Leila, yo sí entiendo por Daniela Dávila

caracas

Hace unos días llegó a la pantalla de mi celular un texto de Leila Guerriero, con sus apreciaciones luego de una visita a Venezuela. Las primeras frases me parecieron bastante ilustrativas de la realidad que vivimos: farmacias y supermercados desabastecidos, ranchos guindados de los cerros, agua racionada, edificios de Misión Vivienda… Mi cabeza iba asintiendo ante las distintas realidades, incluso las culturales: pequeños cafés que alegran el paladar, gente animada que canta y baila, teatros llenos de gente.

Pero, entonces, llegué al último par de líneas. Es increíble el poder que tiene la palabra. Con solo redactar dos líneas, Guerriero bajó lentamente del pedestal de gran periodista narrativa al de una persona que simplemente escribe bonito. Su rol de periodista se perdió en medio de su afirmación: “Después, leo notas sobre Venezuela que dicen estos son los buenos, estos son los malos y es razonable sentir que no entiendo nada”.

Los nueve semestres que llevo preparándome para ser periodista, me llevan a concluir que aquello que Guerriero define como “razonable”, para mí tiene más de irresponsabilidad que de raciocinio. “Buscar la verdad”, te indican el primer día de clases en la escuela de periodismo. La resbaladiza verdad se convierte entonces, más que en un objetivo de carrera, en una misión de vida. Y, con su desganado “no entiendo nada”, Guerriero soltó esa máxima y se quedó con las apariencias. Eso, dicen mis profesores de periodismo, no es propio de un periodista.

Pero, más allá de criticar la frase de la redactora, debo decir que quizá la cercanía y los 22 años que llevo viviendo en este país no me han bastado para entenderlo todo, pero sí algunas cosas:

En Venezuela no existe división de poderes públicos. Esto hace posible que tengamos 78 presos políticos actualmente, según cifras del Foro Penal (sin contar liberados con medidas cautelares). El Tribunal Supremo de Justicia es un buzón que se llena de peticiones del Gobierno y las cumple a cabalidad. Así con prisioneros políticos como con empresas privadas que son expropiadas luego de un procedimiento corto y, por decir lo menos, inconstitucional: la simple apuntada de dedo del presidente de turno y la ya popular frase “exprópiese”.

En Venezuela no existe división de poderes públicos. Esto hace posible que tengamos 78 presos políticos actualmente, según cifras del Foro Penal (sin contar liberados con medidas cautelares).

Aquí muchos hemos dejado de salir a protestar por miedo. Miedo a que nos detengan sin justificación alguna, como a los 243 estudiantes que retuvieron por acampar frente a la ONU y en dos plazas más de Caracas. Miedo a que nos hagan comer nuestras heces, así como obligaron a Bianca Rodríguez, una joven de apenas 17 años. Miedo a que nos apaguen cigarrillos en el abdomen, como ocurrió con los estudiantes Carlos Pellicer y Abraham Moreno.

¿No se consiguen distintas marcas de un mismo producto? Eso guarda, necesariamente, relación con las políticas implementadas por el Gobierno, que les hace el camino cada vez más engorroso a los empresarios venezolanos. Ellos deben vivir con la incertidumbre de no saber si mañana saldrá Nicolás Maduro en cadena nacional a solicitar la expropiación de su negocio, como ha sucedido con al menos 19 empresas en 14 años. O, aún peor, que deban cerrar la santamaría por última vez.

Fracasar en la búsqueda de acetaminofén tampoco es casualidad. Este año, la Federación Farmacéutica de Venezuela calculó que la escasez de medicamentos alcanzó 60%. La razón: escasez de divisas. Aparentemente el control cambiario y los cuatro precios distintos que tiene el dólar en Venezuela, no son elementos que ayuden a mis abuelos a conseguir las medicinas que requieren sus problemas cardíacos y estomacales, propios de la edad.

