Luisa Pernalete reina entre las comadres, por Sebastián de la Nuez

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Esta mujer es una camioneta todoterreno, capaz de cruzar el país a toda velocidad para llevar su taller de las madres promotoras de paz donde se lo pidan. Sube montañas, baja laderas, salva vías en mal estado, sortea peligros. Luisa Pernalete es guara, morena y de ojos chiquitos. Y en su mirada está vivita y coleando la llamarada de la esperanza

Sebastián de la Nuez

Sobre cada tarima, cuando la llaman a foros o asambleas, se convierte en animadora evangélica —no lo es, ojo— sin ponerse a despotricar de la gente que no escucha la voz de Jesús a su debido tiempo; se conforma, más bien, con que a cada quien le quede clarito que las erres contienen un tremendo poder insurreccional ante la violencia.

Luisa nació en Barquisimeto, fue catequista, estudió en el colegio San José de Tarbes y, al comenzar su veintena, aprendió mucho del jesuita Acacio Belandria cuando coincidieron en el Zulia. Su papá la salvó de ser monja enviándola a estudiar inglés, durante una temporada, a Estados Unidos (su abuela materna estuvo en un convento antes de casarse, he allí probablemente el origen de esa ilusión adolescente). En todo caso, se dio cuenta de que amaba esa clase de libertad que no podía darle un noviciado. Pero su vocación por los más desasistidos quedó para siempre. Como quiso siempre la libertad por encima de todo, ha permanecido soltera. No se casó pero sí estuvo enamorada muchas veces.

Su etapa en Maracaibo, por lo visto, fue fundamental: el colectivo «Domingo Verde», dedicado a la formación política de organizaciones populares, la formó desde 1984 hasta 1997. Es licenciada en Educación, mención Ciencias Sociales, con especialización en Gerencia Educativa. Se diplomó, además, en Convivencia Escolar en la Universidad Iberoamericana de León, México (2010). Fue fundadora de República de Los Muchachos, una organización que se ocupaba del rescate de niños y adolescentes de la calle, también en Maracaibo, hacia 1996. Siempre ha trabajado con Fe y Alegría, pues a fin de cuentas es esencialmente una educadora. Se ligó a Provea y a la Red de Acción Social de la Iglesia, capítulo Guayana. No se queda quieta nunca. Representa a Fe y Alegría en la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos de Niños, Niñas y Adolescentes (REDHNNA). Ahora se ha deslastrado un poco de tanto compromiso para dedicarse más al taller que siembra paz entre las mujeres, para que ellas, a su vez, la siembren en sus hijos y en sus hogares. Una tarea que le quita el sueño. Sabe que la violencia doméstica ha aumentado. Que las cifras son un espanto, aunque los entes oficiales callen.

Una vez, en su trabajo cotidiano en una de las escuelas a las que acude y da talleres, una maestra le vino con una historia bien dramática. El cuento estaba fresco: a un muchachito de los primeros grados le habían asesinado su canaimita. Así mismo.

—Maestra, me mataron mi canaimita —le dijo, compungido, el niño.

—¿Qué pasó, se te echó a perder? —preguntó ella.

No. Un familiar de mayor edad le había disparado a la máquina con un revólver porque el niño no había querido prestársela.

…

Trabaja desde 2010 en este programa de formación de madres promotoras de paz, que comenzó en Ciudad Guayana y luego pasó a Petare; lo consolidó en casi toda Venezuela, apoyándose en el libro escrito por ella misma, Conversaciones sobre la violencia y la paz. Va por la segunda edición y busca recursos, ahora, para una tercera. Por otra parte, quiere montar un observatorio de los derechos del niño aunque eso apenas está «iniciandito».

