Hace tiempo que llegó la hora de hablar claro. Es una necesidad de la gente que anhela su independencia perdida y su democracia, ahora prostituida desde un ejercicio grotesco del poder público. Llegan momentos en los que la claridad impone un mínimo de reflexión y un esfuerzo de análisis y comprensión teóricos.
I – La realidad en la que nos movemos
¿Por qué existe el Estado? Y ¿para qué existe un gobierno que lo administra? Dicho mal y rápido existe una razón fundamental: para ocuparse de “los intereses del todo” y, por consiguiente, encargarse del orden en la sociedad y de organizar el clima adecuado para que todos podamos participar en la búsqueda del mayor bienestar posible. Esto incluye la paz y el orden mínimo necesarios para que cada persona, cada familia, cada grupo social pueda construir su bienestar. Es lógico y evidente, que ese clima social, esa paz, y esos derechos, deben ser garantizados cuando surjan amenazas dentro y, sobre todo, afuera de la sociedad, y esa garantía requiere, del uso de la fuerza. Para eso existe la fuerza pública; para garantizar, en nombre de todos nosotros, que el Estado tendrá la fuerza necesaria y que el gobierno podrá administrarla en nombre de todos nosotros, por el mandato de todos nosotros, y en beneficio de todos nosotros.
Por eso, solamente por eso, los venezolanos permitimos al Estado venezolano y al gobierno de turno, administrar el monopolio del uso de la fuerza. Después vienen otras funciones importantísimas como legislar, administrar justicia, fomentar el desarrollo, regular la economía, construir obras públicas, proveer algunos servicios, organizar la educación, la salud, etc. Pero la razón fundamental de la existencia del Estado es controlar los recursos y medios bélicos que garantizan la soberanía, el orden interno y el cumplimiento de la ley.
En Venezuela de hoy, de manera aberrada, ese monopolio de la fuerza NO está en manos exclusivas del Estado ni de las Fuerzas Armadas, y para pervertir más aún el orden de las instituciones que habíamos venido construyendo por casi un siglo, el gobierno está integrado en buena parte por militares activos y algunos en situación de retiro. Esa condición determina en forma descarada, el tablero al que nos enfrentamos: no es que hay un conflicto existencial entre los ciudadanos y el Estado secuestrado por la tiranía, en el que las Fuerzas Armadas son un tercero neutral, sino que existe un conflicto de poder entre los ciudadanos (que ya sobrepasan el 80% de la población) y un gobierno administrado en buena medida por oficiales de las Fuerzas Armadas.
A esta realidad se suma el hecho de que un grupo, pequeño, pero importante, de militares están incursos en el tráfico de todo tipo de cosas, desde alimentos hasta droga, o dedicados a sustraer comisiones, contratos o beneficios personales de la administración del petroestado. Cada nueva regulación o control es una oportunidad para que algún burócrata del gobierno, algunas veces militar, se enriquezca.
Volviendo al tema del monopolio del uso de la fuerza, se suma otra complejidad: el monopolio se ha fragmentado. Por una parte, los distintos componentes de las FAN, por otro los colectivos, los cuerpos de inteligencia, la policía política, la guerrilla colombiana, la venezolana, los “pranes”, los cubanos y los colectivos, cada uno responde a intereses no siempre alineados y muchas veces enfrentados. Cada uno responde a un grupo de jerarcas del gobierno y todos aspiran a controlar partes progresivamente más grandes “del negocio”. Más aun, con la caída de los precios del petróleo y la progresiva destrucción del país y de su economía, los incentivos para mantenerse unidos desaparecen. Ya no hay un Chávez que aglomere y tampoco dólares que calmen los apetitos. El resultado: un saco de gatos.
II – Las ofertas engañosas
Hace cinco o seis meses estábamos en uno de los peores momentos que hemos enfrentado como alternativa democrática. Nada se movía, estábamos en medio de una calma chicha. Ningún viento soplaba a favor, la épica del referéndum se había hundido en una nueva violación de la Constitución por parte del gobierno, y en algunos desaciertos de la Unidad y las elecciones de gobernadores también habían sido pospuestas por la tiranía, consciente de que no podrá medirse en elecciones libres nunca más. Nuestra mayoría en la Asamblea Nacional poco podía hacer ante el impacto de las continuas decisiones del Tribunal Supremo de Justicia.
Pero llegaron las decisiones 155 y 156 del TSJ y la oportuna reacción de varios de nuestros jóvenes diputados al ir al TSJ esa misma tarde, desató 115 días de protestas masivas y la más virulenta oposición que el chavismo ha enfrentado en 18 años.
