Luego del doble terremoto del 24 de junio, cientos de individuos dejaron sus actividades cotidianas para sumarse a la respuesta. Cargaron alimentos y medicamentos, recorrieron las zonas afectadas, acompañaron a familias y atendieron necesidades mientras la emergencia seguía abierta. Semanas después, algunos regresaron a sus trabajos y rutinas; otros todavía mantienen vínculos con las comunidades afectadas.
Voluntarios que participaron en estas labores contaron a Runrun.es cómo vivieron aquellos días, qué cambió en sus vidas después de ponerse al servicio de otros y por qué, aunque la emergencia dejó de ocupar el centro de atención de muchos, para ellos todavía no ha terminado.
De una pregunta a un equipo de más de 100 voluntarios
Betzabet Pérez, de 29 años, trabaja como coordinadora de formación pastoral en el Instituto Radiofónico Fe y Alegría. Estudió Teología y mantiene su trabajo vinculado con proyectos educativos.
Pérez, quien actuó inicialmente como voluntaria independiente, comenzó a movilizar ayuda hacia las zonas afectadas por los terremotos del 24 de junio. Lo que empezó con unas pocas personas fue creciendo rápidamente. “¿Qué hacemos?” dejó de ser una pregunta entre amigos y se convirtió en el punto de partida para organizar una red de voluntarios.
A los dos días, el equipo ya superaba las 100 personas. Pérez comenzó entonces a asumir una tarea distinta: coordinar. Había que determinar qué se necesitaba, qué podía conseguirse y cómo hacer llegar los insumos hasta quienes los requerían. La respuesta crecía al mismo tiempo que las necesidades y exigía confiar en personas que, en muchos casos, ni siquiera se conocían.
Esa confianza entre desconocidos es uno de los aspectos que más recuerda. La emergencia consiguió que personas sin vínculos previos se organizaran alrededor de una misma tarea y que incluso aparecieran ayudas inesperadas. Mientras unos conseguían insumos, otros los trasladaban, armaban kits o se encargaban de distribuirlos.
El ritmo terminó pasando factura. Pérez cuenta que durante las primeras tres semanas prácticamente no durmió. Las jornadas de distribución terminaban con el cuerpo agotado y el regreso a casa apenas significaba una pausa antes de volver a empezar. El cansancio se acumulaba mientras la necesidad de mantener la ayuda no desaparecía.
Con el tiempo, cada voluntario comenzó a regresar a su rutina. Pérez también tuvo que hacerlo, pero la vuelta a la normalidad no significó que aquella experiencia quedara atrás. Después de haber coordinado a más de un centenar de personas y haber pasado semanas sosteniendo la respuesta, todavía piensa en regresar.
Porque para ella la ayuda no terminó exactamente cuando los equipos dejaron de moverse. La pregunta de aquella noche encontró una respuesta en la acción, pero también dejó una inquietud: volver.
Erinson Bustamante, psicólogo y cofundador de PsicoEscena, una iniciativa que combina herramientas de la psicología, la expresión teatral y espacios de acompañamiento emocional, también fue llamado para sumarse a la atención de la emergencia en La Guaira.
Su experiencia le permitió observar de cerca cómo la emergencia también impactaba a quienes llegaron para ayudar. La exposición al dolor, la incertidumbre y la destrucción no desaparecía para quien estaba del otro lado de la respuesta. “Hay un tema de conexión humana que es inevitable y que afecta. Todo realmente ha cambiado para algunas personas y allí hay mucha indefensión, pero justamente por una sensación real y natural de inseguridad, de desprotección y de abandono”.
Aunque salió del terreno después de casi tres días, Bustamante no se desvinculó de la emergencia. Desde entonces ha continuado acompañando procesos de apoyo emocional en línea, una forma distinta de permanecer cerca de quienes siguen lidiando con las consecuencias del terremoto.
“Hay gente que nos necesita porque hay una ausencia del Estado”
Mariandreina Montilla, de 29 años, integrante de Voto Joven y de la Alianza de Mujeres Políticas, ya contaba con una amplia red de voluntarios cuando ocurrió el doble terremoto del 24 de junio. Esa red se convirtió en una herramienta para canalizar la ayuda durante las primeras horas de la emergencia, cuando las solicitudes comenzaron a llegar desde distintos puntos y todavía era difícil dimensionar todo lo que hacía falta.
