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Cúcuta: Salida de emergencia

Cúcuta: Salida de Emergencia | Viaje a la incertidumbre
Decenas de familias venezolanas deciden cruzar Colombia a pie, hacia cualquier destino, para huir de un país en el que el hambre y el precio de la vida amenazan con elevar un éxodo que ya es masivo

 

Angélica María Cuevas G. | Fotos: Juan Arredondo

POR LO MENOS 1 MILLÓN Y MEDIO DE VENEZOLANOS han dejado su país en los últimos dos años, utilizando Colombia, y Cúcuta (Norte de Santander) como principal puente de escape. Venezuela vive una diáspora sin precedentes, impulsada por una hiperinflación que se ha agudizado desde 2016 y se revela en sueldos simbólicos, quiebra, hambre y violencia.

La imparable devaluación del bolívar hace dramática la situación de quienes cruzan en Cúcuta el Puente Simón Bolívar. Mientras en 2016 se recibían $2,2 pesos colombianos por cada bolívar, en mayo de este año el mismo bolívar valía $0,0025 pesos. Por lo poco que vale su dinero, muchos venezolanos duermen en las calles y terminales de Cúcuta, trabajan informalmente y venden lo que traen a la mano: teléfonos celulares, zapatos, anillos de bodas e incluso el cabello de las mujeres.

Para reunir $50.000 pesos colombianos (US$17,5 dólares), que es lo que cuesta un tiquete en bus a Bucaramanga, se tendrían que entregar 10 millones de bolívares, equivalentes a cuatro salarios mínimos mensuales en Venezuela. Conseguir algo de dinero en Cúcuta es tan difícil, que decenas de personas deciden agarrar las maletas y tomarse a pie la carretera. Junior Reverol, Joselyn Castillo y Karina Gómez, con 8 meses y medio de embarazo, son parte de un grupo de 14 personas que salieron a la carretera el 13 de mayo de 2018, hacia Cali.

Para llegar a Cali se pasa primero por la ciudad de Bucaramanga, el tramo desde Cúcuta, que en un automóvil tardaría 5 horas y media, les toma a un grupo de caminantes dos o tres días, en promedio. Viajan en grupos de tres, cuatro, siete, nueve, catorce personas. Duermen en carpas, al borde del camino, en estaciones de gasolina o paraderos. La ciudad intermedia de Pamplona es una parada obligada.

¿Cuántos venezolanos pasan a diario?

“Qué pregunta difícil”, dice Luis Mora, de 37 años, un venezolano que trabaja como montallantas en el sector de la Donjuana y le permitió al grupo de 14 pasar la noche junto a los cauchos. “Esta semana si no han pasado 700 o 800 han sido poquitos, hace poco, en un solo día ví unos 250, no le miento, yo trabajo desde la 6 de la mañana hasta las 8 de la noche. Es muy triste y esto se va a poner peor. Venezuela no mejora, entonces vamos a ver más venezolanos en la carretera”.

Para los venezolanos que cruzan el Puente Simón Bolívar, en Cúcuta, existe el imaginario de que entre más lejos estén de esa frontera, más fácil será volver a empezar. No importa dónde terminen: Bogotá, Quito, Rumichaca, Santiago de Chile, Buenos Aires, si el clima se parece al de Caracas, Valencia o Barquisimeto, o si las ciudades están rodeadas por montañas o tienen de lado un río, o el mar. Mudarse lejos de Venezuela actual, la inviable, es la oportunidad de reconstruir sus vidas.

Jovanny Barreto, “El muñequito Báez”, es ciclista de ruta hace 23 años. Cuenta que alguna vez compitió La Vuelta al Táchira y que salió pedaleando hace tres días de Barinas buscando llegar a Ecuador. Su estrategia, mientras avanza, es inscribirse a carreras locales que busca por Facebook, luchar el podio y reunir algo de dinero para comer y enviar a Venezuela. Los 70 kilómetros que corre a diario los toma como entrenamiento y dice que si la cosa no funciona, buscará trabajo de herrero, pintor, mecánico o vendedor. El 13 de mayo se encontró a los 14 caminantes al borde de la carretera, descansó con ellos. “La semana pasada una de mis nietas me pidió comida y no tuve para darle, así que arranqué. No me estoy yendo del todo, yo no cambio a mi Venezuela por ningún país, hoy nos tocó migrar, pero cuando mi Venezuela se arregle, regreso”.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

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Jul 27, 2018 | Actualizado hace 2 años
Cúcuta: Salida de Emergencia | Una Rosa en el camino
Rosa Umaña, una colombiana que alguna vez tuvo que salir de su país desplazada por la violencia, abre las puertas de su hogar en Cúcuta a venezolanos expulsados por la crisis humanitaria

 

Textos y fotos: Rafael Hernández y Rubén Sevilla

LA COLOMBIANA ROSA UMAÑA LLEVA MÁS DE DOS años hospedando en su casa a migrantes venezolanos. En este cuaderno las familias escriben anécdotas o mensajes de agradecimiento con la mujer que los recibe de manera gratuita.

Rosa posa junto su diario donde familias de migrantes venezolanos han plasmado el agradecimiento por recibirlos.

El ruido y la confusión del puente internacional Simón Bolívar llega a punto muerto en el barrio Camilo Daza, ubicado en la periferia noroccidental de Cúcuta. Distinguido por sus casitas pintorescas y aceras limpias, muy diferente a la suciedad que recubre algunos barrios venezolanos.

Hay, también, pequeños comercios familiares que venden desde mercería hasta medicinas; y un safari de panaderías que inevitablemente hacen recordar la Venezuela del pasado, de una cultura panífera hecha de harina de trigo, azúcar y dulce de guayaba. Es un barrio de escasos recursos, conformado en su mayoría por familias colombianas que han sido desplazadas por la violencia y que encontraron en la periferia de Cúcuta un lugar para reconstruir sus vidas.

