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¿Dónde están los guajiros de Abela? por Yoani Sánchez @YoaniSabchez

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La composición es casi circular, compacta. Los ojos recorren una línea en espiral que comienza en el zapato de un hombre sentado en primer plano y concluye en el gallo que otro sostiene. Hay paz, vestigios de una buena conversación y en el fondo un poblado de casitas de madera y yagua. Seis campesinos cubanos han sido representados en esta pintura de Abela, tan conocida como plagiada. Tienen rostros curtidos por el sol y rasgos un tanto indígenas. Son magnéticos, irresistibles. La mirada se nos va también hacia los detalles de la indumentaria. “De punta en blanco”, sombrero impecable, mangas largas, quizás con telas almidonadas para la ocasión.

Contagiada por la familiaridad de la pintura, salgo al campo, me adentro en los surcos donde tantas veces he estado cosechando tabaco, frijoles, ajo… Voy en busca de esa unidad primigenia de la cubanidad que es el hombre rural. Sin embargo, bajo el sol abrasador de agosto en lugar de aquellos “guajiros de Abela”, me encuentro gente vestida con atuendos militares. Pantalones de verdeolivo, camisas que hace años perdieron las charreteras, viejas boinas de alguna batalla que nunca ocurrió. Se cubren con uniformes de las Fuerzas Armadas o del Ministerio del Interior, para enfrentar así los rigores del campo. No tienen muchas opciones.

En el mercado informal es más fácil comprar una chaqueta de oficial que una camisa para tareas agrícolas. Cuesta menos una gorra de policía que un sombrero de yarey. Los cintos de cuero de vaca también quedaron en el pasado; ahora es más fácil y barato encontrar aquellos que se utilizan en el ejército. Con el calzado ocurre otro tanto. Las botas de goma escasean y en su lugar los hombres y mujeres de la tierra, llevan zapatos diseñados para la trinchera y el combate. En un país militarizado hasta en los más mínimos detalles, lo castrense se impone por sobre la tradición. El guajiro actual –por su vestimenta- se parece más a un soldado que a un agricultor.

El centralismo estatal fue secando la producción autónoma de ropa destinada a faenas agrícolas. Ni siquiera las recientes flexibilizaciones para el trabajo por cuenta propia, han fomentado este renglón. No se trata sólo de un tema económico o de abastecimiento, con esta situación se están afectando también cuestiones de nuestra idiosincrasia y de nuestra costumbres populares. Una versión actual del cuadro de Abela, nos dejaría la impresión de estar ante un grupo de milicianos con ropa ajada, que posan para el pintor en medio del campamento… a punto de sonar la diana.

Fuente: La Generación Y

Tengo miedo por Luis Vicente León @luisvicenteleon

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No suelo ser un analista radical. Más allá de mi posición política, estoy convencido de que la verdad no es un monopolio de ningún bando y los malos y los buenos están regaditos por todos lados.

Trato de hacer análisis insesgado, que no significa no tener posiciones fuertes en lo que creo, sino ver las cosas desde las diferentes posiciones y entender la lógica que las motivan, me gusten o no.

En una sociedad polarizada, esto no es fácil. La gente se embrutece con los radicalismos y siente que cualquiera que intente comprender al adversario, e incluso estar de acuerdo con él en algunos planteamientos racionales, es un traidor, mientras es un pecado mortal que alguien que ha defendido a un bando conceptualmente, los critique en aquello que considera un error. Es interesante ver que el país de los dos lados se cree su propia afirmación polarizante: ¡Estás con Dios o con el Diablo! como si la vida fuera lineal, como si de verdad podemos decir que un lado es Dios (y en consecuencia nunca se equivoca) y el otro el Diablo (y jamás tiene razón). Paja podrida, oscurantismo balurdo, simplismo grosero, manipulación política. De eso se trata.

En mi caso, no me da la gana dejarme encerrar en esa cárcel de los polos. Lo bueno es bueno, no porque venga del lado que considero mejor. Es bueno si es bueno y ya. Y lo malo, es malo y ya. No depende para nada de quien lo haya hecho, ni de las características del emisor y su relación conmigo. Las solidaridades primarias son entendibles, pero primitivas. Nada hará que me calle para decir lo que pienso, mientras tenga voz (que es ronca, pero siempre dispuesta) y pueda escribir y expresarme para alguien que le interese, esté o no de acuerdo conmigo. Me equivoco y acierto y estoy siempre dispuesto a enmendar cuando meto la pata como el que más.

