” acabó por coparlo todo junto con el desarrollismo cepalino. Los argumentos de antes siguen siendo los mismos ahora, y como ayer, carecen del menor fundamento. El país no necesitaba una industria del acero nacional y menos necesitaba que esa industria estuviese en manos públicas. Si por algún motivo el país fuese aislado de los flujos internacionales de comercio, el acero será la menor de nuestras preocupaciones.

El resultado del delirio desarrollista y su eslogan venezolano de la siembra petrolera es un rosario de empresas improductivas y de dinero público tirado por el albañal. El auge estatizador que se inició en los setenta acabó por destruir quizás uno de los mayores éxitos económicos del siglo pasado y lo transformó en el país que tenemos hoy, sin rumbo y sin intenciones serias de rectificar. Hemos perdido tiempo y dinero. Seguir rescatando Sidor es continuar con los mismos errores. La empresa debe ser desconectada del erario público y para ello debe ser privatizada. La privatización puede variar en forma pero no en fondo: parte de la propiedad debe ir a sus trabajadores y parte a alguna empresa que esté dispuesta a asumir su manejo. Pero sobre todo hay un punto que los venezolanos no podemos permitir y es que Sidor siga teniendo los privilegios monopólicos que ha tenido. Cuando usted escuche a alguien decir que hay que rescatar Sidor, respetuosamente dígale no gracias.

 

@franibar10

Abr 04, 2016 | Actualizado hace 4 años
El bono azul (o amarillo) por Francisco Ibarra Bravo

LeyBonoAlimentación

 

El pasado miércoles 30 de marzo se aprobó en segunda discusión la Ley del Bono de Alimentación y Medicamentos para Jubilados y Pensionados. La iniciativa fue presentada por el diputado Miguel Pizarro y contó con los votos de la bancada opositora. El chavismo votó en contra, al parecer luego de haber sufrido un ataque de racionalidad presupuestaria, este ataque seguro será solo temporal.

Este tipo de iniciativas, de las cuales el chavismo ha sido maestro en los últimos años, las hemos criticado siempre. Por coherencia no podemos quedarnos callados cuando las lleva a cabo la oposición. Lo primero es dejar claro que los motivos para decretar el bono pueden ser lógicos e incluso justos. Con esto no estamos avalando que este tipo de medidas corrijan los problemas de fondo que han destruido el poder de compra de los salarios. Dadas las circunstancias actuales, cada aumento por decreto de bonos y salarios será rápidamente diluido por el aumento de los precios mientras no exista una verdadera política antiinflacionaria.  

Lo segundo y fundamental es la inutilidad de plantear el debate como la lucha entre buenos y malos. Este ha sido el argumento primitivo con que el chavismo ha jugado todos estos años y solo basta ver el estado de convivencia nacional para evaluar los resultados. No es mejor Miguel Pizarro por proponer este bono que Ricardo Sanguino cuando hacía lo mismo con los aumentos de salario mínimo. No son más justos o más sensibles por hacerlo, lo que sí son es más irresponsables por nunca plantear como van a ser financiados estos gastos.

En Venezuela la discusión sobre el presupuesto público ha sido rebajada al nivel de país bananero. Por más que el chavismo pretenda vendernos la ficción de que siempre de alguna forma ha sido así, desde Gómez hasta la llegada de Chávez al poder siempre hubo cierta cordura en el manejo del dinero público. Con esto no estoy diciendo que no hubiese corrupción, que la hubo, pero siempre hubo un cierto orden. Lamentablemente la majestad del presupuesto público fue destruida por el chavismo y contrariamente a lo que se pueda pensar, estas acciones de la oposición poco contribuyen a revertir la situación.

No se pueden decretar gastos presupuestarios sin que se indique cómo van a  ser sufragados. No vale con que “si hay plata para aquello, debe haber para esto otro”. Este argumento infantil es el responsable en gran medida del escalofriante déficit fiscal que acaba siendo monetizado por el BCV, destruyendo el valor de la moneda y en última instancia del poder de compra de los salarios.  Si queremos ofrecerle algo diferente a los venezolanos no podemos seguir repitiendo los mismos errores que nos han traído hasta aquí.

