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Carlos Dorado

Derechos humanos, ¿para humanos derechos?, por Carlos Dorado

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La violencia en cualquiera de sus formas y expresiones es siempre un fracaso de las sociedades que la viven, y debe ser castigada; ya que la finalidad del castigo es asegurar que el culpable no reincida en el delito y lograr que los demás se abstengan de cometerlo.

Aquellas sociedades que no logran lo anterior, están enviándoles un mensaje de impunidad, pues premian al violento y castigan al pacífico impulsándolo a la violencia. ¡Misericordia sin justicia es una gran crueldad hacia la víctima!

Una mezcla de la situación económica, influencia mediática para que la violencia sea un tema común en casi todas las películas, y la falta de principios y valores en el hogar; son algunos de los ingredientes que llevan a las sociedades, sobre todo en  Latinoamérica, a tener la violencia a flor de piel, y donde la vida de un ser humano termina valiendo muy poco o casi nada.

Una persona que le quita la vida a otra, por un par de zapatos, por robarle un celular, e inclusive en algunas ocasiones sin motivo alguno, simplemente por el  placer de hacerlo; ¿Merece vivir?, ¿Qué castigo debería aplicársele? Muchos son los activistas, pacifistas y organizaciones que apelan a los derechos humanos del que mata. ¿Pero quién le devuelve los derechos humanos que tenía la víctima? ¿Quién le devuelve su vida? ¿Quién paga los sufrimientos de sus seres queridos?

Todo esto viene a colación, porque me impresionó y me hizo reflexionar una carta que le escribió una madre a otra madre, y que dice lo siguiente:

“Vi tu enérgica protesta delante de las cámaras de televisión. Vi cómo te quejabas de la distancia que te separa de tu hijo, y de lo que supone económicamente para ti el ir a visitarlo como consecuencia de esa distancia.

Vi también, toda la cobertura mediática que le dedicaron a dicha manifestación, así como el soporte que tuviste de otras madres en la misma situación, y de otras personas que querían ser solidarias contigo; y que contabas con el apoyo de otras organizaciones y sindicatos populistas, comisiones pastorales, entidades en defensa de los derechos humanos, ONGs, etc.

Yo también soy madre y puedo comprender tu  protesta e indignación.

Enorme es la distancia que me separa de mi hijo. Trabajando mucho y ganando poco, e idénticas son las dificultades y los gastos que tengo para visitarlo. Con mucho sacrificio sólo puedo visitarlo los domingos. Porque trabajo inclusive los sábados, para el sustento y educación del resto de la familia.

Felizmente también cuento con el apoyo de amigos, familia, etc. Si aún no me reconoces, yo soy la madre de aquel joven que se dirigía al trabajo, con cuyo salario me ayudaba a criar y mandar a la escuela a sus hermanos menores, y que fue asaltado y herido mortalmente a balazos disparados por tu hijo.

En la próxima visita cuando tú estés abrazando y besando a tu hijo en la cárcel, yo estaré visitando al mío y depositándole unas flores en su tumba, en el cementerio.

¡Ah! Se me olvidaba: ganando poco y sosteniendo la economía de mi casa, a través de los impuestos que pago, tu hijo seguirá durmiendo en un colchón y comiendo todos los días. O dicho de otro modo: seguiré manteniendo a tu hijo malhechor.

Ni a mi casa, ni al cementerio, vino nunca ningún representante de esas entidades (ONGs) que son tan solidarias contigo para darme apoyo, o dedicarme unas palabras de aliento. Ni siquiera para decirme cuáles son mis derechos”

¡Los derechos humanos deberían ser para los humanos derechos!

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Carlos Dorado Dic 02, 2017 | Actualizado hace 2 años
¡Querer volver!, por Carlos Dorado

Maiquetía

Esta semana, Editorial Planeta me envió el cuarto libro que estoy publicando; titulado: ¡Querer volver!, que ya debe estar en casi todas las librerías del país. Es un libro que me entristece y me emociona muchísimo, porque trata de plasmar los sentimientos de esos “héroes anónimos” que han tenido que abandonar su tierra, sus amigos, y su gente buscando un futuro mejor.