Pero no culpo al confundido. Llegar a Venezuela convierte en bipolar a cualquiera: encender el televisor es entender la maravilla que es este país, y apagarlo significa vivir una realidad distinta y dura. Los noticieros de televisión se dividen en dos: espacios corporativos del Gobierno (donde se muestra la maravilla de sueldos que tenemos, la subida de todos los indicadores económicos y un Gobierno todopoderoso que nos protege de una inseguridad que, por cierto, no existe). El otro tipo de noticiero es el de variedades. Algunos canales, bien por la presión política, bien por el cambio de dueños, han convertido sus espacios informativos en programas sobre cómo cuidar la buena salud de la piel, los mejores lugares de comida para visitar el fin de semana y, finalmente, una entrevista de personalidad a un cantante que termina incomodado ante la superficialidad que muestran sus entrevistadoras.

Cada vez los espacios son más limitados para los periodistas que desean hacer eso que me enseñaron en mi primera clase de periodismo: “Buscar la verdad”. Periódicos, revistas, televisoras… las mordazas del chavismo han alcanzado todo tipo de medios. Muy pocos son los medios tradicionales independientes que quedan acá. Gran parte de nuestros periodistas se han atrincherado en la web, uno de los pocos espacios de libertad que quedan. Por poco tiempo, pareciera, luego de ver a los tuiteros presos y el Proyecto de Ley de Comercio Electrónico.

Aquí no hay buenos ni malos, Leila. Aquí hay un grupo de personas que nacieron en el mismo país y que se encuentran fraccionados injustamente por un Gobierno que se rige por el antiguo precepto: “Divide y vencerás”. Un Gobierno que no sabe tomar buenas decisiones en materia económica, porque en lugar de elegir ministros con vasta experiencia en el tema, siguen colocando en las sillas a los mismos cuatro amigos una y otra vez.

Pero también hay gente que se despierta todos los días con el entusiasmo necesario para salir de esta triste situación. Vamos a salir de esto, yo lo sé. Lo sé porque hace unos días me reuní con un amigo que planea emprender un negocio de turismo en este país de hermosos paisajes. Lo sé porque mis grandes maestros del periodismo madrugan cada día para seguir escarbando en una realidad que, aunque complicada, están interesados en comprender. Lo sé porque todos los días me topo con gente que decidió venderme una bolsa de galletas, en lugar de robarme el celular. Lo sé porque, aunque no entiendo tanto como quisiera, vivo en un país lleno de gente que quiere entender. Y eso me basta.

@ideasdeDaniela

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Hace unos días llegó a la pantalla de mi celular un texto de Leila Guerriero, con sus apreciaciones luego de una visita a Venezuela. Las primeras frases me parecieron bastante ilustrativas de la realidad que vivimos: farmacias y supermercados desabastecidos, ranchos guindados de los cerros, agua racionada, edificios de Misión Vivienda… Mi cabeza iba asintiendo ante las distintas realidades, incluso las culturales: pequeños cafés que alegran el paladar, gente animada que canta y baila, teatros llenos de gente.

Pero, entonces, llegué al último par de líneas. Es increíble el poder que tiene la palabra. Con solo redactar dos líneas, Guerriero bajó lentamente del pedestal de gran periodista narrativa al de una persona que simplemente escribe bonito. Su rol de periodista se perdió en medio de su afirmación: “Después, leo notas sobre Venezuela que dicen estos son los buenos, estos son los malos y es razonable sentir que no entiendo nada”.

Los nueve semestres que llevo preparándome para ser periodista, me llevan a concluir que aquello que Guerriero define como “razonable”, para mí tiene más de irresponsabilidad que de raciocinio. “Buscar la verdad”, te indican el primer día de clases en la escuela de periodismo. La resbaladiza verdad se convierte entonces, más que en un objetivo de carrera, en una misión de vida. Y, con su desganado “no entiendo nada”, Guerriero soltó esa máxima y se quedó con las apariencias. Eso, dicen mis profesores de periodismo, no es propio de un periodista.

Pero, más allá de criticar la frase de la redactora, debo decir que quizá la cercanía y los 22 años que llevo viviendo en este país no me han bastado para entenderlo todo, pero sí algunas cosas:

En Venezuela no existe división de poderes públicos. Esto hace posible que tengamos 78 presos políticos actualmente, según cifras del Foro Penal (sin contar liberados con medidas cautelares). El Tribunal Supremo de Justicia es un buzón que se llena de peticiones del Gobierno y las cumple a cabalidad. Así con prisioneros políticos como con empresas privadas que son expropiadas luego de un procedimiento corto y, por decir lo menos, inconstitucional: la simple apuntada de dedo del presidente de turno y la ya popular frase “exprópiese”.