Venezuela atraviesa por la coyuntura económica más difícil de nuestra historia en tiempos de paz. La economía va para su décimo trimestre de contracción económica. La política económica chavista va a dejar una sensación de estafa nacional nunca antes vista. La corrupción ha campeado a sus anchas y la destrucción institucional abarca casi todo ámbito nacional. La tarea de reconstrucción será ardua y no podemos empezar a hacerla repitiendo las mismas fórmulas que nos han traído hasta aquí. La próxima vez que la oposición decrete algún aumento en el gasto público tiene que decir claramente cómo lo va a financiar y no escudarse supuestas reconducciones de gasto que no llegarán. Para salir del atolladero actual debemos necesariamente desandar mucho de lo que el chavismo ha hecho. Para desandarlo requerimos de políticos distintos, que asuman hablarle claro a la gente y que abandonen el infantilismo de creerse moralmente superiores a sus pares chavistas.  Solo serán mejores que aquellos si son capaces de ofrecerle algo mejor a los venezolanos. Hasta ahora, salvo contadas excepciones, muy poco.

@franibar10

Mar 14, 2016 | Actualizado hace 4 años
Sin ajuste no hay paraíso por Francisco Ibarra Bravo

PérezAbad

 

La semana pasada el ministro de industria y comercio Miguel Pérez Abad, anunció la creación de dos nuevos sistemas de asignación de divisas: DIPRO y DICOM. Hay que decir que nadie esperaba otra cosa. El tiempo de creer que el gobierno actual podía ofrecer un plan de ajuste macroeconómico creíble ya pasó. Lo que nos queda son estos anuncios esporádicos, los motores, las mesas de trabajo y las cadenas de radio y televisión. Es lo que hay.

Lo primero que debemos tener claro es que el sistema propuesto no resuelve absolutamente nada. Mantiene un régimen de cambio dual que a su vez mantiene un tercer tipo de cambio paralelo. La economía sigue operando con tres tipos de cambio. La distorsión sigue intacta. Lo segundo es tener claro que el gobierno no ha entendido que la única vía para poder cerrar la enorme brecha en divisas son los dólares privados, y que esos flujos no llegarán a no ser que el control de cambio sea eliminado; o lo que es lo mismo, que ocurra una unificación cambiaria. Además es fundamental tener claro que unificar es solo la condición necesaria para que los flujos privados ingresen al país, no es una condición suficiente. Mientras no exista por lo menos intención de cambio en materia de protección a la propiedad privada, el Gobierno podrá unificar y con ello resolvería las distorsiones, pero no generará el necesario influjo de divisas.

El punto anterior es clave: se necesita la unificación cambiaria para comenzar a ajustar la economía pero la eliminación del control de cambio no es un ajuste macroeconómico. Los anuncios de la semana pasada son la confirmación de que el Gobierno no tiene la más remota idea de cómo salir del atolladero en que se encuentra el país. El supuesto ministro más dado a las reformas es un empresario de esos que tristemente han abundado: los del dólar subsidiado, créditos blandos y aficionados la protección arancelaria. No es extraño que a Pérez Abad le encanten las mesas de trabajo, los motores, los subsidios y sobre todo el gran amigo del crédito barato: el control de cambio.

Para poder salir de la difícil coyuntura actual es necesario un ajuste macroeconómico y ese ajuste debe tener por norte restablecer el funcionamiento de los mercados. El ajuste económico debe además ordenar el desastre fiscal y monetario que existe en el país. Se debe centralizar el presupuesto público y liberar las estadísticas para entender la magnitud del déficit fiscal.  A la par de debe diseñar una estrategia creíble de cómo va a ser financiado y cerrado el déficit. Se debe barrer con el directorio actual del BCV para poder reconstruir su institucionalidad y  eliminar todo financiamiento monetario a las instituciones del Estado. El sistema de control de precios debe ser eliminado en su totalidad. La Sundde debe ir a parar donde pertenece: al basurero de la historia. Debemos rescatar lo que fue Procompetencia en sus inicios y evitar repetir los esquemas de protección al consumidor fracasados que tanto daño han hecho. Hay que reconstruir nuestra industria petrolera y a Pdvsa; para ello hay que diseñar un plan creíble, hacerlo público y reiniciar contactos con las empresas trasnacionales para aumentar la producción. Eso es solo el principio.