Las primeras 72 horas fueron especialmente complejas. Montilla tuvo que intentar sostener su vida personal al mismo tiempo que respondía a los mensajes y coordinaba a quienes querían colaborar con las personas afectadas. Desde el primer día estuvo activa, aunque durante las primeras horas no pudo movilizarse físicamente hasta las zonas afectadas. Su papel fue otro: articular, conectar y conseguir que la ayuda encontrara un camino.
“Me tocó ser un puente”, resume al describir aquellas jornadas.
La coordinación la llevó a integrarse con otras compañeras. Entre llamadas y mensajes, organizó, contactó, acomodó y volvió a coordinar. La red de voluntarios permitió que distintas necesidades fueran atendidas mientras ella funcionaba como enlace entre quienes pedían ayuda y quienes la podrían ofrecer.
Pero en medio de ese ejercicio ocurrió algo más. Al revisar las necesidades que llegaban, Montilla comenzó a observar la emergencia desde una perspectiva de género. Las prioridades no eran iguales para todas las personas y esa mirada terminó incorporándose a la forma en que ella y otras mujeres organizaron la respuesta.
La experiencia también modificó su percepción sobre la duración de la emergencia. Montilla comprendió que las consecuencias del doble terremoto no desaparecerían después de los primeros días ni cuando dejara de ocupar los titulares. “Esto iba a ser una realidad que atravesaría a la gente por un par de años al menos”, entendió.
Por eso, para ella, la respuesta no podía limitarse a las primeras horas. Había que sostener las redes creadas durante la emergencia y mantener la capacidad de ayudar cuando las necesidades fueran cambiando.
En esa continuidad encontró también una explicación para el papel que asumieron los voluntarios. “Hay gente que nos necesita porque hay una ausencia del Estado”, afirma. Y frente a esa ausencia, su apuesta está en la organización comunitaria: “Nosotras y nosotros nos podemos ayudar, aunque pueda ser agotador”.
Juan Vega, médico cirujano y voluntario de la Cruz Roja Venezolana, subraya que el esfuerzo de una emergencia no afecta de la misma manera a alguien acostumbrado a trabajar en rescates que a una persona que se incorpora por primera vez como voluntaria independiente. La exposición al esfuerzo físico, el calor, la falta de descanso y la tensión puede generar consecuencias que no necesariamente aparecen durante la jornada.
“Todo eso puede traer consecuencias si el cuerpo no está acostumbrado, y más si nunca has estado en zonas o situaciones de rescate. La diferencia también está en la preparación: quienes tienen experiencia en este tipo de escenarios conocen mejor sus límites y las exigencias que enfrentarán”, revela.
Vega recomienda que quienes participaron en jornadas de este tipo mantengan controles y exámenes regulares, incluso después de regresar a su rutina. “El cuerpo reacciona al tiempo, no en el momento”, advierte, porque la adrenalina propia de una emergencia puede hacer que el desgaste pase inadvertido mientras la persona todavía está concentrada en ayudar.
La solidaridad también alcanza a quienes ayudan
Desde Acción Solidaria, Kenny Antor, de 33 años, acompañó la respuesta al doble terremoto del 24 de junio en coordinación con el Grupo de Rescate Metropolitano de Caracas (GREMCA), una organización de rescatistas con más de 40 años de experiencia. Mientras los equipos de rescate se desplegaban en las zonas afectadas, Acción Solidaria puso a disposición sus capacidades para respaldarlos: levantó recursos, habilitó un centro de acopio y gestionó donaciones de medicamentos e insumos.
Pero al mirar de cerca a quienes estaban en primera línea, Antor encontró algo que suele quedar fuera de las imágenes de una emergencia: el cansancio.
“Lo natural es el agotamiento”, dice. Los integrantes de GREMCA llegaron a turnarse cada 12 horas para rotar los equipos que participaban en la excavación y remoción de escombros. El esfuerzo físico era apenas una parte del desgaste. También estaba la carga de enfrentarse, durante horas, a la posibilidad de encontrar a alguien con vida y tener que aceptar que no siempre llegarían a tiempo.