En medio de estas circunstancias se presentan varias propuestas de opinadores y algunos pocos políticos que proponen soluciones poco realistas. Por ejemplo, hay quien opina que solo se trata de destituir a Nicolás de su cargo o de nombrar nuevos poderes y problema resuelto. Por supuesto que debemos ir sustituyendo los poderes constituidos, en la medida en que la Constitución nos lo permita, pero el obstáculo más grande es que quienes detentan el del uso de la fuerza respalden estas decisiones, porque como dijimos al principio, en última instancia, cuando todo falla o resulta insuficiente – más aún en un país sin instituciones-, quien controla este monopolio es el único que puede hacer cumplir la ley, en este caso las decisiones del parlamento.
Pero hay más: el reto no es solo convencer a las FAN de que el camino propuesto por la Unidad es el correcto, sino que, para las FAN, dependiendo de cuál sea nuestro planteamiento, se trata de seguir siendo gobierno o no y en los peores casos seguir aprovechándose de las posiciones de poder para hacer negocios o no.
La situación se complica si entendemos que, como se anotó antes, el monopolio está atomizado. Convencer a un componente de las FAN, no es convencerlas a todas o convencer a los sectores más institucionales no es convencer a los que están en la idea de que el camino es el socialismo del SXXI y los jugosos negocios que surgieron de la revolución. Hay más: convencer a las FAN no es convencer a la guerrilla, a los cuerpos de inteligencia, a los colectivos o a los oficiales de la inteligencia cubana.
Aun más, persuadir a cualquier elemento de fuerza dentro de nuestro territorio no es para nada convencer a quienes toman decisiones desde la Habana. Ellos no se conmoverán con nuestros testimonios de lucha. En la Habana no hay nadie que se conmueva con el tricolor nacional o con los sueños de construir una Venezuela próspera. Para la Habana somos una colonia vital que le provee de dólares, combustible y negocios. Perder a Venezuela es perder la revolución en Cuba, sus tropas de ocupación tienen instrucciones claras y han sido formadas durante décadas por ex oficiales KGB y Stassi.
Por esto, aunque tengamos razones para desconfiar de las negociaciones con el gobierno, debemos entender que el escenario más real para cambiarlo es producir acuerdos con facciones descontentas del chavismo, dispuestas a romper filas, formar un gobierno de coalición y a contarse en elecciones libres. Por esto es importante que en nuestro discurso el chavismo descontento vea la opción de tener un mañana político. Cerrarles esta oportunidad es aferrarlos al poder y quizá cerrar la única ventana al cambio en mucho tiempo.
Otra oferta engañosa e irresponsable es aquella que otorga a la calle el poder omnímodo de vencer por si sola al gobierno. “Vamos a Miraflores” dice alguno. ¿Y después qué? Supongamos que a punta de coraje y muchos muertos y heridos “tomamos” Miraflores. ¿Eso haría que el gobierno deje de ser gobierno? ¿Nicolás tendría una epifanía y abandonaría el país?.
La calle es un elemento importantísimo de esta lucha. Quien escribe ha estado en la línea de fuego, y sabe del dolor de los perdigones y del impacto de las bombas-proyectiles. Y ha sido así porque creo que el testimonio de lucha es crucial para conmover a todos los que podamos en del lado del chavismo, para mantener el espíritu de lucha entre los nuestros y porque creo que hay que estar adelante.
Pero la calle por sí sola no cambiará al gobierno, así como la presión institucional por sí sola, ni la presión internacional en forma aislada; el gobierno no cambiará si solo caceroleamos o si solo trancamos las calles. Cambiaremos al gobierno si todos, sin parar, al mismo tiempo y disciplinadamente, ejecutamos todas las acciones anteriores: calle, protestas, trancas, marchas, presión internacional, etc. Hay distintos tableros que, además, cambian todos los días, sobre todo en la medida en que las facciones del gobierno se enfrentan, pero no podemos abandonar ninguno, mientras replanteamos constantemente nuestras tácticas.
III – El camino de la Unidad
La Mesa de la Unidad Democrática, una alianza imperfecta de partidos con distintas ideologías (en el mejor de los casos) y diferentes intereses. Este baluarte de quienes creemos en la democracia es una construcción grupal, es difícil de movilizar y la obligatoria necesidad de consultar a todos los factores la hace pesada.
