La muy parecida censura de la Argentina de los Kirchner y la Venezuela de Hugo Chávez en tres artículos

Considero útil leer esta crónica triple en la que el compatriota Gustavo Valle analiza lo que por estos días pasó en Buenos Aires con la anunciada visita del Premio Nobel  Mario Vargas Llosa, invitado a inaugurar la Feria del Libro el próximo 20 de abril..

La situación que describe Valle incluye la polarización de los medios argentinos donde al igual que en Venezuela con todos los medios de la red del gobierno demonizan a todo aquel que no se incluya en el proceso chavista. Cualquier parecido con la realidad venezolana “no es meramente coincidencia”.

Luego la carta mencionada en su artículo del funcionario argentino que pide cambios en el orden de la Feria a los organizadores y finalmente el brillante artículo de Vargas Llosa en El País de Madrid refiriéndose al hecho.

UNO (1)

La polémica entre el grupo Carta Abierta y Mario Vargas Llosa.

En artículo escrito por el venezolano Gustavo Valle .

El Affaire Vargas Llosa

Por Gustavo Valle

Marzo 14, 2011 |

La carta del director de la Biblioteca Nacional de Argentina, Horacio González, dirigida a Carlos de Santos, presidente de la Fundación del Libro, donde le solicita “reconsiderar” la “desafortunada” invitación a Mario Vargas Llosa para que inaugure la Feria del Libro, no debería sorprendernos. Es una demostración más del clima de intolerancia y enfrentamiento que se vive hoy en día en la Argentina. Desde la aparición en el 2008 del llamado “conflicto con el campo”, o “lock out patronal”, como lo denominó el gobierno, la comunicación política entre oficialistas y opositores se ha hecho francamente virulenta. Con solo ver un poco la televisión local se puede advertir la polarización: por un lado, los canales privados, sobre todo los pertenecientes al grupo Clarín, no paran de dar noticias catastróficas donde la inseguridad personal, el asesinato de ancianos, los asaltos a mujeres embarazadas y los homicidios de todo orden ocupan los noticieros con sus mensajes de alerta y de pánico. Por otro lado, un programa de la televisión pública llamado 678, que cuenta con un panel de colaboradores fijos y otros invitados, se encarga de demonizar a ritmo de zapping a personajes, bien sean políticos, empresarios, periodistas, artistas, escritores o intelectuales que no adhieran al proyecto de gobierno de Cristina.

Días atrás una emisión de ese programa fue dedicado al affaire Vargas Llosa, a quien compararon, para sorpresa de muchos, con Jorge Luis Borges. Como sabemos, el gran escritor de Ficcionesnunca se caracterizó por una correcta posición política, y en su dorado expediente literario se cuelan auténticos lunares como su condecoración por parte de Augusto Pinochet, o la tibieza permisiva con que opinó acerca de los temas vinculados con la última dictadura militar en la Argentina. Pues bien, algunos de los panelistas de 678 hicieron auténticos malabares para rescatar a Borges del cadalso popular atribuyéndole cierta “ingenuidad política”, mientras que a Vargas lo consideraban poco menos que un criminal, pues en su caso no había “ingenuidad” si no la fría actitud de un intelectual programático neoliberal, especie de mercenario de todas las corporaciones y multinacionales del mundo. Borges, a la luz de estos panelistas, adquiría cierta senilidad cándida, convirtiéndose de pronto en un anciano con capacidades disminuidas y susceptible de ser manipulado.

Menciono este episodio pues algunas voces críticas a la famosa carta de González dibujaron un escenario improbable para hacerse la siguiente pregunta: ¿Y si el invitado a inaugurar la Feria delLibro fuera Jorge Luis Borges; también la inteligentzia kirchnerista escribiría una carta para desinvitarlo? Quizás no, respondo yo, pues uno de los argumentos que González y el resto de los intelectuales reunidos en la agrupación progresista Carta Abierta esgrimen, es el proteccionismo intelectual, es decir, el nacionalismo como criterio de selección, pues según ellos tradicionalmente la feria fue inaugurada por un escritor local, costumbre que había que respetar. Lo curioso es que la edición pasada de la Feria del Libro fue inaugurada por Teresa Parodi y Víctor Heredia, argentinos de pura cepa, excelentes músicos y cantantes, pero ninguno reconocido como escritor, salvo Heredia que escribió un par de novelas de escasa repercusión. Habría que ver entonces qué criterio debería pesar más en la selección del invitado: ¿ser escritor? ¿Ser argentino? ¿O quizás las dos cosas juntas? ¿O separadas? ¿O todo lo contrario?