Además, en el Camilo Daza abundan las peluquerías, como la de Rosa Umaña. Ella es popular no sólo porque maneja este negocio, sino porque se convirtió en la salvación de muchos migrantes venezolanos. Por su casa han pasado decenas de personas que dejaron Venezuela por la profunda crisis humanitaria que atraviesa, y que necesitan una morada para dormir unos días, recobrar capital y continuar su tránsito hacia Bogotá, Medellín, Cali, Quito, Guayaquil, Perú, Chile, Argentina…

Rosa no les cobra ni un peso por el alojamiento y la comida. Incluso, hasta les ha dado trabajo a algunos. Así pasó con Niledys García, una venezolana que supo de Rosa a través de Whatsapp. “Me dijo que alquilaba cuartos y al llegar no era así, nos hospedó gratis”, cuenta Niledys, madre de dos niños que migraron con ella hace cuatro meses y hoy viven en arriendo en una casa vecina. “Estamos recién mudados”, exclama orgullosa la estilista, quien hoy es empleada de confianza de Rosa.

La sensibilidad de Rosa nació, quizás, cuando vivió en carne propia la crisis venezolana. Llegó a Venezuela expulsada por la violencia en Colombia cuando en diciembre del 2001 las autoridades allanaron su casa, argumentando que era colaboradora de la guerrilla. Decidió irse a Valencia (al centro de Venezuela), donde vivió muchos años. Cuando empezó a llegar la escasez a ese país, pasó días completos haciendo fila con uno de sus hijos en brazos para comprar comida. La crisis se profundizó y una tarde en la que, después de horas de espera, salió con las manos vacías mientras otras personas sí pudieron hacer sus compras pues pagaron para ser favorecidas. Ese fue el punto de no retorno.

Decidió regresar a Colombia. Dejó su casa y, resignada, acepta que en cualquier momento podrían expropiársela. “Pero gracias a Dios logré surgir aquí nuevamente. No me queda más que ayudar al que viene buscando una nueva vida”, dice.Entre tantos migrantes, son pocos los que se encuentran una Rosa en el camino. Ella, además, es una abanderada de la lucha contra la estigmatización y la xenofobia que llegaron a Cúcuta con la oleada de venezolanos que huyen.

Luchar contra la xenofobia

Francesco Bortignon, un anciano delgado, de facciones duras, se acerca a la ventana de su oficina en el corazón del barrio Camilo Daza, para aliviar el calor. Bortignon dirige el centro de Migrantes de la Comunidad Scalabrini. “Hace unos años atendíamos anualmente entre 200 y 300 venezolanos, pero de golpe han pasado a cuatro mil”, explica.

Para muchos expatriados el paso por Cúcuta no es color de rosa. Si bien un grueso número está en tránsito, muchos otros se quedan buscando recursos para sobrevivir el día a día, así eso signifique dormir en la calle. Lo asegura Óscar Calderón, coordinador del Servicio Jesuita a Refugiados de Norte de Santander. “Hemos registrado una cifra tope de dos mil venezolanos en situación de calle. La mayoría de esta migración ocupa los sectores de la población más pobre de Colombia y esto, muchas veces, termina convertido en una especie de lucha entre los más pobres por el mínimo vital”.

Pero las dificultades no terminan ahí. Otra espina, la más lastimosa quizás, es la de la xenofobia. Bryan Román, un venezolano moreno y acuerpado, curtido por el sol de la costa occidental venezolana, soporta el calor del mediodía cucuteño. Lo que no resiste, dice, es la aversión hacia el migrante y los miedos que despierta. “Uno va a algún sitio donde requieren un ayudante, más que todo en supermercados, y cuando les dices que estás buscando empleo te dicen que ‘no’ de una, por tu acento”.

Bryan lleva 15 días en Colombia. Y aunque ha tenido que escuchar muchos rechazos, reconoce que también ha recibido ayuda. Está sentado en el patio de la iglesia de los Scalabrini, junto a su hermano, su hermana y su sobrino, esperando a inscribir al niño en este centro, donde podrá recibir educación. Por su condición de ilegal, no puede ser escolarizado por el Gobierno colombiano.

“Yo no tengo miedo a que me discriminen porque vine a trabajar humildemente y a ganarme el pan”, exclama Euclides Colmenares, quien llegó hace una semana y vive en casa de Rosa. A pesar de haber tenido dificultades para acceder a Colombia, luchó hasta que logró entrar. “No me devolví porque tengo a mi esposa embarazada y tengo que trabajar para mandarle (dinero) a ellos en Venezuela”.

Otras rosas

“Yo digo que el que los juzga y trata mal es porque no ha sufrido”, dice Kelly Lizcano, otra vecina del barrio Camilo Daza quien, como Rosa, convirtió su casa en un lugar de paso para los migrantes. Ella también es colombiana, migró a Venezuela expulsada por el conflicto y retornó a su país cuando la crisis venezolana se hizo insostenible. Habla desde su casa, abarrotada de mil enseres que vende desde la ventana. En el comedor, su hija juega con una “canaimita”: un computador personal entregado por el gobierno venezolano a personas de bajos recursos.

Kelly alberga en su hogar a María Valentina Hernández, otra migrante. María es joven y tiene 34 semanas de embarazo. Cruzó a Colombia con su esposo. “Allá cuesta mucho dar a luz. No se consiguen ni guantes de cirugía, ni antibióticos”, dice.