Estoy acostumbrado a las presiones y amenazas de ambos lados y he actuado siempre igual, irreverente y firme sobre lo que pienso. No porque no tenga miedo. Tendría que estar loco para no tenerlo frente a actores, de una trinchera y la otra, que tienen la fuerza para destruir lo que quieran destruir. Pero las reacciones al miedo sólo pueden ser dos: la cómoda, y entonces debería bajar la cabeza o huir o la valiente, hacer lo que tienes que hacer, a pesar de tener miedo. Me decanto por la segunda, pidiendo perdón a mis morochos por lo que esto pueda significar para ellos en el futuro, pero seguro que más grandes entenderán que no hay nada más valioso que luchar por ser libres y sólo lo eres cuando no tienes que censurar lo que dices (para complacer o protegerte), pues aquel que censura lo que dice, termina censurando lo que piensa.

Creo que nos adentramos en una radicalización política más fuerte que la que nos parecía fuerte. Creo que nuestros derechos serán más débiles cada vez. Creo que quienes deberían liderar la defensa de esos derechos se miran el ombligo, más interesados en subsistir ellos que en garantizar la subsistencia de los derechos de los demás. Creo que la corrupción se comió el país. Creo que la pen… es mayoría. Pero también creo que es demasiado lo que podemos perder. Que cada día hay más gente despolarizada que entiende que necesitamos integrarnos para construir. Creo que el trabajo político más exitoso no se hace ni en la radio ni en la televisión, sino cuando cada uno de nosotros, no importa nuestra área de acción, resistimos y construimos ahí, en ese microcosmos donde podemos influir, asumiendo nuestro rol y formando ese muro de contención indispensable para defendernos. Les vengo a decir que tengo miedo de estar… pero mucho más miedo me da no estar y perder todo por lo que hemos luchado. ¿Y tú?

 

Luisvicdnteleon@gmail.com

 

¿Qué tan difícil es hacer negocios? Venezuela en la posición 180 de 185 según informe del Banco Mundial

EL DOING BUSINESS 2013, es el décimo de una serie de informes anuales que investiga las regulaciones que favorecen la actividad empresarial y aquellas que las restringen. En esta ocasión este documento estudia diferentes indicadores cualitativos que influyen en once áreas del ciclo vital de una empresa como por ejemplo; apertura de la organización, manejo de permisos de construcción, obtención de electricidad, registro de propiedad, obtención de crédito, pago de impuestos y empleo de trabajadores entre otros.

Del mismo modo, los datos de Doing Business 2013, hacen referencia a 185 economías (desde Afganistán hasta Zimbabwe) y pretenden identificar a partir de los indicadores, cuales son las reformas de regulación que han tenido éxito, en dónde han generado buenos resultados y cuáles son las causas que han originado estos efectos.

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Según el informe Venezuela está en la sexta posición mundial (180 de 185) en cuanto a la dificultad con la que se disponen los mecanismos para abrir una empresa.

 

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Terror en uniforme por Francisco Olivares @folivares10

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De las 2.693 muertes ocurridas en 15 años a manos de los cuerpos de seguridad, 11% fueron responsabilidad de miembros de la FANB. Todas ellas por “ejecuciones” y “uso excesivo de la fuerza”

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Toparse con unos conos en medio de una calle oscura. Desde las sombras precisamos las siluetas de lo que parece son efectivos militares, cuyos uniformes verde oliva se funden en la penumbra. Con un abrupto nerviosismo no previsto reducimos la velocidad a casi cero. ¿Bajamos el vidrio? Nos preguntamos y en la memoria reciente sentimos más de cerca las noticias que nos han narrado las muertes bajo proyectiles ocurridas en los puestos improvisados del plan “Patria Segura”. Hacemos contacto visual con los guardias armados con fusil. Intercambiamos miradas. El rostro delata la corta edad del uniformado. Quizás 18 ó 20 años a lo sumo. Luego de un difuso gesto que insta a seguir, la tensión baja tras haber superado con éxito esa barrera que pudiera indicar la diferencia entre la vida y la muerte.