Como réplica a la carta en cuestión, Vargas Llosa publicó ayer domingo un artículo provocadoramente titulado Piqueteros intelectuales, en el que ataca este rasgo nacionalista:“Si tal mentalidad hubiera prevalecido siempre en la Argentina –dice Vargas– el general José de San Martín y sus soldados del Ejército Libertador no se hubieran ido a inmiscuir en los asuntos de Chile y Perú…” Y lo mismo dice de Ernesto Che Guevara y su actividad revolucionaria en Guatemala, Cuba, el Congo y Bolivia. Hábilmente el peruano apunta a dos de los símbolos más representativos de la Argentina, utilizados como auténticas banderas por el actual gobierno.

Por suerte la presidenta advirtió el inconveniente revuelo que causaría semejante petitorio, y el mismo día en que se hizo pública la carta llamó por teléfono al director de la Biblioteca Nacional para que reconsiderara su solicitud de reconsideración. Ella vio con facilidad lo que otros no vieron: la evidente intimidación de un funcionario público hacia una entidad autónoma y civil como es la Fundación del Libro, y las barreras contra la libertad de expresión que la misma carta junto con sus argumentos estaban propiciando. Con gran olfato político advirtió que esas solicitudes le hacían un flaco favor a su gobierno y no representaban ayuda alguna para su eventual reelección.

Que Vargas Llosa sea un liberal convencido y opine públicamente acerca de los gobiernos de diferentes partes del mundo, puede gustarnos o no pero él está en todo su derecho. Al igual que quienes no comparten sus opiniones están en todo el derecho de criticarlo. Y si una entidad civil como la Fundación del Libro tomó (por las razones que sean) la decisión de invitarlo, no veo porqué un organismo público deba inmiscuirse en ello.

Meses atrás el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad, CEDICE, con sede en Caracas, invitó a Mario Vargas Llosa para participar en un foro sobre Libertad y Democracia. Hubo protestas, quejas, sarpullidos, incluso seguidores del gobierno instalaron una especie de foro paralelo como una manera de contrarrestar el efecto mediático de Vargas. A pesar de todo esto el escritor peruano viajó a Caracas y dijo públicamente lo quiso decir. Y que yo sepa nunca hubo de parte de un organismo público una carta oficial e intimidatoria en la que se le solicitara al director del CEDICE la conveniencia de no invitarlo.

Esto, que no es un consuelo para los venezolanos, puede ser una lección para los funcionarios argentinos.

DOS (2):

HE AQUÍ LA CARTA QUE EL DIRECTOR DE LA BIBLIOTECA NACIONAL ARGENTINA DIRIGE AL ORGANIZADOR DE LA FERIA DEL LIBRO:

Todos hablan de la carta de Horacio González al presidente de la Cámara del Libro (la primera, antes de la conversación de HG con Cristina), pero casi nadie la leyó, porque, salvo alguna excepción, los diarios publicaron solamente fragmentos o la glosaron.

A continuación, el texto completo. A ver en qué parte se pide que se le impida decir lo que se le cante a Vargas Llosa o a cualquier otro. Lo que se discute es cómo se concibe un acto inaugural.

Carta de Horacio González al presidente de la Cámara del Libro

Sr. Carlos de Santos
Presidente de la Cámara del Libro

Ha cobrado estado público la sorprendente presencia de Mario Vargas Llosa como partícipe central de la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires. Le escribo como ciudadano, como director de la Biblioteca Nacional y como lector que aprecia la literatura de Vargas Llosa, a quien he seguido desde La ciudad y los Perros hasta El sueño del Celta. No me mueve así ningún despecho ni deseo de limitar su voz –que no precisaba del Premio Nobel para ser justamente difundida-, al decirle que considero sumamente inoportuno el lugar que se le ha concedido para inaugurar una Feria que nunca dejó de ser un termómetro de la política y de las corrientes de ideas que abriga la sociedad argentina. ¿Pero no sería este el máximo nivel de facciosidad al que llegaría este evento que a lo largo de los tiempos atravesó toda clase de vicisitudes y supo mantenerse como digno exponente de la cultura universal del libro? Es sabido que hay dos Vargas Llosa, el gran escritor que todos festejamos, y el militante que no ceja ni un segundo en atacar a los gobiernos populares de la región con argumentos que lamentablemente no solo deforman muchas realidades, sino que se prestan a justificar las peores experiencias políticas del pasado. Mucho tememos que no sea el Vargas Llosa de Conversación en la Catedral el que hable en la Feria sino el Vargas Llosa de la coalición de derecha que en estos mismos días realiza una reunión en Buenos Aires. Considero que para la inauguración hay numerosos escritores argentinos que pueden representar acabadamente un horizonte común de ideas, sin el mesianismo autoritario que hoy aqueja al Vargas Llosa de los círculos mundiales de la derecha más agresiva (aunque so pretexto de liberalismo), que diferenciamos del Vargas Llosa novelista, que mantiene viva su sensibilidad como autor de grandes ficciones del realismo histórico-social. Lo invito a que reconsidere esta desafortunada invitación que ofende a un gran sector de la cultura argentina y que junto a las respectivas comisiones directivas de la Fundación El Libro determine que la conferencia de Vargas Llosa –que podríamos escuchar con respeto en la disidencia- se realice en el marco de la Feria pero al margen de su inauguración, y que para este evento inaugural, como es costumbre, se designe a un escritor argentino en condiciones de representar las diferentes corrientes artísticas y de ideas que se manifiestan hoy en la sociedad argentina.