En Venezuela no existe división de poderes públicos. Esto hace posible que tengamos 78 presos políticos actualmente, según cifras del Foro Penal (sin contar liberados con medidas cautelares).

Aquí muchos hemos dejado de salir a protestar por miedo. Miedo a que nos detengan sin justificación alguna, como a los 243 estudiantes que retuvieron por acampar frente a la ONU y en dos plazas más de Caracas. Miedo a que nos hagan comer nuestras heces, así como obligaron a Bianca Rodríguez, una joven de apenas 17 años. Miedo a que nos apaguen cigarrillos en el abdomen, como ocurrió con los estudiantes Carlos Pellicer y Abraham Moreno.

¿No se consiguen distintas marcas de un mismo producto? Eso guarda, necesariamente, relación con las políticas implementadas por el Gobierno, que les hace el camino cada vez más engorroso a los empresarios venezolanos. Ellos deben vivir con la incertidumbre de no saber si mañana saldrá Nicolás Maduro en cadena nacional a solicitar la expropiación de su negocio, como ha sucedido con al menos 19 empresas en 14 años. O, aún peor, que deban cerrar la santamaría por última vez.

Fracasar en la búsqueda de acetaminofén tampoco es casualidad. Este año, la Federación Farmacéutica de Venezuela calculó que la escasez de medicamentos alcanzó 60%. La razón: escasez de divisas. Aparentemente el control cambiario y los cuatro precios distintos que tiene el dólar en Venezuela, no son elementos que ayuden a mis abuelos a conseguir las medicinas que requieren sus problemas cardíacos y estomacales, propios de la edad.

Pero no culpo al confundido. Llegar a Venezuela convierte en bipolar a cualquiera: encender el televisor es entender la maravilla que es este país, y apagarlo significa vivir una realidad distinta y dura. Los noticieros de televisión se dividen en dos: espacios corporativos del Gobierno (donde se muestra la maravilla de sueldos que tenemos, la subida de todos los indicadores económicos y un Gobierno todopoderoso que nos protege de una inseguridad que, por cierto, no existe). El otro tipo de noticiero es el de variedades. Algunos canales, bien por la presión política, bien por el cambio de dueños, han convertido sus espacios informativos en programas sobre cómo cuidar la buena salud de la piel, los mejores lugares de comida para visitar el fin de semana y, finalmente, una entrevista de personalidad a un cantante que termina incomodado ante la superficialidad que muestran sus entrevistadoras.

Cada vez los espacios son más limitados para los periodistas que desean hacer eso que me enseñaron en mi primera clase de periodismo: “Buscar la verdad”. Periódicos, revistas, televisoras… las mordazas del chavismo han alcanzado todo tipo de medios. Muy pocos son los medios tradicionales independientes que quedan acá. Gran parte de nuestros periodistas se han atrincherado en la web, uno de los pocos espacios de libertad que quedan. Por poco tiempo, pareciera, luego de ver a los tuiteros presos y el Proyecto de Ley de Comercio Electrónico.

Aquí no hay buenos ni malos, Leila. Aquí hay un grupo de personas que nacieron en el mismo país y que se encuentran fraccionados injustamente por un Gobierno que se rige por el antiguo precepto: “Divide y vencerás”. Un Gobierno que no sabe tomar buenas decisiones en materia económica, porque en lugar de elegir ministros con vasta experiencia en el tema, siguen colocando en las sillas a los mismos cuatro amigos una y otra vez.

Pero también hay gente que se despierta todos los días con el entusiasmo necesario para salir de esta triste situación. Vamos a salir de esto, yo lo sé. Lo sé porque hace unos días me reuní con un amigo que planea emprender un negocio de turismo en este país de hermosos paisajes. Lo sé porque mis grandes maestros del periodismo madrugan cada día para seguir escarbando en una realidad que, aunque complicada, están interesados en comprender. Lo sé porque todos los días me topo con gente que decidió venderme una bolsa de galletas, en lugar de robarme el celular. Lo sé porque, aunque no entiendo tanto como quisiera, vivo en un país lleno de gente que quiere entender. Y eso me basta.

@ideasdeDaniela

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