HBO grabó un documental sobre las madres promotoras de paz  y fue un espaldarazo pues permitió que su cobertura se ampliara. Cuenta, o ha contado, con unos ciento diez facilitadores formados en el curso de estos años; sin embargo, muchos se han marchado porque no les alcanza la plata o porque sencillamente se van del país. Por eso ahora desarrolla una versión on line. Estaba previsto firmar un acuerdo con la Gobernación de Miranda en caso de que ganara el candidato Carlos Ocariz en las elecciones regionales. No resultó así. De hecho, las cosas vienen en contra: se había comenzado el taller en algunas escuelas de Miranda gracias al docente Juan Maragall, quien dirigía este departamento en la Gobernación. Pero ya no está.

Al hacer el curso, las madres y Luisa, todas ellas, se llaman «comadres» entre sí. Las comadres, en este momento de tanta desolación en el país, se sienten muy acompañadas en medio de su orfandad.

—Tú no puedes, sola, salir de ninguna violencia —advierte Luisa—. En la medida en que uno consigue madres y maestras, esto se va consolidando. Hay algunas madres que han ido asumiendo roles en la escuela.

¿Y qué más nota o palpa Luisa en su periplo itinerante de escuela en escuela? Ella les pasa a las comadres una encuesta con diez preguntas. De diez mamás, al menos ocho han sufrido algún episodio de violencia durante el último año, directamente.

—¿Quién de ustedes ha sido víctima o testigo de algún atraco? Levanten la mano.

Más de una vez, levanten las dos manos. Pregunta solo por el último año. Maltratos, familiares víctimas de secuestro, atraco y/ violación. Violencia intrafamiliar. En fin, contabiliza entre cinco y ocho episodios violentos por persona.

—Casi todas han escuchado tiroteos por las noches. El caso de los Valles del Tuy es algo de terror, incluyendo degollamientos.

…

Cierto: se necesita una buena guía durante etapas claves de las vida, es una suerte poder encontrarla y almorzar con ella todos los días durante cinco años. Eso le pasó a Luisa con Acacio, la buena guía que le tocó en suerte. Almorzaban en la parroquia. De él aprendió que debía profundizar y mantener a toda costa el compromiso con los pobres. Cinco años compartiendo la mesa.

Y dice Luisa ahora, en 2018, sobre lo que haría si tuviera poderes en el Ministerio de Educación:

—Necesitamos un amplio programa de formación de docentes porque la diáspora ha sido muy fuerte. Lo segundo es que hay que consolidar datos. Ha habido mucha improvisación. Y necesitamos también un programa de primaria hasta el final del bachillerato de educación para la convivencia porque se ha desinstitucionalizado el país, nadie sigue normas. Sin normas no hay convivencia pacífica.

Dice que las cosas se aprenden en convivencia con los otros, para socializar, como hace el sistema finlandés. Trabajar con los niños y adolescentes, todo el tiempo, formando en convivencia pacífica y ciudadanía. Algo sistemático, no un operativo.

Lo de las erres contra la violencia es una fórmula que ella utiliza para que sus comadres retengan ciertas ideas. Los verbos que comienzan por erre ayudan: reconocer que uno ha ingerido violencia y que la devuelve a veces; reflexionar, relajarse para bajar los niveles de angustia, recrearse y reírse para combatir el mal humor que viene con el cansancio. Y así. Fórmulas sencillas que la gente debe internalizar.

No anda sola, esta Luisa de ojos chiquitos y alertas. Alaba a la gente entregada en las escuelas de Miranda —aun sin apoyo oficial— o del Zulia o de Guayana, insistiendo cada día en el sermón de la convivencia y, desde un tiempo para acá, tratando de atenuar el hambre de los niños famélicos. Habla Luisa de la coordinadora en Caracas del programa de las comadres, una mujer extraordinaria pues hace avanzar las cosas con rapidez. Se llama Yasmín Fuentes, maestra de educación especial.

De Fe y Alegría se han ido unos quinientos maestros, es la peor noticia posible. De una sola escuela situada en la vía de El Junquito se han ido en los últimos tiempos diecisiete educadores, huyendo del país, de la situación. Cada día se hacen más invalorables mujeres como Luisa y Yasmín. Hay muchas más, tienen nombre y apellido. Hay que visibilizarlas.

