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Libertad o prosperidad: el falso dilema por Carlos Alberto Montaner

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Nos dicen que hay que sacrificar la libertad para alcanzar la prosperidad. Mentira. Ese es un falso dilema, generalmente planteado por los autoritarios. La prosperidad es muy conveniente para nuestro bienestar material, pero la libertad es absolutamente necesaria para nuestro bienestar emocional. No hay que elegir.

La libertad tiene que ver con el dolor de vivir enmascarado. Bruce Jenner -por ejemplo-fue un gran deportista y se convirtió en señora. Ahora es feliz. Al menos más feliz que antes. Se despojó de la máscara. En Irán la hubieran ahorcado del extremo de una grúa para que el crimen sirviera de escarmiento, sin tener en cuenta que su único delito era buscar la coherencia interna.

Otro caso: el funcionario equis, para que no le hicieran daño, aplaudía consignas y personajes en los que no creía. Le parecían ridículos, pero tenía que sobrevivir. Hasta que el día en que controló su vejiga, venció sus miedos, se atrevió a decir que no y se transformó en un disidente. Fue muy duro, porque la dictadura era severa, pero por primera vez en su vida se sintió en paz consigo mismo.

Hay mil ejemplos posibles. La libertad es eso: poder tomar decisiones congruentes con nuestras creencias y valores. Elegir las ideas que nos parecen correctas, seleccionar sin imposiciones externas nuestros amigos, nuestros libros, nuestros afectos, nuestros proyectos de vida, nuestras carreras, nuestras preferencias sexuales; creer en ciertos dioses o en ningún dios. También, claro, poder escoger a nuestros gobernantes y oponernos vehementemente a los que nos resultan nefastos.

No es una cuestión baladí. Simular y mentir duele. Contrario a lo que sostiene mucha gente, haber evolucionado hacia la racionalidad nos ha convertido en criaturas fisiológicamente sujetas a vivir conformes a nuestra verdad interior. ¿Ha advertido el lector todo lo que nos sucede cuando mentimos? Sudamos, nos cambia el tono de voz, se acelera el corazón, se enrojece nuestro rostro; el organismo, en suma, se revela.

El autoritarismo familiar, social, religioso o político, que nos obliga a comportarnos de maneras ajenas a lo que nos dicta nuestro verdadero yo y nuestras particulares necesidades emocionales, genera en los seres humanos un doloroso malestar que suele traducirse en comportamientos neuróticos. La disonancia entre lo que se cree, se dice y se hace acaba por somatizarse como una terrible forma de angustia. La libertad, en cambio, nos dota de una saludable paz interior.

¿Y la prosperidad? La prosperidad también requiere de la libertad individual. Es, fundamentalmente, el producto de las personas emprendedoras, a veces dotadas del genio innovador, a veces no, pero siempre perseverantes y dispuestas a posponer el disfrute de sus esfuerzos para ahorrar, continuar invirtiendo y crecer ininterrumpidamente. El camino más rápido para empobrecer a una sociedad es cerrarles la puerta a los emprendedores, obstaculizar sus esfuerzos, perseguirlos o acusarlos de egoístas e insolidarios.

En los Estados en los que la iniciativa económica está en las manos de un grupo de burócratas y comisarios, o a veces, como sucede en Cuba, en las de un narcisista tontiloco y palabrero, siempre a la búsqueda de un atajo definitivo a la gloria, lo que se produce es el aplastamiento de la sociedad.

¿Y China? ¿No es China un caso elocuente de una dictadura sin libertades que va solucionando el inmenso problema de la pobreza? Esa es una conclusión absurda. Es verdad que al permitir el esfuerzo individual y la existencia de propiedad privada los chinos han dado un salto prodigioso, pero mejor les hubiera ido en un clima de libertad total, como el alcanzado por Taiwán o Corea del Sur.

Los veinte países más prósperos del mundo son, además, los más libres, con algunas excepciones, como Singapur, donde pudieron haber sido libres y prósperos simultáneamente, pero, desgraciadamente, Lee Kuan Yew padecía de un lamentable carácter autoritario que lo transmitió a su gestión gubernamental.

No hay duda de que es más difícil gobernar en libertad, buscando consensos, cediendo y negociando dentro de las instituciones y la ley. Y probablemente es cierto que el ritmo del desarrollo es más lento, pero el resultado final es infinitamente superior y más duradero. Estados Unidos nunca ha crecido espectacularmente. Pero lleva 239 años de crecimiento casi constante, con escasos períodos de contramarcha.

Benjamin Franklin advirtió que “quien sacrifica la libertad para alcanzar la seguridad, acaba por no tener ni una ni otra”. A quien la sacrifica pensando en la prosperidad le sucederá lo mismo.