 

El asesinato de Luimener Pacheco y su hija de 12 años por parte de efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana, el pasado 4 de julio, cuando transitaba con sus tres hijas por una calle de Coro en su vehículo Corsa, expone nuevamente ante el país la violencia que se ejerce desde los cuerpos policiales y militares contra los ciudadanos. La mayoría de los 10 efectivos imputados por homicidio calificado en este caso son jóvenes entre 19 y 21 años, quienes portando armas de guerra atacaron a la indefensa madre y sus tres hijas. Ello según los expertos, expone la falta de preparación de esos efectivos para resguardar la seguridad de los ciudadanos y menos aún para combatir el crimen. Para Provea, el caso demostró que la FANB sigue violando los Derechos Humanos mientras que Cofavic sentencia que el Plan “Patria Segura” viola la Constitución Bolivariana.

 

Pero ese no ha sido el único episodio ocurrido en los últimos meses: unos días después, el 9 de julio, Reny Adolfo Suárez, un “pimpinero” del Estado Táchira fue detenido en una alcabala y murió al ser obligado a ingerir gasolina por los militares. El 27 de julio Zoe López fue detenida y asesinada en la Alta Guajira por efectivos militares cuando se desplazaba por la región en compañía de un hermano y otras tres mujeres. El 14 de julio, Edwin Moisés Rivera, de 20 años, murió al recibir un disparo en la espalda cuando un efectivo militar le dio la voz de alto en el barrio La Bombilla de Petare. El 24 de julio hallaron el cadáver del cabo II de la GNB, Diosnny Manuel Guinand Yeudez (24), enterrado en la sede del comando en Macarao. El 8 de agosto, un efectivo del Ejército asesinó al alumno de la Universidad de Carabobo, Ánderson Oliveros de 20 años de edad, en el barrio El Romancero de Valencia. Y vecinos de la avenida Baralt responsabilizan a un comando de la GNB como responsables del asesinato de dos indigentes ocurridos el sábado 17 de agosto en horas de la madrugada.

 

La cifras recogidas en el informe de Provea “15 años sobre DDHH” indica que entre 1997 y 2011 se han producido 2.693 asesinatos a manos de los cuerpos de seguridad del Estado. De ellos, el 11% son atribuidos a la FANB. De esas muertes 66% ocurrieron por ejecuciones perpetradas por los cuerpos de seguridad; 8% por uso excesivo de la fuerza y 19% por otras causas.
Cabe destacar que las cifras ofrecidas por Provea son tomadas del CICPC. Pero cifras ofrecidas por el Ministerio Público en su “Plan de Seguimiento de Casos sobre violaciones a los Derechos Fundamentales” registró 7.243 violaciones al derechos a la vida entre 2000 y 2007, cuya responsabilidad es atribuible a funcionarios policiales y militares. Asimismo, el Ministerio Público reconoció que entre 2006 y 2010 hubo 30 mil nuevos ingresos en casos que fueron denunciados ante el organismo por violaciones a los Derechos Humanos. Es decir, se trata de casos que la Fiscalía conoce en sus informes anuales de acuerdo a las denuncias recibidas que contemplan torturas, violaciones al derecho a la vida o detenciones ilegales.

 

Plan Patria Segura
Vestido de blanco y con el brazalete tricolor en el brazo izquierdo, Nicolás Maduro encabezó el lanzamiento del “Plan Patria Segura” que según destacó cuenta con más de 3 mil funcionarios del Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Este nuevo plan que se agrega a otros 20 del período de Hugo Chávez sería la continuación del anterior “Misión a Toda Vida Venezuela” a la que se le incorporó el elemento militar, invirtiendo el concepto civil de la seguridad.
A diferencia de su “padre político”, desde el Patio de Honor Universidad Militar Bolivariana del Ejército, Maduro admitió que el problema más importante que tiene la sociedad venezolana por resolver es la criminalidad. “Le toca a la FANB, al Ejército, a la Guardia del Pueblo, PNB, CIPC, Sebin. Los llamo al servicio de la patria. Tiene que ser más operativo, algo más que patrullaje. Tiene que ser con consciencia, pasión, compromiso y amor”, comentó a los efectivos presentes en el acto.
Sobre el caso de la “masacre de Falcón”, la Fiscal general Luisa Ortega Díaz aclara que los efectivos que actuaron en ese homicidio no formaban parte del Plan Patria Segura, sin embargo el comando militar estaba en labores de seguridad. Por su parte, el ministro de Interior y Justicia, el militar Rodríguez Torres, a cargo del organismo que irónicamente agrega a sus siglas la coletilla de “Paz”, defiende el plan señalando que los homicidios han disminuido 27%. Pero las cifras de cadáveres que ingresan en la morgue delatan otra perspectiva con una cifra cercana a los 450 cadáveres al mes, de los cuales 70% son homicidios, descartando otras variables como “enfrentamientos” y accidentes de tránsito.
La oficina de Drogas y Crímenes de las Naciones Unidas ubica a Venezuela como uno de los países con mayor índice violencia en el mundo. De haber estado en 12 homicidios por 100 mil habitantes en el año 1995, en 2011 llegamos a los primeros lugares con 45,1 homicidios por 100 mil habitantes. Es de señalar que la cifra de la ONU es bastante conservadora entendiendo que este organismo basa sus datos estableciendo un promedio en la data que levantan las ONG y los organismos oficiales de los gobiernos. En contraste, para el año 2011 el Instituto Nacional de Estadísticas registra un índice muy superior. Según sus estimaciones Venezuela registró 75 homicidios por cada 100 mil habitantes.

