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Nov 02, 2017 | Actualizado hace 2 años
Víctor Moreno: el buen gusto de la constancia

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Acorde con sus apetitos, Víctor Moreno asegura que una de las personas más influyentes en su temprana formación fue el cantinero de su colegio. Tan estrecho resultó ese vínculo que, pese a su corta edad, Moreno llegó a convencerlo de vender empanadas de cazón en los recreos. El recuerdo ilustra una precoz convicción: desde la infancia, la comida significó para este cocinero venezolano la medida de todas las cosas. Por eso admite, con la espontaneidad que lo caracteriza, que siempre fue un glotón deseoso de trabajar en algo que le permitiera estar cerca de la comida. El niño gordito y travieso de aquel entonces supo resistir con humor el bullying de sus condiscípulos a fuerza de creer que el oficio de chef no solo es tan valioso como cualquier otro, sino el más sabroso de todos.

Víctor Moreno nació el 23 de noviembre de 1979. Perteneciente a una familia de educadores, estudió primero en el colegio de las hermanas franciscanas Nuestra Señora de Guadalupe, donde su madre trabajaba como profesora de Biología. Al mudarse a El Cafetal, sus padres los inscribieron en el colegio Champagnat. Por aquellos días y aulas, Moreno recibía el mote de Aceitunita debido a su gordura y picardía, jugaba fútbol con alumnos especiales, padecía las consecuencias de la dislexia, leía los libros de García Márquez con fervor y realizaba improvisadas “actuaciones” que le merecieron la fama del gracioso del salón. No fue un alumno de calificaciones sobresalientes, pero sí una referencia entre sus compañeros y profesores. Su materia favorita, señala con franqueza, era el recreo. Esa falta de interés en la mayoría de las asignaturas, así como su culto a la chanza, hicieron que en cuarto año de bachillerato se viera obligado a cambiarse a un liceo público, el Francisco Espejo, donde cumpliría su sueño de estudiar humanidades. Durante esos dos últimos años de secundaria confiesa haber sido muy feliz, pero sobre todo, haber valorado la educación. Reconoce no haberse comprometido lo suficiente con las metas que los estudios le habían trazado hasta que decidió asumir la cocina como profesión.

A los 15 años, fiel a su gusto por los fogones, comenzó como ayudante del reconocido chef Edgar Leal al tiempo que recibía clases en una escuela de cocina. Años después ingresó a la primera promoción del Centro de Estudios Gastronómicos (CEGA), institución que le concedería una beca para formarse en España, donde trabajó en el Can Fabes con Santi Santamaría, y en el Balzac, con Andrés Madrigal. Antes de volver a Venezuela para encargarse del CEGA, pasó por Perú, México y Colombia, países donde obtuvo un conocimiento más global de la gastronomía.

Su preparación, experiencia y simpatía le han permitido formar parte, entre otros espacios mediáticos, de la revista matutina Portada’s, transmitida por Venevisión, participar en Elgourmet y Cosmopolitan TV, y en el programa radial Geografía del paladar junto a su padre, el licenciado en Educación y especialista en artes culinarias, Víctor Moreno Duque.

Asumido como chef mediático, lo cual le ha brindado la posibilidad de promover los sabores propios como atributos del turismo nacional, Víctor Moreno ha sido representante de Venezuela en festivales de cocina y juez de congresos culinarios por toda América. Asimismo, ha asesorado a varios restaurantes y centros gastronómicos y es imagen de importantes marcas de consumo a escala nacional e internacional. En 2007 fue reconocido como Premio Tenedor de Oro al Gran Chef y resultó una pieza fundamental del movimiento Venezuela Gastronómica. Su más reciente propuesta es el restaurante Moreno, donde ofrece lo que sabe: el buen gusto de la alta cocina venezolana, con el deseo de que los comensales, “más que impresionarse, se emocionen con la comida”.

Los años de investigación, trabajo y reconocimiento le han otorgado algunas claves que comparte con aquellos que deseen dedicarse a la profesión culinaria: “Yo no tengo claro el tema del talento, yo lo que creo es que soy un tipo constante. Tengo veinte años de experiencia profesional sostenida en la constancia, en el cumplimiento del horario y de las metas. Eso es lo que marca la diferencia. Ignoro si tengo talento, lo que sé es que llego temprano. Eso siempre me ha funcionado”. Con los años, Moreno aprendió que si al carisma se le agregan los ingredientes del estudio, la puntualidad y la constancia, el resultado será siempre un plato con mucho más sabor y saber para compartir.