Muy cerca de allí está la casa de Albeiro Monsalve, quien observa su casa mientras una manada de cachorros juguetea en el patio. Esa misma casa fue construida entre él y un venezolano. Monsalve ha recibido a tres familias y ninguna de esas experiencias le ha dejado un sabor amargo, por eso rechaza la estigmatización hacia el migrante. “Todos no son iguales, digo yo”, sostiene. “Yo también estuve allá y a mí me recibieron con las puertas abiertas. Aquí hay que hacer lo mismo”.

Cruzar el puente internacional Simón Bolívar resulta una enredadera llena de espinas: hay que hacer largas filas para sellar la salida en la aduana venezolana y la entrada a Colombia, negociar o espantar a los astutos carretilleros, superar las exigencias de las autoridades policiales colombianas y la extorsión persistente de la Guardia Nacional Bolivariana.
Sin embargo, Cúcuta adentro, el calor se vuelve calidez de hogar cuando Rosa, y otros colombianos como ella, extienden una mano para aliviar la incertidumbre y la desesperanza con la que vienen cargados los venezolanos expulsados por su propio país.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

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Cúcuta: Salida de Emergencia | El vuelo de Jesús
Jesús Longa, un niño de 10 años, y su papá Gustavo Longa, cruzan el puente Simón Bolívar todos los días desde Venezuela hacia Colombia. Ambos hacen parte de un grupo de migrantes denominado “pendulares”, que cruzan la frontera continuamente y que suman más de 1,3 millones de personas

 

Guión y video: Johana Osorio y Yaikel Dorta

LA CRISIS ECONÓMICA DE VENEZUELA LLEVÓ A GUSTAVO LONGA a desplazarse todos los días hacia Cúcuta, en Colombia, para trabajar como lustrabotas. Muchas veces, su acompañante en esa travesía es su hijo Jesús, de 10 años, quien cruza el puente Simón Bolívar con su papá los días que le suspenden sus clases de 5° grado de primaria; situación cada vez más frecuente debido al éxodo de profesores venezolanos.

Mientras su papá está trabajando en alguna calle de Villa del Rosario, localidad fronteriza, el niño lo espera en una carpa ubicada en el área de migración, donde una organización defensora de Derechos Humanos ofrece abrigo y educa, académicamente y en valores, a los hijos de los venezolanos que cruzan hacia el vecino país.

Los dos hacen parte de un grupo denominado como “migrantes pendulares”, porque cruzan la frontera continuamente. Se estima que actualmente hay 1,3 millones de venezolanos en esta situación. Este tipo de migrantes no busca establecerse en Colombia. Atraviesan la frontera con un objetivo muy claro: suplir necesidades básicas como la compra de alimentos o la atención médica, para luego regresar a su país.

De estos 1,3 millones de migrantes pendulares, 51% son hombres y 49% mujeres, la mayoría entre los 18 y los 39 años, según el informe Radiografía Migratoria 2017, emitido por el Ministerio de Relaciones Exteriores colombiano.

También hay niños, como Jesús. Migración Colombia registró hasta diciembre del 2017 un poco más de 141 mil menores de edad que entran y salen del país todos los días. Esta es la historia de uno de ellos.

Mira el especial “Cúcuta: Salida de emergencia“.

Migrar para salvarle la vida a un hijo
La historia de tres madres que venezolanas que cruzaron a Colombia para que sus hijos recién nacidos y enfermos recibieran atención médica, refleja la grave crisis de salud pública que vive ese país

 

Clavel Rangel Jiménez | Fotos y videos: Fabiola Ferrero

LOS VENEZOLANOS FREIDERMAR MARTÍNEZ Y JOSUÉ GARCÍA cruzaron el puente Simón Bolívar hacia Cúcuta, Colombia, el 16 de noviembre de 2017, con Jhosué Neftalí en brazos ahogado en llanto. Tenían casi dos días de viaje comiendo arroz con mayonesa: los únicos productos que les quedaban de la caja de comida (CLAP) que vende el Gobierno venezolano. Jhosué, hoy con seis meses de edad, fue el motivo para emigrar.

Nació en el Hospital Central Doctor Plácido Daniel Rodríguez Rivero, en el estado Yaracuy, en el centro occidente, con un cuadro que es recurrente en Venezuela: peso bajo (2.300 kilogramos, 200 gramos menos que el peso normal establecido por la OMS), falla respiratoria y meningitis, una enfermedad inmunoprevenible cuya vacuna el Gobierno de Venezuela no compra desde el 2015.

Su mamá (18 años) y su papá (23 años), dos campesinos de una comunidad rural en el centro occidente venezolano, hicieron de todo para darle el tratamiento. Tenían que asumir el costo de un monitoreo de exámenes hematológicos cada tres días, porque en el hospital no había reactivos, y no tuvieron cómo mantener ese ritmo.

Josué, el esposo de Freidermar, quedó desempleado en simultáneo al embarazo. Tenían ya un año de casados y aunque la espera del bebé fue planificada, no pasó lo mismo con el desempleo y la hiperinflación. La crisis económica en el país caribeño ha llevado a más del 80% de la población a la pobreza, según datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) que publican tres universidades venezolanas ante la escasez de datos oficiales.

No fue un embarazo fácil. Freidermar sólo pudo empezar a hacerse controles cuando cumplió el quinto mes, y ya era muy tarde: tenía riesgo de preeclampsia, desnutrición y una infección vaginal que jamás pudo controlar.

Freidermar Martínez besa a su hijo Jhosué, de seis meses de edad, quien nació bajo de peso en Venezuela y contrajo meningitis. Foto: Fabiola Ferrero

Aunque José consiguió trabajo después de que nació su hijo, el salario no alcanzaba para darle la atención médica y nutricional que necesita un niño que nace con bajo peso. La situación se complicaba cada día más. “Estábamos demasiado estresados: si comprábamos un suero nos quedábamos sin nada. Yo parecía María Magdalena”. Jhosué lloraba día y noche por hambre, como también lloraba ese 16 de noviembre que sus papás decidieron cruzar el puente.

