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Sebastián de la Nuez Oct 24, 2018 | Actualizado hace 1 año
Un premio para Rafael Cadenas

 

El autor venezolano de mayor inquietud universal acaba de recibir el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en la Universidad de Salamanca, que está cumpliendo nada menos que 800 años. En las redes circulan vídeos de la nutrida ovación que recibió quien es, hoy en día y paradójicamente, el exponente más preciso de un país avanzando hacia su juventud, esa etapa vital donde todos los sueños son posibles. En libertad, por supuesto

 

@sdelanuez

 

A ESTAS ALTURAS YA UNO PUEDE DESLASTRARSE DE CIERTAS CORTAPISAS DEL PERIODISMO DURO Y PURO y manifestar, en primera persona, el tamaño de una estima. Escribir, sin tapujos, que Rafael Cadenas es un hombre entrañable hecho de amables cicatrices, fácil de querer, vulnerable hasta el extremo aun en su fortaleza física, que todavía la conserva a sus 88. Puede uno atestiguar, porque le apetece hacerlo en esta hora festiva, en España o en Venezuela o donde sea, la cercana calidez que emana del primer ganador nacido en Venezuela del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2018. El más importante que se otorga en la misma tierra que vio nacer a Miguel Hernández, Antonio Machado y Federico García Lorca.

Dicho esto, puedo entonces añadir que al acercarme a él justo antes de comenzar la rueda de Prensa que se celebró este lunes a mediodía en el Palacio Real de Madrid, ante el grupo de periodistas y personalidades que le acompañaban, bajo los relámpagos de las cámaras y presa de su aplomado azoramiento, exclamó “¡No sabía que venías!”, y a continuación: “Ahora me ayudas con esto”.

“Esto” era la rueda de Prensa propiamente dicha. Estaba tan amilanado ante la avalancha de solemnidades y atenciones que pensó en mí como soporte, como una rama de la cual asirse para capear tamaño vendaval. En fin, ideas tan peregrinas le habrán asaltado, quizás, antes en su vida. Me senté en primera fila y le hice la primera pregunta, luego de que hablaran, breves, los tres caballeros que le acompañaban: el presidente del Patrimonio Nacional, Alfredo Pérez de Armiñán; el rector de la Universidad de Salamanca, Ricardo Rivero, y el antólogo de la obra editada en homenaje a Cadenas por esa misma Universidad, Juan Pablo Gómez Cova (la obra se titula No es mi rostro y contiene, además de la selección de los textos del poeta, una enjundiosa introducción de  Carmen Ruiz Barrionuevo).

Esa primera pregunta fue solo una invitación a que dijera lo que creyera conveniente sobre su país en esta menguada hora. Ya el rector Rivero había dicho que “nos sentimos profundamente conmovidos por su ejemplar posición pública” y establecido un paralelo entre los valores que defiende su Universidad y aquellos que Cadenas quiere rescatar para Venezuela. Sin embargo, el poeta no me escuchó bien y me dijo que me acercara. Así lo hice y le comenté al oído lo que esperaba con mi pregunta. Después explicaría que el día anterior se bañó con sus audífonos puestos, y que se le habían estropeado. Detrás de él estuvo todo el tiempo, para aclararle las preguntas que no lograra escuchar, su hija Paula.

Casi no había periodistas venezolanos en la sala, aunque hay más de 250 registrados en la asociación local. La excepción: Elssen Lombó, del portal Actualy.es, dirigido por el veterano Víctor Suárez. Los españoles se interesaron por los antecedentes de Cadenas, por Derrota Fracaso, por la carga oriental de sus últimas entregas, y él habló del japonés Basho, de la revolución de Walt Whitman, de la aberración de la neolengua. Recordó En torno al lenguaje y confirmó que ya no es quien escribió Derrota. “La democracia trasciende lo político. Esos cuarenta años de democracia han sido la mejor etapa del país, con todo y su corrupción”, dijo, y sin embargo: “Hubo práctica democrática pero no educación democrática. No se es demócrata solo por votar”.

Habló con demora en cada frase, fiel a sí mismo, y cada palabra fue redonda pues cargaba con lo que él dispuso poner en ella y nada más, siempre al borde del silencio.

Las figuras sentadas junto a él mantuvieron una actitud considerada y respetuosa, lo que era de esperarse; pero además, y muy especialmente, mostraron un sincero afecto al terminar la sesión de preguntas y respuestas. Eso sí, Paula, la hija, comentó por lo bajo que lo tenían prácticamente secuestrado. Había prisa por llevarlo a varias citas.

El hombre que se ha hecho a sí mismo humilde, silencioso y rebelde estuvo, pues, atendiendo a las solicitudes protocolares en la sede oficial de la familia real en esta monarquía muy moderna y plurilingüistica. Sin embargo, estableció Cadenas su propio tempo, su humor y su justa voz de denuncia ante la inequidad y la estulticia. Sí, en su país la gente protesta en la calle solo como un clamor de propia sobrevivencia. Todo expresado desde ese desconcierto metafísico que lleva como parte de su equipaje cuando viaja. Es probable que, a su vez, desconcertara a algunos de los presentes.