Afectuosamente

Horacio González
Director de la Biblioteca Nacional

TRES (3):

LA RESPUESTA DE MARIO VARGAS LLOSA PUBLICADA EN EL PAIS DE MADRID:

Piqueteros intelectuales

El grupo Carta Abierta pidió a la Feria del Libro de Buenos Aires que me retirara la invitación para inaugurarla, por mi posición “liberal” y “reaccionaria”.

¿Qué quieren, una nueva Cuba?

MARIO VARGAS LLOSA 13/03/2011

Un puñado de intelectuales argentinos kirchneristas, vinculados al grupo Carta Abierta, encabezados por el director de la Biblioteca Nacional Horacio González, pidió a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires, que se abrirá el 20 de abril, que me retirara la invitación para hablar el día de su inauguración. La razón del veto: mi posición política “liberal”, “reaccionaria”, enemiga de las “corrientes progresistas del pueblo argentino” y mis críticas a los Gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Bastante más lúcida y democrática que sus intelectuales, la presidenta Cristina Fernández se apresuró a recordarles que semejante demostración de intolerancia y a favor de la censura no parecía una buena carta de presentación de su Gobierno ni oportuna cuando parece iniciarse una movilización a favor de la reelección. Obedientes, pero sin duda no convencidos, los intelectuales kirchneristas dieron marcha atrás.

Me alegra coincidir en algo con la presidenta Cristina Fernández, cuyas políticas y declaraciones populistas en efecto he criticado, aunque sin llegar nunca al agravio, como alegó uno de los partidarios de mi defenestración. Nunca he ocultado mi convencimiento de que el peronismo, aunque haya impulsado algunos progresos de orden social y sindical, hechas las sumas y las restas ha contribuido de manera decisiva a la decadencia económica y cultural del único país de América Latina que llegó a ser un país del primer mundo y a tener en algún momento un sistema educativo que fue un ejemplo para el resto del planeta. Esto no significa, claro está, que aliente la menor simpatía por sus horrendas dictaduras militares cuyos crímenes, censuras y violaciones de los derechos humanos he criticado siempre con la mayor energía en nombre de la cultura de la libertad que defiendo y que es constitutivamente alérgica a toda forma de autoritarismo.

Precisamente la única vez que he padecido un veto o censura en Argentina parecido al que pedían para mí los intelectuales kirchneristas fue durante la dictadura del general Videla, cuyo ministro del Interior, el general Harguindey, expidió un decreto de abultados considerandos prohibiendo mi novela La tía Julia y el escribidor y demostrando que ésta era ofensiva al “ser argentino”. Advierto con sorpresa que los intelectuales kirchneristas comparten con aquel general cierta noción de la cultura, de la política y del debate de ideas que se sustenta en un nacionalismo esencialista un tanto primitivo y de vuelo rasero.

Porque lo que parece ofender principalmente a Horacio González, José Pablo Feinmann, Aurelio Narvaja, Vicente Battista y demás partidarios del veto, por encima de mi liberalismo es que, siendo un extranjero, me inmiscuya en los asuntos argentinos. Por eso les parecía más justo que abriera la Feria del Libro de Buenos Aires un escritor argentino en consonancia con las “corrientes populares”.

Si tal mentalidad hubiera prevalecido siempre en Argentina el general José de San Martín y sus soldados del Ejército Libertador no se hubieran ido a inmiscuir en los asuntos de Chile y Perú y, en vez de cruzar la Cordillera de los Andes impulsados por un ideal anticolonialista y libertario, se hubieran quedado cebando mate en su tierra, con lo que la emancipación hubiera tardado un poco más en llegar a las costas del Pacífico sudamericano. Y si un rosarino llamado Ernesto Che Guevara hubiera profesado el estrecho nacionalismo de los intelectuales kirchneristas, se hubiera eternizado en Rosario ejerciendo la medicina en vez de ir a jugarse la vida por sus ideas revolucionarias y socialistas en Guatemala, Cuba, el Congo y Bolivia.

