Cielos distantes, por Samuel González-Seijas - Runrun
Cielos distantes, por Samuel González-Seijas

Cielos de Caracas. Foto Samuel Gónzález-Seijas.

@lectordepaso

Típicos días azules de estos tiempos de fin de año. Aun cuando no debiera, hace un buen sol y el calor no ceja durante las primeras horas. Ya en la tarde es cuando comienza a cambiar la temperatura, a veces hasta de modo repentino. Ha sido la circunstancia climática del año: calor y luego el cambio súbito, incluso con lluvia llegada la tarde o la noche.

Lo que a uno le viene es la imagen de que en estos climas nuestros la miseria de ánimo o la desdicha, en su versión pública, de participación y vida ciudadana, queden siempre “impertérritos” frente a todo. Los días pueden ser crueles a más no decir, porque son bellos y por eso, inmisericordes.

No son espejo de la penuria urbana, están siempre de su cuenta, no les incumbe nada de lo que aquí abajo pueda ocurrir.

Son días bellos sin piedad. Son días que nos dejan huérfanos, que nos hacen mirar como niños atolondrados frente a una vidriera. Días de azules incansables que parecen ponernos a prueba (cuántas más) a ver si resistimos su lejanía preciosa, su pátina esmaltada, la lozanía de sus nubes estacionarias.

No se cumple aquello de “como arriba, es abajo”. Esa analogía universal y primera está ocluida para nosotros. Nuestra distancia con lo celeste continúa su dureza de hierro sobre el vivir menesteroso. Cuánta gente hay que reverencia en público esos cielos impolutos. Hay mucha ansia de consuelo, de limpieza interior, en esta urbe perseguida.

Parece que solo como alivio nos quedan las aves que van y vienen. Ellas son como heraldos que trasladan los deseos repetidos, las peticiones disparadas al aire, en la calle, desde cualquier ventana. Mensajeras de tribulaciones, nuestras aves citadinas hacen su delivery espiritual. Se llevan lo que ya no encuentra modo de salir con ordinaria soltura. Y hay que ser justos: aunque el cielo esté ahí, imperturbable, la naturaleza no nos abandona del todo. Ella reconoce nuestra orfandad y envía sus animalitos al rescate.

Ya sabremos si el trabajo que hacen surte efecto. Lo que demore en ocurrir será por cuenta nuestra. En ocasiones hay que aprender a pedir para que el clima, cuando es opresivo o desértico, cambie de signo y nos haga más habitable el lugar al que pertenecemos.

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