La diplomacia degenerada de la “Triple Alianza”

delcyymaduro

“La meritocracia es otra idiotez burguesa más”. Al menos así pareciera pensar la dirigencia oficialista, y esa filosofía genial la ha aplicado en casi todos los órdenes a su cargo, si no es que en todos, desde 1999.

La diplomacia no es una excepción. Con las normas que rigen el servicio exterior venezolano también devenidas en papel higiénico, se ha visto desde hace años cómo ministros, diputados, militares y hasta familiares de chavistas poderosos, pero sin un ápice de conocimientos sobre relaciones internacionales, fungen de embajadores y cónsules allá en esas tierras donde no hay colas para comprar comida y sus escoltas son solo una precaución que difícilmente tendrá que espantar una amenaza al menos una vez. Es cierto que prácticas así no fueron inventadas por Chávez y compañía, pero la promesa de estos justamente fue acabar con las taras del pasado, hoy magnificadas.

El mal ejemplo impregna a los escalafones inferiores desde la cumbre: la Casa Amarilla. Hagamos un repaso. Nicolás Maduro fue uno de los cancilleres que más duró. Estuvo ahí por casi siete años, todo un mérito en el juego de las sillas que ha caracterizado a los gabinetes rojos. ¿Su oficio? Conductor de autobuses y sindicalista. ¿Relación con el alto cargo? No pregunte. Le sucedieron Elías Jaua, sociólogo; Rafael Ramírez, ingeniero; y la actual titular, Delcy Rodríguez, abogada. ¿Ve el patrón?

Si hasta hace poco el Gobierno estaba acostumbrado a salirse fácilmente con la suya en sus jugadas geopolíticas, creo que ello tiene más que ver con su generosa “petrodiplomacia” que con la pericia de estos sucesivos ministros de Relaciones Exteriores. Pero ahora el maná de los dólares sin esfuerzo se acabó, y empiezan a aparecer escollos cuya superación exige esfuerzos mucho más allá de ofrecer negocios jugosos. Queda al descubierto un proceder errático no muy difícil de cuestionar en la manera en que se intenta sobrellevar los nuevos desafíos.

Tal vez el ejemplo más palpable sea la crisis que atraviesa el Mercosur por el asunto de su presidencia rotativa. Brasil y Argentina, los socios más grandes e influyentes del bloque, junto con Paraguay, rechazan que Venezuela asuma esta posición, como estaba pautado. Alegan que el integrante caribeño no ha asumido compromisos de membrecía a tiempo.

Como en cualquier disputa, el Gobierno venezolano está perfectamente capacitado para presentar argumentos en su defensa para demostrar por qué, a su juicio, las razones de los otros tres están erradas. Pero en vez de eso, el Ejecutivo ha estallado en señalamientos y descalificaciones, un peculiar cóctel de victimización y fanfarronadas, con el presidente Maduro y su flamante canciller como bartenders.

Algunas de estas pataletas resultan francamente risibles, como cuando el jefe de Estado proclamó que “Venezuela presidirá el Mercosur así sea el único miembro”. Otras, sin embargo, alarman por su tono deliberadamente ofensivo. Por ejemplo, cuando Maduro y Rodríguez aseguran que existe una “triple alianza de gobiernos de ultraderecha que persigue a Venezuela”.  

Que la dirigencia chavista se refiera a sus detractores invariablemente como parte de una cábala “fascista, oligárquica, imperialista y pitiyanqui”, como ahora lo hace con los gobiernos de Brasil, Argentina y Paraguay, no puede a estas alturas ser sorprendente para nadie, dado el uso frecuente de estos improperios. Resulta que lo más grave está en la parte aparentemente inocua de aquella expresión: las palabras “triple alianza”. Para entender por qué, hay que mirar por el retrovisor y revisar la historia de la región.

