Vuela alto tía Berta

Vuela alto mi querida tía Berta. No pasa nada, ya estás con papá, con los abuelos, con tus hermanos, como igual te gustaba estar…

 

@ovierablanco

Hace poco más de un año, en una de mis conversaciones de madrugada con mamá, le pregunto por el estado de salud de mi tía Berta [hermana de papá], con quien llevaba rato sin hablar. La tía Berta, séptima de doce hermanos que le sigue a papá, es la piedra angular de los Viera-Acosta… y de todo lo que la rodea. Una segunda madre para mí y para toda la larga camada de primos Viera… Mamá me comenta que está “malita”’, pero conversadora como siempre. Al colgar la llamo de inmediato. ¡Tía Bendición, soy Nano! –¿Quién? [me replica]–. ¡Nano, tu sobrino favorito! [a todos nos decía lo mismo, y nos lo hacía sentir]. Hola mi precioso, qué agradable sorpresa, ¿estás aquí o en Canadá?

–Bueno aquí en el congelador tía, ya sabes donde nieva en primavera… Por ahora no puedo volver a tierra de gracia, pero hablemos, tiempo sin hacerlo.

Recordando confesiones…

Mi tía aparte, de microbióloga, médico ganada a la psiquiatría, incansable académica e investigadora UCEVISTA, posee ese don, si acaso piadoso, místico, espiritual, que nace de su mirada dulce y su voz magnánima. Cualidades que hacen imposible no revelarle lo más íntimo de nuestros sentimientos… En lo personal desarrollé desde niño una relación muy especial con ella. Una hermosa trocha entre el leve temor, un infinito respeto y una desbordada admiración.

Con aliviada cautela a su frontalidad, le contaba cosas que sabía yo, no le iban a gustar, pero que sí contarían con su comprensión y, en el peor de los casos, con su mejor consejo. Una mujer de incansables lecturas, desde la Biblia, pasando por clásicos, fábulas o novelas, artes o ciencias, poseía una inagotable necesidad: ayudar, aprender, compartir, enseñar y dar… con un natural y maternal desprendimiento. ¡Por eso era mamama… la mamá de todas las madres!

–Aquí ando querida tía, dando vueltas por el mundo como un quijote, viendo si es verdad que somos capaces de arreglar algo de este desorden. Te he recordado mucho en estos días que nos ha tocado vivir experiencias que jamás pensamos y que de pronto, fuiste tu quien las visualizabas…cuando decías “Nano hará su propio planeta”. Ya entendí que no por casualidad, siendo un niño, recibí de tu mano el primer libro [El principito], que disfrutaba escuchando voces al fondo que vibraban en La Torreta, como las de Soledad Bravo, Rocío Dúrcal o María Teresa Chacín. Recuerdo cuando te hice mi primera confesión, un amor no correspondido-por tener ella 17 y yo menos de 10-a lo que me respondiste: “espera diez años más, ¡que todo se nivela…!”

Le comentaba a mi tía en la distancia aquellos pasajes que marcaron mi vida y hoy descubro cómo se desdoblan en nuestro presente, en nuestros actos, en nuestra mente. El subconsciente –siempre alertado por ella– es quien guía finalmente nuestro andar. Una fotografía “oculta” de nuestro futuro que al desvelarse nos obliga revisar al pasado, y reconocernos […]. Al recibir aquel libro, El principito, hoy puedo comprender que recibía un doble mensaje. El propio de Antoine de Saint-Exupéry y el de la tía Berta: “hijo, construye tu propio planeta y aprende a compartirlo”.

Y le comentaba a ella: “Sabes que se ha casado Valeria, mi segunda hija, tía. Fíjate qué cuando me pidieron dar unas palabras, mi mente viajó de inmediato a capítulo 21 de El principito, que fue el que más me impresionó. Nunca te comenté, porque me impactó tanto ese pasaje…

–¿Qué capítulo es ese Nano, que no recuerdo? vuelve mi tía con su fuerza habitual, pero voz ronquita, seductora.