“Abandonar el lugar donde se nace es una experiencia que no todos tienen en la vida, y los que la tienen quedan marcados irremediablemente, porque el drama de los inmigrantes esta bordado de nostalgias –La Morriña-, de incomprensiones, ausencias, soledad, incertidumbre y exilio interior, pero también de sueños y esperanzas que siempre revitalizan y deslumbran”…, escribió magistralmente Marianella Salazar en la contraportada del libro.

Esta película de la inmigración, nadie me la contó, la viví en primera persona cuando mis padres decidieron venir a Venezuela, siendo yo todavía un niño. Esa incertidumbre, esa soledad, esa nostalgia de la que habla Marianella, la viví en carne propia desde que aterrizamos en una pensión de la Parroquia del Cementerio. Pero también viví esos sueños, esas esperanzas, esas ilusiones en esta tierra de gracia.

“Querer volver” está escrito con el corazón, pensando en voz alta, como un viaje a lo más profundo de mis sentimientos, sin adornos, sin pretensiones; pero con la seguridad de que muchas personas emigrantes al igual que yo, se sentirán identificados. “El testimonio que se nos expone en primera persona es clave para todos aquellos que viven el drama de la aventura migratoria en Venezuela. Sus páginas invitan a pensar en profundidad a quienes están pensando en tomar la decisión de radicarse en otras tierras, brindando la riqueza del testimonio y la experiencia de un emigrante exitoso, pero que pasó también por los desiertos en busca de una tierra prometida”…, escribió en el prólogo el padre Francisco José Virtuoso, Rector de la Universidad Católica Andrés Bello, donde me formaron y donde forjé tantos sueños.

Lo escribí, y lo vuelvo a leer una y otra vez, y algunas frases me traen tantos recuerdos, tantos sentimientos… “Hay momentos en la vida en los que hay que ser muy valientes para emigrar, y muy valientes para quedarse”. “Buen viaje hijo, olvídate de mis lágrimas, de mis gritos de silencio, de mi tristeza. Vete y haz que cada día valga la pena”, “Me tuve que ir a buscar mi futuro, me fui físicamente; pero papá, estás más presente que nunca, y estoy seguro que también yo para ti…”

Nacer en un pequeño pueblo de Galicia (España) escuchar a diario los consejos sabios de mis padres, y emigrar de niño junto a ellos hacia una gran tierra como lo es Venezuela me dejaron lecciones de vida, y formas de entender las realidades, que nunca habría aprendido de los libros; y por eso hablo de ella en “Querer volver”, sin complejos y sin resentimientos, dentro de una atmósfera de gran tristeza y soledad; pero también siempre con la ilusión de que estaba siendo el arquitecto de mi futuro, y por el cual merecía la pena luchar.

Mi libro “Cartas a un hijo” me dio muchas satisfacciones. “Querer volver” estoy seguro que será apreciado por muchos venezolanos. Los que se van, y los que se quedan. Esos que se van con una maleta cargada de sueños y de ilusiones, pero que dejan aquí lo más preciado; sus padres y sus familias, los cuales aunque se quedan también son emigrantes, porque una buena parte de su corazón se fue a otro lugar.

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Carlos Dorado Nov 10, 2017 | Actualizado hace 2 años
Hombre de pueblo, por Carlos Dorado

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Me llama la atención observar en las grandes ciudades, sobre todo en aquellas más turísticas, la gran cantidad de gente haciendo los “selfies” con el monumento a sus espaldas. Una vez realizado, comienzan a enviarla por “whatsapp” a toda su lista de contactos, e inmediatamente buscan otro monumento para sacarse otro, hasta que terminan la ruta turística.

Siempre pienso que esa gente no busca disfrutar del monumento o del lugar. No les da tiempo de admirar su belleza o de conocer su historia, sino simplemente de sacar una foto, como testigo de: “Yo estoy aquí”, para que la mayor cantidad de personas lo sepan o lo envidien. Es algo así como sentir más satisfacción por impresionar a los demás, que por impresionarse uno mismo. Esa envidia que sabe que despertará en los demás pareciera que es el mejor estímulo para ellos sentirse bien.