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Esta mujer es una camioneta todoterreno, capaz de cruzar el país a toda velocidad para llevar su taller de las madres promotoras de paz donde se lo pidan. Sube montañas, baja laderas, salva vías en mal estado, sortea peligros. Luisa Pernalete es guara, morena y de ojos chiquitos. Y en su mirada está vivita y coleando la llamarada de la esperanza

Sebastián de la Nuez

Sobre cada tarima, cuando la llaman a foros o asambleas, se convierte en animadora evangélica —no lo es, ojo— sin ponerse a despotricar de la gente que no escucha la voz de Jesús a su debido tiempo; se conforma, más bien, con que a cada quien le quede clarito que las erres contienen un tremendo poder insurreccional ante la violencia.

Luisa nació en Barquisimeto, fue catequista, estudió en el colegio San José de Tarbes y, al comenzar su veintena, aprendió mucho del jesuita Acacio Belandria cuando coincidieron en el Zulia. Su papá la salvó de ser monja enviándola a estudiar inglés, durante una temporada, a Estados Unidos (su abuela materna estuvo en un convento antes de casarse, he allí probablemente el origen de esa ilusión adolescente). En todo caso, se dio cuenta de que amaba esa clase de libertad que no podía darle un noviciado. Pero su vocación por los más desasistidos quedó para siempre. Como quiso siempre la libertad por encima de todo, ha permanecido soltera. No se casó pero sí estuvo enamorada muchas veces.

Su etapa en Maracaibo, por lo visto, fue fundamental: el colectivo «Domingo Verde», dedicado a la formación política de organizaciones populares, la formó desde 1984 hasta 1997. Es licenciada en Educación, mención Ciencias Sociales, con especialización en Gerencia Educativa. Se diplomó, además, en Convivencia Escolar en la Universidad Iberoamericana de León, México (2010). Fue fundadora de República de Los Muchachos, una organización que se ocupaba del rescate de niños y adolescentes de la calle, también en Maracaibo, hacia 1996. Siempre ha trabajado con Fe y Alegría, pues a fin de cuentas es esencialmente una educadora. Se ligó a Provea y a la Red de Acción Social de la Iglesia, capítulo Guayana. No se queda quieta nunca. Representa a Fe y Alegría en la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos de Niños, Niñas y Adolescentes (REDHNNA). Ahora se ha deslastrado un poco de tanto compromiso para dedicarse más al taller que siembra paz entre las mujeres, para que ellas, a su vez, la siembren en sus hijos y en sus hogares. Una tarea que le quita el sueño. Sabe que la violencia doméstica ha aumentado. Que las cifras son un espanto, aunque los entes oficiales callen.

Una vez, en su trabajo cotidiano en una de las escuelas a las que acude y da talleres, una maestra le vino con una historia bien dramática. El cuento estaba fresco: a un muchachito de los primeros grados le habían asesinado su canaimita. Así mismo.

—Maestra, me mataron mi canaimita —le dijo, compungido, el niño.

—¿Qué pasó, se te echó a perder? —preguntó ella.

No. Un familiar de mayor edad le había disparado a la máquina con un revólver porque el niño no había querido prestársela.

…

Trabaja desde 2010 en este programa de formación de madres promotoras de paz, que comenzó en Ciudad Guayana y luego pasó a Petare; lo consolidó en casi toda Venezuela, apoyándose en el libro escrito por ella misma, Conversaciones sobre la violencia y la paz. Va por la segunda edición y busca recursos, ahora, para una tercera. Por otra parte, quiere montar un observatorio de los derechos del niño aunque eso apenas está «iniciandito».

