La era está pariendo un corazón, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun

El título de esta nota es el mismo de una canción “sesentosa” de Silvio Rodríguez que era parte del sound track de nuestra generación de dirigentes estudiantiles. Esa década de grandes cambios políticos en el planeta, tuvo en el año 1968 uno de sus icónicos momentos.

La década de los 60 fue la de la rebelión juvenil en todo el planeta. Fue la de la aparición de los Beatles, la del festival de Woodstock, la guerra de Vietnam y las manifestaciones mundiales contra ella, la del aggiornamento de la Iglesia católica y el Concilio Vaticano II, la de la visita del hombre a la luna y el año 1968, como ya dijimos, fue el culmen de las novedades de esa era.

¿Qué aconteció ese año que puede catalogarse de singular? Pues dos acontecimientos que nunca antes habían ocurrido. El mayo francés y la rebelión Checoeslovaca contra el régimen comunista, aplastada por las tropas del Pacto de Varsovia.

Ambos eventos tuvieron en su vanguardia a las juventudes de ambos países y pusieron de manifiesto, por primera vez, que naciones bajo formas de administración política y económica diferentes, podían unirse por el tejido invisible de la protesta juvenil.

En el Barrio Latino de París, que alberga la Universidad de La Sorbona, los jóvenes franceses decidieron, como los comuneros de 1871, “tomar el cielo por asalto” y con su consigna PROHIBIDO PROHIBIR, no solo pusieron en jaque al gobierno, sino que provocaron nada menos que la caída del ultimo héroe francés de la historia, el mismísimo General De Gaulle, derrotado en un referéndum por un país para el cual ya seguramente la liberación de Francia de los alemanes, era un efímero recuerdo.

En Praga, Alexander Dubcek, llega al poder en la entonces Checoeslovaquia, e intenta con un tímido proceso de reformas, construir Un socialismo con rostro humano y con ello concitar el apoyo de la mayoría de su pueblo en torno a sus propuestas. Gesto inconcebible e intolerable para la URSS que aplasta la rebelión en pocos días, pero que puso en evidencia ante el mundo que había posibilidades de movilización contra las dictaduras comunistas. Fueron también los jóvenes la vanguardia de aquella resistencia y la inmolación de Ian Palach en la Plaza de San Wenceslao, se convirtió en un símbolo de la revuelta juvenil junto con la imagen de Daniel Cohn Bendit alias Dany el rojo, el “judío alemán” que lidero a los estudiantes franceses, hoy flamante eurodiputado por el partido verde.

Fue tal la conmoción de aquella primavera de 1968 que los intelectuales europeos con Marcuse a la cabeza, liderando a la famosa Escuela de Frankfurt, elaboraron la teoría de las “Nuevas Vanguardias” en la que – y dicho de manera simplificada- decretaron el “aburguesamiento de la clase obrera” e hicieron descansar en la juventud y otras minorías activas, el papel de clases revolucionarias, en un evidente y notable sacrilegio respecto de lo postulado por marxismo oficial de la época.

Llovieron las excomuniones en el movimiento comunista internacional. Teodoro Petkoff fue llevado a la hoguera del Congreso del Partido Comunista Soviético por escribir “Checoeslovaquia: El Socialismo como problema” y los estructuralistas y los chamos de la Escuela de Frankfurt terminaron siendo señalados como “enemigos de clase” y proscritas sus ideas y lecturas.

Lo cierto del caso es que estas nuevas ideas fueron semillas en campo fértil para que la juventud se sintiera actora de los procesos de cambio y precursoras de eventos como la caída del Muro de Berlín, los sucesos de Tiannamen y la crisis de los partidos tradicionales en las democracias occidentales.

Aquellas generaciones jugaron su papel y muchos de sus integrantes lograron ocupar importantes posiciones de dirección en sus países. Pero, como dice la corrido mejicano de Pancho López “lo que tenía que pasar paso..” y, henos aquí 40 años después, observando de nuevo a la juventud insurgiendo en el mundo y buscando respuestas que se perdieron en el camino. Es el péndulo que va de un lado a otro y que, como las mareas en el mar, es la evidencia de que está vivo y juega un papel en el ambiente en el que se encuentra.

Esta irrupción de movilización social y juvenil en el mundo es un fenómeno que marcara los próximos años de nuestra era. Las primaveras árabes la precedieron y hoy países, cuyos gobiernos son de los más variados signos, conocen esta ola de protesta y reacomodo social y político.

Una leyenda urbana, particularmente en América Latina, atribuye las protestas en Chile y Colombia a la influencia comunistas del Foro de Sao Paulo. A su vez las de Venezuela y la Bolivia de Evo eran atribuidas al imperio y su injerencia. No hay duda que los adversarios se aprovechan y les dan contenido a las movilizaciones y las usan para sus propios intereses, pero lo que es cierto es que las mismas tienen objetivamente su génesis en el descontento por el deterioro de las condiciones de vida de las grandes mayorías.

Chile, por ejemplo, ha demostrado que el desarrollo y el crecimiento económico no son garantía de bienestar, porque la inequidad y la brecha, entre los que más tienen y los que menos tienen, se ha abierto a niveles dramáticos.

Este es quizás el llamado de alerta más importante del momento. El desarrollo capitalista de una sociedad tiene, sin dudas, más posibilidades de alcanzar mejores niveles de vida que todas las experiencias socialistas reales fallidas y conocidas. Pero tiene todavía muchas asignaturas pendientes y más nos vale a todos que se implementen medidas para que esa brecha de desigualdad se cierre y para que elementos del llamado Estado de Bienestar, estén presentes para aliviar las cargas en las sociedades problematizadas por la falta de acceso a los bienes y servicios por parte de los más vulnerables.

Conviene entonces tomarse con filosofía lo que ocurre en el mundo. A nuestro juicio no se trata de ningún Armagedón que pondrá fin a nuestra civilización, se parece más bien a los pequeños terremotos que nos alertan de los mayores y que sirve además para aliviar la tensión de las placas tectónicas para que los grandes no sean más catastróficos.

Para los venezolanos la lección es más importante probablemente, pues aquí luchamos para desembarazarnos de un régimen autoritario y antidemocrático que ha logrado congregar a más del 80% de la población en su contra, pero que aún se mantiene porque en la acera de enfrente aun no logramos concitar la confianza plena de los ciudadanos.

No parecernos a ellos, pareciera una de las claves para que esa confianza renazca, para que se nos vea como algo nuevo y opuesto y para que asistamos al parto de un nuevo corazón en esta era convulsa y apasionante.