@CarlosAMontaner

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Víctor Maldonado Abr 24, 2015 | Actualizado hace 5 años
Non gratae por Víctor Maldonado

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La declaración de persona non grata proferida contra Felipe Gonzalez es solamente parte de esta realidad llena de anécdotas delirantes y confusas donde el espectáculo priva sobre los intereses nacionales. Valga decir que no tiene ningún efecto diplomático la declaración contra quien ni vive en Venezuela ni forma parte del personal de la embajada española. Esa decisión de la Asamblea Nacional solamente demuestra que aquí se ha trastocado la autonomía de los poderes públicos en esa circunstancia caótica que colabora solamente cuando hay oportunidades para la caída –siempre más abajo- de la escasa y rasgada reputación nacional. En todo caso, nadie sabe para quien trabaja en estas circunstancias de ultra-radicalismo que va a más velocidad que la que recomiendan la prudencia y la racionalidad.

Pero hay otros repudios mucho más dañinos y de condición más estructural. Comencemos por el más dramático. Este gobierno está enemistado a muerte con la sensatez. Llevamos años tratando de digerir un socialismo que es inviable y que nos ha transformado en el país más miserable del mundo. Pero el gobierno insiste en una trama en la que prefieren intentar el invento, uno tras otro, cada uno menos creíble que el anterior, el siguiente más patético que el insinuado previamente,  y que nos ha llevado a sufrir las consecuencias de todos esos extravíos: guerras, conjuras, conspiraciones y coaliciones internacionales que, en las mentes calenturientas de los que dirigen este socialismo,  pugnan entre sí para destruir la salud económica del país, su seguridad ciudadana o la infraestructura y los servicios públicos. Ni una sola vez en dieciséis años la explicación ha venido acompañada de responsabilidad por las consecuencias de las decisiones tomadas. Ni una sola vez el gobierno se ha sentido culpable por lo que nos está ocurriendo. Ni una sola vez han sentido problemas de conciencia por  ser ellos la real causa de lo que nos está pasando. Ocurren cosas y simplemente inventan todo el libreto que siempre está asociado a nuevos culpables. La realidad está expulsada de las mentes febriles de los que nos dirigen.

El régimen repudia todas las libertades. La libertad de expresión ha sido trocada por una hegemonía comunicacional que ejercen sin compasión. La autocensura es el signo de empresas debilitadas por no tener acceso al papel periódico o la necesidad de renovar una licencia. Los periodistas sufren todos los días la agresión en las calles y la amenaza del desempleo. El libre mercado ha corrido la misma suerte. La economía de controles se ha montado en un acorazado de mensajes demagógicos y supuestos populistas que engañan primero y defraudan después. Precios justos tienen todos los productos que no se encuentran. Y para colmo el régimen amenaza con incrementar los revolcones de la represión y las alcabalas para todos y cada uno de los procesos productivos. El libre mercado está secuestrado. La libre empresa ya no existe. Los derechos de propiedad, tan trascendentales como el derecho a la vida, fueron confiscados.  Y a cambio solamente ofrecen escasez, racionamiento, colas y un régimen de registros para todo lo esencial, alimentos, medicinas, viviendas, vehículos y el resto que poco a poco se va a ir sumando cuando la carencia se convierta en un daño absoluto. No hay pueblo menos libre y a la vez más miserable que el venezolano.

La seguridad es un albur y una mala palabra. El régimen funciona entre la impunidad declarada y la incapacidad para garantizar el derecho a la vida. Calles y carreteras se han convertido en vacíos y soledad al caer la noche. Los venezolanos viven una nueva “edad media” gracias al temor y a la necesidad de ir concediendo terreno a los nuevos dueños de los espacios públicos. Las policías lucen indefensas e insuficientes frente a la arremetida de la violencia que no discrimina, pero que es igualmente promovida a través de grupos colectivos que no tienen otro límite que la lealtad que deben a quien les ofrece todas las posibilidades. La justicia ha sido aplastada por esa medida de dos raseros que se usa a la hora de perseguir culpables. Los hay presos siendo inocentes, y los hay libres siendo innegablemente culpables. Y los dueños de las cárceles, mientras tanto, extienden su imperio a las calles y sus tentáculos llegan a dominar sindicatos que ponen en jaque a empresas.

La justicia es, de muchas maneras, inviable en este socialismo del siglo XXI. Lo es porque se la justicia pretende ser universal y universalista. Solo sirve y es útil cuando rige para todos de la misma manera, respetando a todos los mismos derechos, con el privilegio dado a todos del debido proceso, la presunción de inocencia y el resguardo de la reputación de las personas y sus familias. Esta forma de juzgar las acciones de los hombres no es posible si el país está dividido previamente entre los leales que tienen todas las de ganar y el resto que tiene todas las de perder. Y si el poder y la posición dentro del régimen se disfrutan aplicando el terrorismo judicial y la avalancha procesal contra todos los que se atrevan a señalar algún aspecto que luzca incómodo. El uso y abuso del sapeo y su exacerbación a través de la institución de los “patriotas cooperantes” es la obvia denegación de la justicia. Y que los medios de comunicación del gobierno se usen para denostar la reputación de todos los que se opongan es la guinda puesta en la inmensa torta de la injusticia. Los regímenes autoritarios en tránsito a la comunidad totalitaria de las primeras cosas que tiran por la borda es la justicia liberal fundada en el respeto a la ley y en la separación de poderes.