–Es donde el principito habla con el zorro, y le pregunta: ¿“Qué significa domesticar?”. Y el zorro le responde: “Crear lazos […] Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. No te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domésticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…”. Años más tarde querida tía, he comprendido que tú me domesticaste. Me hiciste sentir que no era un sobrino más, sino que era un sobrino único para ti en este mundo… y desde ese día sentí que eras mi tía única por lo que siempre he sentido que tenemos necesidad uno del otro…

–“Que interesante Nano”, me responde mi tía con cierta mesura. Espera un rato y me dice: “sí, claro, así es, qué belleza, mi preciosura”, como acostumbraba decir.

Pero de pronto agregó. “Es maravilloso ver cómo esos mensajes no solo se han quedado en tu memoria, lo bien que lo recuerdas, sino cómo han calado en tu corazón […] Qué bueno que lo asocies con la familia, conmigo… es un hermoso rito de alegría. No estoy muy segura haberte domesticado, porque, a fin de cuentas, Nano, creo que fueron tus padres y tus amores quienes lo hicieron… Pasar de ser un simple cazador de zorros a un creador de lazos –de amistad y de amor– es un mérito tanto de quien riega la rosa como de quien lo recibe, porque lo celebra y lo agradece […]. Yo sí te gradezco esta nueva confesión porque, al parecer, soy una de tus rosas que riegas en el jardín. Eso me alegra el alma Nano, y te doy la bendición”.  Estas son las palabras que jamás olvidaré de mi última conversación con mi tía Berta Elena…

Lloro porque me da la gana

La conversación fue alegórica. No era una despedida, más bien un reflorecer. Recordamos muchas anécdotas en La Torrera, su casa en la Trinidad. Nuestras navidades, cumpleaños, las arepas de los domingos. Nuestro destino en bici después de llegar del colegio, con Marcos, mi otro primo, con quien compartía el privilegio de pedalear aquella empinada subida que demandaba solidaridad… También recordamos nuestros primeros sermones.

Una vez nos peleamos por una bicicleta.

–¿De quién es la bicicleta?, preguntó la tía Berta con su voz gravosa y desafiante…

–De tu hijo, respondió papá, igualmente retador.

–Pues nada, entonces que la use su dueño, y enseñémosles que la pueden compartir, pero que igual en esta casa ni por una bicicleta, ni por menos, se pelea. ¿Estamos?

Acto seguido, todos a comer hallacas [hechas por la eterna María], y luego, a bailar salsa, donde aprendí mis primeros pasos, de la mano del tumbado de Mata Siguaraya con Oscar de León y La Dimensión Latina; las guarachas de Billo’s o la salsa ladrillo de Héctor Lavoe. En esa simple cronología de eventos navideños o domingueros, se plantaba y crecía una raíz de hermosos frutales identitarios: convertir en música y poesía un lance, darle alegría y gratitud a la vida por estar en familia y hacer del perdón, nuestro pan de cada día. Eso ha sido para mí un rincón llamado infancia y un corazón llamado Berta Elena…

Aun sigues ahí… en mi planeta  

Al terminar nuestra conversación, plena de remembranzas y confesiones de lo que ella había significado en mi vida, habiendo estado en silencio me respondió:

–Bueno mi preciosura, gracias por esta llamada. Una de las cosas de hacerse mayor es que sin quererlo uno olvida muchos de esos pasajes de la vida, y jamás creemos que hayan sido tan fructíferos y útiles en tu desarrollo personal, en tus visiones y decisiones. Yo estoy muy orgullosa de ti, mi bello, y de todo lo que haces por tu país… Lo que sí te puedo decir es que siempre le dije a Susy [mamá] y a tu papá, que andarías todos los caminos que quisieras andar y llegarías a todos los destinos que quisieras llegar, y entre ellos, qué cosa que tiene la vida está tu propio país, Venezuela, por lo que volverás… Lo que me queda ofrecerte es que seguiré siendo tu tía confidente. Y, como decía El principito, “lo esencial es invisible a los ojos”. Qué bueno confirmar que nunca fui invisible para ti, porque no te ha importado perder el tiempo domesticándome, haciéndome tu rosa, haciéndote responsable… Dios te bendiga”.