El Hospital

Historias como la de Freidermar son recurrentes en el Hospital Universitario Erasmo Meoz, en Cúcuta, cuyo nombre se le debe a un médico colombiano que cursó en Venezuela sus estudios de medicina en 1885: el doctor Erasmo Meoz.

Esta institución, es el centro de recepción de los venezolanos que migran a Colombia por situaciones de salud. Según el director de urgencias del instituto, Andrés Eloy Galvis, desde hace dos años han atendido al menos 11 mil pacientes venezolanos. Entre esos, cientos de niños que llegan en graves condiciones de salud. En la emergencia pediátrica de este hospital, al menos el 60% de los pacientes son venezolanos.

Los niños venezolanos son diagnosticados, principalmente, con desnutrición, neumonía, meningitis bacteriana, leucemia y cuadros de diarrea, como explica el doctor Albert Abisai Cova, un pediatra venezolano formado en la Universidad de Oriente (UDO), al sur de ese país, que desde hace dos años trabaja allí.

Aunque el gobierno de Colombia ha dado instrucciones para que los migrantes sean atendidos, el hospital ya no da a basto. Además está atravesando una grave situación financiera: tiene deudas por 240.000 millones de pesos, de los cuales 10.000 millones, hasta marzo, correspondían a la atención a venezolanos.

De acuerdo al registro, de los 81 pacientes hospitalizados el domingo 6 de mayo, 16 eran migrantes. Y de los nueve que había en la unidad de cuidados intensivos, cuatro eran venezolanos. Las razones para llegar aquí son múltiples, pero uno de los casos más comunes es el de Jhosué: niños recién nacidos bajos de peso y con dificultad respiratoria, que requieren ser atendidos en unidades de cuidados intensivos cuyos equipos en Venezuela están en colapso.

Yosmary García junto a Zurisadai dentro del rancho que junto a su familia cuidan en el barrio Brisas del Mirador, en Cúcuta, Colombia. Foto: Fabiola Ferrero

Yosmary y María Isabel

Zurisadai es un personaje bíblico que aparece en el Número 2,22 de este libro sagrado. Es, también, como Yosmary García llamó a su primera bebé, quien murió a los tres días de nacida. Venía con complicaciones en el cuello materno, bajo peso y retardo del crecimiento fetal. O algo así le dijeron en Venezuela.

Después de la primera pérdida, los médicos fueron claros con Yosmary: no podría embarazarse de nuevo y, si lo hacía, su vida estaba en riesgo. Pero a los tres meses de aquella cesárea, Yosmary, de 25 años, estaba nuevamente embarazada en circunstancias de alto riesgo y en estado de desnutrición. La niña llegó al mundo a las 37 semanas de embarazo en el mismo hospital de Yaracuy donde fue atendida Freidermar: el Plácido Daniel Rodríguez Rivero. Yosmary también la llamó Zurisadai.

A los dos meses, como la producción de leche de Yosmary no era suficiente, le sugirieron alimentar a la niña con leche de cabra. Era la única opción. La leche de fórmula para bebés es cada vez más escasa en Venezuela y su costo equivale a casi cinco salarios mínimos, lo que gana menos del 20% de la población. “Estaba muy flaquita y me asusté. Lloraba mucho por hambre”, cuenta. Fue ahí cuando decidió migrar.

Casi la misma historia cuenta María Isabel Lázaro, de 23 años, quien también migró a Colombia y al mismo barrio para salvar a uno de sus cuatro hijos: Juan, el más pequeño. Llegó a Cúcuta el 14 de noviembre de 2017 con él y Yordi, y semanas después regresó a Venezuela por los otros dos. Cuando buscó ayuda médica en el hospital Erasmo, los niños estaban tan graves que el Gobierno colombiano intervino –a través de un programa de atención familiar–  puso a los pequeños al cuidado de una madre sustituta hasta que se estabilizaran.

Ahora juegan los cuatro en el barrio El Mirador de la comuna 8 de Cúcuta, en los alrededores de un rancho de plástico de 5×5 metros, techo de zinc, madera y piso de tierra, donde viven ocho personas.

En Venezuela, María Isabel vivía en Perijá, Machiques, estado Zulia. Allí comenzó a notar que Juan “tenía la piel arrugadita, como un viejito, y estaba flaquito. La gente dice que lo que tenía era frío de muerto o que le habían echado mal de ojo”.

Los 4 hijos de de María Isabel, incluyendo Maryorie Paola, de seis años, fueron entregados durante cuatro meses a una madre sustituta del programa Bienestar Familiar. Foto: Fabiola Ferrero 

En marzo del 2018, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) adoptó la Resolución 2/18 sobre la migración forzada de venezolanos, que establece unas recomendaciones para que los gobiernos actúen frente a esta inédita migración en el continente. El derecho a la salud, es una de las tantas preocupaciones de este organismo, ante las múltiples violaciones de derechos humanos en Venezuela.

Un reciente informe sobre la movilidad humana venezolana realizado por el Servicio Jesuita de Refugiados y la Universidad Católica del Táchira, entre abril y mayo de 2018, destaca que 56.3% de las personas que cruzaron hacia Colombia como migrantes lo hicieron por razones de salud.

Este panorama, sin embargo, es desconocido o ignorado por las autoridades venezolanas que en la 11° Reunión Ministerial del Movimiento de Países No Alineados (Mnoal), en mayo pasado, sostuvieron que en Venezuela no existe una crisis humanitaria. Señalaron, además, que los problemas en el sistema de salud son producto de un bloqueo internacional que impide la adquisición y llegada de medicinas.

