Si París bien vale una misa, Venezuela bien vale una foto, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
Si París bien vale una misa, Venezuela bien vale una foto, por Julio Castillo Sagarzazu
Si París valió una misa para Henrique IV, Venezuela bien vale una foto de todos unidos que sirva de espejo a las mayorías de nuestro sufrido país. No cuesta nada intentarlo

 

@juliocasagar

Henrique IV era hugonote. Francia estaba deshilachada por las guerras religiosas que llegaron al colmo del espanto en masacres como la de San Bartolomé, cuando el Sena cambió de color y se tornó rojo con la sangre de los protestantes asesinados esa noche.

Hastiado de la guerra, Henrique IV llegó a la decisión política y personal de que la mejor manera de detener aquella insania era abjurando de su fe protestante y haciéndose católico. Henrique fue un buen gobernante. Fue quizás el primer monarca en ocuparse seriamente de su pueblo. Su programa social para la época quedo patentado en su deseo de “poner un pollo en el olla de cada campesino francés, cada domingo”.

Después de tanta atrocidad, definitivamente París bien valía una misa y Henrique no se lo dudó. Ahorró miles de vidas y sacrificios y se permitió un tiempo de paz que usó para hacer progresar a Francia.

Lo que nos deja como enseñanza este gesto es que, en la vida y en la política, hay momentos en los que las decisiones hay que tomarlas con la cabeza y no con el corazón.

Hoy la oposición venezolana se está enfrentado a una complicada decisión que puede resumirse así: en acuerdo con la comunidad internacional democrática e, incluso, con el visto bueno de aliados de Maduro, se ha echado a andar una nueva versión de la negociación que debería conducir a una salida política de nuestra crisis que ya lleva más de dos décadas.

Hay un consenso en los aliados de la democracia venezolana en que esa salida política adopte la forma de unas elecciones libres, justas y verificables para todos los mandatos públicos.

No obstante, todos sabemos que la Constitución y las leyes establecen que los cargos de gobernadores y alcaldes se vencen este año. Es más que evidente que el proceso de negociación, cuyos primeros encuentros se prevén para el próximo mes en México, definitivamente se prolongará en el tiempo, más allá de esta fecha prevista de elecciones.

La oposición sigue reivindicando que las elecciones deben hacerse conjuntas y que la salida debe ser integral. Sin embargo no ha tenido, hasta ahora, la fuerza para evitar que las elecciones programadas se lleven a cabo. De manera que no hay más salida que tomar una decisión con la realidad que hay.

Ciertamente, los avances de lo que pudieran ser las condiciones para unas elecciones libres e integrales son demasiado modestos; casi que podríamos decir que, hasta ahora, no se pueden catalogar de grandes concesiones del régimen o de grandes victoria nuestras. El panorama no es más que levemente mejor.

Ese “levemente mejor”, incluso no está determinado por esos avances, sino, a nuestro juicio, por dos hechos fundamentales: el primero es que los estudios de opinión comienzan a mostrar un incremento pequeño pero sostenido de la intención del voto entre los opositores; y, segundo, que la obtención de la tarjeta de la unidad con la que obtuvimos la resonante victoria en 2015 ha comenzado a estimular al activo de los militantes de las organizaciones y partidos opositores para participar en el proceso. No cabe duda que los más de 8000 cargos que estarán en juego son un aliciente para esos activistas y dirigentes de base que son los que han marchado, que han protestado y que siguen en el país en sus comunidades, vean una oportunidad de postular sus liderazgos en una competencia que, aunque dura y compleja, es un desafío para la mayoría de estos cuadros.

Quienes conocemos algo de la política local sabemos que ese activismo está en tensión; que tiene semanas trabajando en lo que mejor saben hacer, que es organizando la voluntad de la gente. Casi todos están persuadidos de que una ventana se está abriendo. Y que el tamaño de la misma tendrá que ver con la disposición que tengamos para tomar una determinación unitaria.

Es obvio que, hoy, una eventual campaña en Venezuela no sería una campaña normal. Lucharemos contra un régimen dispuesto a todo y que no concede ventajas. Una campaña que tampoco puede ser una fiesta insulsa, frívola y superficial. Si de algo serviría una campaña en las actuales circunstancias es para usarla de megáfono para movilizar y organizar la lucha por la recuperación de la democracia.

En esta tarea están haciendo su papel los dirigentes y militantes de las bases de las organizaciones. Los líderes nacionales de ellas deben estar a la altura, si al final resuelven participar. Deben saber que en sus manos está el bien más preciado a proteger hoy, que es la unidad de quienes queremos salir de esta pesadilla.

No basta decir que estamos unidos. Como la mujer del César, también debemos parecerlo. Activar en conjunto, presentarnos actuando en unión y hacerlo de cara al país es más necesario que nunca.

Si París valió una misa para Henrique IV, Venezuela bien vale una foto de todos unidos que sirva de espejo a las grandes mayorías del país sufrido que tenemos. No cuesta nada intentarlo.

No cuesta nada imitar a Ángela Merkel quien, saltando por encima de todas las diferencias, ha recorrido las zonas afectadas por unas trágicas inundaciones, tomada de la mano nada menos que con su rival Malu Dreyer; comunicando al mundo que hay momentos en que darse la mano, por encima las diferencias, es necesario. Y sobre todo, que es necesario que se vea y que se sepa.

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