En la segunda mitad del siglo XIX hubo una guerra que desangró el corazón de Sudamérica, específicamente entre 1865 y 1870. Fue uno de los peores conflictos bélicos combatidos en el continente, y su nombre fue Guerra de la Triple Alianza, derivado de uno de los bandos, integrado por Argentina, Brasil y Uruguay. Al otro lado del campo marcial estaba el tricolor de Paraguay como única bandera. La participación uruguaya fue poco importante, dados el tamaño y poderío militar de ese país. Podemos sacarlo de la (in)ecuación. Aún así queda Paraguay, otra nación pequeña, solo contra los dos gigantes sudamericanos.

El enfrentamiento fue una locura, el resultado en parte de los delirios de grandeza del dictador paraguayo de entonces, el general Francisco Solano López. Este quiso intervenir en los asuntos internos de Uruguay, apoyando una facción política opuesta a la que favorecía Brasil y Argentina, y que fue derrotada. De inmediato se formó la Triple Alianza contra Paraguay, que a pesar de la desventaja resistió durante un lustro, hasta la derrota definitiva en la batalla de Cerro Corá. Solano López al menos asumió la responsabilidad de combatir con sus tropas hasta la muerte.

La guerra fue una carnicería de paraguayos. Se estima que alrededor de 50% de la población murió como consecuencia directa o indirecta del conflicto. Algunas fuentes estiman que la pérdida de hombres adultos fue de más de 80%. Una catástrofe demográfica. Pero además, la economía quedó arruinada y el país tuvo que ceder parte de su territorio a los vencedores.  Tomó generaciones levantar de nuevo la nación.

La Triple Alianza es hasta hoy un trauma histórico en la memoria colectiva paraguaya. Hablar de ella es recordar el período más oscuro, más doloroso. Por eso no se entiende qué pretende el chavismo siglo y medio después con su símil infeliz. Comparar aquella hecatombe con los aprietos geopolíticos de Maduro es, a juicio al menos de quien escribe, una falta de respeto a la memoria de los cientos de miles que cayeron entonces. Si lo que se quiere es persuadir al otro de que está equivocado y que no debe oponerse a que uno obtenga lo que le corresponde, ¿hay forma más lamentable de proceder que burlarse de las cicatrices que le recuerdan sus heridas más profundas?

“Es que ellos son unos ignorantes. ¿Qué van a saber de historia paraguaya?”, pudiera decir alguno. No creo que ese sea el caso. No puedo asegurar que Maduro o Rodríguez hayan leído Las venas abiertas de América Latina, esa Biblia para muchos en la izquierda latinoamericana que escribió Eduardo Galeano. Pero no me cabe la menor duda de que al menos una buena parte de las personas en su entorno sí lo han hecho. Después de todo, fue el libro que Chávez le regaló a Obama durante ese encuentro lleno de sonrisas que tuvieron en una cumbre de mandatarios en Trinidad.

En esta obra, el autor sostiene que la principal causa de la guerra fue lo que considera como la rapacidad imperialista del Reino Unido, ansioso por apoderarse del mercado paraguayo, cerrado hasta entonces. Según Galeano, los diplomáticos británicos en las naciones involucradas estimularon la querella, y su país no solo obtuvo los beneficios comerciales que quería, sino que se lucró con préstamos concedidos a los miembros de la Triple Alianza para financiar sus gastos militares, y luego al derrotado, desesperado por conseguir los recursos para ponerse de pie.

Esta versión ha sido cuestionada por historiadores, pero su veracidad no interesa aquí. El punto es que esta obra tan popular entre el chavismo aborda ampliamente el tema. Si las ofensas de Maduro y Rodríguez a propósito de esta nueva “triple alianza” fueron sin querer, hubiese sobrado gente en el PSUV que les advirtiera lo desacertado de sus palabras. Pero no. Siguen repitiéndolas.

Las denuncias de Galeano, de ser ciertas, expondrían una forma degenerada de diplomacia al servicio de la conflictividad nociva. Salvando las distancias, ese calificativo también aplicaría a lo que hacen los encargados de nuestras relaciones internacionales.