En ese momento le di la bendición porque sencillamente no podía hablar más. Me despedí de ella, le prometí llamarla “en un rato”, cuando terminara algunas cosas. Lo que hice fue lanzarme a mi ordenador a escribir. Entré en un laberinto más profundo de recuerdos y nostalgia. Titulé un ensayo Quiero llorar porque me da la gana, una sentencia de Federico García Lorca en su Poema doble del lago Edén, donde, preso de mis recuerdos pude decirme, gracias Dios mío, quien ha gozado de una niñez feliz goza de una vida iluminada…Y yo la he tenido. 

Esta madrugada me he enterado de que la tía Berta ha partido. No volví a llamarle, pero llevo su voz amable en mi corazón. No volví a escucharle, pero conozco cada respuesta a cada pregunta, a cada acierto o a cada error. 

La vida está hecha de sonrisas y llantos. Cada uno expresa sus sentimientos como quiere. Unas veces se llora de dolor y otras de alegría. Hoy te lloro tía, de ambos modos. Y así lo lloró García Lorca en su Poema doble del lago Edén: “Quiero llorar porque me da la gana, como lloran los niños del último banco, porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado […] Quiero llorar diciendo mi nombre, rosa, niño y abeto a la orilla de este lago…”.

Se ha ido mi rosa, mi jardín domesticado, como alcancé a escribirte una vez, ahora me reprocho no haberte llamado. Seguirás siendo siempre mi taboga, mi reina de las flores, mi confidente y amiga, cuya voz y mirada seguirán ahí para consolarme, para orientarme, para bendecirme cada día… Para domesticarme, querida tía, cuando el alma lo solicite. Porque, como me dirías algún día, en mi planeta sigue tu sonrisa, tu voz ronquita…

Vuela alto mi querida tía. No pasa nada, ya estás con papá, con los abuelos, con tus hermanos, como igual te gustaba estar… Hoy no soy un hombre, ni poeta, ni una hoja. Soy un rocío, soy un niño, soy un zorro herido, soy tu otro sobrino “preferido”. Te hubiese gustado que este texto te lo leyera yo. Pero ya lo haré. Ya sabes que llego a cualquier destino… La bendición Tía. Nano. 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Vuela alto mi querida tía Berta. No pasa nada, ya estás con papá, con los abuelos, con tus hermanos, como igual te gustaba estar…

 

@ovierablanco

Hace poco más de un año, en una de mis conversaciones de madrugada con mamá, le pregunto por el estado de salud de mi tía Berta [hermana de papá], con quien llevaba rato sin hablar. La tía Berta, séptima de doce hermanos que le sigue a papá, es la piedra angular de los Viera-Acosta… y de todo lo que la rodea. Una segunda madre para mí y para toda la larga camada de primos Viera… Mamá me comenta que está “malita”’, pero conversadora como siempre. Al colgar la llamo de inmediato. ¡Tía Bendición, soy Nano! –¿Quién? [me replica]–. ¡Nano, tu sobrino favorito! [a todos nos decía lo mismo, y nos lo hacía sentir]. Hola mi precioso, qué agradable sorpresa, ¿estás aquí o en Canadá?

–Bueno aquí en el congelador tía, ya sabes donde nieva en primavera… Por ahora no puedo volver a tierra de gracia, pero hablemos, tiempo sin hacerlo.