 

Impunidad para los agresores
Liliana Ortega ha explicado que cuando se habla de violaciones a los Derechos Humanos no son delitos comunes, sino que tiene que ver con situaciones en donde hay una agresión en la que hubo una intervención de funcionarios del Estado, o de grupos de personas que actuaron con la aquiescencia del Estado. Por ello son delitos cometidos por entes o funcionarios públicos. Según Cofavic, los datos aportados por el propio Ministerio Público, 93% de estas denuncias terminan en sobreseimiento. Solo 7% logra ver a un juez y apenas 4% terminan en condena.

 

Las manifestaciones
El informe “15 años de DDHH” de Provea registra que entre 1997 y 2011 se han producido 24.051 manifestaciones públicas. Es de destacar que la conflictividad social ha ido en aumento cada año al mismo tiempo que la represión de las mismas. En 1997 se registraron 550 manifestaciones de calle y fueron reprimidas 44. En 2011 la cifra remonta a 4.472 manifestaciones de las que 134 fueron reprimidas. En ellas hubo 39 asesinatos, 2.963 heridos y 4.053 detenidos.
Durante las manifestaciones de los días 15 y 16 de abril en protesta por los resultados electorales ofrecidos por el CNE resultaron gravemente heridas 104 personas. Varios casos tuvieron que ver con disparos a corta distancia por parte de efectivos de la GNB ocurridos después de que la persona estaba detenida. Es de destacar que la actuación del la GNB en Lara estuvo coordinada desde la guarnición militar desde donde se impartieron las órdenes para reprimir las manifestaciones. Otras denuncias fueron por torturas y golpizas en los centros de detención del comando regional. Al menos 72 de estos casos están denunciados en la Fiscalía y en instancias internacionales. Esta situación revivió hechos ocurridos en 2004 cuando la GN y fuerzas especiales del Ejército reprimieron las manifestaciones utilizando armas de guerra con el resultado de 10 fallecidos y 300 heridos, varios de ellos por disparos de fusil.

 

Inconstitucional
El artículo 332 de la Constitución establece claramente que “los órganos de seguridad ciudadana son de carácter civil”. La ONU tiene una resolución muy completa sobre el tema del “empleo de la fuerza y armas de fuego por funcionarios encargados de hacer cumplir la Ley”. Entre muchos aspectos destaca que: “Los gobiernos adoptarán las medidas necesarias para que en la legislación se castigue como delito el empleo arbitrario o abusivo de la fuerza o de armas de fuego por parte de los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley. Así mismo establece que: “No se podrán invocar circunstancias excepcionales tales como la inestabilidad política interna o cualquier otra situación pública de emergencia para justificar el quebrantamiento de estos Principios”.
Para medir lo delicado que es para los gobiernos democráticos la militarización de las policías tenemos un ejemplo reciente en el Salvador cuando, el pasado mes de mayo, la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia declaró “inconstitucional” la designación de David Munguía Payés como ministro de Seguridad Pública y Justicia y de Francisco Ramón Salinas como director de la Policía Nacional, alegando su condición de militares, dado que vulneraba el artículo 159 de la Constitución de ese país que establece la separación de funciones de la defensa nacional y la seguridad pública. La sentencia se produjo a pesar de que ambos generales se encontraban en situación de “retiro” señalando que “los aludidos generales, en la medida en que no han finalizado su carrera militar, sino que se encuentran en una situación de retiro, no han dejado de ser militares”.