Alejandro Armas

@AAAD25

delcyymaduro

“La meritocracia es otra idiotez burguesa más”. Al menos así pareciera pensar la dirigencia oficialista, y esa filosofía genial la ha aplicado en casi todos los órdenes a su cargo, si no es que en todos, desde 1999.

La diplomacia no es una excepción. Con las normas que rigen el servicio exterior venezolano también devenidas en papel higiénico, se ha visto desde hace años cómo ministros, diputados, militares y hasta familiares de chavistas poderosos, pero sin un ápice de conocimientos sobre relaciones internacionales, fungen de embajadores y cónsules allá en esas tierras donde no hay colas para comprar comida y sus escoltas son solo una precaución que difícilmente tendrá que espantar una amenaza al menos una vez. Es cierto que prácticas así no fueron inventadas por Chávez y compañía, pero la promesa de estos justamente fue acabar con las taras del pasado, hoy magnificadas.

El mal ejemplo impregna a los escalafones inferiores desde la cumbre: la Casa Amarilla. Hagamos un repaso. Nicolás Maduro fue uno de los cancilleres que más duró. Estuvo ahí por casi siete años, todo un mérito en el juego de las sillas que ha caracterizado a los gabinetes rojos. ¿Su oficio? Conductor de autobuses y sindicalista. ¿Relación con el alto cargo? No pregunte. Le sucedieron Elías Jaua, sociólogo; Rafael Ramírez, ingeniero; y la actual titular, Delcy Rodríguez, abogada. ¿Ve el patrón?

Si hasta hace poco el Gobierno estaba acostumbrado a salirse fácilmente con la suya en sus jugadas geopolíticas, creo que ello tiene más que ver con su generosa “petrodiplomacia” que con la pericia de estos sucesivos ministros de Relaciones Exteriores. Pero ahora el maná de los dólares sin esfuerzo se acabó, y empiezan a aparecer escollos cuya superación exige esfuerzos mucho más allá de ofrecer negocios jugosos. Queda al descubierto un proceder errático no muy difícil de cuestionar en la manera en que se intenta sobrellevar los nuevos desafíos.

Tal vez el ejemplo más palpable sea la crisis que atraviesa el Mercosur por el asunto de su presidencia rotativa. Brasil y Argentina, los socios más grandes e influyentes del bloque, junto con Paraguay, rechazan que Venezuela asuma esta posición, como estaba pautado. Alegan que el integrante caribeño no ha asumido compromisos de membrecía a tiempo.

Como en cualquier disputa, el Gobierno venezolano está perfectamente capacitado para presentar argumentos en su defensa para demostrar por qué, a su juicio, las razones de los otros tres están erradas. Pero en vez de eso, el Ejecutivo ha estallado en señalamientos y descalificaciones, un peculiar cóctel de victimización y fanfarronadas, con el presidente Maduro y su flamante canciller como bartenders.

Algunas de estas pataletas resultan francamente risibles, como cuando el jefe de Estado proclamó que “Venezuela presidirá el Mercosur así sea el único miembro”. Otras, sin embargo, alarman por su tono deliberadamente ofensivo. Por ejemplo, cuando Maduro y Rodríguez aseguran que existe una “triple alianza de gobiernos de ultraderecha que persigue a Venezuela”.  

Que la dirigencia chavista se refiera a sus detractores invariablemente como parte de una cábala “fascista, oligárquica, imperialista y pitiyanqui”, como ahora lo hace con los gobiernos de Brasil, Argentina y Paraguay, no puede a estas alturas ser sorprendente para nadie, dado el uso frecuente de estos improperios. Resulta que lo más grave está en la parte aparentemente inocua de aquella expresión: las palabras “triple alianza”. Para entender por qué, hay que mirar por el retrovisor y revisar la historia de la región.

