Lo que aún tiembla en La Páez

Jesús López frota sus manos repetidamente, un gesto mecánico que se acentúa cuando la memoria choca contra el paisaje a su alrededor: el esqueleto de concreto del Bloque 3 de La Páez, al que le faltan dos de sus alas, derrumbadas el 24 de junio en menos de dos minutos.

De sus 66 años de edad ha vivido 63 en ese sector de la parroquia Catia La Mar, estado La Guaira. Toda una vida transcurrida entre estos bloques, que durante siete décadas fueron mucho más que edificios: fueron casas, negocios, escuelas, canchas y calles donde se tejían los encuentros de una comunidad.

Los tres icónicos superbloques residenciales de la Urbanización José Antonio Páez, diseñados por el Taller de Arquitectura del Banco Obrero bajo la dirección de Carlos Raúl Villanueva y Carlos Brando, fueron construidos en 1955 para recibir a familias damnificadas por las fuertes lluvias del litoral varguense de 1951. 71 años después, son sus habitantes quienes han tenido que buscar nuevos rumbos por otro desastre socioambiental.

La Páez
Imagen de los escombros en una de las alas del Bloque 3 de La Páez/ Foto: María Gracia La Cruz

Junto a lo que quedó en pie del Bloque 3 de La Páez hay ahora un altar. Flores. Fotografías. Cintas blancas que tienen inscritos los nombres de los fallecidos y mensajes de condolencias. El viento las mueve junto al polvo. A pocos metros, la vida intenta continuar. Hay negocios abiertos. Personas que caminan, otros conversan. El sol sigue arreciando en las horas del mediodía, como siempre, solo que ahora sus rayos desgastan objetos que quedaron entre los escombros de lo que antes fueron hogares. Una jornada de voluntarios ofrece atención ginecológica a mujeres del sector. La escena tiene algo de normalidad, pero es una normalidad estacionada entre el dolor y muchas peguntas.

Memorial a los desaparecidos en Bloque 3 de La Páez. Foto: María Gracia La Cruz

Además del colapsado Bloque 3, cerca de la casa del señor López está el Bloque 2, una estructura que sigue en pie, pero que ya tiene firmada una sentencia de demolición. Sin embargo, el calendario oficial es un papel en blanco. En las reuniones, los datos que se comparten son imprecisos: pronto, cuando terminen los estudios necesarios… Tres meses después, al miedo por los terremotos, se suma el temor a que la demolición arrase con lo que los sismos perdonaron.

“Eso cuesta mucho real”

Foto: María Gracia Lacruz

Jesús no quiere irse de La Guaira. Cuando en un censo gubernamental le preguntaron si quería abandonar el estado, su respuesta fue un “no” rotundo, porque “como La Guaira, no hay dos”. Sin embargo, la propuesta de implosionar las estructuras le roba la paz.

Según narra, las autoridades plantearon evacuar a la población en 300 metros a la redonda y llevarlos hacia la meseta de Mamo. Les dijeron que las partículas de los explosivos son altamente cancerígenas y dañan los pulmones. Para evitar que la onda expansiva reviente las estructuras cercanas, la orden además es dejar las puertas de las casas abiertas de par en par.

“Tenemos temor, porque hay que dejar las casas abiertas y eso es ponérsela fácil a los facinerosos”, reclamó Jesús. El miedo tiene bases sólidas. Tras los sismos y el caos que causaron en La Guaira, el vandalismo también tuvo réplicas en esa zona y hubo casas saqueadas.

Jesús cuenta que representantes de la Gobernación han visitado la zona y que los vecinos han planteado otras opciones para disminuir los efectos sobre las viviendas y negocios cercanos: ” “No somos ingenieros, pero no estamos de acuerdo con una explosión masiva por la cercanía de las casas”, explica. “El temor de nosotros es que las estructuras cedan un poco o se dañen. Lo que decimos es qué posibilidad hay de que ‘desnuden’ el edificio, es decir, que le quiten las paredes, para que la demolición sea menos traumática. Ellos han dicho que eso cuesta mucho real. Y nosotros lo que les decimos es que si entonces ellos prefieren dañarnos nuestras casa a buscar la forma más correcta de demoler para que haya menos efectos secundarios”, lamentó.