Mar 23, 2017 | Actualizado hace 3 años
Mari Montes: palabra por la goma

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Hay temores que en vez de paralizar, potencian. Cuando la periodista Mari Montes empezó a trabajar como anunciadora de béisbol en el estadio universitario de Caracas, el miedo le desató los nervios. Eso le costó varios errores que fue superando gracias a su entereza, pero sobre todo, a que sabía escuchar, corregirse, aprender. En sus labores para la prensa escrita y radial en Venezuela debió lidiar también con el temor de ser incomprendida por algunos peloteros, colegas y fanáticos a quienes les resultaba incómoda la presencia de una mujer en el dugout, en el terreno de juego, entre los comentaristas de béisbol…, espacios “supuestamente” propios de la masculinidad. Sin embargo, su profesionalismo pronto le granjeó el respeto en el medio deportivo. Por lo visto, Mari Montes no cree en miedos insuperables. Los domina mediante una sola estrategia: la preparación. Mientras más explora el área que la ocupa, los temores se van ponchando uno a uno, vencidos por el brazo imbatible del estudio. “Lo importante del miedo es superarlo: apoyarse en los amigos, en la familia y en el conocimiento”, señala quien durante más de veinte años ha hecho de su oficio una pasión competente, invicta ante los temores.

La comunicadora social egresada de la UCV, María Enriqueta Montes Méndez, nació en Caracas el 20 de mayo de 1967. Estudió en la escuela básica J. M. Alfaro Zamora del bulevar de El Cafetal. De esos pasillos evoca un aroma inolvidable: el del grafito de los lápices recién afilados. Un olor que describe la atmósfera apacible que vivió en esa institución donde tuvo de compañeros a Omar Vizquel y Rubén Peñalver. Fueron días de alegrías y aprendizajes, por lo que el colegio se convirtió en “un lugar al que siempre quería volver”. Dos maestras ocupan un sitial de honor. María Victoria, quien le enseñó a dominar las matemáticas, e Ignacia, una morena de negra y luenga cabellera que la impactaría no solo por su belleza, sino porque fue ella quien le regaló su primer libro: Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Gracias a ellas, Mari Montes se adentró con pie firme en la doble senda de los números y las letras, esenciales para su futura labor periodística: llevar las cuentas y echar los cuentos del béisbol.

Desde muy niña, Mari Montes tenía muy clara su vocación: estudiaría periodismo. Le gustaba el mundo de las noticias, de la comunicación, de la escritura. Pero su fascinación por el béisbol tiene fecha oficial de nacimiento: la Serie Mundial de 1975, entre los Medias Rojas de Boston y los Rojos de Cincinnati, que Mari Montes dice haber visto por primera vez por decisión propia junto a su padre, figura decisiva en sus tempranos entusiasmos deportivos.

Se estrenó como periodista en Venpres. Luego entraría en Radio Capital como reportera y productora, y a partir de 1990 sería el ancla, junto con Marisabel Párraga y Eli Bravo, del programa Adán, Eva y la Culebra. Su primer espacio televisivo apareció en Globovisión, donde trabajó siete meses conduciendo el programa Líder en Directo. Ha colaborado también para El Mundo, El Universal y el portal digital Prodavinci. En 2015 se mudó junto con su familia a Miami y actualmente es ancla del programa de deportes en El Venezolano TV.

“La lectura es indispensable para cualquier profesión –señala Montes–. Y más aún para el comunicador social. Porque la única manera de escribir es leyendo”. Aficionada a la obra de novelistas como Gallegos, García Márquez, Bryce Echenique, Cortázar, González León y Marías, así como de los cronistas Oscar Yánez, Juan Vené y Humberto Acosta, Mari Montes ha hecho de la escritura propia un campo de juego y oficio donde se permite transmitir libremente su pasión por el béisbol. Entre sus libros de crónicas se encuentran Mis barajitas. Crónicas de béisbol; Leones. Crónicas fanáticas; Por la goma 2004: un año por encima del promedio; y Por la goma 2005: Guillén y otras alegrías, con ilustraciones de Rayma Suprani. Asimismo, ha incursionado en la literatura infantil con Lucía: la pelota que soñaba con llegar al Salón de la Fama, ilustrado por Eduardo Sanabria (EDO); y, más recientemente, Los héroes del abuelo, con dibujos de Gerald Espinoza. Montes ha sumado además su conocimiento al teatro con el unipersonal Tania en pelotas, escrito para Tania Sarabia, y actualmente compone la pieza El amor pica y se extiende, para Elba Escobar.

En esta entrega para Guao, Mari Montes afirma que “el éxito reside en hacer las cosas bien, con disciplina y constancia. También hay un poco de suerte –añade–, pero la suerte es muy interesada, y casi siempre se pone del lado de quien lo hace bien”. Su multifacética labor en el ámbito del deporte pone de manifiesto que Mari Montes es una profesional con el talento y la suerte de su lado.