En la segunda mitad del siglo XIX hubo una guerra que desangró el corazón de Sudamérica, específicamente entre 1865 y 1870. Fue uno de los peores conflictos bélicos combatidos en el continente, y su nombre fue Guerra de la Triple Alianza, derivado de uno de los bandos, integrado por Argentina, Brasil y Uruguay. Al otro lado del campo marcial estaba el tricolor de Paraguay como única bandera. La participación uruguaya fue poco importante, dados el tamaño y poderío militar de ese país. Podemos sacarlo de la (in)ecuación. Aún así queda Paraguay, otra nación pequeña, solo contra los dos gigantes sudamericanos.

El enfrentamiento fue una locura, el resultado en parte de los delirios de grandeza del dictador paraguayo de entonces, el general Francisco Solano López. Este quiso intervenir en los asuntos internos de Uruguay, apoyando una facción política opuesta a la que favorecía Brasil y Argentina, y que fue derrotada. De inmediato se formó la Triple Alianza contra Paraguay, que a pesar de la desventaja resistió durante un lustro, hasta la derrota definitiva en la batalla de Cerro Corá. Solano López al menos asumió la responsabilidad de combatir con sus tropas hasta la muerte.

La guerra fue una carnicería de paraguayos. Se estima que alrededor de 50% de la población murió como consecuencia directa o indirecta del conflicto. Algunas fuentes estiman que la pérdida de hombres adultos fue de más de 80%. Una catástrofe demográfica. Pero además, la economía quedó arruinada y el país tuvo que ceder parte de su territorio a los vencedores.  Tomó generaciones levantar de nuevo la nación.

La Triple Alianza es hasta hoy un trauma histórico en la memoria colectiva paraguaya. Hablar de ella es recordar el período más oscuro, más doloroso. Por eso no se entiende qué pretende el chavismo siglo y medio después con su símil infeliz. Comparar aquella hecatombe con los aprietos geopolíticos de Maduro es, a juicio al menos de quien escribe, una falta de respeto a la memoria de los cientos de miles que cayeron entonces. Si lo que se quiere es persuadir al otro de que está equivocado y que no debe oponerse a que uno obtenga lo que le corresponde, ¿hay forma más lamentable de proceder que burlarse de las cicatrices que le recuerdan sus heridas más profundas?

“Es que ellos son unos ignorantes. ¿Qué van a saber de historia paraguaya?”, pudiera decir alguno. No creo que ese sea el caso. No puedo asegurar que Maduro o Rodríguez hayan leído Las venas abiertas de América Latina, esa Biblia para muchos en la izquierda latinoamericana que escribió Eduardo Galeano. Pero no me cabe la menor duda de que al menos una buena parte de las personas en su entorno sí lo han hecho. Después de todo, fue el libro que Chávez le regaló a Obama durante ese encuentro lleno de sonrisas que tuvieron en una cumbre de mandatarios en Trinidad.

En esta obra, el autor sostiene que la principal causa de la guerra fue lo que considera como la rapacidad imperialista del Reino Unido, ansioso por apoderarse del mercado paraguayo, cerrado hasta entonces. Según Galeano, los diplomáticos británicos en las naciones involucradas estimularon la querella, y su país no solo obtuvo los beneficios comerciales que quería, sino que se lucró con préstamos concedidos a los miembros de la Triple Alianza para financiar sus gastos militares, y luego al derrotado, desesperado por conseguir los recursos para ponerse de pie.

Esta versión ha sido cuestionada por historiadores, pero su veracidad no interesa aquí. El punto es que esta obra tan popular entre el chavismo aborda ampliamente el tema. Si las ofensas de Maduro y Rodríguez a propósito de esta nueva “triple alianza” fueron sin querer, hubiese sobrado gente en el PSUV que les advirtiera lo desacertado de sus palabras. Pero no. Siguen repitiéndolas.

Las denuncias de Galeano, de ser ciertas, expondrían una forma degenerada de diplomacia al servicio de la conflictividad nociva. Salvando las distancias, ese calificativo también aplicaría a lo que hacen los encargados de nuestras relaciones internacionales.