El nacionalismo es una ideología que ha servido siempre a los sectores más cerriles de la derecha y la izquierda para justificar su vocación autoritaria, sus prejuicios racistas, sus matonerías, y para disimular su orfandad de ideas tras un fuego de artificio de eslóganes patrioteros. Está visceralmente reñido con la cultura, que es diálogo, coexistencia en la diversidad, respeto del otro, la admisión de que las fronteras son en última instancia artificios administrativos que no pueden abolir la solidaridad entre los individuos y los pueblos de cualquier geografía, lengua, religión y costumbres pues la nación -al igual que la raza o la religión- no constituye un valor ni establece jerarquías cívicas, políticas o morales entre la colectividad humana. Por eso, a diferencia de otras doctrinas e ideologías, como el socialismo, la democracia y el liberalismo, el nacionalismo no ha producido un solo tratado filosófico o político digno de memoria, sólo panfletos a menudo de una retórica tan insulsa como beligerante. Si alguien lo vio bien, y lo escribió mejor, y lo encarnó en su conducta cívica fue uno de los políticos e intelectuales latinoamericanos que yo admiro más, el argentino Juan Bautista Alberdi, que llevó su amor a la justicia y a la libertad a oponerse a la guerra que libraba su propio país contra Paraguay, sin importarle que los fanáticos de la intolerancia lo acusaran de traidor.

Los vetos y las censuras tienden a imposibilitar todo debate y a convertir la vida intelectual en un monólogo tautológico en el que las ideas se desintegran y convierten en consignas, lugares comunes y clisés. Los intelectuales kirchneristas que sólo quisieran oír y leer a quienes piensan como ellos y que se arrogan la exclusiva representación de las “corrientes populares” de su país están muy lejos no sólo de un Alberdi o un Sarmiento sino también de una izquierda genuinamente democrática que, por fortuna, está surgiendo en América Latina, y que en países donde ha estado o está en el poder, como en Chile, Brasil, Uruguay, ha sido capaz de renovarse, renunciando no sólo a sus tradicionales convicciones revolucionarias reñidas con la democracia “formal” sino al populismo, al sectarismo ideológico y al dirigismo, aceptando el juego democrático, la alternancia en el poder, el mercado, la empresa y la inversión privadas, y las instituciones formales que antes llamaba burguesas. Esa izquierda renovada está impulsando de una manera notable el progreso económico de sus países y reforzando la cultura de la libertad en América Latina.

¿Qué clase de Argentina quieren los intelectuales kirchneristas? ¿Una nueva Cuba, donde, en efecto, los liberales y demócratas no podríamos jamás dar una conferencia ni participar en un debate y donde sólo tienen uso de la palabra los escribidores al servicio del régimen? La convulsionada Venezuela de Hugo Chávez es tal vez su modelo. Pero allí, a diferencia de los miembros del grupo Carta Abierta, la inmensa mayoría de intelectuales, tanto de izquierda como de derecha, no es partidaria de los vetos y censuras. Por el contrario, combate con gran coraje contra los atropellos a la libertad de expresión y la represión creciente del gobierno chavista a toda forma de disidencia u oposición.

De quienes parecen estar mucho más cerca de lo que tal vez imaginan Horacio González y sus colegas es de los piqueteros kirchneristas que, hace un par de años, estuvieron a punto de lincharnos, en Rosario, a una treintena de personas que asistíamos a una conferencia de liberales, cuando el ómnibus en que nos movilizábamos fue emboscado por una pandilla de manifestantes armados de palos, piedras y botes de pintura. Durante un buen rato debimos soportar una pedrea que destrozó todas las lunas del vehículo, y lo dejó abollado y pintarrajeado de arriba abajo con insultos. Una experiencia interesante e instructiva que parecía concebida para ilustrar la triste vigencia en nuestros días de aquella confrontación entre civilización y barbarie que describieron con tanta inteligencia y buena prosa Sarmiento en su Facundo y Esteban Echeverría en ese cuento sobrecogedor que es El matadero.

Me apena que quien encabezara esta tentativa de pedir que me censuraran fuera el director de la Biblioteca Nacional, es decir, alguien que ocupa ahora el sitio que dignificó Jorge Luis Borges. Confío en que no lo asalte nunca la idea de aplicar, en su administración, el mismo criterio que lo guió a pedir que silenciaran a un escritor por el mero delito de no coincidir con sus convicciones políticas. Sería terrible, pero no inconsecuente ni arbitrario. Supongo que si es malo que las ideas “liberales”, “burguesas” y “reaccionarias” se escuchen en una charla, es también malísimo y peligrosísimo que se lean. De ahí hay sólo un paso a depurar las estanterías de libros que desentonan con “las corrientes progresistas del pueblo argentino”.