HBO grabó un documental sobre las madres promotoras de paz  y fue un espaldarazo pues permitió que su cobertura se ampliara. Cuenta, o ha contado, con unos ciento diez facilitadores formados en el curso de estos años; sin embargo, muchos se han marchado porque no les alcanza la plata o porque sencillamente se van del país. Por eso ahora desarrolla una versión on line. Estaba previsto firmar un acuerdo con la Gobernación de Miranda en caso de que ganara el candidato Carlos Ocariz en las elecciones regionales. No resultó así. De hecho, las cosas vienen en contra: se había comenzado el taller en algunas escuelas de Miranda gracias al docente Juan Maragall, quien dirigía este departamento en la Gobernación. Pero ya no está.

Al hacer el curso, las madres y Luisa, todas ellas, se llaman «comadres» entre sí. Las comadres, en este momento de tanta desolación en el país, se sienten muy acompañadas en medio de su orfandad.

—Tú no puedes, sola, salir de ninguna violencia —advierte Luisa—. En la medida en que uno consigue madres y maestras, esto se va consolidando. Hay algunas madres que han ido asumiendo roles en la escuela.

¿Y qué más nota o palpa Luisa en su periplo itinerante de escuela en escuela? Ella les pasa a las comadres una encuesta con diez preguntas. De diez mamás, al menos ocho han sufrido algún episodio de violencia durante el último año, directamente.

—¿Quién de ustedes ha sido víctima o testigo de algún atraco? Levanten la mano.

Más de una vez, levanten las dos manos. Pregunta solo por el último año. Maltratos, familiares víctimas de secuestro, atraco y/ violación. Violencia intrafamiliar. En fin, contabiliza entre cinco y ocho episodios violentos por persona.

—Casi todas han escuchado tiroteos por las noches. El caso de los Valles del Tuy es algo de terror, incluyendo degollamientos.

…

Cierto: se necesita una buena guía durante etapas claves de las vida, es una suerte poder encontrarla y almorzar con ella todos los días durante cinco años. Eso le pasó a Luisa con Acacio, la buena guía que le tocó en suerte. Almorzaban en la parroquia. De él aprendió que debía profundizar y mantener a toda costa el compromiso con los pobres. Cinco años compartiendo la mesa.

Y dice Luisa ahora, en 2018, sobre lo que haría si tuviera poderes en el Ministerio de Educación:

—Necesitamos un amplio programa de formación de docentes porque la diáspora ha sido muy fuerte. Lo segundo es que hay que consolidar datos. Ha habido mucha improvisación. Y necesitamos también un programa de primaria hasta el final del bachillerato de educación para la convivencia porque se ha desinstitucionalizado el país, nadie sigue normas. Sin normas no hay convivencia pacífica.

Dice que las cosas se aprenden en convivencia con los otros, para socializar, como hace el sistema finlandés. Trabajar con los niños y adolescentes, todo el tiempo, formando en convivencia pacífica y ciudadanía. Algo sistemático, no un operativo.

Lo de las erres contra la violencia es una fórmula que ella utiliza para que sus comadres retengan ciertas ideas. Los verbos que comienzan por erre ayudan: reconocer que uno ha ingerido violencia y que la devuelve a veces; reflexionar, relajarse para bajar los niveles de angustia, recrearse y reírse para combatir el mal humor que viene con el cansancio. Y así. Fórmulas sencillas que la gente debe internalizar.

No anda sola, esta Luisa de ojos chiquitos y alertas. Alaba a la gente entregada en las escuelas de Miranda —aun sin apoyo oficial— o del Zulia o de Guayana, insistiendo cada día en el sermón de la convivencia y, desde un tiempo para acá, tratando de atenuar el hambre de los niños famélicos. Habla Luisa de la coordinadora en Caracas del programa de las comadres, una mujer extraordinaria pues hace avanzar las cosas con rapidez. Se llama Yasmín Fuentes, maestra de educación especial.

De Fe y Alegría se han ido unos quinientos maestros, es la peor noticia posible. De una sola escuela situada en la vía de El Junquito se han ido en los últimos tiempos diecisiete educadores, huyendo del país, de la situación. Cada día se hacen más invalorables mujeres como Luisa y Yasmín. Hay muchas más, tienen nombre y apellido. Hay que visibilizarlas.

