Invershow: ¿Culpable o no?

Los derechos de los asistentes al concierto de Luis Miguel el pasado 11 de febrero en el estadio Monumental de Caracas pasaron “por debajo de la mesa” y “dieron la media vuelta”
Los fanáticos del “Sol de México” no culparon a la noche, sino a la empresa Invershow, encargada de la organización y propiedad del exministro del chavismo, Pedro Morejón
Caos vehicular, anarquía, inoperancia y matraca policial, inexistencia de un operativo de seguridad y hasta ausencia de personal que pidiese el boleto de ingreso opacaron el regreso de “Luismi” a Venezuela luego de once años
El Monumental no pasó la prueba de su primer concierto y ahora queda en entredicho las presentaciones de Maluma y Karol G

Yakary Prado/Francisco Zambrano

 

“No sé qué está pasando, que todo está al revés”, tarareábamos con risa nerviosa junto a mi acompañante al concierto de Luis Miguel en Caracas cuando nos percatamos -gracias a un smartwatch- que nuestro recorrido a pie para llegar al Estadio Monumental Simón Bolívar y lograr entrar apenas media hora antes de que iniciara el recital del pasado 11 de febrero fue de casi 9 kilómetros.

La estadística sintetiza lo que pasó durante esas horas en las que nos vimos obligados a caminar desde el Distribuidor de La Rinconada -el carro que nos trasladaba permaneció más de media hora inmóvil en un punto-  hasta la entrada del estacionamiento del Poliedro de Caracas, en donde nos percatamos de que debíamos hacer una extensa fila montaña arriba que se extendía por más de un kilómetro. Para ese momento, ya no calentaba tanto el sol en La Rinconada, por lo que la zona empezaba a tornarse oscura. 

Luis Miguel tenía más de una década sin venir a Venezuela y esta vez lo hizo de la mano de la empresa Invershow, propiedad de Pedro Morejón, según la página Poderopedia. La compañía del exdiputado a la Asamblea Nacional por el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), exministro de Economía Comunal y Turismo ha sido la encargada  de montar los shows de Fito Páez, Sin Bandera, Camila, Luis Miguel y próximamente también del concierto de Maluma en el Monumental. La productora nació en 2010 y dos años después se extendió fuera de las fronteras venezolanas 

Por razones de trabajo, no pudimos dirigirnos al estadio antes, sino hasta las 4:30 p.m. Inicialmente, sentimos que por no llegar con más antelación “no teníamos derecho a reprocharle nada” a los organizadores del evento, quienes habían prometido que a las 3:00 p.m. permitirían el acceso al Monumental. Pero familiares y amigos que estaban antes de esa hora en el Poliedro nos confirmaron que la puerta no fue abierta sino una hora después.  La “palabra de honor” no se cumplió en este repertorio. 

El proceso de revisión y acceso se tornaba lento, en razón de la alta afluencia de personas.  En paralelo, miles de almas se iban sumando a la fila. No se podía culpar a la noche de lo que vendría después.  El acceso a pie -por lo general, fluido- desde el Poliedro hasta el Monumental al que estuvimos habituados en partidos con masiva concurrencia tanto de la Serie del Caribe 2023 como de la temporada de béisbol profesional no fue así en este caso, y quedó como un sueño que soñamos…ayer. 

En lugar de ampliar las opciones para facilitar el ágil desplazamiento de las más de 30.000 personas que se esperaban, se obligó a hacer una única cola en “U”  independientemente de la localidad para la que se tuviera boleto. A las 6:00 p.m., esa cola iniciaba montaña arriba, detrás del estacionamiento del Poliedro de Caracas, bajaba hasta la entrada del Museo Alejandro Otero y volvía a subir toda la calle del Poliedro hasta llegar a una especie de “embudo” para acceder a la rampa que dirige hacia el Monumental. Una  zona “entubada” y sin ventilación, y que desembocaba en las escaleras del recinto deportivo que albergaría el espectáculo. 