Freidermar, María Isabel y Yosmary, saben que no es así. Y saben, también, que lo que se avecina no es fácil. El Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula que al terminar el 2018 la inflación de Venezuela llegará a 13.864%, convirtiéndose así en la inflación más alta del mundo. Y bajo ese escenario, la posibilidad de regresar a sus casas es cada vez más lejana, pese a su deseo de volver. Según el informe de migración venezolana del Servicio Jesuita de Refugiados y la Universidad Católica del Táchira, sólo el 13% no se imagina retornando a su país.

Sin embargo, y aunque sus hijos no están completamente sanos, las tres aseguran que el sacrificio ha valido la pena. Al menos ya los niños no están pasando hambre. Y eso lo vale todo.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

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Renunciar a Venezuela para no acostarse con hambre
En Venezuela, 8 millones de personas ingieren dos o menos comidas al día. ¿Irse a Colombia para sobrevivir o quedarse para morir de hambre? Para algunas madres la segunda no es una opción. Historias desde un comedor comunitario en Cúcuta

 

Carmen Victoria Inojosa | Fotos y videos: Francisco Bruzco

EN LA CAMA 306 DEL HOSPITAL UNIVERSITARIO ERASMO MEOZ (HUEM) de Cúcuta, Colombia, una niña venezolana de un año y tres meses lucha por recuperarse. El 14 de abril ingresó al centro de salud con un peso de siete kilogramos y una estatura de 74 centímetros. El motivo de la consulta: “se me puso hinchada”, dijo su mamá. El diagnóstico: desnutrición aguda severa, riesgo de talla baja, infección respiratoria baja, dermatitis viral, estomatitis oral, anemia, negligencia y abandono. Así lo detalla el informe médico. El 9 de mayo otros 4 niños también se encontraban hospitalizados por diagnósticos similares.

La madre alegó crisis humanitaria en Venezuela. Reconoció que no tenía cómo alimentar a su hija, que el salario que devenga no es suficiente, que no podía darle tetero todos los días y que, cuando lo hacía, lo preparaba con leche de cabra o de vaca mezclada con agua; dijo que la sopa de auyama con arroz es lo más común en su dieta.

Esta escena se ha repetido cientos de veces en el último año que la crisis humanitaria en Venezuela tocó fondo. La ausencia de datos oficiales que permitan dimensionar el problema, ha obligado a organizaciones de la sociedad civil, como Cáritas de Venezuela, a levantar sus propios monitoreos sobre el hambre. En su cuarto informe del 2017, realizado entre mayo y agosto, la organización reportó que solo en el Hospital de Niños J.M de Los Ríos, de Caracas, el ingreso de menores con desnutrición severa aumentó 260% en comparación con los mismos periodos en años anteriores.

Caritas comenzó en octubre del 2016 a estudiar tres indicadores sobre situación alimentaria y nutricional (desnutrición aguda, diversidad de la dieta y estrategias de sobrevivencia), en 38 parroquias de siete estados venezolanos. Para entonces, según la coordinadora del proyecto, Susana Rafalli, la desnutrición aguda (el nivel más grave) en menores de 5 años era de 8%. El último informe, correspondiente a enero-marzo de 2018, indica que ese porcentaje se duplicó (17%).

Irse a Cúcuta por un plato de arroz y frijol

Yannela Pulido, Fabiola González y Mercedes García huyeron de Venezuela hacia Colombia antes de ver caer por hambre a sus hijos. Cuando hicimos las entrevistas para este reportaje, la segunda semana de mayo de 2018, las tres habían llegado hacía dos días, dos semanas y dos meses, respectivamente, a la Casa de Paso Divina Providencia: un comedor social ubicado en el municipio de Villa del Rosario, en el departamento de Norte de Santander.

El recibimiento fue el mismo para las tres: dos platos de comida; desayunos y almuerzos que desde junio del año pasado el padre José David Cañas de la Diócesis de Cúcuta y su equipo regalan a los inmigrantes venezolanos. Aunque dos mil personas asisten diariamente al comedor, Yannela, Fabiola y Mercedes nunca han coincidido. Pero sus historias sí: por hambre cruzaron de San Antonio del Táchira (Venezuela) hacia Villa del Rosario, y luego hacia el comedor del padre José, donde reciben un pan y una bebida achocolatada para desayunar; y frijoles, arroz, plátano, chuleta y ensalada para almorzar.

“El papa Francisco pidió que se atendieran a los migrantes y lo hicimos. Pensamos que íbamos a servir 100 almuerzos al día pero hoy (alimentando a dos mil personas a diario) somos modelo en el mundo. Dios no tiene límites”, dice el padre Cañas.

Tres visitantes del comedor comunitario

“Ahorita está llorona. Es porque tiene hambre”

Dos días en el comedor

La hija de Yannela Pulido tiene 18 meses. Pesó 3 kilos cuando nació. Ahora pesa 8 kilos con 500 gramos, aunque a su edad debería estar en 12 kilos. Foto: Francisco Bruzco

“Mi hija tiene 18 meses pero usa ropa para niños de 9 meses, y se le cae. Cuando nació parecía un tamalito, no se podía sentar. Luego, al cumplir un añito, comenzó a adelgazar. Me preocupa su bajo peso. Ahorita está llorona… eso es porque tiene hambre. Dejé de darle tetero a los 9 meses porque no lo podía comprar. En el desayuno le hacía una arepita, en el almuerzo arroz y en la cena un plátano maduro. Desde hace tres meses me fui de Barinas y ahora vivo cerca del puente, del lado de Venezuela. Todos los días lo cruzo buscando comida para ella y trabajo para mí. En Venezuela tenía un terrenito y para poder mudarme lo vendí. Ese dinero me lo gasté en comida y no fue mucho lo que compré. Sembré un poquito de yuca, plátano y papaya, pero me di cuenta que no era suficiente para alimentarnos. Con la caja de alimentos que entrega el Gobierno venezolano tampoco podía contar porque la recibía cada dos o tres meses. Y el papá de la niña, que al principio me ayudaba, dejó de hacerlo. Cuando llegué a Cúcuta estuve vendiendo café pero el termo se me dañó. Ahorita estoy buscando empleo. Sé que cuando tenga el dinero la voy a premiar y pasará el día comiendo. Volverá a comer sus bollitos con mantequilla”.

