El señor Octavio Lepage, por Carolina Jaimes Branger

El señor Octavio Lepage, por Carolina Jaimes Branger

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En estos tiempos tan extraños, cuando en vez de honrar a los constructores de la patria, se hace lo propio con los destructores, tenemos que volver la mirada hacia quienes con su vida dieron ejemplo de civilidad, honor y sobre todo, honradez. Hacia quienes dedicaron su vida a cimentar la democracia. Hacia quienes vivieron de acuerdo a lo que proclamaron.

Aunque ya no me asombra nada de lo que hace este régimen, encuentro que es una bofetada al pueblo la apología que se ha hecho de Ezequiel Zamora, un matón rico, esclavista, violador de niñas y otros tantos calificativos a cual peor. El ejemplo no puede ser Zamora. Al menos, no debería serlo. Lo malo es que Zamora es el espejo donde se ven los altos jerarcas del chavismo.

Mi abuelo Buenaventura Jaimes una vez cuando era senador por el estado Táchira asistió a un evento donde había sido invitado a dar una conferencia. Fue presentado por el moderador como “el señor Buenaventura Jaimes”. Acto seguido, una de las organizadoras se disculpó: “no es el señor, es el doctor Jaimes”. Mi abuelo tomó el micrófono y dijo: “no se preocupe, señora. Me ha gustado mucho que me llamaran “señor”, porque en Venezuela era más fácil ser doctor que ser señor.” Eso lo repitió siempre. Y es que la palabra “señor” involucra muchas cosas. Dieciocho acepciones tiene en el Diccionario de la RAE, pero me refiero específicamente a la cuarta: “persona que muestra dignidad en su comportamiento o aspecto”. Dignidad. Una palabra cada vez más desaparecida del escenario venezolano.

Quiero hablar de Octavio Lepage, en esta búsqueda de referentes de dignidad. Octavio Lepage fue un señor en toda la extensión de la palabra. En su libro “La conjura final”, Javier Conde hace unas muy sesudas entrevistas a quien nos dejó hace poco, pero cuyo legado de discreción, ponderación, honestidad, reflexión y objetividad nos acompañarán siempre.

Lepage tuvo tres ejes en su vida: sus afectos, su pasión por la política y su amor por la vida.

Sus compromisos afectivos con su familia, sus amigos y sus copartidarios fueron muy fuertes. Como pareja apreció en su esposa a la amiga y compañera. Verónica Peñalver de Lepage fue la mujer perfecta para el animal político, pero con méritos propios: fue Procuradora de Menores, Miembro del Consejo de la Judicatura, vocera de los temas de las mujeres, una activista tenaz en la lucha clandestina y hasta el último día compartió la pasión política con su marido.

Octavio Lepage nunca ejerció su profesión de abogado, porque se dedicó en cuerpo y alma a la política. Nació en Santa Rosa, cerca de Anaco. Estudió en Barcelona, donde vivió con unos tíos. Fue el primer secretario de AD en la clandestinidad cuando tenía apenas 24 años. Y se alejó del partido para darle paso a la gente más joven. Sus últimos años los dedicó a reflexionar y a escribir sobre el país.

Vivió la vida intensamente con inteligencia, equilibrio, discreción. Buscó el placer en cada cosa, pero invariablemente sobrio. Siempre tuvo una enorme sensibilidad hacia su entorno.

Me alegra que se le hayan rendido los honores que a otros políticos serios no les rindieron en la Asamblea Nacional. Sus amigos de toda la vida lo despidieron con hidalguía. Carlos Canache Mata en la AN, en el cementerio Marco Tulio Bruni Celli y Alfredo Coronil. La misa fue oficiada por Monseñor Adán Ramírez, quien al terminar la homilía dijo: “Hombres como éste no se lloran, se aplauden”. Salió del cementerio en hombros de sus compañeros de partido, que cantaban el himno de AD. Y el aplauso por el señor Octavio Lepage fue atronador.

@cjaimesb

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