Alejandro Armas

@AAAD25

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delcyymaduro

“La meritocracia es otra idiotez burguesa más”. Al menos así pareciera pensar la dirigencia oficialista, y esa filosofía genial la ha aplicado en casi todos los órdenes a su cargo, si no es que en todos, desde 1999.

La diplomacia no es una excepción. Con las normas que rigen el servicio exterior venezolano también devenidas en papel higiénico, se ha visto desde hace años cómo ministros, diputados, militares y hasta familiares de chavistas poderosos, pero sin un ápice de conocimientos sobre relaciones internacionales, fungen de embajadores y cónsules allá en esas tierras donde no hay colas para comprar comida y sus escoltas son solo una precaución que difícilmente tendrá que espantar una amenaza al menos una vez. Es cierto que prácticas así no fueron inventadas por Chávez y compañía, pero la promesa de estos justamente fue acabar con las taras del pasado, hoy magnificadas.

El mal ejemplo impregna a los escalafones inferiores desde la cumbre: la Casa Amarilla. Hagamos un repaso. Nicolás Maduro fue uno de los cancilleres que más duró. Estuvo ahí por casi siete años, todo un mérito en el juego de las sillas que ha caracterizado a los gabinetes rojos. ¿Su oficio? Conductor de autobuses y sindicalista. ¿Relación con el alto cargo? No pregunte. Le sucedieron Elías Jaua, sociólogo; Rafael Ramírez, ingeniero; y la actual titular, Delcy Rodríguez, abogada. ¿Ve el patrón?

Si hasta hace poco el Gobierno estaba acostumbrado a salirse fácilmente con la suya en sus jugadas geopolíticas, creo que ello tiene más que ver con su generosa “petrodiplomacia” que con la pericia de estos sucesivos ministros de Relaciones Exteriores. Pero ahora el maná de los dólares sin esfuerzo se acabó, y empiezan a aparecer escollos cuya superación exige esfuerzos mucho más allá de ofrecer negocios jugosos. Queda al descubierto un proceder errático no muy difícil de cuestionar en la manera en que se intenta sobrellevar los nuevos desafíos.

Tal vez el ejemplo más palpable sea la crisis que atraviesa el Mercosur por el asunto de su presidencia rotativa. Brasil y Argentina, los socios más grandes e influyentes del bloque, junto con Paraguay, rechazan que Venezuela asuma esta posición, como estaba pautado. Alegan que el integrante caribeño no ha asumido compromisos de membrecía a tiempo.

Como en cualquier disputa, el Gobierno venezolano está perfectamente capacitado para presentar argumentos en su defensa para demostrar por qué, a su juicio, las razones de los otros tres están erradas. Pero en vez de eso, el Ejecutivo ha estallado en señalamientos y descalificaciones, un peculiar cóctel de victimización y fanfarronadas, con el presidente Maduro y su flamante canciller como bartenders.

Algunas de estas pataletas resultan francamente risibles, como cuando el jefe de Estado proclamó que “Venezuela presidirá el Mercosur así sea el único miembro”. Otras, sin embargo, alarman por su tono deliberadamente ofensivo. Por ejemplo, cuando Maduro y Rodríguez aseguran que existe una “triple alianza de gobiernos de ultraderecha que persigue a Venezuela”.  

Que la dirigencia chavista se refiera a sus detractores invariablemente como parte de una cábala “fascista, oligárquica, imperialista y pitiyanqui”, como ahora lo hace con los gobiernos de Brasil, Argentina y Paraguay, no puede a estas alturas ser sorprendente para nadie, dado el uso frecuente de estos improperios. Resulta que lo más grave está en la parte aparentemente inocua de aquella expresión: las palabras “triple alianza”. Para entender por qué, hay que mirar por el retrovisor y revisar la historia de la región.

