Vandalismo político y otras barbaridades más, por José Antonio Monagas

Vandalismo político y otras barbaridades más, por José Antonio Monagas

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2017 fue un año difícil. No sólo en cuanto al desenvolvimiento de la economía nacional También en materia política. Fueron tiempos de demagogia y desespero electoral protagonizados por todo actor político que se atrevió a explanar su opinión ante los acontecimientos que colapsaban a Venezuela. Aunque seguramente, no fue más vehemente que lo que será 2018. Sin embargo a vista de todos, puede apreciarse una gestión gubernamental cargada de contrariedades que expresan la mortificación de un Ejecutivo Nacional que no la tiene fácil.

Es lo que estas líneas intentan disertar. Particularmente, ante la proximidad de tiempos más nebulosos. Además, enrarecidos a consecuencia de lo que habrá de jugarse el país cuando, a instancia del mandato constitucional, deba elegirse el próximo presidente de la República. Y en consecuencia, el nuevo cuadro político que deberá asumir la conducción de una nación profundamente confundida, arruinada y atrapada entre penurias, carencias y hostilidades.

El año que recién concluyó, brindó múltiples oportunidades al alto gobierno para ahondar su demagogia y ejecutorias populistas con lo cual siguió demostrando su capacidad de manipulación y poder de destrucción política, administrativa, social económica y moral. Continuó apropiándose del erario no tanto para subvencionar la pobreza mediante el reparto de migajas que apenas han servido para incitar el hambre acumulada como para excitar el resentimiento que aviva el socialismo y precede y preside la bestialidad revolucionaria.

Igualmente, para encubrir la corrupción que ha venido tramándose en las altas y medias esferas gubernamentales con abierto cinismo y soberana impunidad. Por eso la complicidad entre poderes públicos para acicalar realidades empleadas para vender al resto del mundo una imagen adulterada de país. Imagen ésta que quiere hacer ver la sensación de “pletórica felicidad”.

La promesa de “construir un país a la altura de su historia patria”, se convirtió en ejercicio de mera retórica. Tanto que con la excusa de realzar la idea de democratizar el sistema político, siguió demoliéndose la institucionalidad que cobija a universidades, medios de producción y de comunicación. El odio enfermó a estos gobernantes pintados ridículamente de “revolucionarios”. El poder terminó de ofuscar su ya precaria condición de administradores de gobierno. Eso hizo que distorsionaran su visión de las realidades sociales y económicas lo que condujo a convertirlos en depredadores capaces de truncar todo institución edificada con apoyo de la democracia existente. De esa manera, terminaron convirtiéndose en burdos expoliadores con ínfulas de seres omnipotentes cuya soberbia determinó que se creyeran “más que nadie”. Por eso, le brindaron el máximo respaldo a militares quienes, en función de la alta jerarquía obtenida, se prestaron a jugar al papel de cómplices de las atrocidades revolucionarias ejecutadas.

Ese estilo de gobierno impuesto a costa de represión, coadyuvó a que el gobernante militarista se volviera contradictorio de si mismo tal como había referido Franz Kafka cunado escribió su casi a manera de premonición, su curiosa versión de “La Metamorfosis”.

Así, el régimen que había vendido en 1998 su proyecto de gobierno como el que requería el país para salir del atolladero causado por la antipolítica, y la crisis de Estado que para entonces venía arrastrándose, animó a que sus conductores y correligionarios adquirieran un comportamiento sectario e intolerante. Esto determinó que la gestión política mutara hasta transformarse en un monstruo de mil cabezas cuya desesperación y miedo hizo que su ejercicio político estuviera signado por un tenebroso canibalismo político. Al final, tal como el tiempo presente lo exhibe, el régimen arreció su ímpetu de cruda violencia. Es decir, se caracterizó por vandalismo político y otras barbaridades más.

 

@ajmonagas

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