Mar 16, 2017 | Actualizado hace 3 años
Román Lozinski: periodismo cabal


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La historia personal de Román Lozinski proviene de las heridas históricas del siglo XX. Sus abuelos paternos de origen polaco salieron huyendo de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Sus abuelos maternos hicieron lo propio de Asturias a causa de la Guerra Civil Española. El lugar de encuentro y recuperación de ambas familias sería Venezuela, donde al cabo de los años su padre terminaría siendo campeón de bolas criollas y dominó en el Centro Asturiano de Caracas. Un ejemplo ilustrativo de una feliz asimilación. Venezuela era en aquel entonces una zona de sutura para muchos inmigrantes que no solo recompusieron sus vidas, sino que crearon otras que le otorgaron consistencia a un país hecho de muchos países.

Hijo de María Dolores Valle y Román Adam Lozinski, el periodista Román Lozinski nació en la Policlínica Las Mercedes de Caracas el siete de octubre de 1971. Desde kínder hasta el quinto año de secundaria estudió en el Colegio San Ignacio, lo cual le permitió adquirir el diploma Senior, tan importante para él como el título de bachiller. “Aún piso mi colegio y me siento en casa”, afirma con sentido de pertenencia y orgullo ignaciano. Varios profesores permanecen en los recuerdos de aquella época colegial: su maestra Andara de kínder; Laura, su primer amor platónico; el profesor Martín, quien inspiraba un respeto que lindaba con el miedo en sus clases de matemáticas, y, en especial, el profesor de Química, Palmiro, poseedor de un humor negro y de una inteligencia que le conferían un aura de sabiduría entre sus alumnos. Confiesa que sus materias preferidas eran Biología y Castellano, y también que desde esos días de estudio concibió la lectura como una práctica indispensable no solo para la recreación, sino para la formación personal. “Para un periodista la lectura es fundamental: la base sobre la que se sostiene todo su trabajo”.

Graduado en Publicidad por el Instituto Universitario Nuevas Profesiones y en Comunicación Social por la Universidad Católica Santa Rosa, Román Lozinski se estrenó en el circuito La Mega en 1992, como asistente de producción en el programa Cualquier cosa, conducido por Eli Bravo. Le tocaron unos años de mucha innovación y audiencia en los que La Mega era un referente para el público juvenil. También tuvo su primer programa de radio, La Lonchera de La Mega, con Marian River, que luego condujo con Camila Canabal.

Mientras seguía haciendo radio, Lozinski realizó varios comerciales de televisión y llegó a ser ancla en 2005 de Zona Otaku, un programa infantil de Televen, donde tenía que salir por pocos minutos, todas las tardes de lunes a viernes, sin ningún tipo de guion, y rodeado de niños de campamentos. Fue uno de los mayores ejercicios de improvisación de su vida, poco antes de formar parte del canal que sería su hogar por muchos años: Globovisión. Allí aparece por primera vez en Es noticia, luego pasa a Es noticia en la web y finalmente integra en 2009 el Noticiario Estelar de la noche junto a la periodista Gladys Rodríguez. Fue en ese canal donde terminará consolidando su imagen pública, hasta que un cambio en la línea editorial de la empresa lo obligará en 2013 a buscar otros derroteros profesionales, entre los que destaca su paso por RunRun.es, con Nelson Bocaranda.

Casado con la también periodista y locutora Anna Vaccarella, y padre de las morochas Isabella y Sofía, Román Lozinski continúa ejerciendo su labor periodística en Éxitos y Unión Radio, y desde noviembre de 2016 forma parte de IVC, conduciendo el programa Intermedios. Allí, como es ya costumbre en su quehacer infatigable, produce todo lo que hace: lee, indaga, prepara, redacta los guiones. Nada es dejado al azar en una profesión asumida como un compromiso con la necesidad de la gente de estar informada en un país con graves dificultades de comunicación.

Con más de veinte años de experiencia repartidos en radio y televisión, Lozinski posee ya algunas ideas sobre el oficio que comparte a manera de consejos: “En cualquier profesión, el éxito radica en tres elementos fundamentales: la preparación, la experiencia y la guataca –que yo defino como el ser bueno para algo. Estoy convencido de que en la educación está la salida de nuestra crisis. Y sí, entiendo que esa salida puede llevar años, décadas, pero en algún momento debe comenzar. La educación es esencial para recomponer la sociedad”. Hijo de inmigrantes que lograron sobreponerse con trabajo, sacrificio y paciencia a los avatares de una historia marcada por la tragedia, Román Lozinski está consciente de que los avances en materia educativa requieren una velocidad ajena a los apresuramientos, de modo que puedan producir verdaderos y duraderos cambios sociales.   