Recordando confesiones…

Mi tía aparte, de microbióloga, médico ganada a la psiquiatría, incansable académica e investigadora UCEVISTA, posee ese don, si acaso piadoso, místico, espiritual, que nace de su mirada dulce y su voz magnánima. Cualidades que hacen imposible no revelarle lo más íntimo de nuestros sentimientos… En lo personal desarrollé desde niño una relación muy especial con ella. Una hermosa trocha entre el leve temor, un infinito respeto y una desbordada admiración.

Con aliviada cautela a su frontalidad, le contaba cosas que sabía yo, no le iban a gustar, pero que sí contarían con su comprensión y, en el peor de los casos, con su mejor consejo. Una mujer de incansables lecturas, desde la Biblia, pasando por clásicos, fábulas o novelas, artes o ciencias, poseía una inagotable necesidad: ayudar, aprender, compartir, enseñar y dar… con un natural y maternal desprendimiento. ¡Por eso era mamama… la mamá de todas las madres!

–Aquí ando querida tía, dando vueltas por el mundo como un quijote, viendo si es verdad que somos capaces de arreglar algo de este desorden. Te he recordado mucho en estos días que nos ha tocado vivir experiencias que jamás pensamos y que de pronto, fuiste tu quien las visualizabas…cuando decías “Nano hará su propio planeta”. Ya entendí que no por casualidad, siendo un niño, recibí de tu mano el primer libro [El principito], que disfrutaba escuchando voces al fondo que vibraban en La Torreta, como las de Soledad Bravo, Rocío Dúrcal o María Teresa Chacín. Recuerdo cuando te hice mi primera confesión, un amor no correspondido-por tener ella 17 y yo menos de 10-a lo que me respondiste: “espera diez años más, ¡que todo se nivela…!”

Le comentaba a mi tía en la distancia aquellos pasajes que marcaron mi vida y hoy descubro cómo se desdoblan en nuestro presente, en nuestros actos, en nuestra mente. El subconsciente –siempre alertado por ella– es quien guía finalmente nuestro andar. Una fotografía “oculta” de nuestro futuro que al desvelarse nos obliga revisar al pasado, y reconocernos […]. Al recibir aquel libro, El principito, hoy puedo comprender que recibía un doble mensaje. El propio de Antoine de Saint-Exupéry y el de la tía Berta: “hijo, construye tu propio planeta y aprende a compartirlo”.

Y le comentaba a ella: “Sabes que se ha casado Valeria, mi segunda hija, tía. Fíjate qué cuando me pidieron dar unas palabras, mi mente viajó de inmediato a capítulo 21 de El principito, que fue el que más me impresionó. Nunca te comenté, porque me impactó tanto ese pasaje…

–¿Qué capítulo es ese Nano, que no recuerdo? vuelve mi tía con su fuerza habitual, pero voz ronquita, seductora.

–Es donde el principito habla con el zorro, y le pregunta: ¿“Qué significa domesticar?”. Y el zorro le responde: “Crear lazos […] Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. No te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domésticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…”. Años más tarde querida tía, he comprendido que tú me domesticaste. Me hiciste sentir que no era un sobrino más, sino que era un sobrino único para ti en este mundo… y desde ese día sentí que eras mi tía única por lo que siempre he sentido que tenemos necesidad uno del otro…

–“Que interesante Nano”, me responde mi tía con cierta mesura. Espera un rato y me dice: “sí, claro, así es, qué belleza, mi preciosura”, como acostumbraba decir.

Pero de pronto agregó. “Es maravilloso ver cómo esos mensajes no solo se han quedado en tu memoria, lo bien que lo recuerdas, sino cómo han calado en tu corazón […] Qué bueno que lo asocies con la familia, conmigo… es un hermoso rito de alegría. No estoy muy segura haberte domesticado, porque, a fin de cuentas, Nano, creo que fueron tus padres y tus amores quienes lo hicieron… Pasar de ser un simple cazador de zorros a un creador de lazos –de amistad y de amor– es un mérito tanto de quien riega la rosa como de quien lo recibe, porque lo celebra y lo agradece […]. Yo sí te gradezco esta nueva confesión porque, al parecer, soy una de tus rosas que riegas en el jardín. Eso me alegra el alma Nano, y te doy la bendición”.  Estas son las palabras que jamás olvidaré de mi última conversación con mi tía Berta Elena…