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Considero útil leer esta crónica triple en la que el compatriota Gustavo Valle analiza lo que por estos días pasó en Buenos Aires con la anunciada visita del Premio Nobel  Mario Vargas Llosa, invitado a inaugurar la Feria del Libro el próximo 20 de abril..

La situación que describe Valle incluye la polarización de los medios argentinos donde al igual que en Venezuela con todos los medios de la red del gobierno demonizan a todo aquel que no se incluya en el proceso chavista. Cualquier parecido con la realidad venezolana “no es meramente coincidencia”.

Luego la carta mencionada en su artículo del funcionario argentino que pide cambios en el orden de la Feria a los organizadores y finalmente el brillante artículo de Vargas Llosa en El País de Madrid refiriéndose al hecho.

UNO (1)

La polémica entre el grupo Carta Abierta y Mario Vargas Llosa.

En artículo escrito por el venezolano Gustavo Valle .

El Affaire Vargas Llosa

Por Gustavo Valle

Marzo 14, 2011 |

La carta del director de la Biblioteca Nacional de Argentina, Horacio González, dirigida a Carlos de Santos, presidente de la Fundación del Libro, donde le solicita “reconsiderar” la “desafortunada” invitación a Mario Vargas Llosa para que inaugure la Feria del Libro, no debería sorprendernos. Es una demostración más del clima de intolerancia y enfrentamiento que se vive hoy en día en la Argentina. Desde la aparición en el 2008 del llamado “conflicto con el campo”, o “lock out patronal”, como lo denominó el gobierno, la comunicación política entre oficialistas y opositores se ha hecho francamente virulenta. Con solo ver un poco la televisión local se puede advertir la polarización: por un lado, los canales privados, sobre todo los pertenecientes al grupo Clarín, no paran de dar noticias catastróficas donde la inseguridad personal, el asesinato de ancianos, los asaltos a mujeres embarazadas y los homicidios de todo orden ocupan los noticieros con sus mensajes de alerta y de pánico. Por otro lado, un programa de la televisión pública llamado 678, que cuenta con un panel de colaboradores fijos y otros invitados, se encarga de demonizar a ritmo de zapping a personajes, bien sean políticos, empresarios, periodistas, artistas, escritores o intelectuales que no adhieran al proyecto de gobierno de Cristina.

Días atrás una emisión de ese programa fue dedicado al affaire Vargas Llosa, a quien compararon, para sorpresa de muchos, con Jorge Luis Borges. Como sabemos, el gran escritor de Ficcionesnunca se caracterizó por una correcta posición política, y en su dorado expediente literario se cuelan auténticos lunares como su condecoración por parte de Augusto Pinochet, o la tibieza permisiva con que opinó acerca de los temas vinculados con la última dictadura militar en la Argentina. Pues bien, algunos de los panelistas de 678 hicieron auténticos malabares para rescatar a Borges del cadalso popular atribuyéndole cierta “ingenuidad política”, mientras que a Vargas lo consideraban poco menos que un criminal, pues en su caso no había “ingenuidad” si no la fría actitud de un intelectual programático neoliberal, especie de mercenario de todas las corporaciones y multinacionales del mundo. Borges, a la luz de estos panelistas, adquiría cierta senilidad cándida, convirtiéndose de pronto en un anciano con capacidades disminuidas y susceptible de ser manipulado.

Menciono este episodio pues algunas voces críticas a la famosa carta de González dibujaron un escenario improbable para hacerse la siguiente pregunta: ¿Y si el invitado a inaugurar la Feria delLibro fuera Jorge Luis Borges; también la inteligentzia kirchnerista escribiría una carta para desinvitarlo? Quizás no, respondo yo, pues uno de los argumentos que González y el resto de los intelectuales reunidos en la agrupación progresista Carta Abierta esgrimen, es el proteccionismo intelectual, es decir, el nacionalismo como criterio de selección, pues según ellos tradicionalmente la feria fue inaugurada por un escritor local, costumbre que había que respetar. Lo curioso es que la edición pasada de la Feria del Libro fue inaugurada por Teresa Parodi y Víctor Heredia, argentinos de pura cepa, excelentes músicos y cantantes, pero ninguno reconocido como escritor, salvo Heredia que escribió un par de novelas de escasa repercusión. Habría que ver entonces qué criterio debería pesar más en la selección del invitado: ¿ser escritor? ¿Ser argentino? ¿O quizás las dos cosas juntas? ¿O separadas? ¿O todo lo contrario?