Mar 09, 2017 | Actualizado hace 3 años
Francisco Blavia: pasión guara

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Los orígenes de una pasión pueden hallarse en los lugares más inesperados y distantes. Los del periodista deportivo Francisco Blavia se encuentran en un viejo cuaderno de su infancia. En esas hojas solía escribir a los siete años apuntes sobre los equipos de béisbol de las Grandes Ligas, sin siquiera imaginar que estaba trazando las primeras líneas de un oficio que no ha dejado de depararle satisfacciones y aprendizajes.

Oriundo de Barquisimeto, Francisco Blavia, mejor conocido como Panchi entre sus allegados, nació el 5 de marzo de 1972. Pasó por varios colegios de su ciudad natal a causa de diversas mudanzas familiares, pero también debido a sus problemas de conducta que fueron componiéndose con la edad, y en especial, cuando ingresó al colegio Andrés Eloy Blanco, donde recibió un tipo de educación menos rígida que la de sus anteriores colegios. De esos años de “irresponsable felicidad”, atesora en la memoria a las profesoras Juanita Colmenares y Amparo Rojas, quienes lograron inculcarle conocimientos y valores que dice haber aplicado no solo en su carrera universitaria y profesional, sino en su rol de padre de dos hijas, Joaquina Valentina y Guillermina Valentina, al lado de su esposa, la locutora venezolana Camila Canabal.

Uno de los profesionales que lo inició en el ámbito de los deportes fue el comentarista de los Cardenales de Lara, Fernando Guédez, amigo de la familia, quien acostumbraba llevarlo a la caseta de transmisión del estadio Antonio Herrera Gutiérrez. Por esos días y con apenas diez años, Blavia pudo admirar en vivo y directo el trabajo del reconocido periodista Rubén Mijares, quien luego sería uno de sus maestros tutelares. Ese primer roce con el mundo de los comentaristas deportivos encendería en él un interés por el oficio que, años después, lo llevaría a estudiar Comunicación Social en la Universidad Cecilio Acosta.

Será precisamente Fernando Guédez quien lo acompañará en su primer programa televisivo: La Pelota es Redonda, transmitido por el canal regional Promar TV en 1991, que en aquel entonces era una productora independiente llamada Mariano & CO. Blavia también participó en el programa deportivo Play Ball y como columnista del diario El Informador. Asimismo, estuvo una temporada como asesor editorial de Últimas Noticias y formó parte del circuito de Los Cardenales de Lara, una de las experiencias que recuerda con mayor aprecio, pues pudo disfrutar –y comentar– el triunfo de su equipo durante dos años consecutivos, e incluso cubrir su victoria en la Serie del Caribe.

Con los años decide mudarse a Caracas y trabajar en Radio Caracas Televisión, donde integra el staff de periodistas deportivos. Allí le tocó vivir, y transmitir, la efervescencia futbolística suscitada por el buen desempeño de la selección nacional, cuando el canal tenía la exclusividad de las transmisiones para Venezuela. Sin embargo, con motivo del cierre de RCTV, en 2009 tomó la decisión de mudarse con su esposa y sus hijas a Norteamérica, donde encuentran la estabilidad laboral que habían perdido en Venezuela.

Desde hace más de siete años, Francisco Blavia reside en Estados Unidos, país en el que ha logrado desarrollar su carrera en Directv Sports Latinoamérica. Allí forma parte del programa Fútbol Total, al lado de un panel de especialistas –en su mayoría periodistas sureños– de los que dice haber aprendido mucho en el área y con quienes ha creado una suerte de camaradería profesional. También le ha tocado cubrir las Olimpiadas de Londres 2012 y las de Río 2016, así como el triunfo de la selección venezolana de baloncesto en el torneo preolímpico de básquet FIBA Américas 2015, celebrado en Ciudad de México.

En esta entrega para Guao, el comentarista deportivo con más de 25 años de experiencia se detiene en varios momentos de su etapa escolar, reconociendo la importancia de la lectura, las amistades, la disciplina, la responsabilidad, y, sobre todo, subrayando la relevancia de los verdaderos artífices de la educación recibida; aquellos maestros y profesores con quienes aún mantiene una relación cercana. Queda aún mucho camino por recorrer en esas dos labores que Francisco Blavia reconoce como las pasiones esenciales de su vida: el oficio periodístico y su familia.

