Izquierda o derecha: falsa dicotomía, por Iván Gabaldón Heredia - Runrun

Izquierda o derecha: falsa dicotomía, por Iván Gabaldón Heredia

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Una argucia repetida hasta la saciedad por los promotores de la izquierda es ubicar toda oposición a sus doctrinas en el extremo opuesto del paisaje político, es decir, a la derecha. Esta argumentación falaz es asumida como hecho comprobado y arrastra otras falacias asociativas, pues agrupa de manera superficial palabras como izquierda con liberal y progresivo, o derecha con neoliberal, conservador y fascista.

En Venezuela esta distorsión ha sido parte del discurso chavista desde sus inicios, con la obvia intención de descalificar a la oposición política. Comenzando en 1958 Venezuela vivió cuatro décadas de alternabilidad democrática entre gobiernos de corte socialdemócrata, pero a partir de 1999 el país fue retóricamente dividido en dos partes antagónicas: los partidarios del proyecto utópico del chavismo y todos los demás, caracterizados como la derecha apátrida o, con más ligereza aún, la “ultra derecha fascista venezolana”.

Curiosamente esta supuesta derecha habría permanecido agazapada y silenciosa en la conciencia general de un país cuya idiosincracia mestiza y caribeña ha tendido siempre hacia lo igualitario. A pesar de múltiples errores, promesas incumplidas, oportunidades desperdiciadas, pecados de corrupción y actitudes fatuas de algunos sectores “escuálidos” (en la neo-lengua del demagogo), lo cierto es que Venezuela demostró durante la segunda mitad del siglo XX un genuino impulso hacia el progreso y la movilidad social. Los recursos del petróleo fueron aprovechados en buena medida para construir un país pujante que, no por casualidad, fue el destino elegido por muchos otros latinoamericanos cuando se vieron forzados a huir de auténticas dictaduras de derecha en sus países de origen.

Esa polarización discursiva forma parte integral del viejo método del poder autoritario, siempre necesitado de un enemigo, pero paradójicamente son muchas más las similitudes entre los proyectos autoritarios de izquierda y derecha que sus supuestas diferencias conceptuales.

El contexto geopolítico de la Segunda Guerra Mundial aporta evidencias concretas de cuán paradójica puede llegar a ser esa polarización. Ante la amenaza del nacionalsocialismo alemán con su inaceptable ideología de superioridad racial genocida, los líderes de EEUU, Inglaterra y la URSS lograron fraguar una improbable alianza con la meta común de derrotar a Hitler. Una vez superada esa dramática coyuntura el mundo sería testigo del descenso de la cortina de hierro, término acuñado por Churchill para alertar sobre el afianzamiento del régimen totalitario de Stalin en territorios ampliados por la guerra misma. Comenzaba así la Guerra Fría, un delicado acto de equilibrio armamentista y de constante discusión retórica.

El proyecto de internacionalización del socialismo patrocinado por la URSS izaría desde entonces la bandera de su triunfo sobre los nazis, y buena parte de la intelectualidad internacional la usaría para continuar defendiendo la Rusia de los sóviets a pesar de todos sus horrores, presentándola como muralla indispensable ante la posibilidad de nuevos avances fascistas. Es un discurso que todavía hace eco en las izquierdas irreflexivas del mundo y que caló profundo en América Latina, región que exhibe hoy en Venezuela el más reciente fracaso del credo socialista. En la Rusia de Putin se recicla esa misma saga histórica en un peligroso ejercicio revisionista para beatificar la idea del hombre fuerte, llámese Stalin, Putin, Erdogan, Bashar al-Ásad o Maduro, con el fin de posicionar al autoritarismo de nuevo cuño como alternativa válida a la democracia occidental.

Se omite en ese discurso pseudo-histórico referencia alguna al pacto Ribbentrop-Mólotov, compromiso de no agresión firmado en 1939 entre Hitler y Stalin que demostró la disposición de ambos tiranos a soslayar diferencias ideológicas a cambio de la paz necesaria para poder ejercer el totalitarismo en sus respectivos territorios y apoderarse, previo acuerdo entre tiranos, de otras naciones. Los partidos comunistas del mundo, tras airadas reacciones iniciales ante un pacto tan descaradamente pragmático entre archienemigos ideológicos, terminaron por obedecer las órdenes de Stalin y justificaron el acuerdo, cesando toda propaganda contra el fascismo y atacando en cambio a las democracias occidentales que enfrentaban a Hitler.

Espoleado por su psicopatía delirante Hitler puso en marcha en junio de 1941 la Operación Barbarroja contra Rusia, poniendo fin al pacto y abriendo otro gran frente de guerra que sería crucial para la derrota final del nazismo. El acuerdo había permanecido en efecto durante casi dos años, otorgando a Hitler y Stalin espacio para los primeros capítulos de sus campañas expansionistas y demostrando cómo los métodos de ambos tiranos eran más parecidos que diferentes. A Stalin le costó aceptar que Hitler había en efecto traicionado un acuerdo de tan probada utilidad para ambos estados totalitarios.