“Veo a mi hijo más repuestico”

Dos semanas en el comedor

El hijo de Fabiola González tiene 1 año y 7 meses. De sus tres hermanos él fue el más afectado por la crisis en Venezuela. Su peso está acorde a su edad: 9 kilos con 500 gramos. Foto: Francisco Bruzco

“Desde que llegué a Colombia mis tres hijos no han aguantado hambre. En Venezuela solíamos comer cambur (plátano), los preparaba cocidos o fritos en manteca de vaca. Con 5 kilos comíamos dos veces. Ellos me decían ‘¿otra vez cambur, mami?’, pero se lo comían. ¿Cómo más íbamos a hacer, si mi trabajo vendiendo paledonias (galletas) no daba para comprar un kilo de pasta o de arroz? En Trujillo no me quedó de otra que salir a pedir frutas y leche de vaca regaladas. Luego ni con eso podíamos contar, entonces rendíamos los camburitos. Los niños me bajaron de peso. Hasta yo, que pesaba 90 kilos, quedé en 49. Gracias a Dios la comida que allá nos falta aquí nos sobra, podemos desayunar y almorzar. Hace dos semanas llegué a Cúcuta con mi tío y nos hemos dado cuenta que podemos tener el sustento del día. Comencé a vender galletas y hago 10.000 pesos diarios. Con eso pago una habitación y me queda para la cena. Ya hasta el más chiquito está tomando su tetero. Veo a mi hijo más repuestico. La que no está bien es mi mamá, la dejé en Venezuela y está aguantando hambre”.

“A mi niño esta casita le ha caído de maravilla: ¡Está gordito, bonito!”

Dos meses en el comedor

Mercedes García viajó de Caracas a Cúcuta con su nieto de 7 meses para poder alimentarlo. Foto: Francisco Bruzco

“Hace dos meses solo hacíamos dos comidas al día. El desayuno se nos había olvidado hace tiempo. Hemos pasado por cosas malas en Colombia, pero gracias a Dios esta casita le ha caído de maravilla a mi niño: ¡Está gordito, bonito! Cuando llegamos él estaba delgadito, triste. Ya ahorita vuela. Como quien dice: ¡ya camina! Ese se toma toda la avena que le dan, el chocolate y hasta el café: se cree un hombre grande. Desde pequeñito aprendió a tomar tetero de lo que viniera, menos mal nos salió con el estómago fuerte. La crema de arroz costaba 300.000 bolívares, con lo que me pagaban como vendedora en un centro comercial no se la podía comprar. Ya a lo último solo comíamos yuca y plátano. Y el niño no sabía lo que era comer azúcar, ni leche. Aunque en Colombia se me hace difícil trabajar, porque tengo que cuidarlo, no me arrepiento de habérmelo traído. Cuando puedo lavo por ahí una ropita y voy reuniendo para traerme a mis dos hijas. Me pregunto cómo estuviera ese niño ahorita si mi hija, que tiene 16 años, no iba a poder mantenerlo. ‘Mamá, llévate al niño, no me lo dejes porque va a pasar hambre’, me decía. Y me lo traje”.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

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Puente Simón Bolívar: el testigo de una crisis
Esta estructura, que comunica a Colombia y Venezuela, que se inauguró con la llegada de la democracia en ambos países, y que llegó a ser considerada la “frontera más dinámica de Latinoamérica”, hoy es símbolo de la emergencia humanitaria del país gobernado por Nicolás Maduro

 

Lorena Meléndez G. | @loremelendez | Fotos y video: Abrahan David Moncada @monkda92

DOS VECES POR SEMANA SUJEY CHACÓN RECORRE con su hijo cerca de una hora y media, desde San Cristóbal, Venezuela, hasta La Parada, en Colombia, para alimentarse en un comedor popular. Oddy Benítez pasa al menos 12 horas en un autobús con cuatros woks a cuestas hasta cruzar a Cúcuta, donde prepara y vende salsas, y compra productos asiáticos para revender en Venezuela. Yolimar Galvis atraviesa el puente para que sus gemelas de dos años, que carga en brazos, sean vacunadas en Colombia. Los hijos de Juan Gamboa cruzan diariamente el paso binacional, de madrugada, vistiendo sus uniformes escolares para ir a la escuela en el país de sus abuelos. Tiany Piñeros atraviesa el puente con su bebé de un año, y su vida empacada en unas cuantas maletas, para dejar atrás a su Punto Fijo natal e irse rumbo a Quito, Ecuador, donde la espera su esposo.  

Todos estos venezolanos soportan el sol, la brisa arenosa y los empujones mientras atraviesan los 315 metros del Puente Internacional Simón Bolívar: el mismo que hace décadas era llamado la “frontera más dinámica de América Latina”, el mismo que el presidente Nicolás Maduro cerró al paso vehicular hace casi tres años; el punto donde se cruzan sus historias y las de otras 25.000 personas que pasan diariamente a pie, huyendo de la crisis que vive una Venezuela desabastecida de comida, medicinas y futuro.