Hace unos meses fui en un viaje de negocios con una persona a una ciudad que él no conocía. Camino a la ciudad desde el aeropuerto, pasó la mayoría del tiempo revisando su iPhone, leyendo emails, chats y respondiendo alguno, sin tener tiempo ni ganas de observar a su alrededor.

Para provocarlo, de vez en cuando le comentaba: “Mira que interesante ese edificio”, “Qué típica esta calle”. Levantaba la mirada, más por compromiso que por curiosidad, y de vez en cuando sacaba una foto, y continuaba inmerso en su teléfono. La foto, seguramente sólo era para recordarle o justificar que algún día pasó por ahí.

En la sociedad actual aterroriza el corto plazo, el ver cómo la gente se desplaza dentro de su propio mundo, olvidando por completo de dónde viene, y sin tener remota idea de a dónde va. Aterroriza esa búsqueda desenfrenada del placer inmediato y desechable, para buscar inmediatamente el siguiente. Estamos enseñando a la gente a pensar a corto plazo, y a sacrificar intereses a largo plazo, por supuestas recompensas de corto plazo.

Debe ser porque yo soy de pueblo, donde todo tiene sus tiempos. Donde el roble, y el castaño se van haciendo grandes y fuertes con el tiempo, donde hay un tiempo para sembrar y uno para recoger, donde la gente se conoce por lo que son, no por lo que quieren ser. De los que se quedan mirando largo rato cuando pasa un coche hasta que se pierde en la distancia. Del que sigue siendo un lugar precioso, a pesar de que no hay Internet.

En los pueblos nos enseñan a confiar en la naturaleza, la cual siempre nos sabe orientar hacia lo más genuino, hacia lo auténtico, dándonos la exacta noción del tiempo. Donde lo que quieras experimentar y obtener, debes conquistarlo por ti mismo. Sin embargo; estamos viviendo en un mundo donde lo inmediato lo queremos durante mucho tiempo, y el mucho tiempo lo queremos de inmediato, el “ahora” tiene poca duración, y estamos construyendo nuestras vidas de “ahoras”, y eso nos confunde. Los placeres perecederos nos deslumbran, y nos oscurecen el camino a seguir.

Mi madre solía decirme: “Carlos, despacio que llevamos prisa”. Mantener la mirada fija en el horizonte mientras se hace lo necesario ahora, es la mejor forma de construir ahora la vida del mañana. Porque para grandes cosas, mucho tiempo se requiere; ya que el tiempo es como el viento, arrastra lo liviano y deja lo que verdaderamente pesa.

Si la gente fuese como se describe en Facebook, y tan feliz como salen en los “selfies que envían”, el mundo sería una maravilla; lo grave es que lo que se percibe en esos perfiles y en esas fotos es que últimamente hay mucha hipocresía.

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¡Que vivan los enemigos!, por Carlos Dorado

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Hace casi 20 siglos el filósofo griego Plutarco, que vivió en el siglo I y II, creó una nueva academia de inspiración platónica, y escribió un ensayo titulado “Cómo sacar provecho de los enemigos” en el que comparaba a los mismos con el agua del mar, que aunque no es potable, alimenta a los peces. La historia enseña que los enemigos, usados convenientemente pueden convertirse en el factor determinante del éxito de las personas.

El enemigo, es ese que se alegra sigilosamente o a voces, cuando las cosas  nos van mal, pero es quizás el mejor y el único espejo en el cual deberíamos mirarnos; pues la imagen que nos devuelve de nosotros es a menudo la más veraz, ya que ese espejo no está condicionado por la ceguera de quien nos ama.

Nuestros enemigos, son en teoría nuestros rivales, pero realmente son nuestros mejores maestros gratuitos, y unos jueces infatigables que velan constantemente y sin descanso por señalar nuestros errores, y por descubrir nuestros puntos débiles con una rapidez pasmosa y casi siempre en alta voz. ¡Los enemigos son muchas veces quienes te permiten descubrir tus virtudes y tus defectos!