En 1945, al disiparse el humo de las últimas bombas, el proyecto totalitario de Hitler había caído pero la Unión Soviética seguía en pie. La consecuencia para las poblaciones civiles dentro del territorio expansivo de la URSS sería la perpetuación hasta casi fines del siglo XX de una gigantesca maquinaria de aniquilación de seres humanos que no solo se había adelantado en el tiempo a la de los nazis, sino que además demostraría ser mucho más insaciable en el conteo final de cadáveres. Ambas utopías, sin distinción de etiquetas políticas, coincidían así en las montañas de víctimas que sembraban a su paso.

Existe otra coincidencia significativa que prefieren olvidar los ideólogos de la polarización: tanto nazis como sóviets identificaron a los partidos socialdemócratas de sus respectivos países como enemigos a ser destruídos. La postura de la socialdemocracia, con su búsqueda de espacios razonables para el diálogo entre la clase obrera y el capital, era considerada una traición flagrante a la fórmula de la polarización. Los socialdemócratas fueron rápidamente perseguidos y eliminados sin piedad tanto por Hitler como por Stalin.

Para avanzar en la comprensión de estas coincidencias metodológicas es provechoso leer la obra de Timothy Snyder, historiador políglota que ha penetrado en las fuentes originales rusas, alemanas y centroeuropeas para emerger con terribles radiografías documentales de la perversidad del poder totalitario.

En su libro “Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin” (2010), Snyder describe el infierno de muerte que se materializó en los territorios que hoy ocupan Polonia, Ucrania, Bielorusia, Rusia y los países bálticos, analizando las interacciones, conflictos y similitudes entre los regímenes de Hitler y Stalin. En “Black Earth: The Holocaust as History and Warning” (2015), Snyder documenta el uso por parte de ambos totalitarismos de las emociones vinculadas al resentimiento, combustible ideal para la radicalización política. Explica también cómo, allí donde el Tercer Reich se apoderó de territorios que habían sido previamente ocupados por la URSS, resultó más fácil para los nazis implementar la exterminación de los judíos y de otras minorías, gracias a que los soviéticos ya habían adelantado la destrucción de la institucionalidad “burguesa”, de la familia tradicional y de los valores básicos de convivencia.

Señala igualmente Snyder que Hitler odiaba a los judíos en parte porque entendía que el concepto del ser humano como entidad con valor intrínseco (sujeto de derechos universales) provenía de la tradición judeocristiana y representaba un obstáculo para su plan de aniquilación brutal de los más débiles, requisito indispensable para la construcción de su utopía aria. Son esos mismos principios de valía individual los que entran en conflicto con el impulso utópico del socialismo marxista, el cual niega valor al individuo más allá de su pertenencia al colectivo y a una determinada clase social.

El discurso de la polarización apela a las emociones más básicas y oscuras del ser humano y seguirá siendo utilizado como arma política para beneficio de pocos y en detrimento de muchos. Para evitar caer en esa trampa es importante recordar que los totalitarismos son siempre más parecidos en su manera de ejercer el poder que diferentes en sus pretextos ideológicos. No importa de qué color se vista el tirano, siempre será el ciudadano común el que pague los platos rotos.

En su libro “The Vision of the Anointed” (1995), el economista Thomas Sowell hace la siguiente disección de la falsa dicotomía izquierda-derecha:

“A pesar de que el libre mercado es claramente la antítesis del control estatal sobre la economía, que es lo que proponen los fascistas, la dicotomía entre izquierda y derecha crea la apariencia de que los fascistas son simplemente versiones más extremas de los conservadores, de la misma manera que el socialismo es la versión más extrema del estado de bienestar. Pero esta visión de un espectro político simétrico no se corresponde con la realidad empírica. Quienes defienden el libre mercado suelen considerarlo solo como un aspecto más dentro de una visión general en la cual el papel del gobierno en la vida de los individuos debe minimizarse, dentro de los límites necesarios para evitar la anarquía y mantener la capacidad de defensa militar ante otras naciones. El fascismo no es de ninguna manera una extensión de esa idea. De hecho es la antítesis de toda esa línea de pensamiento. Aún así mucha de la conversación en términos de izquierda y derecha sugiere que existe un espectro político que va desde el centro hacia los conservadores, y de allí a la extrema derecha y al fascismo mismo. La única lógica detrás de semejante conceptualización es que permite agrupar juntos a los variados oponentes de la visión de los iluminados de izquierda, para así descalificarlos a todos por vía de la culpa por asociación”.

Se trata por lo tanto de una visión polarizadora que se niega a reconocer la posibilidad de alcanzar compromisos razonables en el contexto de la democracia liberal y la economía de mercado. Los operadores políticos que aprovechan esa polarización seguirán dibujando el paisaje político como una línea recta que inicia en la izquierda, se extiende hacia el centro, continúa hacia la derecha y desemboca en el fascismo. Propongo en cambio que tomemos esa misma línea y juntemos sus dos extremos hasta formar un círculo flexible. Veremos entonces cómo la izquierda y la derecha quedan conectadas juntas, mientras el centro razonable se ubica en el punto más alejado de ambas, al otro lado del círculo. No importa qué nombre le pongamos a ese espacio, será provechoso habitarlo si alberga diálogos constructivos y nos mantiene alejados de los impulsos totalitarios de la polarización.

Iván Gabaldón Heredia. ABR/2019.

IGH

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