Mar 02, 2017 | Actualizado hace 3 años
Omar Vizquel: artista del diamante

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Durante más de veinte años como beisbolista profesional, el caraqueño (y caraquista) Omar Vizquel no se conformó solo con jugar –trabajar– de manera eficiente. Vizquel hizo de su juego un ejercicio estético: una combinación de disciplina, precisión, gracia, elegancia y poesía que le deparó la admiración de fanáticos y especialistas deportivos. Su desempeño en el competitivo terreno de las ligas mayores producía esa inusual forma de belleza, limpieza y eficacia que lo consolidó como el mejor campocorto defensivo de todos los tiempos. Sin embargo, Omar Vizquel no ha dejado de comportarse con la picardía y naturalidad que lo caracterizan desde niño, consciente de que solo se llega verdaderamente lejos mientras no se olvide la formación de origen: las piedras fundacionales de la experiencia.

Hijo de Omar Vizquel y Éucaris González, el pelotero y grandeliga Omar Enrique Vizquel González, mejor conocido entre sus familiares como Kike, nació en Caracas el 24 de abril de 1967. Comenzó estudiando en el colegio Santa Gema de Santa Eduvigis y luego pasó al Josefa Irausquín López de San Luis. Vizquel afirma que la Primaria fue la base fundamental de su formación. Hay condiscípulos de esa época, incluso, con los que aún mantiene contacto, y aunque han pasado varias décadas desde entonces, todavía recuerda, con nombre y apellido, a varios de sus maestros y profesores, lo cual dice mucho de su agradecida memoria. Una de ellas es su profesora de Castellano y Literatura, Luisa de Hernández, quien “llevaba la batuta” en sus clases y se encargaba de inculcar valores entre sus alumnos. Nunca fue amante de las matemáticas, pero confiesa haber entablado una cordial camaradería con Argenis Pino, un profesor excepcional que sabía impartir esa materia con humor, y con quien mantuvo amenas conversas sobre béisbol. Otro de los docentes que lo impactaron por esos años fue el profesor Girón, de Historia de Venezuela, del que aprendió a conocer y valorar el pasado de su país.

Su formación en el béisbol se inició a muy temprana edad. A los ocho años, entró en Los Criollitos de Venezuela y a los diez ya era pieza clave del equipo pre-infantil de la organización Gran Mariscal. Pese a que algunos compañeros lo fastidiaban por su tamaño, el temperamento desenfadado de Omar Vizquel aunado a su poder de decisión en el juego, le allanaron un camino de meteórico ascenso deportivo. El periodista Antonio Castillo recuerda que, por esa época, el pequeño Vizquel se acercó un día nada menos que al legendario campocorto Alfonso Carrasquel, quien se encontraba en el estadio Universitario, y le dijo: “¿Usted es el “Chico” Carrasquel?” Luego de recibir la respuesta afirmativa, agregó: “Pues sepa que yo juego shortstop y voy a ser mejor que usted”. Hay atrevimientos infantiles que poseen la fuerza del presagio.

En 1984, Omar Vizquel firmó con Los Leones del Caracas y ese mismo año empezó a jugar en las ligas menores de Estados Unidos. Cinco años después, debutaría en las Grandes Ligas con los Marineros de Seattle. De ahí en adelante se inicia la elocuencia de los números que describen su carrera extraordinaria como deportista. Durante 23 años en las ligas mayores –años que marcan el récord de más temporadas jugando en la posición de shortstop–, Omar Vizquel, bautizado como “manos de seda”, jugó un total de 2.968 partidos con los Marineros de Seattle, los Indios de Cleveland (equipo que lo incluyó en su Salón de la Fama en 2014), los Gigantes de San Francisco, los Rangers de Texas, los Medias Blancas de Chicago y los Azulejos de Toronto. Antes de su retiro en 2012, obtuvo 11 Guantes de Oro, 3 participaciones en Juegos de las Estrellas y un porcentaje de fildeo de 985, con 1.734 double plays, 7.675 asistencias y 2.877 hits. Cifras notables que lo ubican en el selecto grupo de campocortos venezolanos reconocidos mundialmente como Alfonso “Chico” Carrasquel, Luis Aparicio, Enzo Hernández, Teodoro Obregón, David Concepción y Oswaldo Guillén.

Fuera del diamante de juego, Omar Vizquel lleva su vida con la mayor sencillez que le permiten sus ocupaciones diarias. Padre de dos hijos, le dedica su tiempo libre a la pintura, la música y la cocina. Luego de su retiro, ha sido coach de dos organizaciones y este año será además el entrenador de la selección venezolana en el Clásico Mundial de Béisbol.

Omar Vizquel ni descansa ni olvida lo aprendido: hoy es un educador que inicia a los más jóvenes en la pasión por el deporte. Por eso en esta entrega de Guao, se despide recordando y abrazando a esos profesores que lo llevaron, con su ejemplo, a ser hoy uno de los venezolanos más ejemplares en el mundo del béisbol.

