La revolución sin gobernabilidad por Juan Martín Echeverría

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Son indicadores del nivel de ingobernabilidad de un sistema político la indisciplina, inestabilidad, ineficacia e ilegalidad; si a ello le agregamos la violencia política, propiciada desde las alturas del poder, la violencia criminal, producto del inmenso parque de armas de fuego en manos de la población y la pasividad de las autoridades, estamos en presencia de una singular olla de presión. Es un error concebir a Venezuela como dos países, con categorías diferentes de venezolanos, donde priva la criminalización del sector privado, el ausentismo laboral y la tela de araña de fiscalizaciones y sanciones que convierten al Estado en un instrumento de persecución, cuando debería ser el árbitro imparcial que propiciara empleo, calidad de vida y felicidad.

Entre los factores de inestabilidad política resalta la existencia de diferencias irreconciliables, que llevan a la polarización y la resistencia del oficialismo a rectificar: hasta ahora ni la directiva de la AN, ni el Ejecutivo, ni los integrantes del Poder Moral han repudiado los actos de barbarie ocurridos en el Hemiciclo, sobre todo cuando a ello se une la crisis económica, demasiadas decisiones pendientes y un autoritarismo que puede terminar en totalitarismo, o derivar hacia el caos y la anarquía. ¿Se puede gobernar con tanta inestabilidad?

Hay un axioma de los grupos subversivos, que afirma que la velocidad de una columna guerrillera depende de su integrante más lento, asimismo la eficiencia del oficialismo depende de la incapacidad de su peor ministro: la realidad demuestra que las guerras y las revoluciones están bajo el signo de la violencia y acaban siempre por destruir todo a su paso. Es una equivocación creer, en base al pensamiento de Hegel, que podemos convivir con el sentido común colocado cabeza abajo, la violencia se pretende fundamentar en un ataque irrestricto contra la burguesía, pero más bien culmina por hacer daño a toda la población, que en medio de conceptos presuntamente humanistas está acorralada por los abusos y la delincuencia.

Sigue sin aprobarse, y de manera injustificable, el proyecto de ley de desarme, que es la premisa de una política contra la violencia, venga de donde venga, sobre todo cuando la impunidad en materia de homicidios se ubica en un 98%. Todo esto muestra un mensaje contradictorio, a lo que se agrega un patrón sistemático de persecución, mediante detenciones selectivas de líderes emblemáticos de la oposición y en contraste los delincuentes entran y salen de las cárceles con una rapidez que asombra. La diferencia marca la intensidad de la lucha por la democracia.

El 14 de abril refrendó que existen dos partes casi milimétricamente iguales y su consecuencia inmediata es reducir a su mínima expresión la dinámica autoritaria, sustituida por el pluralismo, la rendición de cuentas y la integración de los electores a un propósito común de empleo permanente, reducción de la inseguridad, construcción de vivienda social y erradicación de la violencia. La revolución reprime pero no gobierna.

Juanmartin@cantv.net

Fuente: El Universal

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Son indicadores del nivel de ingobernabilidad de un sistema político la indisciplina, inestabilidad, ineficacia e ilegalidad; si a ello le agregamos la violencia política, propiciada desde las alturas del poder, la violencia criminal, producto del inmenso parque de armas de fuego en manos de la población y la pasividad de las autoridades, estamos en presencia de una singular olla de presión. Es un error concebir a Venezuela como dos países, con categorías diferentes de venezolanos, donde priva la criminalización del sector privado, el ausentismo laboral y la tela de araña de fiscalizaciones y sanciones que convierten al Estado en un instrumento de persecución, cuando debería ser el árbitro imparcial que propiciara empleo, calidad de vida y felicidad.

Entre los factores de inestabilidad política resalta la existencia de diferencias irreconciliables, que llevan a la polarización y la resistencia del oficialismo a rectificar: hasta ahora ni la directiva de la AN, ni el Ejecutivo, ni los integrantes del Poder Moral han repudiado los actos de barbarie ocurridos en el Hemiciclo, sobre todo cuando a ello se une la crisis económica, demasiadas decisiones pendientes y un autoritarismo que puede terminar en totalitarismo, o derivar hacia el caos y la anarquía. ¿Se puede gobernar con tanta inestabilidad?

Hay un axioma de los grupos subversivos, que afirma que la velocidad de una columna guerrillera depende de su integrante más lento, asimismo la eficiencia del oficialismo depende de la incapacidad de su peor ministro: la realidad demuestra que las guerras y las revoluciones están bajo el signo de la violencia y acaban siempre por destruir todo a su paso. Es una equivocación creer, en base al pensamiento de Hegel, que podemos convivir con el sentido común colocado cabeza abajo, la violencia se pretende fundamentar en un ataque irrestricto contra la burguesía, pero más bien culmina por hacer daño a toda la población, que en medio de conceptos presuntamente humanistas está acorralada por los abusos y la delincuencia.

Sigue sin aprobarse, y de manera injustificable, el proyecto de ley de desarme, que es la premisa de una política contra la violencia, venga de donde venga, sobre todo cuando la impunidad en materia de homicidios se ubica en un 98%. Todo esto muestra un mensaje contradictorio, a lo que se agrega un patrón sistemático de persecución, mediante detenciones selectivas de líderes emblemáticos de la oposición y en contraste los delincuentes entran y salen de las cárceles con una rapidez que asombra. La diferencia marca la intensidad de la lucha por la democracia.

El 14 de abril refrendó que existen dos partes casi milimétricamente iguales y su consecuencia inmediata es reducir a su mínima expresión la dinámica autoritaria, sustituida por el pluralismo, la rendición de cuentas y la integración de los electores a un propósito común de empleo permanente, reducción de la inseguridad, construcción de vivienda social y erradicación de la violencia. La revolución reprime pero no gobierna.

Juanmartin@cantv.net

Fuente: El Universal

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