Los emblemáticos bloques de La Páez en Catia La Mar serán demolidos tras siete décadas sirviendo de hogar a cientos de familias/ Foto: María Gracía La Cruz

“La Páez les quedó grande”

En La Páez se han conversado sobre meses tentativos para la demolición. También se habla de nuevos estudios. Hubo censos, se fijan reuniones. Pero la fecha exacta en la que ejecutarán los procedimientos nadie la conoce: “Han venido y supuestamente, y que está en cronograma, dicen que en enero, febrero”, cuenta Jesús López. “Estamos esperando qué deciden los entes del gobierno, cuándo y cómo lo van a demoler“.

Oswaldo Ceballos tiene 59 años y toda su vida ha vivido en el sector. Su familia llegó a La Páez en los años cincuenta: su mamá pertenecía a una de las tres primeras familias en instalarse allí, después de quedar damnificada en 1951 y ser reubicada en los súperbloques. Los terremotos de San Juan no lo desplazaron de su hogar, pero sí dañaron su pequeño taller de latonería y pintura, por lo que en la actualidad se ha dedicado a vender ajos para sobrevivir.

Además de su pérdida material y de lamentar la partida de vecinos, la espera se ha convertido en otra fuente de preocupación para él. “No hay certezas de qué día será la demolición, no se sabe nada de nada”, afirma. Después, añade una frase que resume la sensación que describe: “Yo creo que a esa gente le está quedando grande qué hacer con esos bloques”.

Con el señor López, coincide en la incertidumbre de qué pasará cuando sean desalojados temporalmente para las demoliciones: “El temor es adónde lo van a meter a uno, dicen que lo van a sacar a uno 48 horas cuando vengan a demoler el bloque. El temor es que uno debe dejar las casas solas, entonces, le pedimos a las autoridades que resguarden las casas que quedaron en pie por seguridad de todos los enseres”.

Ausencias e incertidumbre

La charcutería de Carlos Benítez está contigua al Bloque 2. El hombre es un andino “prestado indefinidamente” a La Guaira. Después de vender temporalmente en mercados a cielo abierto por los sectores de La Guzmania y el Caribe, hizo clic con la gente del estado, su clima, sus costumbres, y decidió echar raíces en la entidad hace seis años. Cuenta que empezó vendiendo “sobre dos tablitas” hasta que logró comprar sus cavas.

“Él es muy buen patrón, los días después de la tragedia, Carlos regaló todo, pollos, carnes, embutidos y huevos a la comunidad que hacía cola”, comentó en secreto Julián, otro de los empleados del local “Todo carnes”.

El sismo no tumbó las paredes del negocio del señor Benítez, pero sí le arrancó a su asistente y mano derecha, una de las víctimas por el desplome de dos alas del Bloque 3. Hoy, respira hondo y traga grueso cuando recuerda las bromas que compartía con su compañero.

“Hay personas que vienen a ser como familia de uno, porque los ves todos los días (…) a mí me duele mucho la muerte de mi compañero de trabajo, extraño las risas ahí en la carnicería… duele mucho”, expresa. En este contexto, la demolición para él no es una palabra aislada. Es la posibilidad de perder, en segundos, lo que construyó durante años, así como perdió a su amigo.

“Ellos han planteado una implosión, pero da terror”, dice. “Da sentimiento que haya una mala explosión y venga y le acabe a uno el negocio”, agrega. El comerciante indica que los vecinos han planteado una demolición mecánica, propuesta que secunda: tumbar pared por pared en lugar de dinamitar catorce pisos de golpe.

El negocio del señor Benítez está muy cerca del bloque 2. Teme por el impacto que pueda sufrir cuando el edificio residencial sea demolido/ Foto: María Gracia Lacruz

Jesús López también perdió a cuatro familiares en la tragedia del 24 de junio. Dice que aunque todas las pérdidas e incertidumbre se han tornado dolorosas, ha procurado formas de no encerrarse en lo ocurrido.

“Como todo en la vida, ya uno se va acostumbrando, a uno solo le queda pedirle a Dios. Es doloroso, pero tampoco te puedes aferrar y encasillar en lo que pasó. Yo he sido deportista, todos los días camino, voy ahí, a La Zorra, eso me ayuda a aliviar el estrés. No es fácil lo que estamos viviendo, pero hay que salir adelante”, sentencia en medio de un suspiro.