Fuente: El Universal

Equilibrio informativo por Alonso Moleiro @amoleiro

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La defensa del equilibrio de la información en ninguna circunstancia puede comportar la consagración del arte del equilibrismo. La enfermedad del oportunismo, del exceso de ambición, la venta de conciencias y de la debilidad de espíritu que inunda a tantas voluntades en la Venezuela de hoy

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De un tiempo a esta parte, cada vez que un vocero público quiere hacer vigentes los cambios en su escala personal de prioridades, agita ante las graderías el resbaloso expediente del “equilibrio informativo”.

La más común de las engañifas que consumen felices algunos periodistas y políticos que no terminan de comprender los rasgos fundamentales del momento venezolano actual.

No se trata de que el norte del equilibrio, como la despolarización, no sean horizontes a conquistar para toda la sociedad.

Quien suscribe esta nota ha sido durante toda su vida, junto a muchos otros de sus colegas, un obsesivo defensor de la precisión en el dato; la relación correcta, pero sin concesiones, frente al poder; y el imperativo de que, en la obtención de una noticia, todas las fuentes sean consultadas.

Pienso que es necesario hacer todos los días ejercicios de buena voluntad; desahogar, hasta donde se pueda, el duro fermento anímico que producen las agresiones cotidianas del oficialismo asentando la convicción de que las cosas se pueden hacer bien, ejerciendo correctamente la profesión, hablando también de aquello que a todos nos beneficie.

Por muy grave que sea la diferencia que tenemos con los chavistas, por discutible que nos parezca aquello que a ellos les enorgullece, y por despreciables que con frecuencia consideramos sus maniobras y su vocación para mentir, jamás debemos perder de vista que este país seguirá siendo una sola cosa: buenas y malas las heredarán nuestros hijos y nietos, en un contexto completamente distinto, espera uno que para bien, al que vivimos actualmente.

La defensa del equilibrio de la información, sin embargo, en ninguna circunstancia puede comportar la consagración del arte del equilibrismo. La enfermedad del oportunismo, del exceso de ambición, la venta de conciencias y de la debilidad de espíritu que inunda a tantas voluntades en la Venezuela de hoy.

El equilibrio no es un decreto: como todo equilibrio, precisa de unas circunstancias precisas que permitan su concreción. Necesita un contexto que le permita florecer con dignidad.

Uno de los actores de la vida nacional está promoviendo una moción en la cual quede prohibida la tolerancia. Pues bien: es lo único que no puede tolerar un tolerante. El juego civil en Venezuela tiene en este momento las cartas marcadas. El equilibrio será una circunstancia consolidada en la medida que rescatemos un Estado democrático que nos permita sembrarlo de nuevo, junto a otros valores hoy en decadencia, en la nación.

La línea que colmó el plato en torno a cualquier debate con el oficialismo en torno a la libertad de expresión, la transparencia informativa, el pluralismo político y la ética en el proceder lo constituyó el cierre de Radio Caracas Televisión, en mayo del año 2007.

En Venezuela hay gente que olvida muy rápido. Demasiado rápido. A partir de entonces las cosas, lejos de mejorar, han empeorado: el alto gobierno ha creado un Estado para sus amigos y simpatizantes y hace lo que quiere con la legalidad.

A todos debería lucirnos obvio que no tiene la menor intención de rendirle a la nación un sincero y humilde relato autocrítico de sus excesos. Son jerarcas acomodados, privilegiados y amorales en su inmensa mayoría.

Están dispuestos a hacer lo que sea, incluyendo la posibilidad de venderle el alma al demonio, con el objeto de no perder jamás el poder. Todos los días se llama a propietarios de medios y se les amenaza; a los más críticos se les han levantado incontables procesos administrativos. Los poderes públicos se complotan legalmente contra muchos de nuestros colegas por denunciar lo excesivo y lo punible.

Periodistas de todos los medios han sido apaleados en incontables ocasiones por bandas armadas en actitud gangsteril. Sus medios de comunicación han escupido incontables insultos cotidianos en contra de la disidencia. Vivimos en un Gobierno que ha hecho de la impunidad su razón de vida.

Disidencia a la cual pertenecen, por supuesto que sí, partidos, sindicatos, ligas estudiantiles, universidades, y algunos medios de comunicación: gracias a ellos la opinión pública ha podido ir cotejando, de forma dispersa pero consecuente, los indicios más serios de un Estado disfuncional, peligrosa y profundamente corrompido en todos sus estamentos.

Nadie termina de explicarse por qué es que los periodistas y medios del gobierno pueden evidenciar una conducta como la que observan mientras, al mismo tiempo, se sienten con derecho a vetar y condicionar la de los demás. Sabemos lo que sabemos porqueGlobovisión, TalCual, El Universal y El Nacional, La Patilla, y El Nuevo País, entre otros, lo han ido denunciando de forma responsable y valiente.