Feb 23, 2017 | Actualizado hace 3 años
OneChot: música para renacer

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De muy pocas personas se puede asegurar que han nacido tres veces antes de cumplir los 40 años. El músico, compositor y cantante venezolano Juan David Chacón Benítez, mejor conocido como OneChot, cuenta con ese triple privilegio: su primer nacimiento en Caracas el 5 de noviembre de 1977, su conversión espiritual y artística a mediados de los años 90 en Jamaica, y su milagroso regreso a la vida y a la música en 2012, luego de haber sido impactado por una de las miles de balas que a diario se disparan en esa capital insegura que forma parte de su biografía y discografía.

Hijo del poeta y antropólogo Alfredo Chacón y de la editora y gestora cultural Luna Benítez, Juan David vivió entre libros toda su infancia, por lo que afirma que dar de leer a los niños es la mejor manera de despertar el amor por la lectura. Estudió en el Centro Educativo de la Asociación de Profesores de la Universidad Central de Venezuela, y reconoce haber pasado momentos dichosos en esa institución. Durante el bachillerato se enamoró de su profesora de Química, al punto de aplazar esa materia para poder ver clases particulares con ella. Sus clases favoritas eran las de Castellano e Historia Universal, aunque su pasión por la música era ya manifiesta. En quinto grado formó parte de un grupo llamado Caos. En la adolescencia integró la banda de metal Catalepsia, al tiempo que recibía clases de guitarra con Iván Cardozo, y luego de teoría y solfeo con Gerry Weil. En 2003 se graduó de comunicador social en la UCV, y su tesis de grado, escrita junto con César Cortez Méndez, sería publicada dos años más tarde por Oscar Todmann Editores bajo el título Reggae y rastafari: dos formas de entender el caribe. Sin embargo, años antes de esos logros académicos, ocurriría un viraje decisivo en su vida: su primer renacimiento.

En 1996, Juan David Chacón llegó a Jamaica acompañado de sus amigos Luis Enrique Sánchez y Edgard Alfonso Rodríguez. El viaje resultó una experiencia iniciática. De esa estadía en la isla caribeña, Juan David adoptó como nombre artístico el “OneChot” que los jamaiquinos pronunciaban cuando intentaban decirle Juancho, hipocorístico de Juan. También cambió sus hábitos alimenticios, sus nociones religiosas y su manera de entender los engranajes entre el arte y el compromiso social. Contagiados por los ritmos del reggae dancehall y el pensamiento rastafari, y guiados por la banda Mystic Revealers, al llegar a Venezuela los tres amigos decidieron crear, junto con Cristian De Leo, Juvenal Ruiz y Darío Adames, la banda Negus Nagast. En 2002, aparece la primera producción discográfica del grupo, Rastafari Fi Salvation y, cinco años después, I And I Pro Jah. OneChot también integraría la agrupación PapaShanty Saundsystem, banda de ska, reggae, hip hop, dancehall y drum and bass, conformada por artistas que se fusionaron bajo la idea de ofrecer una música con conciencia social y un mensaje de paz.

El estreno en solitario de OneChot ocurriría en 2008, con el álbum 1st OneChot. De esa primera placa es la pieza “Rotten Town” que, junto con el video promocional, recrea la criminalidad en la capital venezolana. La canción causó tal polémica que incluso el gobierno le abrió una averiguación por presunta instigación a la violencia. En 2010, dos compactos sencillos –Hey mi momento y Tips– preceden la aparición de su segundo disco en estudio, Ruff.

Dos años después ocurriría su segundo renacimiento.

El 28 de febrero de 2012, víctima de un intento de robo, OneChot recibió un disparo en la cabeza que puso en peligro su vida y lo mantuvo un mes en coma inducido. Semanas de tratamientos, cuidados y oraciones le permitieron rehacer su vida y volver a las andadas creativas a un ritmo asombroso. En 2013 aparece Natural, disco en el que se aprecia un giro musical y existencial con respecto a álbumes anteriores. No era para menos tratándose del disco posterior a su convalecencia. “Natural y todo lo que estoy haciendo –admite OneChot en una entrevista– tiene como norte educar a las personas acerca de un camino distinto a la violencia”. Amor a la música y música del amor se articulan en esta nueva etapa de su carrera.

Su entrega amorosa, comprometida y profesional a la música sigue inalterable. El año pasado empezó a circular su sencillo “Postales de Caracas”, compuesto para la obra de teatro homónima, dirigida por Daniel Dannery. Se trata de una canción perteneciente a Social, la cuarta placa del cantautor, todavía en etapa de producción. Todo indica que OneChot tiene aún mucho que enseñar en unas canciones que, como su propia biografía, son una celebración de las muchas vidas que existen en una vida.

