La transición se machaca, por Sebastián de la Nuez - Runrun

La transición se machaca, por Sebastián de la Nuez

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Es cierto: la transición en Venezuela comenzó el 10 de enero y eso no tiene vuelta atrás. Desde el exilio o la diáspora, la transición también se construye y se desarrolla en busca de un mejor país, el país posible. En esto, Madrid es un buen ejemplo

 

EN ESTOS DÍAS EL ANALISTA Michael Penfold escribió que “la transición no es posible decretarla, sino que es necesario acordarla”.

¿Eso será así? ¿Eso ya no fue acordado, en las calles, por el país? Penfold, en la línea de Rodríguez Zapatero y del Grupo Prisa (o sea, del PSOE de Pedro Sánchez), dice que la transición no se ha iniciado en Venezuela porque no existe en el país una alternativa “que sea lo suficientemente apetecible para aquellos factores internos que la puedan precipitar”.

No es por nada pero esta gente del Iesa siempre ha vivido, pese a su excelencia académica, como quien dice meando fuera del perol. Es inolvidable un artículo de Moisés Naím de 2002, en El Nacional, donde decía que Hugo Chávez caería por su propio peso debido a las medidas económicas que adoptaba entonces. ¡En 2002! Busquen el artículo.

A la transición hay que considerarla, de común acuerdo tácito o expreso, en marcha. Si no, no hay vida. Si hay transición, hay sentido de la inminencia, movilización y pensamiento práctico. La transición se discute, se reflexiona, se vocea, se machaca y se vuelve a machacar hasta hacerla realidad cotidiana, futuro en presente.

Madrid es un escenario principalísimo como espejo y reclamo de la tragedia venezolana. El otro día pasé por un mall en el extrarradio y allí estaba la tienda de lentes de moda Hawkers, del bolichico Alejandro Betancourt. Dan ganas de patearle las vidrieras, es verdad. Tengo familiares que trabajan en el sector inmobiliario: la oleada inmigrante venezolana, la que llega con real, ha hecho que suban los alquileres de los edificios y el costo de los pisos (apartamentos) en general. No es que lo digan los telediarios, que también lo dicen —incluyen a los millonarios chinos también—, es que resalta con la contundencia de los hechos. “Me llegó uno el otro día y me preguntó por un piso que le gustó mucho pero que ya estaba comprometido con un cliente que había llegado primero. Se lo dije y me preguntó que por cuánto, que él pagaba el doble y por adelantado”.

Eso no fue en el exclusivo barrio de Salamanca, reducto predilecto de la boliburguesía. Fue en un suburbio. Cuando me lo contaron pensé: “Carajo, el venezolano no tiene compón. No escarmienta”.

En Madrid habrá un interesante encuentro el 27 de este mes, “T de Transición”, en el Círculo de Bellas Artes, promovido por el inquieto activista cultural Guillermo Barrios, quien regenta un sitio llamado Cesta República, verdadera sede artística de los venezolanos en España. Lleva aquel evento el subtítulo “De la experiencia española a la Venezuela de hoy” pero en verdad quienes llevarán la voz cantante allí son los españoles y los venezolanos se limitarán a la relatoría. De todos modos es una tremenda oportunidad de tomar nota y comparar. Desde el exilio, luego, tendrá que verse cómo se mastica la transición criolla, la cual tiene, por naturaleza, originalidades frente a la española que va de 1975 a 1982. Empezando por la propia idea que encierra su denominación, Transición a la Democracia. En Venezuela es, o debe ser, Transición a la Recuperación de la Democracia puesto que varias generaciones llevan tatuada en su fuero interno la vivencia que va del 58 al 98, de modo que el bache chavista será, históricamente hablando, eso precisamente, un bache o escollo (precipicio cloacal, si prefieren) superado en el largo camino en pos de la civilidad republicana que arranca en 1830.

La transición venezolana implica, entonces, un nítido ejercicio de memoria: allí, en el espejo retrovisor, hay fundamentos y haberes espléndidos. Los españoles volteaban hacia atrás y lo que veían, con horror, era una Guerra Civil y un millón de muertos.

Donde hay mucho de semejanza entre los casos de España y Venezuela es en los miedos. La gente siempre tiene miedo a dar un buen salto.

En todo caso, solo queda aplaudir iniciativas como la del sábado 27 en el Círculo de Bellas Artes, sobre todo porque allí estará una eminencia como el historiador Santos Juliá. Es un seminario que parte de una premisa: debe pensarse y proyectarse la reconstrucción del país más allá de lo que concierne estrictamente a la gestión de lo político y económico; por eso plantea el universo de lo simbólico.  

En el caso venezolano hay que poner de bulto lo siguiente: uno, enfrentar la espantosa corrosión de los valores del venezolano, ese elemento no debe despreciarse porque no hay transición hacia nada si los valores se revelan podridos en el comportamiento cotidiano.

Segundo, el desmontaje del aparato de mitificación es impostergable porque la propaganda chavista ha contaminado o tergiversado desde la Historia patria hasta la iconografía de las calles de ciudades y pueblos.

Tercero, valorar el rol de los medios de comunicación. Ahí hay tela para cortar. La transición se documenta, se difunde y se sustenta en experiencias dignas de ser narradas.

Todo eso debe formar parte del asunto. Un asunto que ya está en marcha y es irreversible, digan los que digan Michael Penfold y Rodríguez Zapatero.

 

@sdelanuez

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