Quienes a esa hora habíamos llegado a pie al Poliedro desde el Distribuidor La Rinconada tuvimos que hacer dos veces el mismo recorrido, porque la cola nos obligó a salir y a volver a entrar. Varios adultos mayores y personas con movilidad reducida  (bastones) lucían cansados, resignados y sedientos en esa inexplicable y demorada fila. Les exhorté a que fueran al principio de la formación a solicitar acceso preferencial, pero la puerta se cerró detrás de ellos. La escueta respuesta policial fue: “Igual tienen que hacer cola”.

“Te paso sin cola y con verdes a cambio”

Sobró quien en la tensa espera se acercara con voz sigilosa para decirte “entrégate”, pero a la “viveza” de pagar entre $15 a 30$ para pasar “directo y sin cola”. 

“Mami, dos por 20$, pues, ya cuadré con los policías”, fue la oferta más “generosa” que le escuchamos a uno de ellos. Los abucheos no se hicieron esperar cuando dos mujeres, cansadas y con expresión de nerviosismo, sucumbieron a la tentación. 

 

Como la presencia policial se concentraba en el tramo que ya implicaba la caminata directa al Monumental, la larga espera detrás no fue nada suave. Caos, discusiones, empujones, uno que otro golpe, suelas de zapato reventadas y prendas de ropa extraviadas eran las migas que se iban regando por ese minado camino. 

A Pedro, otro asistente al concierto cuyo precio de la entrada al show representó casi un 25% de su sueldo mensual, también le preocupaba ingresar al recinto cuando el espectáculo hubiese terminado, tras hacer un esfuerzo para ver a su ídolo y restringir algunas obligaciones. Pedro, en compañía de su novia y un amigo, salió cerca de las 5:00 p.m. de su casa en el este de Caracas rumbo a La Rinconada. Sus cuñadas le recomendaron irse a las 2:00 p.m.  Las llamó  exageradas, pero al percatarse del caos vehicular que se asomaba en la autopista a partir de Los Próceres, les dio la razón. 

Luego de una hora para alcanzar el acceso a La Rinconada la cola era “monumental”. En el desvío hacia el estadio y la vía principal de Coche el caos era apocalíptico. Funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), lejos de controlar el tránsito, revisaban sus respectivos teléfonos bajo un árbol. La noche ya empezaba a caer y los nervios por perder el primer acorde comenzaron a aflorar. Carros recalentados, motos zigzagueando y decenas de personas ofreciendo un puesto de estacionamiento por 20 dólares resonaban en el ambiente. 

Pedro decidió que no le iba a pagar a ningún “cuida carros” esa cantidad  y se enfiló al estacionamiento del Poliedro Caracas, habilitado para los espectáculos en el Monumental. Su mayor sorpresa es que, luego de pasar casi una hora solo en el trayecto de ingreso de la autopista al Poliedro, el estacionamiento ya estaba cerrado y repleto de carros. Ningún policía o personal del show se dignaba a informar a los conductores que debían resolver por su cuenta. La única opción era caer en las garras de los “cuida carros” dolarizados. Mientras estaba negociando la tarifa, una mujer PNB emergió y le dijo “este sector es mío, son 20 dólares”. A la postre, se tranzaron por $10. “Solucionado” el tema del carro el desafío era ingresar al recinto.

No saben lo que nos hicieron sentir…

“Si te vas a colear, que sea detrás de mí”, gritaba una mujer luego de los angustiantes minutos que siguieron a las 8:00 p.m. cuando la extensa cola seguía lejos, muy lejos del Monumental. El reloj no detuvo su camino y las esperanzas de llegar a tiempo al concierto se apagaban. Los amigos que ya estaban dentro del estadio nos escribían -con delay, porque las señales telefónicas eran deficientes- que Luis Miguel se montaría puntualmente a las 9:00 p.m.  

