La ruleta de los augurios

Hay un vicio profundamente denigrante en el modo en que la política venezolana se ha transfigurado en un mero ejercicio de adivinación. Escuchar los discursos de quienes pretenden conducir la nación exige hoy una dosis de credulidad más cercana a la astrología de feria que a la ciencia política. No hay en sus oraciones una rendición de cuentas, ni un diagnóstico riguroso, ni la menor apelación a la responsabilidad ética sobre el presente. Lo que hay sobre la mesa es un mazo de cartas marchitas: un ritual de augurios donde el destino de la patria no se diseña ni se combate, sino que se lee con el sigilo implorante de quien consulta a un brujo de pueblo para averiguar si la suerte cambiará mañana.

De un lado del espectro, la retórica del poder heredado ha alcanzado una sofisticación perversa en el arte de la metamorfosis sin vergüenza. Una vez ausente Nicolás Maduro, la vieja bandera del antiimperialismo feroz fue sepultada en un sótano sin ceremonias ni responso. De pronto, el mismo régimen que juró defender la soberanía hasta el último aliento descubrió, de la noche a la mañana, las virtudes terapéuticas de la servidumbre; bastaron la firma de un contrato transaccional y la capitulación petrolera ante la administración de Donald Trump para que la prédica del chavismo mutara sin rubor. Ahora, la entrega de barriles a precio de costo y la flexibilización de concesiones se disfrazan de pragmatismo «nacionalista», justificando la sumisión como una astuta maniobra de supervivencia. El enemigo imperialista deja de serlo cuando de la transacción depende la continuidad de la dinastía en el poder; la patria se vuelve negociable y la palabrería revolucionaria se convierte en un catálogo de excusas para santificar el tutelaje de la Casa Blanca sobre las ruinas del país.

Del otro lado, la dirección opositora no se queda atrás en este juego de vaticinios y dependencias. La narrativa de la inminencia ha vuelto a tropezar con su propia vacuidad estratégica. El liderazgo de María Corina Machado habita hoy una encrucijada opaca, atrapado entre la imposibilidad táctica de concretar su tan anunciado retorno o la venia postergada de un Washington que dicta el ritmo local según sus propios calendarios electorales. El debate opositor se extravía en la falta de agallas para romper con el papel de actores secundarios y en la inoperancia para articular una resistencia cívica autónoma. Esta política ha regresado al eterno e infructuoso tema de las negociaciones de salón, donde la democracia no se conquista desde la movilización del ciudadano, sino que se aguarda como una concesión graciosa otorgada por el tutor norteamericano o acordada en pactos secretos de cúpula.

En el centro de este teatro de sombras queda la sociedad real, despojada de su condición republicana y empujada a sobrevivir a la intemperie. Quienes investigamos la historia sabemos bien que las peores tragedias no ocurren por el simple colapso de las finanzas o el apagón de las ciudades, sino cuando la clase política despoja la palabra de todo compromiso ético con la verdad. Cuando los gobernantes justifican su peonaje petrolero con sonrisas diplomáticas y los opositores apuestan su capital a un juego de naipes geopolítico en el que ni siquiera reparten la baraja, la política deja de ser la herramienta civilizatoria para la convivencia. El venezolano común es reducido a un espectador en penumbra, a la espera de que los brujos de la élite decidan si la suerte de la república será rematada en el mercado internacional o aplazada para otra mesa de negociación.

Reivindicar el valor del análisis histórico en este escenario es desenmascarar la trampa de la adivinación. La historia no es un oráculo ni un mazo de cartas para predecir cuándo vendrá la salvación; es el archivo crítico de nuestras responsabilidades y el recordatorio implacable de que ninguna nación se ha salvado mediante la astucia mercantil de sus cúpulas ni por la resignación ante sus adivinos. Exigir una política cívica implica romper el hechizo y recuperar el sentido de lo público: entender que el futuro no es un misterio que se concede por azar ni una licencia expedida en el extranjero, sino una construcción consciente que exige sustituir la especulación por la seriedad, la verdad y la dignidad de lo republicano.

@NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Hay un vicio profundamente denigrante en el modo en que la política venezolana se ha transfigurado en un mero ejercicio de adivinación. Escuchar los discursos de quienes pretenden conducir la nación exige hoy una dosis de credulidad más cercana a la astrología de feria que a la ciencia política. No hay en sus oraciones una rendición de cuentas, ni un diagnóstico riguroso, ni la menor apelación a la responsabilidad ética sobre el presente. Lo que hay sobre la mesa es un mazo de cartas marchitas: un ritual de augurios donde el destino de la patria no se diseña ni se combate, sino que se lee con el sigilo implorante de quien consulta a un brujo de pueblo para averiguar si la suerte cambiará mañana.

De un lado del espectro, la retórica del poder heredado ha alcanzado una sofisticación perversa en el arte de la metamorfosis sin vergüenza. Una vez ausente Nicolás Maduro, la vieja bandera del antiimperialismo feroz fue sepultada en un sótano sin ceremonias ni responso. De pronto, el mismo régimen que juró defender la soberanía hasta el último aliento descubrió, de la noche a la mañana, las virtudes terapéuticas de la servidumbre; bastaron la firma de un contrato transaccional y la capitulación petrolera ante la administración de Donald Trump para que la prédica del chavismo mutara sin rubor. Ahora, la entrega de barriles a precio de costo y la flexibilización de concesiones se disfrazan de pragmatismo «nacionalista», justificando la sumisión como una astuta maniobra de supervivencia. El enemigo imperialista deja de serlo cuando de la transacción depende la continuidad de la dinastía en el poder; la patria se vuelve negociable y la palabrería revolucionaria se convierte en un catálogo de excusas para santificar el tutelaje de la Casa Blanca sobre las ruinas del país.

Del otro lado, la dirección opositora no se queda atrás en este juego de vaticinios y dependencias. La narrativa de la inminencia ha vuelto a tropezar con su propia vacuidad estratégica. El liderazgo de María Corina Machado habita hoy una encrucijada opaca, atrapado entre la imposibilidad táctica de concretar su tan anunciado retorno o la venia postergada de un Washington que dicta el ritmo local según sus propios calendarios electorales. El debate opositor se extravía en la falta de agallas para romper con el papel de actores secundarios y en la inoperancia para articular una resistencia cívica autónoma. Esta política ha regresado al eterno e infructuoso tema de las negociaciones de salón, donde la democracia no se conquista desde la movilización del ciudadano, sino que se aguarda como una concesión graciosa otorgada por el tutor norteamericano o acordada en pactos secretos de cúpula.

En el centro de este teatro de sombras queda la sociedad real, despojada de su condición republicana y empujada a sobrevivir a la intemperie. Quienes investigamos la historia sabemos bien que las peores tragedias no ocurren por el simple colapso de las finanzas o el apagón de las ciudades, sino cuando la clase política despoja la palabra de todo compromiso ético con la verdad. Cuando los gobernantes justifican su peonaje petrolero con sonrisas diplomáticas y los opositores apuestan su capital a un juego de naipes geopolítico en el que ni siquiera reparten la baraja, la política deja de ser la herramienta civilizatoria para la convivencia. El venezolano común es reducido a un espectador en penumbra, a la espera de que los brujos de la élite decidan si la suerte de la república será rematada en el mercado internacional o aplazada para otra mesa de negociación.

Reivindicar el valor del análisis histórico en este escenario es desenmascarar la trampa de la adivinación. La historia no es un oráculo ni un mazo de cartas para predecir cuándo vendrá la salvación; es el archivo crítico de nuestras responsabilidades y el recordatorio implacable de que ninguna nación se ha salvado mediante la astucia mercantil de sus cúpulas ni por la resignación ante sus adivinos. Exigir una política cívica implica romper el hechizo y recuperar el sentido de lo público: entender que el futuro no es un misterio que se concede por azar ni una licencia expedida en el extranjero, sino una construcción consciente que exige sustituir la especulación por la seriedad, la verdad y la dignidad de lo republicano.

@NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Cuando los gobernantes justifican su peonaje petrolero con sonrisas diplomáticas y los opositores apuestan su capital a un juego de naipes geopolítico en el que ni siquiera reparten la baraja, la política deja de ser la herramienta civilizatoria para la convivencia
TelegramWhatsAppFacebookX

Hay un vicio profundamente denigrante en el modo en que la política venezolana se ha transfigurado en un mero ejercicio de adivinación. Escuchar los discursos de quienes pretenden conducir la nación exige hoy una dosis de credulidad más cercana a la astrología de feria que a la ciencia política. No hay en sus oraciones una rendición de cuentas, ni un diagnóstico riguroso, ni la menor apelación a la responsabilidad ética sobre el presente. Lo que hay sobre la mesa es un mazo de cartas marchitas: un ritual de augurios donde el destino de la patria no se diseña ni se combate, sino que se lee con el sigilo implorante de quien consulta a un brujo de pueblo para averiguar si la suerte cambiará mañana.

De un lado del espectro, la retórica del poder heredado ha alcanzado una sofisticación perversa en el arte de la metamorfosis sin vergüenza. Una vez ausente Nicolás Maduro, la vieja bandera del antiimperialismo feroz fue sepultada en un sótano sin ceremonias ni responso. De pronto, el mismo régimen que juró defender la soberanía hasta el último aliento descubrió, de la noche a la mañana, las virtudes terapéuticas de la servidumbre; bastaron la firma de un contrato transaccional y la capitulación petrolera ante la administración de Donald Trump para que la prédica del chavismo mutara sin rubor. Ahora, la entrega de barriles a precio de costo y la flexibilización de concesiones se disfrazan de pragmatismo «nacionalista», justificando la sumisión como una astuta maniobra de supervivencia. El enemigo imperialista deja de serlo cuando de la transacción depende la continuidad de la dinastía en el poder; la patria se vuelve negociable y la palabrería revolucionaria se convierte en un catálogo de excusas para santificar el tutelaje de la Casa Blanca sobre las ruinas del país.

Del otro lado, la dirección opositora no se queda atrás en este juego de vaticinios y dependencias. La narrativa de la inminencia ha vuelto a tropezar con su propia vacuidad estratégica. El liderazgo de María Corina Machado habita hoy una encrucijada opaca, atrapado entre la imposibilidad táctica de concretar su tan anunciado retorno o la venia postergada de un Washington que dicta el ritmo local según sus propios calendarios electorales. El debate opositor se extravía en la falta de agallas para romper con el papel de actores secundarios y en la inoperancia para articular una resistencia cívica autónoma. Esta política ha regresado al eterno e infructuoso tema de las negociaciones de salón, donde la democracia no se conquista desde la movilización del ciudadano, sino que se aguarda como una concesión graciosa otorgada por el tutor norteamericano o acordada en pactos secretos de cúpula.

En el centro de este teatro de sombras queda la sociedad real, despojada de su condición republicana y empujada a sobrevivir a la intemperie. Quienes investigamos la historia sabemos bien que las peores tragedias no ocurren por el simple colapso de las finanzas o el apagón de las ciudades, sino cuando la clase política despoja la palabra de todo compromiso ético con la verdad. Cuando los gobernantes justifican su peonaje petrolero con sonrisas diplomáticas y los opositores apuestan su capital a un juego de naipes geopolítico en el que ni siquiera reparten la baraja, la política deja de ser la herramienta civilizatoria para la convivencia. El venezolano común es reducido a un espectador en penumbra, a la espera de que los brujos de la élite decidan si la suerte de la república será rematada en el mercado internacional o aplazada para otra mesa de negociación.

Reivindicar el valor del análisis histórico en este escenario es desenmascarar la trampa de la adivinación. La historia no es un oráculo ni un mazo de cartas para predecir cuándo vendrá la salvación; es el archivo crítico de nuestras responsabilidades y el recordatorio implacable de que ninguna nación se ha salvado mediante la astucia mercantil de sus cúpulas ni por la resignación ante sus adivinos. Exigir una política cívica implica romper el hechizo y recuperar el sentido de lo público: entender que el futuro no es un misterio que se concede por azar ni una licencia expedida en el extranjero, sino una construcción consciente que exige sustituir la especulación por la seriedad, la verdad y la dignidad de lo republicano.

@NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.