Feb 16, 2017 | Actualizado hace 3 años
Luis Carlos Díaz: Red de saber

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Al momento de escribir este perfil, Luis Carlos Díaz cuenta con más de ciento veinticinco mil seguidores en su cuenta de Twitter: @LuisCarlos. Un número modesto comparado con la cifra de seguidores que llegan a tener las celebridades del espectáculo, el deporte o la política. Sin embargo, su timeline garantiza cualidades de las que pocos usuarios de esta red social pueden preciarse: creatividad comunicativa, dominio de redes, compromiso social, credibilidad periodística y afilado humor. Atributos que han hecho de este joven facilitador digital una de las personalidades venezolanas más confiables en ese océano bravío que puede resultar el ciberespacio.

Luis Carlos Díaz nació en la UCV el 15 de febrero de 1985. Nacer en una universidad fue el presagio de una vocación por el conocimiento y sus mecanismos de transmisión que ha ido fortaleciéndose con los años. Una vocación que empieza a acunarse en la biblioteca de sus padres, quienes le enseñaron a leer cuando apenas tenía dos años. Esto provocó que al iniciar la primaria tuvieran que ubicarlo en un grado mayor al que le correspondía. “Mi método de estudio fue bastante extraño en esa época –cuenta Luis Carlos–. La familia de mi padre es gigantesca, así que en la misma escuela estudiamos unos cuarenta miembros. Eso significaba que en la casa de la abuela podía tener acceso a todos los textos escolares de todos los años, en distintas presentaciones”. No sorprende que sobresaliera entre sus compañeros de la escuela Teresa de Bolívar de Charallave, de la que recuerda con admiración a unos profesores que contribuían a elevar el nivel de exigencia y a brindar un conocimiento concebido como una suma de saberes diversos, pero complementarios. De esa década de los 90, agradece el haberse beneficiado de unos programas que le permitieron contar con comedor, transporte escolar y una sala de computación donde se iniciaría en una pasión digital que transformaría su manera de conectarse con el mundo. Luego de finalizar el bachillerato en el colegio Francisco Tosta García, ingresa a la Universidad Central de Venezuela como quien vuelve al lugar de origen para preparar un segundo nacimiento: la licenciatura en Comunicación Social.

Antes de cumplir veinte años, Luis Carlos Díaz ya tenía claro lo que deseaba: enseñar. O como prefiere llamarlo: facilitar contenidos. La educación entendida como una dinámica en la que todos los discursos deben estar al servicio del contacto entre las personas: “Que lo que digas contenga multitudes, diversos discursos: he allí la clave del juego educativo”. Aunque le tocó dar clases durante un año en la UCAB, Luis Carlos prefiere otros ámbitos de enseñanza menos tradicionales, como redacciones de periódicos, organizaciones no gubernamentales y espacios comunales, sin descartar su participación en empresas, foros y congresos. Su calificada competencia en el campo de la infociudadanía y el uso de las tecnologías, lo ha llevado a recorrer casi toda Venezuela y varios países del continente americano.

Durante ocho años, Luis Carlos Díaz fue coordinador de Comunicación y Redes de la Fundación Centro Gumilla y perteneció a los consejos de redacción de sus revistas SIC y Comunicación. Allí se especializó en temas políticos, DDHH y nuevas tecnologías. Coordinó durante seis años el Encuentro Internacional de Constructores de Paz. Con la Fundación Miguel Otero Silva ha capacitado a más de cinco mil personas en el empleo de herramientas digitales. En 2013, la Deutsche Welle de Alemania le otorgó el premio Best of Blogs como “mejor persona a seguir en Twitter en español” por su activismo en libertad de expresión. Ha sido columnista del diario Tal Cual y reportero para radios y televisoras de México, Paraguay, Argentina, Perú y Chile. Junto con su esposa Naky Soto se encarga de transmitir imprescindibles hangout informativos que ayudan a atisbar ciertas luces en el insondable panorama de la política nacional. Desde hace año y medio comparte cabina radial con César Miguel Rondón por el Circuito Éxitos, donde afirma aprender a relacionar la lógica de redes con el trabajo en un medio masivo.

Luis Carlos Díaz tiene la certeza de que “si un profesor es un apasionado por la materia que enseña, despertará de inmediato el contagio entre sus alumnos. La clave es pasión y buenos relatos”. Una educación orientada al conocimiento convergente, donde las materias no se alojen en compartimientos aislados, sino que se integren en una misma arquitectura. “Un profesor –advierte– forma ciudadanos, forma a la gente para la vida, la hace parte de un proyecto. De los maestros depende la vida civil de la república y eso es importante decirlo en tiempos de militarismo”. Una frase para retuitear.