También son muy persistentes, lo cual es otra gran ventaja ya que gracias a la fuerza de su constancia y perseverancia, te van obligando poco a poco a ir corrigiendo errores y comportamientos, y sin darte cuenta; gracias a ellos vas corrigiendo tu conducta y vas aprendiendo a cometer cada día menos fallas para ir mejorando; buscando inconscientemente disminuir el número de sus críticas, para darles menos satisfacciones y argumentos para que hablen de ti.

Igualmente nos hacen más sobrios, más reflexivos, menos negligentes, menos confiados y más prudentes, porque sabes que  siempre están al acecho. Con el tiempo nos llevan a los terrenos de la filosofía, ya que nos enseñan que el mutismo y el morderse la lengua, son las mejores respuestas que podemos darles.

Inclusive nos enseñan a comportarnos con calma, y con esa moderación típica de la gente sabia ante los insultos más infames. A usar el silencio como un arma eficiente que los desespera. A mantenernos todo el tiempo en alerta, vigilantes y sin bajar la guardia. A ser pacientes, tolerantes y a controlar nuestras pasiones e instintos. Pero lo mejor no es solamente que nos enseñan todas estas capacidades y virtudes, sino que por el hecho de que nos atacan constantemente, nos obligan también a practicarlas.

Sin embargo, hoy el mundo conspira contra los enemigos. Desde el hogar donde tratamos de sobreproteger y complacer en todo a los hijos, hasta la tecnología que nos permite filtrar opiniones, noticias, bloquear en la Web a gente y páginas que nos puedan afectar. Se nos presenta el mundo como un envoltorio amable, sonriente y homogéneo, tratando de eliminar cada vez más la figura del enemigo.

Sin darnos cuenta que tratando de eliminar al enemigo, estamos debilitando nuestras defensas, ya que el exceso de protección va a su vez disminuyendo la capacidad de hacernos más fuertes; haciéndonos irónicamente más débiles por el exceso de positividad y protección.

Por ello, esos enemigos ardientes que surgen en nuestra vida, no deben ser satanizados ya que terminan siendo unos grandes maestros, y como decía el escritor inglés Thomas Fuller: “Si no tienes enemigos es señal que la fortuna te ha olvidado”

Por eso: ¡Que vivan los enemigos! Esos maestros motivadores, dedicados, perseverantes y gratis; injustamente odiados, criticados e insultados por todos.

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¡Artículo solo para mayores! por Carlos Dorado

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Nosotros en la noche” es una película reciente en cartelera, protagonizada por Robert Redford y Jane Fonda, que narra la historia de dos personas mayores (81 y 79 años respectivamente) que son viudos, vecinos y viven en un pequeño pueblo cerca de Denver (Colorado-USA-). Un buen día ella le toca a su puerta, y le propone dormir juntos en su cama, argumentando que la soledad de las noches es muy larga y triste, y quizás podría aliviarla hablando entre ellos; dejándole en claro que no se trata de sexo, sino de compañía. Redford (que en la película se llama Louis), promete pensarlo seriamente.

Louis, al día siguiente decide aceptar y comienzan a dormir en su casa, entrando por la puerta de atrás, para que los vecinos no se den cuenta. Hasta que un buen día Fonda (llamada Addie en la película) le dice que debe entrar por la puerta principal, ya que no le volverá a abrir la puerta trasera. “Si alguna ventaja tiene nuestra vejez, es que no tenemos que justificar nada, ya lo hemos hecho durante demasiado tiempo”, le dijo. Al siguiente día entró por la puerta principal, poniendo en conmoción a todo el pueblo.

Los diálogos son maravillosos, allí van aflorando temores, errores, aciertos, miedos y esperanzas a través de una relación cuyo mayor mérito es la sinceridad, y haber puesto contra las cuerdas a la soledad de la gente mayor. ¡Nadie debería estar solo en su vejez, pero es cuando más se está!

La película es muy humana; demuestra que uno es viejo cuando se comienza a actuar como viejo, cuando se pierde la curiosidad y la ilusión. Cuando se deja de mirar y sólo se dedica a ver. Cuando todo lo bueno fue, y todo lo malo es. Cuando ya no se busca con los ojos cosas nuevas y sólo se cierran para repasar lo que vieron en el pasado, dejando que las imágenes lleguen solas, repetidas una y mil veces. Hasta llegar a un punto, donde la única esperanza es que la vejez dure poco. ¡Por eso dicen que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad!