Cerca de las 8:20 p.m., la lenta cola mutó a carrera a toda velocidad porque se autorizó el acceso masivo, sin revisiones ni control. Otra irregularidad que se sumó a esta historia de pena que pudo ser fantástica, porque quienes entramos en ese lote no fuimos sometidos a revisión para verificar si llevábamos algún objeto peligroso o prohibido, lo que evidentemente compromete la seguridad de quienes acudieron al evento.  Tampoco escaneron los códigos QR de nuestras entradas. “Entré sin mostrarla”, decía jocosamente uno de los asistentes. 

A las 8:45 p.m. pusimos un pie dentro del Monumental,  media hora antes de que Luis Miguel iniciara su presentación y con apenas el tiempo justo para ir a uno de los atestados baños y comprar algo para hidratarnos. La desazón por la experiencia de la cola nos hizo sentir por momentos que teníamos todo, excepto ganas de disfrutar, pero las dudas se disiparon cuando el “Sol de México” emergió a entonar un repertorio adecuado a sus actuales condiciones vocales y en el que imprimía toda la fuerza y energía que podía, aunque en varias ocasiones las miles de voces que no dejaron de corear cada pieza que cantó fueron las protagonistas.

Una banda impecable y un show de luces sincronizado con dispositivos de muñeca que se entregaron tras acceder al Monumental completaron la puesta en escena. Algunos criticaron la ausencia de un saludo o despedida por parte del artista -aunque hizo una reverencia al público al final junto a sus músicos y lanzó besos- pero lo verdaderamente cuestionable de la jornada fue que se puso en riesgo la seguridad y comodidad de miles de personas por la desorganización y el descontrol reinante en lo que sería la prueba de fuego para el Monumental en lo que respecta a este tipo de espectáculos. 

Derechos por debajo de la mesa

La historia de este concierto -como no había otro igual desde hace algunos años- también permitió comprender todo el bien y todo el mal. El disfrute pleno terminó ensombrecido por un acceso traumático y una salida que tampoco fue fluida, aún y cuando en nuestro caso, esperamos dos horas después del final del evento para que bajara la marea, cosa que no ocurrió. 

Además, quienes llegaron en unidades de transportes grupales y habían coordinado que los recogieran en la calle de El Poliedro tuvieron que bajar caminando hasta la autopista porque no permitieron el acceso de dichas unidades. Otras irregularidades comentadas fueron las reubicaciones repentinas,  como narró a los redactores de estas líneas un asistente a la zona zafiro (en el campo), que había comprado entradas para la parte central. A última hora, debió aceptar ver el concierto desde una zona lateral. En redes sociales, los testimonios de decenas de fanáticos coincidieron en que sus playas también se llenaron de amargura por incomodidades similares a las descritas en este texto. 

Ahora queda la incógnita sobre qué pasará en los conciertos de Maluma y Karol G, que tendrán lugar en el mismo escenario. El del artista colombiano, el próximo 24 de febrero y también organizado por Invershow, y los de su compatriota el 22 y 23 de marzo. “¿Será el mismo desorden?”, se preguntó la novia de Pedro, cuya hija adolescente tiene entradas compradas para ver a “La Bichota”. “Dios mío, ¿por qué será que en este país hasta ir a un concierto es una tragedia?”, lanzó al aire mientras soportaba otras horas de cola a bordo del vehículo para salir del Monumental.  

Los fanáticos de un artista son incondicionales, lo cual no significa que “no esperen nada”. Se reconoce lo complejo que debe ser montar la logística de un espectáculo de esta magnitud, pero desde agosto se anunció, así que tiempo hubo y recursos -con entradas que oscilaban entre los $70 y $1.000 y con un aforo casi completo- se presume que también.

El respeto a la inversión de tiempo y dinero que se hace para asistir a un concierto en Venezuela, en donde el sueldo mínimo tiene casi dos años sin aumentarse y los ingresos en el sector privado oscilan apenas entre $150 y $450, debería ser la norma para no obligar a dar “la media vuelta” a quienes hacen el esfuerzo de permitirse un rato de esparcimiento.