Ene 26, 2017 | Actualizado hace 3 años
Benjamín Scharifker: saber a ciencia cierta

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Es posible que el actual rector de la Universidad Metropolitana, Benjamín Scharifker, haya descubierto su afición por la investigación científica en las clases de su profesor de Química de bachillerato, quien recurría a tizas de colores para componer unas lecciones donde brillaban la sencillez, la exactitud y la belleza. O tal vez en el laboratorio de Física, donde su profesor le brindaba las herramientas necesarias para hallarle sentido a las fórmulas aprendidas de memoria. O quizá influyó su profesor de Mineralogía, quien le habló con fascinación de las diversas propiedades de las piedras. Lo determinante, en todo caso, fue el trabajo comprometido, inteligente y creativo de sus profesores. Porque la combinación de todas esas experiencias fue, en gran medida, la que despertó y desarrolló en el joven Scharifker esa pasión por las ciencias que encauzaría su carrera.

Benjamín Rubén Scharifker Podolsky nació en Buenos Aires el 21 de septiembre de 1953, y cuatro años después su familia decidió radicarse en Venezuela. Estudió en el Colegio Moral y Luces de Caracas, del cual guarda valiosos recuerdos: su estricta profesora de Cívica, por ejemplo, de quien aprendió por primera vez el significado de las palabras Constitución, Leyes y República, o sus profesores de Inglés y Castellano, que lo encaminaron por el mundo de la literatura en ambos idiomas. Aunque Matemáticas le pareció al principio una materia tan árida que tuvo que repetirla varias veces, admite que terminó agarrándole gusto, a fuerza de verla tanto. De aquellos días de colegio, Scharifker afirma haber tenido profesores preocupados no sólo por transmitir conocimientos, sino por facilitar herramientas y procedimientos para que el alumno se adentrara, por sí mismo y de acuerdo a sus capacidades, en las realidades científicas del mundo.

En 1976, Scharifker obtiene la licenciatura en Química de la Universidad Simón Bolívar y tres años después el grado de PhD en Fisicoquímica en la Universidad de Southampton (Inglaterra), donde realiza estudios postdoctorales. En adelante, su currículo académico y laboral adquiere unas dimensiones admirables.

En 1980, ingresa a trabajar en la Universidad Simón Bolívar donde fue profesor titular, jefe del Departamento de Química, decano de Investigación y Desarrollo, Vicerrector administrativo y Rector. Asimismo, ha sido científico principal y director adjunto del Centro de Investigaciones del Hidrógeno de la Universidad de Texas A&M y profesor visitante de las universidades de Southampton y Bristol. Fue coordinador del Núcleo de Consejos de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico, y del Núcleo de Vicerrectores Administrativos del CNU. También se ha desempeñado como director principal del Conicit y Secretario General del Capítulo Caracas de la AsoVAC. Actualmente es Rector de la Universidad Metropolitana.

El campo de interés científico de Scharifker está conformado por nucleación y formación de fases, electrocristalización, conversión de energía, electrocatálisis, reacciones electroquímicas interfaciales, ultramicroelectrodos, adsorción en interfases sólido-líquido, polímeros conductores e instrumentación electroquímica. En esas áreas ha publicado libros, monografías y más de cien artículos de investigación. En 2016 apareció en el Ranking of scientists in Venezuela Institutions according to their Google Scholar Citations public profiles en el quinto lugar de investigadores más productivos en Venezuela y en segundo lugar en la USB. Scharifker cuenta con varias patentes de invención y es individuo de número de la Academia Nacional de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela, y miembro de la Academia de Ciencias de América Latina y de la Academia de Ciencias de los Países en Desarrollo (TWAS). Ha recibido el Premio Tajima de la Sociedad Internacional de Electroquímica (1986), el Premio al Mejor Trabajo Científico en Química del CONICIT (1991) y el Premio Lorenzo Mendoza Fleury de Empresas Polar (1993), entre otros muchos lauros.

De su formación científica y docente le viene la certeza de que hay algo más fundamental que la constancia: saber elegir bien los problemas a los cuales se dedicará esa constancia. Porque siempre se llega a las respuestas una vez que se han planteado las preguntas adecuadas. Considera, finalmente, el oficio del maestro como uno de los más importantes en la sociedad, porque si cada persona posee un potencial para ser feliz y hacer felices a los demás, el facilitador idóneo para el desarrollo de ese potencial es el maestro. Es decir, aquellos que educan no para obtener respuestas automáticas, sino para hallar las preguntas más adecuadas que conduzcan a esa felicidad compartida.