Después, piensa en diciembre. En la Navidad, en las reuniones familiares que no serán, en las hallacas que ya no se prepararán entre familia y vecinos. Repasa lo que ya no será. Y ratifica que no quiere estar en La Páez. “Ya yo estoy cuadrando, no pienso estar acá. Esto debe ser doloroso, si de por sí yo lloro en diciembre, esto ahora va a ser un paño de lágrimas”, lamenta.

La demolición: una decisión que no admite fórmulas

José Luis de Abreu, ingeniero de minas, profesor de la Escuela de Geología, Minas y Geofísica de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela y especialista en perforación y voladura, explica que para estructuras como las de La Páez existen, en términos generales, dos alternativas: la demolición mecánica, mediante martillos hidráulicos, y la utilización de explosivos.

En edificios como estos, de 14 pisos que además presentan daños estructurales importantes, considera aconsejable una voladura controlada, porque el uso de maquinaria sobre una estructura debilitada puede aumentar el riesgo de un colapso imprevisto. La decisión, sin embargo, debe hacerse caso por caso: “Cada caso es diferente, indudablemente. Cada caso tiene su particularidad”.

Antes de decidir cómo derribar un bloque, señala, deben evaluarse los levantamientos de daños y las deformaciones, la verticalidad de la estructura —que permitirá determinar hacia dónde se dirigirá la caída—, las condiciones del suelo para el trabajo posterior de la maquinaria pesada y la transferencia de cargas hacia las edificaciones colindantes. T

En una demolición con explosivos, De Abreu estima que el perímetro de seguridad para edificios de unos 40 a 45 metros de altura podría situarse, de manera general, entre 100 y 250 metros de radio, con una evacuación de aproximadamente dos a cuatro horas antes de la voladura y un período adicional de tres a seis horas antes del retorno. Aclara que estas son referencias generales y que el perímetro y los tiempos deben establecerse según las características específicas de cada estructura.

La protección de las viviendas cercanas también requiere medidas específicas. De Abreu menciona la posibilidad de construir zanjas de amortiguación para reducir la propagación de vibraciones por el suelo, proteger ventanas frente a la onda de choque y utilizar refuerzos o contenciones físicas en determinadas paredes.

Para controlar el polvo y los gases generados durante la voladura recomienda sistemas de supresión con agua, como cañones o rocío antes y después de la demolición. Explica que los explosivos producen gases que pueden resultar irritantes para las mucosas y los ojos y provocar, en algunos casos, dolor de cabeza, mientras que el polvo y las partículas de concreto constituyen otro de los elementos que deben controlarse.

Quedarse para reconstruir

La paradoja está ahí. Hay quienes piensan en marcharse, al menos temporalmente, porque diciembre será demasiado doloroso. Hay quienes temen la demolición. Hay quienes no saben dónde dormirán durante la evacuación ni quién vigilará sus casas.

Y, aun así, cuando se les pregunta si quieren quedarse, la respuesta se repite. Carlos no duda.

“Claro. Claro que me quedo en La Guaira. Tengo mi vida hecha aquí, las amistades (…) Perdimos muchas amistades que duelen en el alma, pero seguimos confiando en Dios que meta su mano y que no vuelva a pasar esto”, recalca.

En La Páez, por encima del miedo, está el arraigo/ Foto: María Gracia La Cruz

Oswaldo Ceballos habla también de continuar ahí, de levantar a La Guaira y el sector al que lo ata una historia familiar de más de setenta años. Se refiere a la reconstrucción, pero no a aquella que se orienta a construir nuevas estructuras, sino a la que empieza desde cada persona, en lo cotidiano.

“Hay que trabajar para levantar el estado, pero con trabajo, si uno no se pone a trabajar, ¿cómo se levanta entonces? Es con el sustento de uno. No va a ser esperando ayuda del gobierno“, enfatiza.

La Páez fue construida para recibir a quienes habían perdido sus casas. Siete décadas después, sus habitantes vuelven a vivir una forma distinta de desplazamiento, esta vez alrededor de unas estructuras que todavía esperan una decisión. Y mientras las máquinas no llegan, hay algo que permanece en pie y que no figura en ningún cronograma: la voluntad de quienes, aun después del sismo, siguen llamando a ese lugar su casa.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Tres meses después del doble sismo que provocó el colapso de dos alas del Bloque 3 de la urbanización José Antonio Páez, en Catia La Mar, los vecinos siguen esperando saber cuándo y cómo serán demolidas las estructuras que quedaron en pie. Temen que el procedimiento afecte sus casas y negocios, y que la evacuación los deje expuestos al vandalismo. Pero hay algo que sí tienen claro: quieren quedarse y ayudar a reconstruir La Guaira.
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Jesús López frota sus manos repetidamente, un gesto mecánico que se acentúa cuando la memoria choca contra el paisaje a su alrededor: el esqueleto de concreto del Bloque 3 de La Páez, al que le faltan dos de sus alas, derrumbadas el 24 de junio en menos de dos minutos.