Este también es el mismo puente que dos demócratas inauguraron el 24 de febrero de 1962 bajo un toldo a rayas, y con la brisa del río Táchira golpeando el micrófono en el que pronunciaban sus discursos. Rómulo Betancourt por Venezuela, y Alberto Lleras Camargo por Colombia, abrieron el paso de la estructura de hormigón y acero que las dos naciones construyeron. Eran ellos los mandatarios que habían tomado las riendas de sus países luego de años dictaduras. El nuevo puente fue un símbolo de apertura e integración porque, como afirmó Betancourt ese día, la frontera no separaba “ni las ideas ni los anhelos de justicia”.

Gustavo Gómez Ardila, secretario general de la Academia de Historia del Norte de Santander, dice que cuando habla del puente recuerda una frase del escritor tachirense Pedro Pablo Paredes: “La línea fronteriza no se hizo para dividir sino para unir”. En su infancia, este experto fue testigo de la Venezuela próspera de los años 50, que él y su familia visitaban con frecuencia sin ningún tipo de barrera. Eran los tiempos de una nación que comenzaba a disfrutar de los réditos del petróleo, con nuevas y modernas vías de comunicación, con proyectos de infraestructura firmados por arquitectos afamados y con mostradores repletos de productos Made in USA.

“Siempre me llevaban mis papás a San Antonio a comprar todo lo de Navidad (…) Uno tenía la idea de que, a través del puente, llegaba al paraíso, a la abundancia (…) Los papás de uno decían: ‘si pierde el año, no vamos a Venezuela’. Ir era un premio y el puente era un punto de unión para llegar a la tierra prometida”, rememora.

Pero lejos de aquella bonanza del siglo XX, la Venezuela de hoy obliga a sus habitantes a huir de hambre, como lo hizo Sujei y tantos más – pues según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) en el 2017 al menos 87% de la población no podía cubrir sus gastos en alimentos- otros, como Yolimar y su bebé, atraviesan el puente en busca de la atención médica que Venezuela no les provee: de acuerdo con el Ministerio de Salud, el año pasado aumentó la mortalidad materna en 66%, la malaria creció 76% y reapareció la difteria. Hay unos que se van buscando seguridad, huyendo del país donde en 2017 asesinaron a 26.616 personas según el Observatorio Venezolano de Violencia. Y muchos otros más, corren de la hiperinflación: el Fondo Monetario Internacional calcula que sólo en el 2018 los precios habrán subido un 14.000%.

Primera estación: San Antonio no tiene quien le compre

Si no fuese por las miles de personas que transitan a diario por la avenida Venezuela de San Antonio del Táchira, esa que conduce directamente al puente internacional Simón Bolívar, el pueblo luciría desolado. Las tiendas de aquel tradicional enclave económico tienen hoy los portones abajo. Hay locales abiertos sin mercancía, tiendas que cambiaron de naturaleza para poder sobrevivir, panaderías sin pan y restaurantes sin clientes en pleno mediodía.

Un viernes de mayo, cerca de la hora del almuerzo, la venta de pollos en brasa más cercana a la aduana, Tío Rico, está completamente vacía. Solo tres empleados –uno en la cocina, otra en la caja y otro más sentado frente a una de las mesas– ocupan el lugar de sillas de fórmica y metal, mientras que las presas, ya doradas, giran junto al fuego. No hay un solo comensal en la escena.

Foto: Abrahan David Moncada

San Antonio era conocido por las ventas de artículos de cuero. Las calles principales, entre los años ochenta y noventa, tenían tiendas que ofrecían carteras, chaquetas, zapatos. Uno de esos locales era Variedades Elena, donde hoy se venden los mismos productos pero en lona. En la frontera se acabaron los clientes que compraban pieles.

Eso es lo que dice Larry, quien aguarda al próximo cliente detrás de la caja registradora de su negocio. Un televisor encendido, encajado en una esquina, lo distrae en esa espera. Allí rememora los tiempos en que miles de viajeros iban a hacer compras a Cúcuta y, de regreso, se detenían en San Antonio para llevarse artículos de cuero. Hoy lo más popular de su tienda son los morrales mochileros y bolsos de viajeros, que compran los que emigran.

Segunda estación: 315 metros

La gente marcha hacia la frontera en silencio, sin detenerse, con el paso redoblado y los documentos a la mano. El cruce se hace en medio de maletas que pesan, el sol que quema, equipajes que atropellan; uniformados que importunan, revisan y retrasan; y un vallado metálico que estrecha el espacio. A la derecha, caminan los que salen de Venezuela y a la izquierda, los que ingresan. En el amplio medio, los militares de ambos países vigilan el movimiento mientras deambulan de un lado a otro con sus fusiles en las manos. Por allí también pasan, cuando los dejan, quienes van con ancianos o niños pequeños.

A la mitad del recorrido, la caminata se ralentiza, los codos se rozan, los pasos se arrastran. Se empiezan a alzar las manos con pasaportes, cédulas o carnets fronterizos. Montados sobre las vallas, los de verde oliva verifican los documentos sin mirar con detenimiento cada papel que muestra la marea de manos.

Fotos: Abrahan David Moncada

Quizá muchos de los que hicieron ese recorrido se inscribieron ya en el Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos en Colombia (RAMVD), el censo que hace el Gobierno colombiano para medir la diáspora que se queda en su territorio. Solo en el primer mes se comprobó que 203.989 personas, pertenecientes a 106.476 familias venezolanas, están asentadas en la nación. Se sabe que al menos 23% del total está en el departamento Norte de Santander. Y ahí no se cuentan los que andan indocumentados.