El propio Gobierno ha ido destilando la información de forma oportunista, con el objeto de presentar algunos presos de menor monta a manera de hoja de parra: el Fondo Chino, Cadivi, Pdvsa, Bandes, la CVG, las gobernaciones de Guárico, Aragua y Bolívar.

Las notas estructuradas del Ministerio de Finanzas. La valija llena de dólares de Guido Antonini Wilson. Los puertos, los tribunales, las contrataciones, las obras públicas. Todos sabemos lo que está pasando en este país.

La disidencia que describo forma parte de un estamento social que tuvo su epicentro en la clase media, pero que es amplísimo, ya mayoritario en el país, con una enorme diversidad social y un amplio espectro: la oposición política que existe en medio del marco constitucional dispuesto para ello. A nadie le debe dar pena asumir tal circunstancia en este momento.

Un sentimiento completamente legítimo: es robusto, es profundo, y, en virtud del estado actual de destrucción de la nación y la calidad de vida de sus habitantes, está completamente justificado.

Vayan dedicadas estas líneas a ciertos delanteros centrales de la oportunidad que gustan posar de santurrones; a los funcionarios hipócritas que gustan calzarse el sombrero de periodistas, pero que no dejan jamás de ser dolientes de esta decadente burocracia; a los empresarios que expanden sus intereses inconfesables a la sombra del poder político, a aquellos que se están haciendo ricos mientras nos venden por partes la radionovela de la revolución. A aquellos que, todavía hoy, se atrevieron a decir que Globovisión “es un partido político”.

Fuente: Tal Cual Digital

Top 10: Las mejores fotos del concurso “National Geographic Traveler”

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“El patrón del mal” por Mario Vargas Llosa

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La serie de la televisión colombiana Escobar, el patrón del mal ha tenido mucho éxito en su país de origen y no cabe duda que lo tendrá en todos los lugares donde se exhiba. Está muy bien hecha, escrita y dirigida, y Andrés Parra, el actor que encarna al famoso narcotraficante Pablo Emilio Escobar Gaviria, lo hace con enorme talento. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con otras grandes series televisivas, como las norteamericanas The Wire o 24, ésta se sigue con incomodidad, un difuso malestar provocado por la sensación de que, a diferencia de lo que aquéllas relatan,Escobar, el patrón del mal no es ficción sino la descripción más o menos fidedigna de una pesadilla que padeció Colombia durante unos años que vivió no bajo el imperio de la ley sino del narcotráfico.

Porque los 74 episodios que acabo de ver, aunque se toman algunas libertades con la historia real y han cambiado algunos nombres propios, dan un testimonio muy genuino, fascinante e instructivo sobre la violenta modernización económica y social —un verdadero terremoto— que trajo a la aletargada sociedad colombiana la conversión, por obra del genio empresarial de Pablo Escobar, de lo que debía ser en los años setenta una industria artesanal, en la capital mundial de la producción y comercio clandestinos de la cocaína. Desafortunadamente, este aspecto de la trayectoria de Escobar —su miríada de laboratorios en la cordillera y en las selvas, las rutas clandestinas por las que la droga, cuya materia prima al principio era importada de Perú, Bolivia y Ecuador, y refinada en Colombia, luego se exportaba de allí a Estados Unidos y al resto del mundo— está apenas reseñado en la serie, que se concentra en la experiencia familiar del narcotraficante, sus vidas pública y clandestina, sus delirios y sus horrendos crímenes.

Su ambición era tan grande como su falta de escrúpulos, y los delirios y rabietas que lo inducían a ejercitar la crueldad con el refinamiento y frialdad de un personaje del marqués de Sade contrastaban curiosamente con su complejo de Edipo mal resuelto que lo convertía en un corderillo frente a la recia matriarca que fue su madre y su condición de esposo modelo y padre amantísimo. Cuando se antojaba de una “virgencita”, sus sicarios le procuraban una y luego la mandaba matar para borrar las pistas. Siempre se consideró a sí mismo “un hombre de izquierda” y cuando regalaba casas a los pobres, les construía zoológicos y ofrecía grandes espectáculos deportivos, como cuando hacía explotar coches bomba que despanzurraban a centenares de inocentes, estaba convencido, según aseguraba en sus retóricas proclamas, de estar luchando por la justicia y los derechos humanos. Como creó millares de empleos —lícitos e ilícitos—, era pródigo y derrochador y encarnó la idea de que uno podía hacerse rico de la noche a la mañana pegando tiros, fue un ídolo en los barrios marginales de Medellín y por eso, a su muerte, millares de pobres lo lloraron, llamándolo un santo y un segundo Jesucristo. Él, al igual que su familia y su ejército de rufianes, era católico practicante y muy devoto del Santo Niño de Atocha.