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Los derechos de los asistentes al concierto de Luis Miguel el pasado 11 de febrero en el estadio Monumental de Caracas pasaron “por debajo de la mesa” y “dieron la media vuelta”
Los fanáticos del “Sol de México” no culparon a la noche, sino a la empresa Invershow, encargada de la organización y propiedad del exministro del chavismo, Pedro Morejón
Caos vehicular, anarquía, inoperancia y matraca policial, inexistencia de un operativo de seguridad y hasta ausencia de personal que pidiese el boleto de ingreso opacaron el regreso de “Luismi” a Venezuela luego de once años
El Monumental no pasó la prueba de su primer concierto y ahora queda en entredicho las presentaciones de Maluma y Karol G

Yakary Prado/Francisco Zambrano

 

“No sé qué está pasando, que todo está al revés”, tarareábamos con risa nerviosa junto a mi acompañante al concierto de Luis Miguel en Caracas cuando nos percatamos -gracias a un smartwatch- que nuestro recorrido a pie para llegar al Estadio Monumental Simón Bolívar y lograr entrar apenas media hora antes de que iniciara el recital del pasado 11 de febrero fue de casi 9 kilómetros.

La estadística sintetiza lo que pasó durante esas horas en las que nos vimos obligados a caminar desde el Distribuidor de La Rinconada -el carro que nos trasladaba permaneció más de media hora inmóvil en un punto-  hasta la entrada del estacionamiento del Poliedro de Caracas, en donde nos percatamos de que debíamos hacer una extensa fila montaña arriba que se extendía por más de un kilómetro. Para ese momento, ya no calentaba tanto el sol en La Rinconada, por lo que la zona empezaba a tornarse oscura. 

Luis Miguel tenía más de una década sin venir a Venezuela y esta vez lo hizo de la mano de la empresa Invershow, propiedad de Pedro Morejón, según la página Poderopedia. La compañía del exdiputado a la Asamblea Nacional por el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), exministro de Economía Comunal y Turismo ha sido la encargada  de montar los shows de Fito Páez, Sin Bandera, Camila, Luis Miguel y próximamente también del concierto de Maluma en el Monumental. La productora nació en 2010 y dos años después se extendió fuera de las fronteras venezolanas 

Por razones de trabajo, no pudimos dirigirnos al estadio antes, sino hasta las 4:30 p.m. Inicialmente, sentimos que por no llegar con más antelación “no teníamos derecho a reprocharle nada” a los organizadores del evento, quienes habían prometido que a las 3:00 p.m. permitirían el acceso al Monumental. Pero familiares y amigos que estaban antes de esa hora en el Poliedro nos confirmaron que la puerta no fue abierta sino una hora después.  La “palabra de honor” no se cumplió en este repertorio. 

El proceso de revisión y acceso se tornaba lento, en razón de la alta afluencia de personas.  En paralelo, miles de almas se iban sumando a la fila. No se podía culpar a la noche de lo que vendría después.  El acceso a pie -por lo general, fluido- desde el Poliedro hasta el Monumental al que estuvimos habituados en partidos con masiva concurrencia tanto de la Serie del Caribe 2023 como de la temporada de béisbol profesional no fue así en este caso, y quedó como un sueño que soñamos…ayer. 

En lugar de ampliar las opciones para facilitar el ágil desplazamiento de las más de 30.000 personas que se esperaban, se obligó a hacer una única cola en “U”  independientemente de la localidad para la que se tuviera boleto. A las 6:00 p.m., esa cola iniciaba montaña arriba, detrás del estacionamiento del Poliedro de Caracas, bajaba hasta la entrada del Museo Alejandro Otero y volvía a subir toda la calle del Poliedro hasta llegar a una especie de “embudo” para acceder a la rampa que dirige hacia el Monumental. Una  zona “entubada” y sin ventilación, y que desembocaba en las escaleras del recinto deportivo que albergaría el espectáculo. 

