Una de las virtudes que distinguió a Isabel II a través de los años fue su diplomacia. La demostró repetidamente en las relaciones con casi todos los países del mundo
El 8 de septiembre de 2022 quedará para siempre grabado como la fecha de la muerte de la más grande reina de la época moderna. Una que ha inspirado a por lo menos 4 generaciones, profundamente noble, señorial y que raramente ha sido criticada.
“En cuestión de perfección, es difícil que algún reinante antiguo o moderno se le pueda acercar”, ha declarado la excanciller alemana Angela Merkel.
En cuanto a mí se refiere, llegué cerca pero nunca logré conocer a la reina Isabel II. Mientras que sí pude conocer a su hermana Margaret, en Barbados; al príncipe Felipe, en Milán y Londres; y al nuevo rey Carlos III, en Caracas. Pero su persona me ha resultado siempre muy conocida por las cantidades de años que, como estudiante, seguí de cerca su evolución y su trayectoria. Luego en mi carrera de periodista con largos periodos en Inglaterra a partir del 1954.
Al comienzo de su reinado parecía algo frágil e insegura. El peso de la corona inglesa no era liviano tras el fin de una terrible guerra que había destruido gran parte de Europa e Inglaterra. Y los graves daños sufridos necesitaban una pronta recuperación para compensar los desastres causados por los nazis.
Al inicio, la joven reina tuvo la suerte de tener a su lado a Winston Churchill, quien se aseguró de que la futura reina entendiera la importancia de esa tarea y la de reestablecer la confianza necesaria para la reconstrucción del país.
Churchill habló muy poco de la reina en público, tanto antes como después de su salida de la política. Pero durante los años que operaron juntos no dejaba de alabar el crecimiento y sabiduría de la joven reinante, seguro de que terminaría haciendo un trabajo brillante por la gran seguridad en el manejo de la monarquía. Se asombraba Churchill de que Isabel II no se cansara de “seguir el progreso y del enterarse de todo lo que pasa en el país”.
Muchos cortesanos estaban preocupados porque el príncipe Felipe dedicaba mucho tiempo al deporte del polo y su gran deseo de aventuras y emociones que lo llevaron a convertirse en un gran piloto de aviación. Además de pasar mucho tiempo lejos del palacio y flirtear con muchas lindas mujeres.
Pero entre otras cosas, Isabel mantuvo su matrimonio muy activo al procrear a 4 hijos. Ellos, además de mantenerla ocupada, acapararon gran parte de la atención del padre aventurero.
Me recuerdo muy bien que, en el año 1966, luego de una feroz campaña de dos periódicos sensacionalistas que insinuaban que el príncipe Felipe le había sido infiel, la reina regaló a su esposo un gran trofeo ganado por uno de sus supercaballos de carrera en el célebre hipódromo de Epsom.
El día siguiente uno de los diarios salió con el titular Un Caballo Salva a la Reina, jugando con las letras iniciales del himno inglés Dios salve a la reina. Inmediatamente fue ofuscado por el príncipe Felipe, que declaró en forma algo divertida: “es cierto, yo siempre corro por la reina”.
Seguramente una de las virtudes que distinguió a Isabel II a través de los años fue su diplomacia, demostrada repetidamente en las relaciones con casi todos los países del mundo, especialmente con las excolonias. A muchas de las cuales Inglaterra les ha concedido progresivamente su independencia, haciéndose perdonar largos años de ocupación y hasta de esclavitud.
Sobresaliente es unas de las últimas frases de la reina, relacionada con la otrora gloriosa Mancomunidad Británica (British Commonwealth). Cuando se le preguntó el porqué de su decadencia, dijo: “Pensar que la mancomunidad no deba ser gradualmente sustituida con gobiernos locales es un insulto a la inteligencia de sus pueblos”.
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