La vida consiste en ajustarse a las condiciones reales y tomar las cosas como realmente son, no como uno desearía que fueran. La vida enseña. Pero pocos aprenden. Quizás porque es demasiado corta, y la sabiduría no es suficiente para entender que hay que sacarle todo el jugo al tiempo, sin dejar que la naranja esté demasiado madura o muy verde. ¡Para la mayoría, la vida verdadera es aquella vida que precisamente no llevan!

Un viejo poema chino dice que si dos personas se quieren mucho, y han estado muy unidas durante toda la vida y una de las dos muere, la que realmente se muere es aquella que sigue viviendo. Todos inconscientemente tenemos como objetivo llegar a viejos; sin embargo cuando se llega nos resistimos a aceptar que hemos llegado; olvidándonos que cada edad, desde la infancia hasta la vejez tiene su propia hermosura. Donde muere una, nace otra, hasta que pocos llegan a la meta: Morir de viejos.

Por eso es muy hermoso contemplar el rostro surcado de arrugas de una persona anciana, un rostro que ha vivido, y ver en sus ojos una bella luz. Ver ese rostro reír a carcajadas, verlo ilusionarse, verlo enamorarse de nuevo, respirando ganas de vivir. ¡Ese no es un viejo, es una leyenda!

Decía mi madre: “Carlos, no se puede enseñar una nueva canción al viejo profesor”. Seguramente será verdad, pero se pueden volver a tocar de nuevo las viejas canciones, ¿Por qué no?

Sería una bella forma de terminar una película llamada: ¡Vida!

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¡Gente que está llena de vacío!, por Carlos Dorado

RedesSociales

En las redes sociales es muy usual que la gente mienta, comenzando por su nombre, cuando se ponen un seudónimo para esconder su identidad, pues así pueden “tirar la piedra y esconder la mano”, y criticar sin que lo critiquen. Pero no sólo mienten sobre su nombre o su identidad, sino también sobre sus habilidades, su estatus social, sus logros.

Las redes sociales, como toda innovación tecnológica es un gran invento y un importante avance de la humanidad, y se ha convertido en el medio más eficaz para la búsqueda de información, la transmisión de noticias, el mensaje, el pedido de auxilio, etc.; pero también en el más triste, absurdo, inmoral, superfluo y denigrante medio. ¡Es una mezcla estupenda entre el infierno de Dante, y simultáneamente la biblioteca de Alejandría!

Las redes sociales son fascinantes si se sabe distinguir el oro de la basura, ya que hace menos ruido la opinión de un filósofo, un científico, o un intelectual; que el de un inculto, inmoral, inescrupuloso y mentiroso. Les dieron derechos y herramientas a unos pocos que las utilizan brillantemente para beneficio de la humanidad, y a muchos que las utilizan como una cañería donde descargan toda su mediocridad.

Hay allí opiniones, puntos de vista, y material absolutamente documentado y respetable, por supuesto. Pero también se convierte en el pincel en manos del que dibuja el retrato disparatado, la caricatura grotesca del ser humano, el comentario pagado, con la osadía de su ignorancia, la arrogancia de su vanidad, y la amoralidad de su poca moralidad.

Estas nuevas tecnologías, que deberían hacernos más preparados, y por consiguiente más libres, están haciendo a una gran mayoría, más borregos y más estúpidos. Que deberían ayudarnos a comunicarnos mejor, nos están incomunicando cada día más a padres e hijos, a maridos y mujeres. Que deberían ser administradas por sabios y cerebros pensantes; terminan siendo dominadas por la subcultura, la ignorancia, y la deshonestidad.

Personas que escondiéndose detrás de una identidad falsa, deforman y manipulan, califican y critican, sin el menor pudor ni consideración, con más dosis de envidia y fanatismo que de preparación e intelecto. Personas que se aprovechan que las redes sociales se democratizaron, y eliminaron unos filtros, donde sólo los más aptos podían acceder a las plataformas de la opinión pública; dándole palco a mucha basura que sólo sabe arrojar piedras al estanque para ver cómo se expanden las ondas. Lo que buscan son clicks, seguidores, protagonismo, y nada mejor que buscarlo a través del desprestigio, la mentira, la vulgaridad en forma superficial, insustancial, y despectiva.