Quienes a esa hora habíamos llegado a pie al Poliedro desde el Distribuidor La Rinconada tuvimos que hacer dos veces el mismo recorrido, porque la cola nos obligó a salir y a volver a entrar. Varios adultos mayores y personas con movilidad reducida  (bastones) lucían cansados, resignados y sedientos en esa inexplicable y demorada fila. Les exhorté a que fueran al principio de la formación a solicitar acceso preferencial, pero la puerta se cerró detrás de ellos. La escueta respuesta policial fue: “Igual tienen que hacer cola”.

“Te paso sin cola y con verdes a cambio”

Sobró quien en la tensa espera se acercara con voz sigilosa para decirte “entrégate”, pero a la “viveza” de pagar entre $15 a 30$ para pasar “directo y sin cola”. 

“Mami, dos por 20$, pues, ya cuadré con los policías”, fue la oferta más “generosa” que le escuchamos a uno de ellos. Los abucheos no se hicieron esperar cuando dos mujeres, cansadas y con expresión de nerviosismo, sucumbieron a la tentación. 

 

Como la presencia policial se concentraba en el tramo que ya implicaba la caminata directa al Monumental, la larga espera detrás no fue nada suave. Caos, discusiones, empujones, uno que otro golpe, suelas de zapato reventadas y prendas de ropa extraviadas eran las migas que se iban regando por ese minado camino. 

A Pedro, otro asistente al concierto cuyo precio de la entrada al show representó casi un 25% de su sueldo mensual, también le preocupaba ingresar al recinto cuando el espectáculo hubiese terminado, tras hacer un esfuerzo para ver a su ídolo y restringir algunas obligaciones. Pedro, en compañía de su novia y un amigo, salió cerca de las 5:00 p.m. de su casa en el este de Caracas rumbo a La Rinconada. Sus cuñadas le recomendaron irse a las 2:00 p.m.  Las llamó  exageradas, pero al percatarse del caos vehicular que se asomaba en la autopista a partir de Los Próceres, les dio la razón. 

Luego de una hora para alcanzar el acceso a La Rinconada la cola era “monumental”. En el desvío hacia el estadio y la vía principal de Coche el caos era apocalíptico. Funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), lejos de controlar el tránsito, revisaban sus respectivos teléfonos bajo un árbol. La noche ya empezaba a caer y los nervios por perder el primer acorde comenzaron a aflorar. Carros recalentados, motos zigzagueando y decenas de personas ofreciendo un puesto de estacionamiento por 20 dólares resonaban en el ambiente. 

Pedro decidió que no le iba a pagar a ningún “cuida carros” esa cantidad  y se enfiló al estacionamiento del Poliedro Caracas, habilitado para los espectáculos en el Monumental. Su mayor sorpresa es que, luego de pasar casi una hora solo en el trayecto de ingreso de la autopista al Poliedro, el estacionamiento ya estaba cerrado y repleto de carros. Ningún policía o personal del show se dignaba a informar a los conductores que debían resolver por su cuenta. La única opción era caer en las garras de los “cuida carros” dolarizados. Mientras estaba negociando la tarifa, una mujer PNB emergió y le dijo “este sector es mío, son 20 dólares”. A la postre, se tranzaron por $10. “Solucionado” el tema del carro el desafío era ingresar al recinto.

No saben lo que nos hicieron sentir…

“Si te vas a colear, que sea detrás de mí”, gritaba una mujer luego de los angustiantes minutos que siguieron a las 8:00 p.m. cuando la extensa cola seguía lejos, muy lejos del Monumental. El reloj no detuvo su camino y las esperanzas de llegar a tiempo al concierto se apagaban. Los amigos que ya estaban dentro del estadio nos escribían -con delay, porque las señales telefónicas eran deficientes- que Luis Miguel se montaría puntualmente a las 9:00 p.m.  