En pinceladas gruesas: debemos comenzar a desandar el desastre de estos últimos 17 años y desmontar el ruinoso legado. Esto no excluye la posibilidad de mantener la asistencia del Estado a los más necesitados, no implica barrer con los esquemas de transferencia, que entre otras cosas no los inventó el chavismo. Para poder modificar la relación de dependencia actual de muchos de los ciudadanos respecto al Estado hay que hacer ajustes estructurales y transitar un largo camino, pero por ahora debemos ocuparnos de la coyuntura. El chavismo no está preparado mentalmente, ni tiene el capital humano para hacer el ajuste que la economía requiere. Sin ajuste no habrá recuperación. Esto implica que mientras gobierne el chavismo no habrá recuperación económica.

 

@franibar10

 

Feb 27, 2016 | Actualizado hace 4 años
El día de la marmota, por Francisco Ibarra Bravo

Gasolina!

En aquella película, al meteorólogo interpretado por Bill Murray le toca vivir el mismo día una y otra vez. Frustrado con su trabajo se encuentra atrapado en un pueblo para cubrir el folclórico e intranscendente día de la marmota.  Lo que pensó que iba a ser solo un día de trabajo más, acaba alargándose por una tormenta que le obliga a quedarse a pasar la noche. Al día siguiente se levanta y se da cuenta que está viviendo el mismo día anterior. El ciclo se repite todos los días sin importar lo que haga para tratar de salir de la situación.

Los venezolanos parecemos estar atrapados en una dinámica similar.  La situación del país se deteriora día a día y el Gobierno no se decide a adoptar las medidas económicas necesarias. La alocución del miércoles 17 de febrero se parece aquel despertador con la canción I got you babe con el que se abrían todas las mañanas. En su amargura el protagonista decía: “cada mañana me levanto con esto y siempre es el mismo día”.  Así estamos.

En la larga cadena el Presidente volvió a hacer lo mismo: horas y horas de verborrea inútil y pañitos calientes que no resuelven absolutamente nada. Mientras tanto a los venezolanos nos parece haber visto esto muchas veces porque en realidad así ha sido. El gobierno pretende seguir ensayando las mismas recetas que nos han traído hasta el desastre actual.

En la película al protagonista le pasaba lo mismo. Trataba de suicidarse para poder salir de la dinámica en la que se encontraba. Cada vez que lo intentaba amanecía en el mismo día y despertándose con la misma canción. Llegado el momento decidió abrazar su circunstancia, abandonó su rabia  y comenzó a cambiar su forma de actuar. Es a partir de ese momento cuando comienza la redención del personaje hasta el momento en que finalmente amanece y es el día siguiente.

Dudo mucho que el presidente Maduro tenga ni el tiempo y la capacidad para poder transitar un camino de redención similar. No ha entendido todavía que el desastre actual no es culpa de ninguna guerra económica o de una confabulación mundial para deprimir los precios del crudo, ni siquiera se debe los bajos precios petroleros. El estado miserable de nuestra economía es el resultado de un conjunto de políticas económicas nefastas acumuladas durante muchos años.

Lo que evitó que la miseria llegase antes fue la gran bonanza petrolera. El chavismo contó con la suerte de tener precios elevados de petróleo por un largo tiempo. Eso le permitió darle vida a la falacia de que el socialismo es abundancia y bienestar. Cuando el presidente Maduro hizo referencia al período especial cubano dejó bien claro que para él lo importante es salvaguardar la revolución socialista a cualquier precio, incluso someter a una condición miserable a la población. Está por verse si los venezolanos desean lo mismo.

Francisco Ibarra Bravo

@franibar10