La paz y la concordia son la antítesis de la revolución. La violencia es el carburante de los socialismos. La exaltación del resentimiento y la confrontación de unos contra otros es la fórmula más conspicua para mantener en vilo a la población. El discurso guerrerista y la estética militarista, con sus cañones, tanques, aviones, milicias, desfiles y alusiones constantes a la preeminencia de una revolución armada y “cívico-militar” son parte de la trama movilizadora que supuestamente logra la alineación de la masa detrás de sus líderes. En los socialismos las guerras se inventan al mayor y se administran al detal, con sus consecuencias fatales en términos de presos, perseguidos, exiliados y procesados por conspiración y traición a la patria.

La prosperidad es también una mala palabra. Peor aún, una aspiración repudiable. Al régimen le conviene la pobreza y el enclaustramiento de los pobres. Le parece mejor que los pobres se pierdan “barrio adentro” y que dependan de la mala mano de un gobierno que quita más de lo que otorga. El régimen ha invertido la ecuación. Prefiere la pobreza por dependiente que la prosperidad que empuja a soñar con realizaciones personales, autonomía y movilidad social. El gobierno odia la productividad personal porque lo pone en entredicho y le quita posibilidad de manipulación. Este régimen a veces cuela que no puede soltar las divisas porque los tumban, que no puede mejorar a los pobres porque se queda sin sustentación política, que no puede dejar vivir a la empresa privada porque su poder compite con la hegemonía que pretenden. Ellos prefieren al pobre, al que tiene que agachar la cabeza para recibir algún beneficio, al  que se le ha esquilmado el derecho al pensamiento y la creatividad, porque todos son la variación de la misma servidumbre. La prosperidad es non grata porque saca del escenario al gobierno y coloca el foco en las posibilidades de la gente.

El trabajo productivo es también ingrato para el régimen. Los socialistas del siglo XXI no creen en que la producción precede a cualquier intento de distribución. Para ellos una cosa no tiene que ver con otra. Ellos sostienen que las empresas del estado se sostienen sobre la base de la lealtad perruna y que por lo tanto mejor es marchar que trabajar, y que participar en las milicias produce el milagro de hacer lo que los trabajadores ni siquiera intentan. Para el socialismo el trabajo público es sueldo y militancia, despojándose de cualquier aspecto relacionado con el talento, el mérito, la organización del trabajo y las relaciones racionales entre los insumos, el proceso de transformación, los sistemas gerenciales y los bienes y servicios que se ponen a disposición. Claro está que la ruina súbita y la corrupción son los resultados.

La civilidad es para ellos otra cosa repudiable. Las instituciones republicanas, el decoro y la decencia pública, el respeto de las reglas del juego, el reconocimiento de los resultados y la subordinación de todos al derecho son insoportables, incluso inconcebibles. A ellos les conviene el militarismo y el “milicianismo” para hacer gala de una hegemonía que puede hacer uso de la violencia para imponer sus condiciones. Ellos son una coalición de militares y civiles que quieren parecerse a militares, que lucen como militares y que se precian de los galones como milicianos. Ellos viven constantemente la guerra que se han inventado y que dicen haber ganado por anticipado. Por eso mismo repudian las organizaciones no gubernamentales y cualquier expresión genuina del liderazgo civil. Por similares razones quieren acabar con la condición plural y deliberante de la Asamblea Nacional, que no es casual que esté presidida por uno de ellos con rango de capitán.

La descentralización y la división de poderes son a sus ojos condiciones abominables. Prefieren el control total, sin fisuras ni competencias. No conciben que se ejerza la magistratura con independencia de ellos y atendiendo a otros proyectos políticos. Sienten miedo del éxito de los otros y del contraste con la mediocridad que representan. De allí que los alcaldes estén algunos presos y otros esperando su turno. Y que los gobernadores tengan que convivir con “los protectores” que disfrutan de mucho presupuesto y total discrecionalidad para hacer lo que quieran siempre y cuando eso contribuya desestabilizar a la competencia tanto como consolidar el caos revolucionario.

Finalmente en Venezuela se echan de menos la compasión, la fraternidad y la solidaridad. Todos esos valores fueron desechados por una forma de hacer política en donde ni cabe el individuo ni se acepta como buena cualquiera de las dimensiones de su dignidad. La paz, la cohesión social y la trascendencia han sido canjeadas impunemente por ese estar constantemente desvariando, odiando, resintiendo, mintiendo y sesgando la realidad.

El régimen es una lista amplia de situaciones y condiciones catalogadas como “non gratae” que encubre una intensa indisposición contra los ciudadanos venezolanos, a los que les niegan todas las opciones de la paz y a los que empujan a vivir todas y cada una de las razones de las bienaventuranzas: la pobreza, la persecución, la cárcel, la tristeza, la represión y la injuria.

 

@vjmc