De sus 66 años de edad ha vivido 63 en ese sector de la parroquia Catia La Mar, estado La Guaira. Toda una vida transcurrida entre estos bloques, que durante siete décadas fueron mucho más que edificios: fueron casas, negocios, escuelas, canchas y calles donde se tejían los encuentros de una comunidad.

Los tres icónicos superbloques residenciales de la Urbanización José Antonio Páez, diseñados por el Taller de Arquitectura del Banco Obrero bajo la dirección de Carlos Raúl Villanueva y Carlos Brando, fueron construidos en 1955 para recibir a familias damnificadas por las fuertes lluvias del litoral varguense de 1951. 71 años después, son sus habitantes quienes han tenido que buscar nuevos rumbos por otro desastre socioambiental.

La Páez
Imagen de los escombros en una de las alas del Bloque 3 de La Páez/ Foto: María Gracia La Cruz

Junto a lo que quedó en pie del Bloque 3 de La Páez hay ahora un altar. Flores. Fotografías. Cintas blancas que tienen inscritos los nombres de los fallecidos y mensajes de condolencias. El viento las mueve junto al polvo. A pocos metros, la vida intenta continuar. Hay negocios abiertos. Personas que caminan, otros conversan. El sol sigue arreciando en las horas del mediodía, como siempre, solo que ahora sus rayos desgastan objetos que quedaron entre los escombros de lo que antes fueron hogares. Una jornada de voluntarios ofrece atención ginecológica a mujeres del sector. La escena tiene algo de normalidad, pero es una normalidad estacionada entre el dolor y muchas peguntas.

Memorial a los desaparecidos en Bloque 3 de La Páez. Foto: María Gracia La Cruz

Además del colapsado Bloque 3, cerca de la casa del señor López está el Bloque 2, una estructura que sigue en pie, pero que ya tiene firmada una sentencia de demolición. Sin embargo, el calendario oficial es un papel en blanco. En las reuniones, los datos que se comparten son imprecisos: pronto, cuando terminen los estudios necesarios… Tres meses después, al miedo por los terremotos, se suma el temor a que la demolición arrase con lo que los sismos perdonaron.

“Eso cuesta mucho real”

Foto: María Gracia Lacruz

Jesús no quiere irse de La Guaira. Cuando en un censo gubernamental le preguntaron si quería abandonar el estado, su respuesta fue un “no” rotundo, porque “como La Guaira, no hay dos”. Sin embargo, la propuesta de implosionar las estructuras le roba la paz.

Según narra, las autoridades plantearon evacuar a la población en 300 metros a la redonda y llevarlos hacia la meseta de Mamo. Les dijeron que las partículas de los explosivos son altamente cancerígenas y dañan los pulmones. Para evitar que la onda expansiva reviente las estructuras cercanas, la orden además es dejar las puertas de las casas abiertas de par en par.

“Tenemos temor, porque hay que dejar las casas abiertas y eso es ponérsela fácil a los facinerosos”, reclamó Jesús. El miedo tiene bases sólidas. Tras los sismos y el caos que causaron en La Guaira, el vandalismo también tuvo réplicas en esa zona y hubo casas saqueadas.

Jesús cuenta que representantes de la Gobernación han visitado la zona y que los vecinos han planteado otras opciones para disminuir los efectos sobre las viviendas y negocios cercanos: ” “No somos ingenieros, pero no estamos de acuerdo con una explosión masiva por la cercanía de las casas”, explica. “El temor de nosotros es que las estructuras cedan un poco o se dañen. Lo que decimos es qué posibilidad hay de que ‘desnuden’ el edificio, es decir, que le quiten las paredes, para que la demolición sea menos traumática. Ellos han dicho que eso cuesta mucho real. Y nosotros lo que les decimos es que si entonces ellos prefieren dañarnos nuestras casa a buscar la forma más correcta de demoler para que haya menos efectos secundarios”, lamentó.


