Un hombre que fue en la tierra muy bueno, se murió y, como era de esperarse, se fue al cielo, donde llevaba más de mil años disfrutando de la eternidad; pero un día se fastidio y le dijo a Dios: “Dios mío, quisiera que me permitieras conocer el infierno por una noche, para saber de qué me perdí”. Dios, en su infinita bondad, le dijo: “Si es tu voluntad, sea”. Nuestro hombre se fue esa noche al infierno. Subió, a su entrada, unas escaleras de mármol de Carrara. Vio por doquier luces de neón y una puerta se abrió de manera espectacular, dando paso a una especie de Edén surcado por ríos de Whisky de 18 años y mujeres de las más hermosas del planeta, todas venezolanas, obviamente. Pasó la mejor noche de su vida y regresó de madrugada al cielo. En la mañana, habló con Dios y le manifestó su deseo de mudarse definitivamente al infierno. Dios nuevamente aceptó. Arreglados sus asuntos, a la semana estaba camino del infierno. Subió las mismas escaleras y se abrió nuevamente la puerta, pero esta vez cayó a una paila gigantesca de azufre hirviente. Se hundió en ella mientras el diablo lo punzaba con su tridente, pero con esfuerzo logró colgarse del borde. Sacó la cabeza y miró al Diablo sentado en su trono y le dijo:
– Diablo, ¿qué es esto? Yo estuve aquí la semana pasada y todo era maravilloso…
Y el Diablo respondió:
– Sí, pero una cosa es el turismo y otra la inmigración…