Nuestra Mesa de la Unidad ha venido proponiendo un camino: el día 3 de julio propuso que el pueblo decidiera y planteó la consulta popular. Este plebiscito resultó la más grande y organizada acción de desobediencia cívica de la historia de América Latina. Fue además la piedra angular sobre la cual estamos construyendo el camino a la libertad, puesto que respaldó a la opción democrática con 7.6 millones de voluntades. Millones de persona participaron en un proceso construido y pagado por la gente, trabajando con las uñas y gracias a decenas de miles de voluntarios. Además, este proceso representa un mandato claro para la Unidad, un apoyo imprescindible para las acciones por venir y un llamado de atención para las FAN-gobierno.
Al día siguiente (17 de julio) la MUD continuó esbozando el camino: propuso nada más y nada menos que el nombramiento de los magistrados al TSJ y un paro cívico nacional que resultó en una acción exitosa en todo el país.
Promediando la semana pasada (el 19 de julio) presentó, además, el Compromiso Unitario para la Gobernabilidad. Un documento clave puesto que mostró al país y sobre todo a las FAN-gobierno cuál es la oferta de la Unidad. Mostró una fotografía del “día después” del cambio. La experiencia de abril del 2002 nos indica que las FAN-gobierno, no van a jugársela nunca por la Unidad si no saben con claridad cuál va a ser su rol en la Venezuela que viene y bajo qué principios pretende gobernar. El planteamiento de unas elecciones primarias y el compromiso de la renuncia al derecho a la reelección, son fundamentales para poner en práctica la respuesta a la tercera pregunta de la consulta popular: ¿Aprueba que se proceda a la renovación de los poderes públicos de acuerdo a lo establecido en la Constitución y a la realización de elecciones libres y transparentes, así como a la conformación de un gobierno de Unión Nacional para restituir el orden constitucional? Pues sí, lo apruebo, pero el candidato no puede ser impuesto, debe elegirse por primarias y no puede aspirar a la reelección, debe ser un gobierno bisagra entre lo que tenemos y lo que queremos como país.
No es que la Unidad crea que entre los próximos pasos está hacer una primaria antes de prescindir del gobierno actual. Eso vendrá después. Pero era necesario, era esencial poder mostrarle al país y a nuestros militares cual es nuestro planteamiento de cara al futuro. Ésta es nuestra propuesta, nuestro plan mínimo, nuestro pacto de gobernabilidad; luego discutiremos sobre políticas públicas, pero allí está un acuerdo base para recuperar la República, la democracia y para comenzar a sacar a Venezuela de la postración, de la pobreza y el subdesarrollo.
“Más contundencia” me decía alguien anoche, “esperaba de las declaraciones de ayer (sábado 22) más contundencia”. Ante esta demanda varias consideraciones: en primer lugar, todos queremos salir ya de este infierno en el que estamos hundidos, no ha pasado poco tiempo, son 18 años. Todos queremos salir de esto lo antes posible y es fundamental que los ciudadanos venezolanos marquen a presión a su liderazgo para que mantengan el rumbo y el empeño, pero las condiciones planteadas impiden soluciones inmediatas. En segundo lugar la calle ha mermado: 115 días no son pocos y aunque los ciudadanos libres de Venezuela han respondido en forma masiva y heroica, la realidad es que protestar es caro. Estar en la calle masivamente, por semanas, sin producir, en un país en el que la gigantesca mayoría de la gente vive al día, es imposible. Tercero, no todos los días podemos poner a pichar al mejor lanzador, unos días debe haber marchas, otros trancas, otros días son nuestros diputados los que deben dar la pelea en el plano institucional y, adicionalmente, esta semana se ha planteado un paro cívico, que será acompañado con una huelga general convocada por los grandes sindicatos del país. No es poca cosa.
En su planteamiento de ayer, la Unidad, además, propone que resistiremos hasta las últimas consecuencias el inconstitucional y aberrante llamado a una constituyente. El compromiso de la dirigencia para obstaculizar este evento es total y todos los ciudadanos, ese ochenta o noventa por ciento que quiere cambio, está decidido a impedirlo. Nadie tiene derecho a imponernos, por la fuerza, cómo vivir. Mucho menos si es una minoría; si pretende seguirnos anexando a un país que no queremos para nosotros, si lo pretende hacer por un procedimiento inconstitucional y si, además, plantea un programa de hambre y miseria.
Las urgencias son enormes y la realidad a la que nos enfrentamos es la que es. La Unidad es perfectible y su estrategia aún más, pero es el baluarte de quienes creemos en la libertad de Venezuela. Es momento de que el liderazgo escuche, más que nunca, la urgencia del pueblo y también es momento de que con madurez política, los ciudadanos podamos vencer las circunstancias y alcanzar por fin el camino para construir una Venezuela libre, digna y justa.