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Esta mujer es una camioneta todoterreno, capaz de cruzar el país a toda velocidad para llevar su taller de las madres promotoras de paz donde se lo pidan. Sube montañas, baja laderas, salva vías en mal estado, sortea peligros. Luisa Pernalete es guara, morena y de ojos chiquitos. Y en su mirada está vivita y coleando la llamarada de la esperanza

Sebastián de la Nuez

Sobre cada tarima, cuando la llaman a foros o asambleas, se convierte en animadora evangélica —no lo es, ojo— sin ponerse a despotricar de la gente que no escucha la voz de Jesús a su debido tiempo; se conforma, más bien, con que a cada quien le quede clarito que las erres contienen un tremendo poder insurreccional ante la violencia.

Luisa nació en Barquisimeto, fue catequista, estudió en el colegio San José de Tarbes y, al comenzar su veintena, aprendió mucho del jesuita Acacio Belandria cuando coincidieron en el Zulia. Su papá la salvó de ser monja enviándola a estudiar inglés, durante una temporada, a Estados Unidos (su abuela materna estuvo en un convento antes de casarse, he allí probablemente el origen de esa ilusión adolescente). En todo caso, se dio cuenta de que amaba esa clase de libertad que no podía darle un noviciado. Pero su vocación por los más desasistidos quedó para siempre. Como quiso siempre la libertad por encima de todo, ha permanecido soltera. No se casó pero sí estuvo enamorada muchas veces.

Su etapa en Maracaibo, por lo visto, fue fundamental: el colectivo «Domingo Verde», dedicado a la formación política de organizaciones populares, la formó desde 1984 hasta 1997. Es licenciada en Educación, mención Ciencias Sociales, con especialización en Gerencia Educativa. Se diplomó, además, en Convivencia Escolar en la Universidad Iberoamericana de León, México (2010). Fue fundadora de República de Los Muchachos, una organización que se ocupaba del rescate de niños y adolescentes de la calle, también en Maracaibo, hacia 1996. Siempre ha trabajado con Fe y Alegría, pues a fin de cuentas es esencialmente una educadora. Se ligó a Provea y a la Red de Acción Social de la Iglesia, capítulo Guayana. No se queda quieta nunca. Representa a Fe y Alegría en la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos de Niños, Niñas y Adolescentes (REDHNNA). Ahora se ha deslastrado un poco de tanto compromiso para dedicarse más al taller que siembra paz entre las mujeres, para que ellas, a su vez, la siembren en sus hijos y en sus hogares. Una tarea que le quita el sueño. Sabe que la violencia doméstica ha aumentado. Que las cifras son un espanto, aunque los entes oficiales callen.

Una vez, en su trabajo cotidiano en una de las escuelas a las que acude y da talleres, una maestra le vino con una historia bien dramática. El cuento estaba fresco: a un muchachito de los primeros grados le habían asesinado su canaimita. Así mismo.

—Maestra, me mataron mi canaimita —le dijo, compungido, el niño.

—¿Qué pasó, se te echó a perder? —preguntó ella.

No. Un familiar de mayor edad le había disparado a la máquina con un revólver porque el niño no había querido prestársela.

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Trabaja desde 2010 en este programa de formación de madres promotoras de paz, que comenzó en Ciudad Guayana y luego pasó a Petare; lo consolidó en casi toda Venezuela, apoyándose en el libro escrito por ella misma, Conversaciones sobre la violencia y la paz. Va por la segunda edición y busca recursos, ahora, para una tercera. Por otra parte, quiere montar un observatorio de los derechos del niño aunque eso apenas está «iniciandito».