Los emblemáticos bloques de La Páez en Catia La Mar serán demolidos tras siete décadas sirviendo de hogar a cientos de familias/ Foto: María Gracía La Cruz

“La Páez les quedó grande”

En La Páez se han conversado sobre meses tentativos para la demolición. También se habla de nuevos estudios. Hubo censos, se fijan reuniones. Pero la fecha exacta en la que ejecutarán los procedimientos nadie la conoce: “Han venido y supuestamente, y que está en cronograma, dicen que en enero, febrero”, cuenta Jesús López. “Estamos esperando qué deciden los entes del gobierno, cuándo y cómo lo van a demoler“.

Oswaldo Ceballos tiene 59 años y toda su vida ha vivido en el sector. Su familia llegó a La Páez en los años cincuenta: su mamá pertenecía a una de las tres primeras familias en instalarse allí, después de quedar damnificada en 1951 y ser reubicada en los súperbloques. Los terremotos de San Juan no lo desplazaron de su hogar, pero sí dañaron su pequeño taller de latonería y pintura, por lo que en la actualidad se ha dedicado a vender ajos para sobrevivir.

Además de su pérdida material y de lamentar la partida de vecinos, la espera se ha convertido en otra fuente de preocupación para él. “No hay certezas de qué día será la demolición, no se sabe nada de nada”, afirma. Después, añade una frase que resume la sensación que describe: “Yo creo que a esa gente le está quedando grande qué hacer con esos bloques”.

Con el señor López, coincide en la incertidumbre de qué pasará cuando sean desalojados temporalmente para las demoliciones: “El temor es adónde lo van a meter a uno, dicen que lo van a sacar a uno 48 horas cuando vengan a demoler el bloque. El temor es que uno debe dejar las casas solas, entonces, le pedimos a las autoridades que resguarden las casas que quedaron en pie por seguridad de todos los enseres”.

Ausencias e incertidumbre

La charcutería de Carlos Benítez está contigua al Bloque 2. El hombre es un andino “prestado indefinidamente” a La Guaira. Después de vender temporalmente en mercados a cielo abierto por los sectores de La Guzmania y el Caribe, hizo clic con la gente del estado, su clima, sus costumbres, y decidió echar raíces en la entidad hace seis años. Cuenta que empezó vendiendo “sobre dos tablitas” hasta que logró comprar sus cavas.

“Él es muy buen patrón, los días después de la tragedia, Carlos regaló todo, pollos, carnes, embutidos y huevos a la comunidad que hacía cola”, comentó en secreto Julián, otro de los empleados del local “Todo carnes”.

El sismo no tumbó las paredes del negocio del señor Benítez, pero sí le arrancó a su asistente y mano derecha, una de las víctimas por el desplome de dos alas del Bloque 3. Hoy, respira hondo y traga grueso cuando recuerda las bromas que compartía con su compañero.

“Hay personas que vienen a ser como familia de uno, porque los ves todos los días (…) a mí me duele mucho la muerte de mi compañero de trabajo, extraño las risas ahí en la carnicería… duele mucho”, expresa. En este contexto, la demolición para él no es una palabra aislada. Es la posibilidad de perder, en segundos, lo que construyó durante años, así como perdió a su amigo.

“Ellos han planteado una implosión, pero da terror”, dice. “Da sentimiento que haya una mala explosión y venga y le acabe a uno el negocio”, agrega. El comerciante indica que los vecinos han planteado una demolición mecánica, propuesta que secunda: tumbar pared por pared en lugar de dinamitar catorce pisos de golpe.

El negocio del señor Benítez está muy cerca del bloque 2. Teme por el impacto que pueda sufrir cuando el edificio residencial sea demolido/ Foto: María Gracia Lacruz

Jesús López también perdió a cuatro familiares en la tragedia del 24 de junio. Dice que aunque todas las pérdidas e incertidumbre se han tornado dolorosas, ha procurado formas de no encerrarse en lo ocurrido.

“Como todo en la vida, ya uno se va acostumbrando, a uno solo le queda pedirle a Dios. Es doloroso, pero tampoco te puedes aferrar y encasillar en lo que pasó. Yo he sido deportista, todos los días camino, voy ahí, a La Zorra, eso me ayuda a aliviar el estrés. No es fácil lo que estamos viviendo, pero hay que salir adelante”, sentencia en medio de un suspiro.