Fuera del Salón de Mayordomía, a la 1:30 del mediodía al terminar la reunión, el palacio seguía siendo asediado por oleadas de asiáticos: capturaban desesperadamente, con sus cámaras de última generación, la soberbia alma de la edificación toda piedra, ventanales y balaustradas. Llegaban armados con sus yenes recién convertidos en moneda europea para asaltar por taquilla aquella plaza.

Mientras observaba el asedio, recordé que en septiembre de 2017 el poeta y su mujer Milena estuvieron en un congreso de escritores en Las Palmas de Gran Canaria. Yo los acompañé casi siempre durante su estadía; una tarde estuvimos juntos en la sucursal de El Corte Inglés. El poeta ojeaba libros en la planta baja de la gran tienda mientras Milena buscaba un cable de iPhone o algo parecido para llevárselo a una nieta. Cadenas se quedó mirando un libro en particular, me pidió que le confirmara el precio. Era una especie de cuaderno sobre mindfullness y costaba poco más de trece euros. Evidentemente, pensó en comprarlo, estaba interesado… pero no lo hizo finalmente. Yo me preguntaba, desde mi ignorancia, para qué querría el poeta un libro sobre ese tema. Pasó rasante sobre las actualidades en ensayo, novela y biografía. Vio un mamotreto sobre el Che y comentó algo como “¿todavía más sobre Guevara?”

En esa parada de varios días que hizo el matrimonio fue cuando conocí y traté a Milena. Nos divertimos con ella, con sus salidas, con sus ganas de vivir y de comer. Nos tomamos varios vinos juntos. El poeta me dejó Contestaciones, que recién le había publicado la Fundación para la Cultura Urbana, con esa dedicatoria tan parecida a él, tan cargada de significado y a la vez tan leve: “A Sebastián de la Nuez como tributo de amistad”.

El día en que marchaban al aeropuerto para irse a Tenerife no aparecieron los pasaportes. Ya estaban con sus maletas en el lobby pero no había manera de dar con ellos. Sin eso no podrían tomar el vuelo. Milena iba de un lado a otro, revolviendo las maletas desesperada; reclamaba al poeta que no hubiese tenido cuidado al guardar los documentos una vez hecho el chequeo de entrada al hotel, si es que los había guardado. De hecho, desde la llegada no se había vuelto a saber de los pasaportes, no los habían necesitado; pero el poeta, entre contrito y cohibido, apenas podía asimilar nada: no, de su mano no estaban esos pasaportes, no recordaba que hubiesen pasado por sus manos. En absoluto. Y la pobre Milena con aquellos nervios de punta.

Se pudo recuperar la memoria de las cámaras de seguridad del hotel, aunque tardaron más de una hora en ello. Allí estaba, claramente, el señor de pelo blanco y chaleco beige echándose al bolsillo izquierdo del pantalón  el par de pasaportes mientras caminaba hacia el ascensor. El cuerpo del delito, la prueba incriminatoria. Tuvieron que quedarse aquella noche y desempacar totalmente hasta encontrar, en el fondo de una maleta, los benditos pasaportes. Fue, aquella tarde, la última vez que vi a Milena: hecha un manojo de nervios vitales, fosforescentes. Una mujer inolvidable, preciosa.

Uno puede suponer (pero apenas es eso, una suposición, la real dimensión de su ausencia es inaccesible para los demás) la falta que le hizo Milena anoche al poeta Cadenas en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Estaba Paula, hija dulcísima y amorosa, vigilando incluso que el homenajeado voltease hacia las cámaras correctamente. Estaba el sitio repleto. La reina Sofía le sonrió amablemente. La ovación fue compacta, larga, fervorosa. Estaban presentes muchos amigos venezolanos, del medio literario o no literario. Entre los primeros, Antonio López Ortega, escritor que actualmente vive en Tenerife. Dice que Cadenas, dentro de esta especie de desmembramiento que sufre Venezuela, representa el país alterno, el de la fraternidad, la excelencia y el civismo, con un poder simbólico muy fuerte. Dice López Ortega que hay un país-Cadenas, un territorio para encontrarse señalado por su verbo, por su misma actitud ante la vida y ante la barbarie. «El mejor ejemplo para rehacer el país será la reconstrucción que, en el campo lingüístico, Cadenas ha hecho: es la referencia”, dice López Ortega.

Ojalá. Ojalá se vaya ensanchando el país-Cadenas hasta abarcar a todos los venezolanos que puedan reconocerse en él. Cadenas es un hombre eternamente apto para enloquecer de amor, como él mismo escribió de cierta estirpe. Se le puede leer en  ideas e imágenes o como persona-verso, su propia vida y su actitud personal: promesa de un país regenerado, aún por alumbrarse. Una luminosa posibilidad que ha nacido de la palabra y vence la neolengua de los fascismos, aplastándola cada día un poco más con el poder de la virtud.