Lloro porque me da la gana

La conversación fue alegórica. No era una despedida, más bien un reflorecer. Recordamos muchas anécdotas en La Torrera, su casa en la Trinidad. Nuestras navidades, cumpleaños, las arepas de los domingos. Nuestro destino en bici después de llegar del colegio, con Marcos, mi otro primo, con quien compartía el privilegio de pedalear aquella empinada subida que demandaba solidaridad… También recordamos nuestros primeros sermones.

Una vez nos peleamos por una bicicleta.

–¿De quién es la bicicleta?, preguntó la tía Berta con su voz gravosa y desafiante…

–De tu hijo, respondió papá, igualmente retador.

–Pues nada, entonces que la use su dueño, y enseñémosles que la pueden compartir, pero que igual en esta casa ni por una bicicleta, ni por menos, se pelea. ¿Estamos?

Acto seguido, todos a comer hallacas [hechas por la eterna María], y luego, a bailar salsa, donde aprendí mis primeros pasos, de la mano del tumbado de Mata Siguaraya con Oscar de León y La Dimensión Latina; las guarachas de Billo’s o la salsa ladrillo de Héctor Lavoe. En esa simple cronología de eventos navideños o domingueros, se plantaba y crecía una raíz de hermosos frutales identitarios: convertir en música y poesía un lance, darle alegría y gratitud a la vida por estar en familia y hacer del perdón, nuestro pan de cada día. Eso ha sido para mí un rincón llamado infancia y un corazón llamado Berta Elena…

Aun sigues ahí… en mi planeta  

Al terminar nuestra conversación, plena de remembranzas y confesiones de lo que ella había significado en mi vida, habiendo estado en silencio me respondió:

–Bueno mi preciosura, gracias por esta llamada. Una de las cosas de hacerse mayor es que sin quererlo uno olvida muchos de esos pasajes de la vida, y jamás creemos que hayan sido tan fructíferos y útiles en tu desarrollo personal, en tus visiones y decisiones. Yo estoy muy orgullosa de ti, mi bello, y de todo lo que haces por tu país… Lo que sí te puedo decir es que siempre le dije a Susy [mamá] y a tu papá, que andarías todos los caminos que quisieras andar y llegarías a todos los destinos que quisieras llegar, y entre ellos, qué cosa que tiene la vida está tu propio país, Venezuela, por lo que volverás… Lo que me queda ofrecerte es que seguiré siendo tu tía confidente. Y, como decía El principito, “lo esencial es invisible a los ojos”. Qué bueno confirmar que nunca fui invisible para ti, porque no te ha importado perder el tiempo domesticándome, haciéndome tu rosa, haciéndote responsable… Dios te bendiga”.

En ese momento le di la bendición porque sencillamente no podía hablar más. Me despedí de ella, le prometí llamarla “en un rato”, cuando terminara algunas cosas. Lo que hice fue lanzarme a mi ordenador a escribir. Entré en un laberinto más profundo de recuerdos y nostalgia. Titulé un ensayo Quiero llorar porque me da la gana, una sentencia de Federico García Lorca en su Poema doble del lago Edén, donde, preso de mis recuerdos pude decirme, gracias Dios mío, quien ha gozado de una niñez feliz goza de una vida iluminada…Y yo la he tenido. 

Esta madrugada me he enterado de que la tía Berta ha partido. No volví a llamarle, pero llevo su voz amable en mi corazón. No volví a escucharle, pero conozco cada respuesta a cada pregunta, a cada acierto o a cada error. 