Como réplica a la carta en cuestión, Vargas Llosa publicó ayer domingo un artículo provocadoramente titulado Piqueteros intelectuales, en el que ataca este rasgo nacionalista:“Si tal mentalidad hubiera prevalecido siempre en la Argentina –dice Vargas– el general José de San Martín y sus soldados del Ejército Libertador no se hubieran ido a inmiscuir en los asuntos de Chile y Perú…” Y lo mismo dice de Ernesto Che Guevara y su actividad revolucionaria en Guatemala, Cuba, el Congo y Bolivia. Hábilmente el peruano apunta a dos de los símbolos más representativos de la Argentina, utilizados como auténticas banderas por el actual gobierno.

Por suerte la presidenta advirtió el inconveniente revuelo que causaría semejante petitorio, y el mismo día en que se hizo pública la carta llamó por teléfono al director de la Biblioteca Nacional para que reconsiderara su solicitud de reconsideración. Ella vio con facilidad lo que otros no vieron: la evidente intimidación de un funcionario público hacia una entidad autónoma y civil como es la Fundación del Libro, y las barreras contra la libertad de expresión que la misma carta junto con sus argumentos estaban propiciando. Con gran olfato político advirtió que esas solicitudes le hacían un flaco favor a su gobierno y no representaban ayuda alguna para su eventual reelección.

Que Vargas Llosa sea un liberal convencido y opine públicamente acerca de los gobiernos de diferentes partes del mundo, puede gustarnos o no pero él está en todo su derecho. Al igual que quienes no comparten sus opiniones están en todo el derecho de criticarlo. Y si una entidad civil como la Fundación del Libro tomó (por las razones que sean) la decisión de invitarlo, no veo porqué un organismo público deba inmiscuirse en ello.

Meses atrás el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad, CEDICE, con sede en Caracas, invitó a Mario Vargas Llosa para participar en un foro sobre Libertad y Democracia. Hubo protestas, quejas, sarpullidos, incluso seguidores del gobierno instalaron una especie de foro paralelo como una manera de contrarrestar el efecto mediático de Vargas. A pesar de todo esto el escritor peruano viajó a Caracas y dijo públicamente lo quiso decir. Y que yo sepa nunca hubo de parte de un organismo público una carta oficial e intimidatoria en la que se le solicitara al director del CEDICE la conveniencia de no invitarlo.

Esto, que no es un consuelo para los venezolanos, puede ser una lección para los funcionarios argentinos.

DOS (2):

HE AQUÍ LA CARTA QUE EL DIRECTOR DE LA BIBLIOTECA NACIONAL ARGENTINA DIRIGE AL ORGANIZADOR DE LA FERIA DEL LIBRO:

Todos hablan de la carta de Horacio González al presidente de la Cámara del Libro (la primera, antes de la conversación de HG con Cristina), pero casi nadie la leyó, porque, salvo alguna excepción, los diarios publicaron solamente fragmentos o la glosaron.

A continuación, el texto completo. A ver en qué parte se pide que se le impida decir lo que se le cante a Vargas Llosa o a cualquier otro. Lo que se discute es cómo se concibe un acto inaugural.

Carta de Horacio González al presidente de la Cámara del Libro

Sr. Carlos de Santos
Presidente de la Cámara del Libro

Ha cobrado estado público la sorprendente presencia de Mario Vargas Llosa como partícipe central de la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires. Le escribo como ciudadano, como director de la Biblioteca Nacional y como lector que aprecia la literatura de Vargas Llosa, a quien he seguido desde La ciudad y los Perros hasta El sueño del Celta. No me mueve así ningún despecho ni deseo de limitar su voz –que no precisaba del Premio Nobel para ser justamente difundida-, al decirle que considero sumamente inoportuno el lugar que se le ha concedido para inaugurar una Feria que nunca dejó de ser un termómetro de la política y de las corrientes de ideas que abriga la sociedad argentina. ¿Pero no sería este el máximo nivel de facciosidad al que llegaría este evento que a lo largo de los tiempos atravesó toda clase de vicisitudes y supo mantenerse como digno exponente de la cultura universal del libro? Es sabido que hay dos Vargas Llosa, el gran escritor que todos festejamos, y el militante que no ceja ni un segundo en atacar a los gobiernos populares de la región con argumentos que lamentablemente no solo deforman muchas realidades, sino que se prestan a justificar las peores experiencias políticas del pasado. Mucho tememos que no sea el Vargas Llosa de Conversación en la Catedral el que hable en la Feria sino el Vargas Llosa de la coalición de derecha que en estos mismos días realiza una reunión en Buenos Aires. Considero que para la inauguración hay numerosos escritores argentinos que pueden representar acabadamente un horizonte común de ideas, sin el mesianismo autoritario que hoy aqueja al Vargas Llosa de los círculos mundiales de la derecha más agresiva (aunque so pretexto de liberalismo), que diferenciamos del Vargas Llosa novelista, que mantiene viva su sensibilidad como autor de grandes ficciones del realismo histórico-social. Lo invito a que reconsidere esta desafortunada invitación que ofende a un gran sector de la cultura argentina y que junto a las respectivas comisiones directivas de la Fundación El Libro determine que la conferencia de Vargas Llosa –que podríamos escuchar con respeto en la disidencia- se realice en el marco de la Feria pero al margen de su inauguración, y que para este evento inaugural, como es costumbre, se designe a un escritor argentino en condiciones de representar las diferentes corrientes artísticas y de ideas que se manifiestan hoy en la sociedad argentina.