Después del puente viene La Parada, el sector del municipio de Villa del Rosario que recibe a los recién llegados a Colombia, con un enjambre de vendedores ambulantes de cualquier cosa que pueda aliviar a quien acaba de estar apretujado en el paso. Ahí también se gritan los nombres de destinos de viaje: Cúcuta, Medellín, Bogotá… Ecuador, Argentina. A viva voz se escucha a quienes compran dólares, bolívares, oro, tablets, teléfonos móviles, cabello… Todo, todo lo que se pueda convertir en pesos colombianos.

“La Parada siempre fue muy movida porque era a donde llegaba el contrabando. Ahora está así por la cantidad de emigrantes”, dice Gómez Ardila, el historiador. El editor de Domingo del diario La Opinión, John Jácome, es más severo cuando habla de la zona. “Difícilmente se saca algo bueno de allí”, recalca, y luego lanza una cifra roja: entre agosto de 2017 y mayo de 2018, hubo más de 30 balaceras en la frontera propiciadas por las mafias que quieren controlar el negocio del tráfico de mercancías.

Tercera estación: La nueva Parada

Allí, del otro lado, las cosas también han cambiado a raíz de la crisis y el cierre de la frontera. En las aceras, el paisaje lo dominan las casas de cambio, abastos, farmacias y confiterías con ventas al mayor. La mayoría de los negocios comenzaron a operar cuando empezaron a llegar los venezolanos en busca de lo más básico: alimentos y medicinas.

Un antiguo taller mecánico se convirtió en una próspera venta de cauchos que maneja Fabio Lazarazo, un colombiano que antes del cierre de la frontera viajaba a diario a San Antonio para trabajar en una compañía de neumáticos. Este nuevo local, dice, es también un negocio de la crisis: la mayoría de sus clientes son venezolanos que van por cauchos chinos de segunda mano, que son muy costosos en su país.

Foto: Abrahan David Moncada

Una cuadra más adelante comienza el área de las hosterías: un puñado de edificios pequeños con recepciones de cemento, paredes de cerámica y sillas plásticas. Marta Higuera, que lleva 15 años de servicio en el Hotel Unión, relata que allí, donde antes dormían los gandoleros que tramitaban los papeles en la aduana, descansan hoy los migrantes mientras esperan que su autobús parta hacia su próximo destino.

Pero la parada no es sólo ventas y bullicio. Detrás de las calles tomadas por el comercio, están las casas modestas de quienes durante décadas han vivido a menos de un kilómetro del otro país. Allí, algunos venezolanos que cruzan el puente se han establecido en posadas improvisadas y residencias que arriendan habitaciones por noche.

En uno de estos cuartos duerme Leyla González, una valenciana robusta y de cabello ensortijado, quien llegó los primeros días de mayo a Villa del Rosario junto a su cuñada y tres vecinos. Con apenas dos millones y medio de bolívares, equivalentes a 2,5 dólares americanos, salió de su casa rumbo a la frontera y dejó a sus tres hijos menores de 10 años con su madre. “Yo vine a probar suerte, porque allá trabajas y no te alcanza para nada. Trabajas para medio comer”, relata la morena de caderas anchas y rostro pálido. Lo poco que tenía, producto de la liquidación de su empleo, lo invirtió en un boleto de autobús que la llevó hasta San Antonio. El resto lo cambió a pesos colombianos al pasar la frontera. Con eso, pagó dos noches de habitación y compró maltas para revender en el puente o en alguna calle de la zona. Lo único que espera es que la aventura le sirva para enviarle pronto plata a quienes dejó en Venezuela.

Fotos: Abrahan David Moncada

La incertidumbre del futuro de La Parada, del puente, de la frontera, se palpa en los testimonios. También se cuela la desesperanza. “Siempre, entre Colombia y Venezuela, ha habido momentos de mucha hermandad, como en la Independencia. Ahí en Villa del Rosario, antes de llegar al puente, hubo un congreso donde se reunieron delegados de los gobierno de Venezuela, Ecuador y Colombia y formaron la Gran Colombia. Ese era el sueño de Bolívar. Pero también ha habido momentos muy difíciles. Sucede como en las familias: los hermanos se pelean a veces, se agarran. Pero esta vez, yo no sé en qué irá a parar todo esto”, dice el historiador Gómez Ardila con un tono de desazón.

A Ingrid Rodríguez, otra habitante de Villa del Rosario, le preocupan las condiciones en las que llegan los que emigran. “Es demasiado el venezolano que llega a diario, que duerme y cocina en la calle, con bebecitos. La Parada se ha vuelto un desastre”. A metros de su casa, una mujer con un niño fríe unas tajadas de plátano en un fogón improvisado.

Foto: Abrahan David Moncada

Endry Báez se queja de lo mucho que ha cambiado su barrio. Para ella, el arribo de los vecinos profundizado el desempleo y la inseguridad. Dice que los propietarios ya no quieren arrendar sus casas, porque se han escuchado historias de venezolanos que hasta han llegado a matar a sus caseros. Desaprueba que crucen el puente solo para vacunar a los niños.

“Uno procura no hablarles. A veces llegan a la puerta pidiendo agua o comida, pero uno procura no darles nada, o solo agua. Yo lo hago pero sin abrirles la reja porque me da miedo. A mí, personalmente, me da tristeza. No todos son malos, los buenos también vienen para acá a buscar trabajo”, comenta.

Hay unas palabras del escritor tachirense Pedro Pablo Paredes, que ayudan a explicar esas sensaciones y contradicciones que expresan algunos habitantes de La Parada frente a la crisis migratoria. Cuenta el historiador Gómez Ardila, que a Paredes solían decirle que parecía más colombiano que de su tierra. “Y él contestaba: es que somos la misma cosa. Llevamos la misma sangre de allá y de acá. Nos dividieron, por las razones que sea nos dividieron, pero ahora somos nosotros quienes estamos contribuyendo a esa división”.

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Mira el especial “Cúcuta: Salida de emergencia“.