La vida está hecha de sonrisas y llantos. Cada uno expresa sus sentimientos como quiere. Unas veces se llora de dolor y otras de alegría. Hoy te lloro tía, de ambos modos. Y así lo lloró García Lorca en su Poema doble del lago Edén: “Quiero llorar porque me da la gana, como lloran los niños del último banco, porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado […] Quiero llorar diciendo mi nombre, rosa, niño y abeto a la orilla de este lago…”.

Se ha ido mi rosa, mi jardín domesticado, como alcancé a escribirte una vez, ahora me reprocho no haberte llamado. Seguirás siendo siempre mi taboga, mi reina de las flores, mi confidente y amiga, cuya voz y mirada seguirán ahí para consolarme, para orientarme, para bendecirme cada día… Para domesticarme, querida tía, cuando el alma lo solicite. Porque, como me dirías algún día, en mi planeta sigue tu sonrisa, tu voz ronquita…

Vuela alto mi querida tía. No pasa nada, ya estás con papá, con los abuelos, con tus hermanos, como igual te gustaba estar… Hoy no soy un hombre, ni poeta, ni una hoja. Soy un rocío, soy un niño, soy un zorro herido, soy tu otro sobrino “preferido”. Te hubiese gustado que este texto te lo leyera yo. Pero ya lo haré. Ya sabes que llego a cualquier destino… La bendición Tía. Nano. 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

TelegramWhatsAppFacebookX
Vuela alto mi querida tía Berta. No pasa nada, ya estás con papá, con los abuelos, con tus hermanos, como igual te gustaba estar…

 

@ovierablanco

Hace poco más de un año, en una de mis conversaciones de madrugada con mamá, le pregunto por el estado de salud de mi tía Berta [hermana de papá], con quien llevaba rato sin hablar. La tía Berta, séptima de doce hermanos que le sigue a papá, es la piedra angular de los Viera-Acosta… y de todo lo que la rodea. Una segunda madre para mí y para toda la larga camada de primos Viera… Mamá me comenta que está “malita”’, pero conversadora como siempre. Al colgar la llamo de inmediato. ¡Tía Bendición, soy Nano! –¿Quién? [me replica]–. ¡Nano, tu sobrino favorito! [a todos nos decía lo mismo, y nos lo hacía sentir]. Hola mi precioso, qué agradable sorpresa, ¿estás aquí o en Canadá?

–Bueno aquí en el congelador tía, ya sabes donde nieva en primavera… Por ahora no puedo volver a tierra de gracia, pero hablemos, tiempo sin hacerlo.

Recordando confesiones…

Mi tía aparte, de microbióloga, médico ganada a la psiquiatría, incansable académica e investigadora UCEVISTA, posee ese don, si acaso piadoso, místico, espiritual, que nace de su mirada dulce y su voz magnánima. Cualidades que hacen imposible no revelarle lo más íntimo de nuestros sentimientos… En lo personal desarrollé desde niño una relación muy especial con ella. Una hermosa trocha entre el leve temor, un infinito respeto y una desbordada admiración.

Con aliviada cautela a su frontalidad, le contaba cosas que sabía yo, no le iban a gustar, pero que sí contarían con su comprensión y, en el peor de los casos, con su mejor consejo. Una mujer de incansables lecturas, desde la Biblia, pasando por clásicos, fábulas o novelas, artes o ciencias, poseía una inagotable necesidad: ayudar, aprender, compartir, enseñar y dar… con un natural y maternal desprendimiento. ¡Por eso era mamama… la mamá de todas las madres!

–Aquí ando querida tía, dando vueltas por el mundo como un quijote, viendo si es verdad que somos capaces de arreglar algo de este desorden. Te he recordado mucho en estos días que nos ha tocado vivir experiencias que jamás pensamos y que de pronto, fuiste tu quien las visualizabas…cuando decías “Nano hará su propio planeta”. Ya entendí que no por casualidad, siendo un niño, recibí de tu mano el primer libro [El principito], que disfrutaba escuchando voces al fondo que vibraban en La Torreta, como las de Soledad Bravo, Rocío Dúrcal o María Teresa Chacín. Recuerdo cuando te hice mi primera confesión, un amor no correspondido-por tener ella 17 y yo menos de 10-a lo que me respondiste: “espera diez años más, ¡que todo se nivela…!”

