¡Arde París! por Carlos Dorado

Familias son evacuadas por la policía durante una operación antiterrorista en Saint Denis cerca de París

 

¡Arde París! es una excelente novela publicada en 1964, de Larry Collins y Dominique Lapierre, en la cual se describe las horas que precedieron a la Liberación de París, durante la Segunda Guerra Mundial.

El papel más importante es el del General Von Choltitz, gobernador alemán de París, quien se negó a obedecer la orden de Hitler de: ¡Destruir París! Los parisinos como un reconocimiento a este General, en el audio que escuchan los turistas, mientras recorren la ruta observando los abundantes monumentos que tiene París, se menciona repetidamente, que dichos monumentos siguen ahí, y pueden ser admirados, gracias al General Von Choltitz.

Es una verdadera lástima que esos muchachos fanáticos del Estado Islámico (ISIS), un grupo terrorista insurgente de naturaleza fundamentalista yihadista, controlado por radicales fieles a Abu Barkr: el califa, supuesto sucesor y delegado del profeta Mahoma en la conducción de la comunidad musulmana; no tuvieran la misma actuación del General Von Choltitz, e incumpliesen la orden de sembrar violencia y terror en todo París.

El fanatismo es ese monstruo peligroso, hijo predilecto de la religión, y siempre presente en la naturaleza humana; que busca eliminar al disidente, llegando al extremo de convertir la fe en justificación, y la cruzada en terror.

Ese fanatismo, que llevado a grado extremo siempre termina en violencia, siendo éste el último recurso del incompetente. Una violencia alimentada por el miedo a las ideas de los demás, y la poca fe en las propias. ¡Una violencia que hiere el cuerpo; pero aún más, la mente de la sociedad!

Una violencia que florece cuando los hombres temen hablar y actuar contra ella, dando así nacimiento al miedo. Un miedo que ni los franceses, ni ninguna otra sociedad puede permitirse el lujo de que los invada, ya que terminaría siendo una ideología, que les impedirá vivir. ¡No hay cosa que la sociedad deba tenerle tanto miedo como al mismo miedo!

Porque después del miedo viene la angustia, más peligrosa que el mismo miedo, ya que éste es evidente y objetivo; pero la angustia es oculta y subjetiva. La angustia con miedo, o el miedo con angustia, pueden llenar de abismos, hasta los actos más sencillos de una sociedad.

Mi madre solía decirme: “Carlos quien tiene piedad con los crueles, termina siendo cruel con los que tienen piedad”. ¡En París no hay cabida para la piedad!, y que esos fanáticos crueles y despiadados no crean que la sociedad que desea desesperadamente vivir en paz, no apele a la guerra para conseguirla. Mi padre me decía: ”Hay algunos que les toca dar la sangre, y a otros dar la fuerza; así que hasta que podamos, estamos obligados a dar la fuerza, si no queremos terminar dando la sangre”

Por eso la respuesta de Francia debe y tiene que ser contundente, y despiadada, con la misma virulencia con que se la infringieron. ¡Les llegó el momento de nadar contracorriente!; pero es nadando así, cuando se conoce la verdadera fuerza de un individuo y de una sociedad.

La libertad con la cual queremos y debemos vivir las sociedades desarrolladas más que un derecho es un deber; y éste, bajo determinadas circunstancias requiere de sacrificios. ¡Si no lo hacemos, el futuro no será lo que solía ser, o lo que pensamos que iba a ser!

Igualdad, fraternidad y libertad, no pueden ser sustituidas por desigualdad, odio y sumisión. Si así fuese, ¡Sí estaría ardiendo París!, y sólo quedarían las cenizas de una sociedad que pudo ser y no fue.

 

cdoradof@hotmail.com

 

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Familias son evacuadas por la policía durante una operación antiterrorista en Saint Denis cerca de París

 

¡Arde París! es una excelente novela publicada en 1964, de Larry Collins y Dominique Lapierre, en la cual se describe las horas que precedieron a la Liberación de París, durante la Segunda Guerra Mundial.

El papel más importante es el del General Von Choltitz, gobernador alemán de París, quien se negó a obedecer la orden de Hitler de: ¡Destruir París! Los parisinos como un reconocimiento a este General, en el audio que escuchan los turistas, mientras recorren la ruta observando los abundantes monumentos que tiene París, se menciona repetidamente, que dichos monumentos siguen ahí, y pueden ser admirados, gracias al General Von Choltitz.

Es una verdadera lástima que esos muchachos fanáticos del Estado Islámico (ISIS), un grupo terrorista insurgente de naturaleza fundamentalista yihadista, controlado por radicales fieles a Abu Barkr: el califa, supuesto sucesor y delegado del profeta Mahoma en la conducción de la comunidad musulmana; no tuvieran la misma actuación del General Von Choltitz, e incumpliesen la orden de sembrar violencia y terror en todo París.

El fanatismo es ese monstruo peligroso, hijo predilecto de la religión, y siempre presente en la naturaleza humana; que busca eliminar al disidente, llegando al extremo de convertir la fe en justificación, y la cruzada en terror.

Ese fanatismo, que llevado a grado extremo siempre termina en violencia, siendo éste el último recurso del incompetente. Una violencia alimentada por el miedo a las ideas de los demás, y la poca fe en las propias. ¡Una violencia que hiere el cuerpo; pero aún más, la mente de la sociedad!

Una violencia que florece cuando los hombres temen hablar y actuar contra ella, dando así nacimiento al miedo. Un miedo que ni los franceses, ni ninguna otra sociedad puede permitirse el lujo de que los invada, ya que terminaría siendo una ideología, que les impedirá vivir. ¡No hay cosa que la sociedad deba tenerle tanto miedo como al mismo miedo!

Porque después del miedo viene la angustia, más peligrosa que el mismo miedo, ya que éste es evidente y objetivo; pero la angustia es oculta y subjetiva. La angustia con miedo, o el miedo con angustia, pueden llenar de abismos, hasta los actos más sencillos de una sociedad.

Mi madre solía decirme: “Carlos quien tiene piedad con los crueles, termina siendo cruel con los que tienen piedad”. ¡En París no hay cabida para la piedad!, y que esos fanáticos crueles y despiadados no crean que la sociedad que desea desesperadamente vivir en paz, no apele a la guerra para conseguirla. Mi padre me decía: ”Hay algunos que les toca dar la sangre, y a otros dar la fuerza; así que hasta que podamos, estamos obligados a dar la fuerza, si no queremos terminar dando la sangre”

Por eso la respuesta de Francia debe y tiene que ser contundente, y despiadada, con la misma virulencia con que se la infringieron. ¡Les llegó el momento de nadar contracorriente!; pero es nadando así, cuando se conoce la verdadera fuerza de un individuo y de una sociedad.

La libertad con la cual queremos y debemos vivir las sociedades desarrolladas más que un derecho es un deber; y éste, bajo determinadas circunstancias requiere de sacrificios. ¡Si no lo hacemos, el futuro no será lo que solía ser, o lo que pensamos que iba a ser!

Igualdad, fraternidad y libertad, no pueden ser sustituidas por desigualdad, odio y sumisión. Si así fuese, ¡Sí estaría ardiendo París!, y sólo quedarían las cenizas de una sociedad que pudo ser y no fue.

 

cdoradof@hotmail.com

 

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