Afectuosamente

Horacio González
Director de la Biblioteca Nacional

TRES (3):

LA RESPUESTA DE MARIO VARGAS LLOSA PUBLICADA EN EL PAIS DE MADRID:

Piqueteros intelectuales

El grupo Carta Abierta pidió a la Feria del Libro de Buenos Aires que me retirara la invitación para inaugurarla, por mi posición “liberal” y “reaccionaria”.

¿Qué quieren, una nueva Cuba?

MARIO VARGAS LLOSA 13/03/2011

Un puñado de intelectuales argentinos kirchneristas, vinculados al grupo Carta Abierta, encabezados por el director de la Biblioteca Nacional Horacio González, pidió a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires, que se abrirá el 20 de abril, que me retirara la invitación para hablar el día de su inauguración. La razón del veto: mi posición política “liberal”, “reaccionaria”, enemiga de las “corrientes progresistas del pueblo argentino” y mis críticas a los Gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Bastante más lúcida y democrática que sus intelectuales, la presidenta Cristina Fernández se apresuró a recordarles que semejante demostración de intolerancia y a favor de la censura no parecía una buena carta de presentación de su Gobierno ni oportuna cuando parece iniciarse una movilización a favor de la reelección. Obedientes, pero sin duda no convencidos, los intelectuales kirchneristas dieron marcha atrás.

Me alegra coincidir en algo con la presidenta Cristina Fernández, cuyas políticas y declaraciones populistas en efecto he criticado, aunque sin llegar nunca al agravio, como alegó uno de los partidarios de mi defenestración. Nunca he ocultado mi convencimiento de que el peronismo, aunque haya impulsado algunos progresos de orden social y sindical, hechas las sumas y las restas ha contribuido de manera decisiva a la decadencia económica y cultural del único país de América Latina que llegó a ser un país del primer mundo y a tener en algún momento un sistema educativo que fue un ejemplo para el resto del planeta. Esto no significa, claro está, que aliente la menor simpatía por sus horrendas dictaduras militares cuyos crímenes, censuras y violaciones de los derechos humanos he criticado siempre con la mayor energía en nombre de la cultura de la libertad que defiendo y que es constitutivamente alérgica a toda forma de autoritarismo.

Precisamente la única vez que he padecido un veto o censura en Argentina parecido al que pedían para mí los intelectuales kirchneristas fue durante la dictadura del general Videla, cuyo ministro del Interior, el general Harguindey, expidió un decreto de abultados considerandos prohibiendo mi novela La tía Julia y el escribidor y demostrando que ésta era ofensiva al “ser argentino”. Advierto con sorpresa que los intelectuales kirchneristas comparten con aquel general cierta noción de la cultura, de la política y del debate de ideas que se sustenta en un nacionalismo esencialista un tanto primitivo y de vuelo rasero.

Porque lo que parece ofender principalmente a Horacio González, José Pablo Feinmann, Aurelio Narvaja, Vicente Battista y demás partidarios del veto, por encima de mi liberalismo es que, siendo un extranjero, me inmiscuya en los asuntos argentinos. Por eso les parecía más justo que abriera la Feria del Libro de Buenos Aires un escritor argentino en consonancia con las “corrientes populares”.

Si tal mentalidad hubiera prevalecido siempre en Argentina el general José de San Martín y sus soldados del Ejército Libertador no se hubieran ido a inmiscuir en los asuntos de Chile y Perú y, en vez de cruzar la Cordillera de los Andes impulsados por un ideal anticolonialista y libertario, se hubieran quedado cebando mate en su tierra, con lo que la emancipación hubiera tardado un poco más en llegar a las costas del Pacífico sudamericano. Y si un rosarino llamado Ernesto Che Guevara hubiera profesado el estrecho nacionalismo de los intelectuales kirchneristas, se hubiera eternizado en Rosario ejerciendo la medicina en vez de ir a jugarse la vida por sus ideas revolucionarias y socialistas en Guatemala, Cuba, el Congo y Bolivia.