Le comentaba a mi tía en la distancia aquellos pasajes que marcaron mi vida y hoy descubro cómo se desdoblan en nuestro presente, en nuestros actos, en nuestra mente. El subconsciente –siempre alertado por ella– es quien guía finalmente nuestro andar. Una fotografía “oculta” de nuestro futuro que al desvelarse nos obliga revisar al pasado, y reconocernos […]. Al recibir aquel libro, El principito, hoy puedo comprender que recibía un doble mensaje. El propio de Antoine de Saint-Exupéry y el de la tía Berta: “hijo, construye tu propio planeta y aprende a compartirlo”.

Y le comentaba a ella: “Sabes que se ha casado Valeria, mi segunda hija, tía. Fíjate qué cuando me pidieron dar unas palabras, mi mente viajó de inmediato a capítulo 21 de El principito, que fue el que más me impresionó. Nunca te comenté, porque me impactó tanto ese pasaje…

–¿Qué capítulo es ese Nano, que no recuerdo? vuelve mi tía con su fuerza habitual, pero voz ronquita, seductora.

–Es donde el principito habla con el zorro, y le pregunta: ¿“Qué significa domesticar?”. Y el zorro le responde: “Crear lazos […] Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. No te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domésticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…”. Años más tarde querida tía, he comprendido que tú me domesticaste. Me hiciste sentir que no era un sobrino más, sino que era un sobrino único para ti en este mundo… y desde ese día sentí que eras mi tía única por lo que siempre he sentido que tenemos necesidad uno del otro…

–“Que interesante Nano”, me responde mi tía con cierta mesura. Espera un rato y me dice: “sí, claro, así es, qué belleza, mi preciosura”, como acostumbraba decir.

Pero de pronto agregó. “Es maravilloso ver cómo esos mensajes no solo se han quedado en tu memoria, lo bien que lo recuerdas, sino cómo han calado en tu corazón […] Qué bueno que lo asocies con la familia, conmigo… es un hermoso rito de alegría. No estoy muy segura haberte domesticado, porque, a fin de cuentas, Nano, creo que fueron tus padres y tus amores quienes lo hicieron… Pasar de ser un simple cazador de zorros a un creador de lazos –de amistad y de amor– es un mérito tanto de quien riega la rosa como de quien lo recibe, porque lo celebra y lo agradece […]. Yo sí te gradezco esta nueva confesión porque, al parecer, soy una de tus rosas que riegas en el jardín. Eso me alegra el alma Nano, y te doy la bendición”.  Estas son las palabras que jamás olvidaré de mi última conversación con mi tía Berta Elena…

Lloro porque me da la gana

La conversación fue alegórica. No era una despedida, más bien un reflorecer. Recordamos muchas anécdotas en La Torrera, su casa en la Trinidad. Nuestras navidades, cumpleaños, las arepas de los domingos. Nuestro destino en bici después de llegar del colegio, con Marcos, mi otro primo, con quien compartía el privilegio de pedalear aquella empinada subida que demandaba solidaridad… También recordamos nuestros primeros sermones.

Una vez nos peleamos por una bicicleta.

–¿De quién es la bicicleta?, preguntó la tía Berta con su voz gravosa y desafiante…

–De tu hijo, respondió papá, igualmente retador.

–Pues nada, entonces que la use su dueño, y enseñémosles que la pueden compartir, pero que igual en esta casa ni por una bicicleta, ni por menos, se pelea. ¿Estamos?