Cerca de las 8:20 p.m., la lenta cola mutó a carrera a toda velocidad porque se autorizó el acceso masivo, sin revisiones ni control. Otra irregularidad que se sumó a esta historia de pena que pudo ser fantástica, porque quienes entramos en ese lote no fuimos sometidos a revisión para verificar si llevábamos algún objeto peligroso o prohibido, lo que evidentemente compromete la seguridad de quienes acudieron al evento.  Tampoco escaneron los códigos QR de nuestras entradas. “Entré sin mostrarla”, decía jocosamente uno de los asistentes. 

A las 8:45 p.m. pusimos un pie dentro del Monumental,  media hora antes de que Luis Miguel iniciara su presentación y con apenas el tiempo justo para ir a uno de los atestados baños y comprar algo para hidratarnos. La desazón por la experiencia de la cola nos hizo sentir por momentos que teníamos todo, excepto ganas de disfrutar, pero las dudas se disiparon cuando el “Sol de México” emergió a entonar un repertorio adecuado a sus actuales condiciones vocales y en el que imprimía toda la fuerza y energía que podía, aunque en varias ocasiones las miles de voces que no dejaron de corear cada pieza que cantó fueron las protagonistas.

Una banda impecable y un show de luces sincronizado con dispositivos de muñeca que se entregaron tras acceder al Monumental completaron la puesta en escena. Algunos criticaron la ausencia de un saludo o despedida por parte del artista -aunque hizo una reverencia al público al final junto a sus músicos y lanzó besos- pero lo verdaderamente cuestionable de la jornada fue que se puso en riesgo la seguridad y comodidad de miles de personas por la desorganización y el descontrol reinante en lo que sería la prueba de fuego para el Monumental en lo que respecta a este tipo de espectáculos. 

Derechos por debajo de la mesa

La historia de este concierto -como no había otro igual desde hace algunos años- también permitió comprender todo el bien y todo el mal. El disfrute pleno terminó ensombrecido por un acceso traumático y una salida que tampoco fue fluida, aún y cuando en nuestro caso, esperamos dos horas después del final del evento para que bajara la marea, cosa que no ocurrió. 

Además, quienes llegaron en unidades de transportes grupales y habían coordinado que los recogieran en la calle de El Poliedro tuvieron que bajar caminando hasta la autopista porque no permitieron el acceso de dichas unidades. Otras irregularidades comentadas fueron las reubicaciones repentinas,  como narró a los redactores de estas líneas un asistente a la zona zafiro (en el campo), que había comprado entradas para la parte central. A última hora, debió aceptar ver el concierto desde una zona lateral. En redes sociales, los testimonios de decenas de fanáticos coincidieron en que sus playas también se llenaron de amargura por incomodidades similares a las descritas en este texto. 

Ahora queda la incógnita sobre qué pasará en los conciertos de Maluma y Karol G, que tendrán lugar en el mismo escenario. El del artista colombiano, el próximo 24 de febrero y también organizado por Invershow, y los de su compatriota el 22 y 23 de marzo. “¿Será el mismo desorden?”, se preguntó la novia de Pedro, cuya hija adolescente tiene entradas compradas para ver a “La Bichota”. “Dios mío, ¿por qué será que en este país hasta ir a un concierto es una tragedia?”, lanzó al aire mientras soportaba otras horas de cola a bordo del vehículo para salir del Monumental.  

Los fanáticos de un artista son incondicionales, lo cual no significa que “no esperen nada”. Se reconoce lo complejo que debe ser montar la logística de un espectáculo de esta magnitud, pero desde agosto se anunció, así que tiempo hubo y recursos -con entradas que oscilaban entre los $70 y $1.000 y con un aforo casi completo- se presume que también.

El respeto a la inversión de tiempo y dinero que se hace para asistir a un concierto en Venezuela, en donde el sueldo mínimo tiene casi dos años sin aumentarse y los ingresos en el sector privado oscilan apenas entre $150 y $450, debería ser la norma para no obligar a dar “la media vuelta” a quienes hacen el esfuerzo de permitirse un rato de esparcimiento.

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