Sus delirios y su crueldad contrastaban con su complejo de Edipo mal resuelto y su actitud de padre amantísimo

Su fortuna fue gigantesca, aunque nadie ha podido calcularla con precisión, y acaso no fue exagerado que en algún momento se dijera de él que era el hombre más rico del mundo. Eso lo convirtió en el personaje más poderoso de Colombia, poco menos que en el amo del país: podía transgredir todas las leyes a su capricho, comprar políticos, militares, funcionarios, jueces, o torturar, secuestrar y asesinar a quienes se atrevían a oponérsele (a ellos y a veces también a sus familias). Lo que es notable es que, ante la alternativa en que Pablo Escobar convirtió la vida para los colombianos —“plata o plomo”— hubiera gente como el periodista Guillermo Cano, dueño y director del diario El Espectador y su heroica familia, y un puñado de jueces, militares y políticos que no se dejaron comprar ni intimidar y prefirieron morir, como Luis Carlos Galán y el ministro Rodrigo Lara Bonilla, o arruinarse antes que ceder a las exigencias demenciales del narcotraficante.

Lo que produce escalofríos viendo esta serie es la impresión que deja en el espectador de que, si el poder y la fortuna de que disponía no lo hubieran empujado en los años finales de su vida a excesos patológicos y a malquistarse con sus propios socios, a los que extorsionaba y mandaba asesinar, y se hubiera resignado a un papel menos histriónico y exhibicionista, Pablo Escobar podría haber llegado a ser, hoy, presidente de Colombia, o, acaso, el dueño en la sombra de ese país. Lo perdió la soberbia, el creerse todopoderoso, el generar tantos enemigos en su propio entorno y producir tanto miedo y terror con los asesinatos colectivos de los coches bomba que hacía explotar en las ciudades a las horas punta para que el Estado se sometiera a sus consignas, que sus propios compinches se apandillaran contra él y fueran un factor principalísimo en su decadencia y final.

Si un novelista pusiera en una novela algunos de los episodios que Pablo Escobar protagonizó, su historia fracasaría estruendosamente por inverosímil. Acaso el más delirante y jocoso sea el de su “entrega” al Gobierno colombiano, luego de haberle dado gusto éste en firmar decretos garantizando que ningún colombiano sería jamás extraditado a los Estados Unidos —la justicia norteamericana era el cuco de los narcos— y de construirle una cárcel privada, “La Catedral”, de acuerdo a sus requerimientos y necesidades. Es decir: billares, piscina, discoteca, un prestigioso chef, equipos sofisticados de radio y televisión, y el derecho de elegir y vetar a la guardia encargada de vigilar el exterior de la prisión. Escobar se instaló en “La Catedral” con sus armas, sus sicarios, y siguió dirigiendo desde allí su negocio transnacional. Cuando quería, salía a Medellín a divertirse y, otras veces, organizaba orgías en la supuesta cárcel, con músicos y prostitutas que le acarreaban sus esbirros. En la misma cárcel se permitió asesinar a dos destacados socios suyos del cartel de Medellín porque no quisieron dejarse extorsionar. Como el escándalo fue enorme y la opinión pública reaccionó con indignación, el Gobierno intentó trasladarlo a una cárcel de verdad. Entonces, Escobar y sus pistoleros, alertados por los guardias a los que tenían en planilla, huyeron. Todavía alcanzó a desatar una serie de asesinatos ciegos, pero ya estaba tocado. Los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar) habían comenzado a actuar.