Acto seguido, todos a comer hallacas [hechas por la eterna María], y luego, a bailar salsa, donde aprendí mis primeros pasos, de la mano del tumbado de Mata Siguaraya con Oscar de León y La Dimensión Latina; las guarachas de Billo’s o la salsa ladrillo de Héctor Lavoe. En esa simple cronología de eventos navideños o domingueros, se plantaba y crecía una raíz de hermosos frutales identitarios: convertir en música y poesía un lance, darle alegría y gratitud a la vida por estar en familia y hacer del perdón, nuestro pan de cada día. Eso ha sido para mí un rincón llamado infancia y un corazón llamado Berta Elena…

Aun sigues ahí… en mi planeta  

Al terminar nuestra conversación, plena de remembranzas y confesiones de lo que ella había significado en mi vida, habiendo estado en silencio me respondió:

–Bueno mi preciosura, gracias por esta llamada. Una de las cosas de hacerse mayor es que sin quererlo uno olvida muchos de esos pasajes de la vida, y jamás creemos que hayan sido tan fructíferos y útiles en tu desarrollo personal, en tus visiones y decisiones. Yo estoy muy orgullosa de ti, mi bello, y de todo lo que haces por tu país… Lo que sí te puedo decir es que siempre le dije a Susy [mamá] y a tu papá, que andarías todos los caminos que quisieras andar y llegarías a todos los destinos que quisieras llegar, y entre ellos, qué cosa que tiene la vida está tu propio país, Venezuela, por lo que volverás… Lo que me queda ofrecerte es que seguiré siendo tu tía confidente. Y, como decía El principito, “lo esencial es invisible a los ojos”. Qué bueno confirmar que nunca fui invisible para ti, porque no te ha importado perder el tiempo domesticándome, haciéndome tu rosa, haciéndote responsable… Dios te bendiga”.

En ese momento le di la bendición porque sencillamente no podía hablar más. Me despedí de ella, le prometí llamarla “en un rato”, cuando terminara algunas cosas. Lo que hice fue lanzarme a mi ordenador a escribir. Entré en un laberinto más profundo de recuerdos y nostalgia. Titulé un ensayo Quiero llorar porque me da la gana, una sentencia de Federico García Lorca en su Poema doble del lago Edén, donde, preso de mis recuerdos pude decirme, gracias Dios mío, quien ha gozado de una niñez feliz goza de una vida iluminada…Y yo la he tenido. 

Esta madrugada me he enterado de que la tía Berta ha partido. No volví a llamarle, pero llevo su voz amable en mi corazón. No volví a escucharle, pero conozco cada respuesta a cada pregunta, a cada acierto o a cada error. 

La vida está hecha de sonrisas y llantos. Cada uno expresa sus sentimientos como quiere. Unas veces se llora de dolor y otras de alegría. Hoy te lloro tía, de ambos modos. Y así lo lloró García Lorca en su Poema doble del lago Edén: “Quiero llorar porque me da la gana, como lloran los niños del último banco, porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado […] Quiero llorar diciendo mi nombre, rosa, niño y abeto a la orilla de este lago…”.

Se ha ido mi rosa, mi jardín domesticado, como alcancé a escribirte una vez, ahora me reprocho no haberte llamado. Seguirás siendo siempre mi taboga, mi reina de las flores, mi confidente y amiga, cuya voz y mirada seguirán ahí para consolarme, para orientarme, para bendecirme cada día… Para domesticarme, querida tía, cuando el alma lo solicite. Porque, como me dirías algún día, en mi planeta sigue tu sonrisa, tu voz ronquita…

Vuela alto mi querida tía. No pasa nada, ya estás con papá, con los abuelos, con tus hermanos, como igual te gustaba estar… Hoy no soy un hombre, ni poeta, ni una hoja. Soy un rocío, soy un niño, soy un zorro herido, soy tu otro sobrino “preferido”. Te hubiese gustado que este texto te lo leyera yo. Pero ya lo haré. Ya sabes que llego a cualquier destino… La bendición Tía. Nano. 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.