El nacionalismo es una ideología que ha servido siempre a los sectores más cerriles de la derecha y la izquierda para justificar su vocación autoritaria, sus prejuicios racistas, sus matonerías, y para disimular su orfandad de ideas tras un fuego de artificio de eslóganes patrioteros. Está visceralmente reñido con la cultura, que es diálogo, coexistencia en la diversidad, respeto del otro, la admisión de que las fronteras son en última instancia artificios administrativos que no pueden abolir la solidaridad entre los individuos y los pueblos de cualquier geografía, lengua, religión y costumbres pues la nación -al igual que la raza o la religión- no constituye un valor ni establece jerarquías cívicas, políticas o morales entre la colectividad humana. Por eso, a diferencia de otras doctrinas e ideologías, como el socialismo, la democracia y el liberalismo, el nacionalismo no ha producido un solo tratado filosófico o político digno de memoria, sólo panfletos a menudo de una retórica tan insulsa como beligerante. Si alguien lo vio bien, y lo escribió mejor, y lo encarnó en su conducta cívica fue uno de los políticos e intelectuales latinoamericanos que yo admiro más, el argentino Juan Bautista Alberdi, que llevó su amor a la justicia y a la libertad a oponerse a la guerra que libraba su propio país contra Paraguay, sin importarle que los fanáticos de la intolerancia lo acusaran de traidor.

Los vetos y las censuras tienden a imposibilitar todo debate y a convertir la vida intelectual en un monólogo tautológico en el que las ideas se desintegran y convierten en consignas, lugares comunes y clisés. Los intelectuales kirchneristas que sólo quisieran oír y leer a quienes piensan como ellos y que se arrogan la exclusiva representación de las “corrientes populares” de su país están muy lejos no sólo de un Alberdi o un Sarmiento sino también de una izquierda genuinamente democrática que, por fortuna, está surgiendo en América Latina, y que en países donde ha estado o está en el poder, como en Chile, Brasil, Uruguay, ha sido capaz de renovarse, renunciando no sólo a sus tradicionales convicciones revolucionarias reñidas con la democracia “formal” sino al populismo, al sectarismo ideológico y al dirigismo, aceptando el juego democrático, la alternancia en el poder, el mercado, la empresa y la inversión privadas, y las instituciones formales que antes llamaba burguesas. Esa izquierda renovada está impulsando de una manera notable el progreso económico de sus países y reforzando la cultura de la libertad en América Latina.

¿Qué clase de Argentina quieren los intelectuales kirchneristas? ¿Una nueva Cuba, donde, en efecto, los liberales y demócratas no podríamos jamás dar una conferencia ni participar en un debate y donde sólo tienen uso de la palabra los escribidores al servicio del régimen? La convulsionada Venezuela de Hugo Chávez es tal vez su modelo. Pero allí, a diferencia de los miembros del grupo Carta Abierta, la inmensa mayoría de intelectuales, tanto de izquierda como de derecha, no es partidaria de los vetos y censuras. Por el contrario, combate con gran coraje contra los atropellos a la libertad de expresión y la represión creciente del gobierno chavista a toda forma de disidencia u oposición.

De quienes parecen estar mucho más cerca de lo que tal vez imaginan Horacio González y sus colegas es de los piqueteros kirchneristas que, hace un par de años, estuvieron a punto de lincharnos, en Rosario, a una treintena de personas que asistíamos a una conferencia de liberales, cuando el ómnibus en que nos movilizábamos fue emboscado por una pandilla de manifestantes armados de palos, piedras y botes de pintura. Durante un buen rato debimos soportar una pedrea que destrozó todas las lunas del vehículo, y lo dejó abollado y pintarrajeado de arriba abajo con insultos. Una experiencia interesante e instructiva que parecía concebida para ilustrar la triste vigencia en nuestros días de aquella confrontación entre civilización y barbarie que describieron con tanta inteligencia y buena prosa Sarmiento en su Facundo y Esteban Echeverría en ese cuento sobrecogedor que es El matadero.

Me apena que quien encabezara esta tentativa de pedir que me censuraran fuera el director de la Biblioteca Nacional, es decir, alguien que ocupa ahora el sitio que dignificó Jorge Luis Borges. Confío en que no lo asalte nunca la idea de aplicar, en su administración, el mismo criterio que lo guió a pedir que silenciaran a un escritor por el mero delito de no coincidir con sus convicciones políticas. Sería terrible, pero no inconsecuente ni arbitrario. Supongo que si es malo que las ideas “liberales”, “burguesas” y “reaccionarias” se escuchen en una charla, es también malísimo y peligrosísimo que se lean. De ahí hay sólo un paso a depurar las estanterías de libros que desentonan con “las corrientes progresistas del pueblo argentino”.

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