La represión de la droga solo sirve para generar engendros destructivos como el que creó Escobar

¿Quiénes eran los Pepes? Una asociación de rufianes, varios de ellos ex socios de Escobar en el tráfico de cocaína, el cartel de Cali que fue siempre adversario del de Medellín, las guerrillas ultraderechistas (comités de autodefensa) de Antioquia, y otros enemigos del mundo del hampa que Escobar había ido generando con sus caprichos y prepotencias a lo largo de su carrera. Ellos comprendieron que la visibilidad que había alcanzado aquel personaje ponía en peligro toda la industria del narcotráfico. Asesinaron a sus colaboradores, prepararon emboscadas, se convirtieron en informantes de las autoridades. En menos de un año el imperio de Pablo Escobar se desintegró. Su final no pudo ser más patético: acompañado de un solo guardaespaldas —todos los otros estaban muertos, presos o se habían pasado al enemigo— escondido en una casita muy modesta y delirando con el proyecto de ir a refugiarse en alguna guerrilla de las montañas, fue al fin cazado por un comando policial y militar que lo abatió a balazos.

La muerte de Escobar, ese pionero de los tiempos heroicos, no acabó con la industria del narcotráfico. Ésta es en nuestros días mucho más moderna, sofisticada e invisible que entonces. Colombia ya no tiene la hegemonía de antaño. Se ha descentralizado y campea también en México, América Central, Venezuela, Brasil, y los que eran sólo países productores de pasta básica, como Perú, Bolivia y Ecuador ahora compiten asimismo en el refinado y la comercialización y, al igual que en Colombia, tienen guerrillas y ejércitos privados a su servicio. La fuente principal de la corrupción, en nuestros días la gran amenaza para el proceso de democratización política y modernización económica que vive América Latina, sigue siendo y lo será cada vez más el narcotráfico. Hasta que por fin se abra camino del todo la idea de que la represión de la droga sólo sirve para crear engendros destructivos como el que construyó Pablo Escobar y que la delincuencia asociada a ella sólo desaparecerá cuando se legalice su consumo y las enormes sumas que ahora se invierten en combatirla se gasten en campañas de rehabilitación y prevención.

Fuente: El País (España)

Imagen: Natalia Benavides

No pasa nada por Luis De Lion @LDeLION

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La realidad sigue siendo más chocante, a pesar de los eufemismos izquierdosos, que las misiones, que los planes, que los proyectos. Desde que ejerce el poder supremo, Nicolás Maduro, sigue una ruta zigzagueante, ante los obstáculos propios del mundo real, los cuales apenas esquiva. Su resistencia ante el desastre impresiona. Un síndrome particular: mientras más evidencias de su incapacidad para gobernar, parece que más se atornilla. A su extrema confianza en sí mismo, unas certezas que confunden, que engañan y que le permiten ser indiferente ante la impopularidad. Su popularidad nunca fue un punto fuerte, la misma ni siquiera se estanca, simplemente no tiene prestigio. En un primer tiempo, dicho marasmo para algunos se debía a la inexperiencia. Pero resulta que es estructural. Paradójicamente, dicha debilidad, parece ser la fuerza de Maduro. Poco o nada importa, cuando uno controla y dispone ampliamente de todos los poderes del Estado y si además tienes frente a ti a una oposición mediocre.

Amplia mayoría en la Asamblea, pero una evidente incoherencia. Esa suerte de brebaje, ideológico, acomplejado y conservador, que apesta desde la bancada oficialista legislativa, constituye una política. Imposible darle una definición precisa. Se dicen socialistas, pero ante la interrogante, qué es hoy el socialismo, en qué se ha convertido dicho término, arrebatan, y responden que hay una sola línea la de Chávez y Bolívar. ¿Cuál es esa línea? Maduro tiene en su mayoría dentro de la Asamblea Nacional, una diversidad en la cual cada quien reivindica una izquierda de acuerdo a su cultura, a su historia y lo más importante, de acuerdo a sus propios intereses. El resultado, es la suma de una mayoría incoherente, de la cual extrañamente la oposición, no logra sacar provecho político alguno.

Impopularidad e incoherencia, se ejerce el poder por aproximación política. Parece que va a ser así. Lo peor, es que nos acostumbremos a ello. ¿Quién o qué se opone realmente a ese desorden ideológico, a ésta confusión ejecutiva, a éste martirio judicial?  La ruta opositora parece guiarse por lo irónico, lo humorístico y la indignación ciudadana, a falta de una organización verdaderamente política y no solo electorera. La preocupación es una supuesta “unidad” electoral, en lugar de preparar una alternativa al mandato de Maduro.

Es en medio de dicho clima sofocante, que vamos una vez más a, acercarnos a una enésima cita electoral.

Maduro ya mostró cuan extensible es su incapacidad. Está convencido de su eficiencia y de la homogeneidad de los interesados que conforman su contradictoria mayoría en la Asamblea.

¿Y la oposición? ¿Es inofensiva? ¿Cuál oposición?