Por todo esto, mi relación con la redes sociales es de admiración ante un instrumento tan útil, y de desprecio ante un uso tan perverso y ruin. Son como algo lleno de vacío. Donde están llenas de mucha basura, pero completamente vacías de pocas cosas que sean útiles y que valgan la pena. Lo malo es todo el tiempo que pierden muchas personas buscando eso que vale la pena.

La única esperanza es que algún día a todos esos tontos en masa, se les exija una identidad verdadera, un poco de intelecto, de preparación y formación, e inteligencia crítica y principios. Para que sean los que escuchen y se forman, y no como hasta ahora que son los que gritan y deforman las realidades.

Como siempre el problema no es la tecnología con sus redes digitales, sino el uso que terminamos dándole a las mismas.

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Carlos Dorado Sep 08, 2017 | Actualizado hace 2 años
¡Padres de mentira! por Carlos Dorado

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Hoy en día, los niños en general, tienen una baja tolerancia a la frustración y al dolor, porque los padres tratan de darles todo, y apenas sienten que el niño tiene un deseo, buscan cumplírselo desesperadamente. Quieren distorsionarle o esconderle las realidades de la vida. Los sobreprotegen, y en su afán de hacerles un bien, terminan haciéndoles un mal. Como decía mi madre: “Si no lloras, cuando te toca llorar, las lágrimas se quedan dentro, y resulta más difícil reír”.

La frustración y el dolor, son los que dan la base para construir la fortaleza emocional básica cuando se tiene que afrontar el sufrimiento; y no se trata de que los niños aprendan a sufrir, sino que aprendan a transitar emociones, las buenas y las malas, a vivirlas y enfrentarlas, porque sólo viviendo de vez en cuando en la oscuridad, se puede apreciar la luz.

Les damos de todo para que sean felices, sin darnos cuenta que ese todo, termina sacándole el espacio para que sean precisamente felices; y cada día vemos un mayor número de niños con síntomas de depresión, insatisfechos, sin ilusiones y sin metas, que terminan siendo caldo de cultivo para las drogas, e inclusive algunos llegan a abrazar causas extremistas, donde supuestamente les dan un sentido a su vidas.

Los Ipad, los teléfonos inteligentes, los videojuegos, y las redes sociales sustituyeron a los padres, y cualquier tema de conversación o reunión familiar pierde todo tipo de atractivo ante un chat, unas fotos en instagram, o un video en YouTube. Las redes sociales pasaron a copar sus tiempos libres, sus intereses, y sus motivaciones.

Mientras este proceso se va consolidando, los padres en su afán de complacer, y los niños en su estado de no complacidos con nada, van mermando la tolerancia a todo aquello que no les gusta, donde el padre va perdiendo la autoridad que el hijo va ganando; hasta que llega el momento en que la autoridad es ejercida por éste, teniendo el padre que someterse a los caprichos del hijo.

En primer lugar, siempre hay que poner las normas y los límites claros. Los límites no son un derecho de los padres, sino de los hijos, para así garantizarse que los padres cumplan con su sagrado deber de ser padres y no alcahuetes. No se trata de dejarles hacer lo que quieran, sino lo que deban. En segundo lugar, es necesario crear un entorno de comunicación cotidiana, de tal forma que si el niño pasa por un problema lo cuente, no porque son amigos, sino porque son padre e hijo, y tiene que prevalecer el diálogo, pero eso sí con respeto. El tercer elemento es el afecto diario. Una de las mejores cosas que pueden decir los hijos de los padres es que «somos unos pesados». El amor no es algo que se vive cada día en los detalles cotidianos. Hay que llenar el entorno de afectividad expresa, y con el tiempo los hijos no sólo lo sentirán sino que lo apreciarán.