Antor recuerda el relato de una rescatista que detectó que una persona seguía viva entre los escombros. El equipo trabajó para llegar hasta ella, pero cuando finalmente logró acceder al lugar, ya había fallecido.
“Hay un tema de conexión humana que es inevitable”, explica. La preparación y experiencia de los rescatistas no impiden que situaciones como esa tengan un impacto emocional. Detrás del uniforme y de la capacitación hay personas que deben procesar lo que encuentran mientras continúan trabajando.
Las primeras dos semanas fueron especialmente tensas. A la exigencia física se sumaron el estrés, la preocupación, la incertidumbre y la conmoción de comenzar a dimensionar la magnitud del desastre. Ese impacto tampoco se limitó a quienes removían escombros. Los equipos que trabajaban desde los centros de acopio y coordinaban la ayuda también acumularon cansancio.
Por eso Antor retoma una pregunta que Acción Solidaria ya había planteado en investigaciones anteriores: “¿Quién cuida a los cuidadores?”.
La respuesta, en este caso, también estuvo en la propia red de solidaridad. Personas que se acercaron a donar, colaborar y acompañar terminaron sosteniendo no solo a quienes habían sido afectados por el terremoto, sino también a quienes llevaban días trabajando para responder a sus necesidades. Ese acompañamiento continúa mientras algunos voluntarios y organizaciones siguen pendientes de la emergencia.
Para él, además, ayudar no significó necesariamente estar en primera línea. La vocación de servicio llevó a muchas personas hacia La Guaira, pero la respuesta también exigía reconocer qué podía hacer cada organización y dónde podía ser más útil.
“¿Cuál es nuestro rol en este proceso? ¿Qué sabemos hacer, qué hacemos bien y qué podemos hacer?”, fueron las preguntas que se plantearon en Acción Solidaria. La organización decidió concentrarse en lo que sabía hacer: levantar recursos, identificar necesidades de centros de salud y hospitales y canalizar medicamentos, alimentos, kits de higiene e insumos hacia las organizaciones que sí estaban desplegadas en el terreno.
En menos de tres días, lograron habilitar un almacén con más de 60 paletas y unas 30 toneladas de insumos. La operación continuó cuando comenzó a disminuir la presencia de organizaciones en las zonas afectadas.
La situación no terminó cuando dejaron de aparecer imágenes de rescates. “Esto no se acaba con una semana después del terremoto”, cuenta Antor. Las necesidades permanecerán durante años y la reconstrucción será lenta, por lo que la respuesta tendrá que sostenerse más allá de la primera etapa.
Cuando el cuerpo vuelve, pero la mente se queda
Emmanuel Briceño, de 25 años, activista comunitario y director ejecutivo de Caracas Construye Soluciones, regresó a Caracas después de continuar en La Guaira con censos casa a casa y la entrega focalizada de insumos. Semanas después de los sismos, encontró una emergencia distinta: menos visible, pero todavía presente en las comunidades.
“La emergencia no termina cuando se van los reflectores; apenas comienza la verdadera prueba de resistencia humana”, cuenta. Durante una jornada de distribución, el calor, el cansancio acumulado y la presión de administrar recursos limitados le hicieron reconocer que quienes ayudan también están expuestos a las mismas condiciones que quienes atienden.
“No eres una máquina; eres solo un ser humano intentando sostener a otros seres humanos mientras el suelo bajo tus pies también tiembla”, recuerda.
El regreso tampoco significó desconectarse. Ya en Caracas, Briceño describe una transición abrupta entre la adrenalina del terreno y la tranquilidad de su casa: “El cuerpo apaga el modo emergencia, pero la mente se queda allá”. Para él, esa permanencia es parte de lo que significa continuar siendo voluntario cuando el furor de las primeras semanas se ha desvanecido.
Susana Raffalli, asesora de Cáritas Venezuela y especialista en gestión de emergencias, coloca esa experiencia dentro de una premisa que suele olvidarse cuando se habla de respuesta humanitaria: “La persona que se moviliza para ayudar también forma parte de la respuesta humanitaria y, por tanto, necesita ser cuidada: no podemos pedirle que sostenga una emergencia durante días y después asumir que, cuando sale del terreno, ya no necesita acompañamiento”.
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