En la segunda mitad del siglo XIX hubo una guerra que desangró el corazón de Sudamérica, específicamente entre 1865 y 1870. Fue uno de los peores conflictos bélicos combatidos en el continente, y su nombre fue Guerra de la Triple Alianza, derivado de uno de los bandos, integrado por Argentina, Brasil y Uruguay. Al otro lado del campo marcial estaba el tricolor de Paraguay como única bandera. La participación uruguaya fue poco importante, dados el tamaño y poderío militar de ese país. Podemos sacarlo de la (in)ecuación. Aún así queda Paraguay, otra nación pequeña, solo contra los dos gigantes sudamericanos.

El enfrentamiento fue una locura, el resultado en parte de los delirios de grandeza del dictador paraguayo de entonces, el general Francisco Solano López. Este quiso intervenir en los asuntos internos de Uruguay, apoyando una facción política opuesta a la que favorecía Brasil y Argentina, y que fue derrotada. De inmediato se formó la Triple Alianza contra Paraguay, que a pesar de la desventaja resistió durante un lustro, hasta la derrota definitiva en la batalla de Cerro Corá. Solano López al menos asumió la responsabilidad de combatir con sus tropas hasta la muerte.

La guerra fue una carnicería de paraguayos. Se estima que alrededor de 50% de la población murió como consecuencia directa o indirecta del conflicto. Algunas fuentes estiman que la pérdida de hombres adultos fue de más de 80%. Una catástrofe demográfica. Pero además, la economía quedó arruinada y el país tuvo que ceder parte de su territorio a los vencedores.  Tomó generaciones levantar de nuevo la nación.

La Triple Alianza es hasta hoy un trauma histórico en la memoria colectiva paraguaya. Hablar de ella es recordar el período más oscuro, más doloroso. Por eso no se entiende qué pretende el chavismo siglo y medio después con su símil infeliz. Comparar aquella hecatombe con los aprietos geopolíticos de Maduro es, a juicio al menos de quien escribe, una falta de respeto a la memoria de los cientos de miles que cayeron entonces. Si lo que se quiere es persuadir al otro de que está equivocado y que no debe oponerse a que uno obtenga lo que le corresponde, ¿hay forma más lamentable de proceder que burlarse de las cicatrices que le recuerdan sus heridas más profundas?

“Es que ellos son unos ignorantes. ¿Qué van a saber de historia paraguaya?”, pudiera decir alguno. No creo que ese sea el caso. No puedo asegurar que Maduro o Rodríguez hayan leído Las venas abiertas de América Latina, esa Biblia para muchos en la izquierda latinoamericana que escribió Eduardo Galeano. Pero no me cabe la menor duda de que al menos una buena parte de las personas en su entorno sí lo han hecho. Después de todo, fue el libro que Chávez le regaló a Obama durante ese encuentro lleno de sonrisas que tuvieron en una cumbre de mandatarios en Trinidad.

En esta obra, el autor sostiene que la principal causa de la guerra fue lo que considera como la rapacidad imperialista del Reino Unido, ansioso por apoderarse del mercado paraguayo, cerrado hasta entonces. Según Galeano, los diplomáticos británicos en las naciones involucradas estimularon la querella, y su país no solo obtuvo los beneficios comerciales que quería, sino que se lucró con préstamos concedidos a los miembros de la Triple Alianza para financiar sus gastos militares, y luego al derrotado, desesperado por conseguir los recursos para ponerse de pie.

Esta versión ha sido cuestionada por historiadores, pero su veracidad no interesa aquí. El punto es que esta obra tan popular entre el chavismo aborda ampliamente el tema. Si las ofensas de Maduro y Rodríguez a propósito de esta nueva “triple alianza” fueron sin querer, hubiese sobrado gente en el PSUV que les advirtiera lo desacertado de sus palabras. Pero no. Siguen repitiéndolas.

Las denuncias de Galeano, de ser ciertas, expondrían una forma degenerada de diplomacia al servicio de la conflictividad nociva. Salvando las distancias, ese calificativo también aplicaría a lo que hacen los encargados de nuestras relaciones internacionales.

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