HBO grabó un documental sobre las madres promotoras de paz  y fue un espaldarazo pues permitió que su cobertura se ampliara. Cuenta, o ha contado, con unos ciento diez facilitadores formados en el curso de estos años; sin embargo, muchos se han marchado porque no les alcanza la plata o porque sencillamente se van del país. Por eso ahora desarrolla una versión on line. Estaba previsto firmar un acuerdo con la Gobernación de Miranda en caso de que ganara el candidato Carlos Ocariz en las elecciones regionales. No resultó así. De hecho, las cosas vienen en contra: se había comenzado el taller en algunas escuelas de Miranda gracias al docente Juan Maragall, quien dirigía este departamento en la Gobernación. Pero ya no está.

Al hacer el curso, las madres y Luisa, todas ellas, se llaman «comadres» entre sí. Las comadres, en este momento de tanta desolación en el país, se sienten muy acompañadas en medio de su orfandad.

—Tú no puedes, sola, salir de ninguna violencia —advierte Luisa—. En la medida en que uno consigue madres y maestras, esto se va consolidando. Hay algunas madres que han ido asumiendo roles en la escuela.

¿Y qué más nota o palpa Luisa en su periplo itinerante de escuela en escuela? Ella les pasa a las comadres una encuesta con diez preguntas. De diez mamás, al menos ocho han sufrido algún episodio de violencia durante el último año, directamente.

—¿Quién de ustedes ha sido víctima o testigo de algún atraco? Levanten la mano.

Más de una vez, levanten las dos manos. Pregunta solo por el último año. Maltratos, familiares víctimas de secuestro, atraco y/ violación. Violencia intrafamiliar. En fin, contabiliza entre cinco y ocho episodios violentos por persona.

—Casi todas han escuchado tiroteos por las noches. El caso de los Valles del Tuy es algo de terror, incluyendo degollamientos.

…

Cierto: se necesita una buena guía durante etapas claves de las vida, es una suerte poder encontrarla y almorzar con ella todos los días durante cinco años. Eso le pasó a Luisa con Acacio, la buena guía que le tocó en suerte. Almorzaban en la parroquia. De él aprendió que debía profundizar y mantener a toda costa el compromiso con los pobres. Cinco años compartiendo la mesa.

Y dice Luisa ahora, en 2018, sobre lo que haría si tuviera poderes en el Ministerio de Educación:

—Necesitamos un amplio programa de formación de docentes porque la diáspora ha sido muy fuerte. Lo segundo es que hay que consolidar datos. Ha habido mucha improvisación. Y necesitamos también un programa de primaria hasta el final del bachillerato de educación para la convivencia porque se ha desinstitucionalizado el país, nadie sigue normas. Sin normas no hay convivencia pacífica.

Dice que las cosas se aprenden en convivencia con los otros, para socializar, como hace el sistema finlandés. Trabajar con los niños y adolescentes, todo el tiempo, formando en convivencia pacífica y ciudadanía. Algo sistemático, no un operativo.

Lo de las erres contra la violencia es una fórmula que ella utiliza para que sus comadres retengan ciertas ideas. Los verbos que comienzan por erre ayudan: reconocer que uno ha ingerido violencia y que la devuelve a veces; reflexionar, relajarse para bajar los niveles de angustia, recrearse y reírse para combatir el mal humor que viene con el cansancio. Y así. Fórmulas sencillas que la gente debe internalizar.

No anda sola, esta Luisa de ojos chiquitos y alertas. Alaba a la gente entregada en las escuelas de Miranda —aun sin apoyo oficial— o del Zulia o de Guayana, insistiendo cada día en el sermón de la convivencia y, desde un tiempo para acá, tratando de atenuar el hambre de los niños famélicos. Habla Luisa de la coordinadora en Caracas del programa de las comadres, una mujer extraordinaria pues hace avanzar las cosas con rapidez. Se llama Yasmín Fuentes, maestra de educación especial.

De Fe y Alegría se han ido unos quinientos maestros, es la peor noticia posible. De una sola escuela situada en la vía de El Junquito se han ido en los últimos tiempos diecisiete educadores, huyendo del país, de la situación. Cada día se hacen más invalorables mujeres como Luisa y Yasmín. Hay muchas más, tienen nombre y apellido. Hay que visibilizarlas.

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