Nuestros hijos son nuestra única esperanza para el futuro, pero nosotros somos su única esperanza para su presente, y tenerlos es el mayor honor y la mayor responsabilidad que se le puede conceder a cualquier hijo. ¡Ejerzámosla con responsabilidad! Dejemos de ser padres de mentira. Como esas películas del oeste, donde sólo hay la calle principal, y las fachadas de las casas, pero nada detrás. Todo parece muy bonito, hasta que se observa un poco más adentro.

Procuremos más ser padres de un futuro mejor, que hijos de un pasado mejor. Es nuestra responsabilidad, y eso no se puede delegar en los hijos.

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¿El éxito como sinonimo de felicidad? por Carlos Dorado

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El otro día me preguntaron: ¿Cuáles son las variables que definen el éxito? El éxito es quizás una de los conceptos más difíciles de definir, ya que todos aquellos que disfrutan de un buen nivel de “felicidad” en sus vidas, se podrían considerar exitosos.

El éxito per se no debe ser un objetivo, ni debe ser medido por el tamaño de lo que se logra, sino más bien por el disfrute que se hace de lo que se logra. El éxito quizás ni exista, es una lucha de obstáculos sin fin y de objetivos que se van alcanzando. Mi madre solía decirme: “Ser exitoso no te asegura la felicidad, pero la felicidad te da más posibilidades de éxito”

Por lo cual, lo primero que hay que tratar es de ser feliz con lo que se va obteniendo, y nunca considerarse exitoso. Sin embargo; si tuviera que enumerar las variables, según mi experiencia en la vida, diría que las más importantes son: Contar con las condiciones adecuadas, tener la mentalidad necesaria, pasión por lo que se hace, capacidad de sacrificio, paciencia, perseverancia, confianza en uno mismo, suerte, nunca sentirse exitoso y apreciar lo que se obtiene.

Hay una película muy inspiradora sobre el éxito, basada en la vida de Bethany Hamilton; una surfista profesional Hawaiana, la cual escribió su biografía en 2004, en un libro titulado “Alma de surfista”, y del que se hizo una película en 2011 con el mismo nombre.

Desde muy pequeñita, Bethany ya surfeaba a gran nivel y apuntaba a convertirse en surfista profesional. A los 13 años, ya competía y ganaba eventos de surf en Hawái. Pero un mal día, de golpe, todo cambió. Un tiburón tigre se cruzó en su camino mientras surfeaba con su amiga, la también profesional Alana Blanchar, en la playa de Tunnels Beach, en Hawái.

Mientras Bethany estaba relajada, estirada encima de su tabla disfrutando del mar, un tiburón tigre la atacó, y le arrancó su brazo izquierdo. Después de haber perdido mucha sangre, los médicos lograron salvarla. Sólo 10 semanas después del ataque, cuando estuvo mejor curada de los puntos, Bethany volvió a subirse a su tabla. “Mi ilusión y mi pasión era convertirme en surfista profesional y un simple ataque de tiburón no me lo iba a impedir” declaró en una de sus entrevistas.

Después de mucho esfuerzo, trabajo, empeño y gracias a su pasión por el surf, Bethany volvió a la competición. Rechazó ser tratada de manera diferente al resto de competidoras y surfeó en igualdad de condiciones. Con 15 años, consiguió participar y ganar el campeonato NSSA. Con 17 años le llegó la oportunidad de hacerse profesional y no la desaprovechó ¡Había peleado tanto por sus sueños que era cuestión de tiempo que lo consiguiera!

Para mí, Bethany es un claro ejemplo de cómo se debe afrontar la vida. Aun bajo las circunstancias de que un día la desgracia toca la puerta, entra y se queda como una compañera más de uno. Luchar con perseverancia, sólo con la esperanza de sacar la desgracia de tu vida, sustituyéndola por felicidad; es el verdadero triunfo de una persona. ¡Sin importar si le llaman éxito o no!

Por eso, la diferencia entre lo que uno es y lo que uno quiere ser, es lo que hacemos y cómo lo hacemos, sin pensar si es fácil o difícil, sino con la firme convicción de que vale la pena, sin claudicar ante las dificultades, sin mirar para atrás, con entusiasmo y pasión, logrando poco a poco aquello que soñamos.

¡En ese momento quizás seamos exitosos, pero lo importante es ser felices disfrutando de lo que vamos logrando!

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