Después, piensa en diciembre. En la Navidad, en las reuniones familiares que no serán, en las hallacas que ya no se prepararán entre familia y vecinos. Repasa lo que ya no será. Y ratifica que no quiere estar en La Páez. “Ya yo estoy cuadrando, no pienso estar acá. Esto debe ser doloroso, si de por sí yo lloro en diciembre, esto ahora va a ser un paño de lágrimas”, lamenta.

La demolición: una decisión que no admite fórmulas

José Luis de Abreu, ingeniero de minas, profesor de la Escuela de Geología, Minas y Geofísica de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela y especialista en perforación y voladura, explica que para estructuras como las de La Páez existen, en términos generales, dos alternativas: la demolición mecánica, mediante martillos hidráulicos, y la utilización de explosivos.

En edificios como estos, de 14 pisos que además presentan daños estructurales importantes, considera aconsejable una voladura controlada, porque el uso de maquinaria sobre una estructura debilitada puede aumentar el riesgo de un colapso imprevisto. La decisión, sin embargo, debe hacerse caso por caso: “Cada caso es diferente, indudablemente. Cada caso tiene su particularidad”.

Antes de decidir cómo derribar un bloque, señala, deben evaluarse los levantamientos de daños y las deformaciones, la verticalidad de la estructura —que permitirá determinar hacia dónde se dirigirá la caída—, las condiciones del suelo para el trabajo posterior de la maquinaria pesada y la transferencia de cargas hacia las edificaciones colindantes. T

En una demolición con explosivos, De Abreu estima que el perímetro de seguridad para edificios de unos 40 a 45 metros de altura podría situarse, de manera general, entre 100 y 250 metros de radio, con una evacuación de aproximadamente dos a cuatro horas antes de la voladura y un período adicional de tres a seis horas antes del retorno. Aclara que estas son referencias generales y que el perímetro y los tiempos deben establecerse según las características específicas de cada estructura.

La protección de las viviendas cercanas también requiere medidas específicas. De Abreu menciona la posibilidad de construir zanjas de amortiguación para reducir la propagación de vibraciones por el suelo, proteger ventanas frente a la onda de choque y utilizar refuerzos o contenciones físicas en determinadas paredes.

Para controlar el polvo y los gases generados durante la voladura recomienda sistemas de supresión con agua, como cañones o rocío antes y después de la demolición. Explica que los explosivos producen gases que pueden resultar irritantes para las mucosas y los ojos y provocar, en algunos casos, dolor de cabeza, mientras que el polvo y las partículas de concreto constituyen otro de los elementos que deben controlarse.

Quedarse para reconstruir

La paradoja está ahí. Hay quienes piensan en marcharse, al menos temporalmente, porque diciembre será demasiado doloroso. Hay quienes temen la demolición. Hay quienes no saben dónde dormirán durante la evacuación ni quién vigilará sus casas.

Y, aun así, cuando se les pregunta si quieren quedarse, la respuesta se repite. Carlos no duda.

“Claro. Claro que me quedo en La Guaira. Tengo mi vida hecha aquí, las amistades (…) Perdimos muchas amistades que duelen en el alma, pero seguimos confiando en Dios que meta su mano y que no vuelva a pasar esto”, recalca.

En La Páez, por encima del miedo, está el arraigo/ Foto: María Gracia La Cruz

Oswaldo Ceballos habla también de continuar ahí, de levantar a La Guaira y el sector al que lo ata una historia familiar de más de setenta años. Se refiere a la reconstrucción, pero no a aquella que se orienta a construir nuevas estructuras, sino a la que empieza desde cada persona, en lo cotidiano.

“Hay que trabajar para levantar el estado, pero con trabajo, si uno no se pone a trabajar, ¿cómo se levanta entonces? Es con el sustento de uno. No va a ser esperando ayuda del gobierno“, enfatiza.

La Páez fue construida para recibir a quienes habían perdido sus casas. Siete décadas después, sus habitantes vuelven a vivir una forma distinta de desplazamiento, esta vez alrededor de unas estructuras que todavía esperan una decisión. Y mientras las máquinas no llegan, hay algo que permanece en pie y que no figura en ningún cronograma: la voluntad de quienes, aun después del sismo, siguen llamando a ese lugar su casa.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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