La Internacional de las Espadas que camina

Cadenas

“Dictadura”, “neodictadura”, “totalitarismo”, “régimen híbrido”. Son muchos los términos aplicados para intentar describir el tipo de gobierno que hoy existe en Venezuela. Difícilmente habrá una respuesta única a esta pregunta, ni siquiera entre politólogos. Lo que no amerita discusión es que esto no es una democracia.

Recuerdo que tenía 15 o 16 años la primera vez que hice un ejercicio de reflexión política personal, más allá de lo que en mi casa siempre se decía en la materia. Fue cuando Chávez quitó casi todas sus atribuciones a un alcalde electo democráticamente, Ledezma, para dárselas a alguien designado solo por él. Me pregunté: ¿Cómo demonios puede una situación así ser considerada democrática? Luego vinieron más casos por el estilo.

Sin embargo, el chavismo siempre se justificaba ante estos atropellos con el argumento de que su conducta era siempre respaldada por la mayoría del país, expresada en una retahíla de victorias electorales. Aunque tal falacia omite la diferencia entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio, la celebración de comicios permitió al Gobierno pasar por democrático durante años ante los ojos de mucho.

Eso cambió el 6 de diciembre del año pasado. El oficialismo sufrió su primera derrota contundente, que asegura “reconocer”, a la vez que anula todos sus efectos, impidiendo la ejecución de las decisiones de la Asamblea Nacional. Desde entonces, el rechazo a Maduro y compañía no ha hecho sino aumentar, de acuerdo con todos los estudios de opinión recientes, incluyendo los de Hinterlaces. Si fuera cierto que ellos desestiman tales números como “manipulaciones de la derecha” y se sintieran apoyados por la mayoría del país, no estarían concentrados en hacer todo lo posible para que no haya revocatorio antes del 10 de enero.

El Gobierno apuesta por la radicalización del modelo en la misma medida en que el país le da la espalda. Destituye a un ministro por hacer intentos de brindar una pizca de coherencia a la política económica, pone la distribución de alimentos bajo control de generales y militantes del partido, despacha a uniformados y grupos de choque paramilitares para reprimir cualquier protesta demasiado ruidosa para su gusto y forma aquelarres de constituyentes que disertan sobre cómo disolver el Parlamento, lo que violaría la misma Carta Magna que ellos redactaron.

Mientras, uno de los pocos amigos incondicionales que quedan al chavismo en la región, Nicaragua, ha sido noticia desde el viernes. 28 diputados a la Asamblea Nacional del país centroamericano, militantes del principal partido opositor al gobierno de Daniel Ortega, fueron destituidos por una comisión parlamentaria dominada por el oficialista Frente Sandinista de Liberación Nacional. De esta forma, Ortega quedó prácticamente sin disidencia legislativa. ¿Será esta, por cierto, la verdadera fuente de la inspiración del místico Isaías Rodríguez sobre cómo anular un parlamento incómodo, en vez de Francia, como él afirmó? Digo, pudiera haber una tendencia entre quienes se desempeñan como fiscales generales a confundir en su discurso las dos nacionalidades, como le ocurrió a la actual titular con el “Víctor Hugo nicaragüense”.

En fin, la tierra de Rubén Darío se ha vuelto también fuente de preocupación, por considerarse que se aleja cada vez más de la democracia. Ortega ha inscrito su candidatura por séptima vez en elecciones presidenciales (sí, asombrosamente lo ha hecho más que Rafael Caldera). No sé si pudiera llamársele a esto competir, ya que al principal candidato opositor lo vetaron de la contienda. El mandatario escogió, además, una curiosa nominada a la vicepresidencia: su propia esposa. Al parecer la señora tiene una enorme influencia sobre todas las decisiones que toma el Gobierno. Los simpatizantes del oficialismo celebran esto como una victoria feminista, un logro espectacular en el empoderamiento de las damas. Raro feminismo aquel en el que una mujer es poderosa y ocupa cargos de altísimo nivel, no por sus méritos, sino por ser cónyuge del jefe. Suena más bien como nepotismo.

A varios hijos de Ortega también han asignado funciones clave de Estado. La familia se ha enriquecido considerablemente con cuentas no muy claras. Este año el diario local La Prensa reveló cómo uno de los vástagos uso recursos, que se suponían públicos, para comprar a título personal un canal de televisión privado, que de inmediato viró su línea editorial para favorecer al Gobierno. Adivinen el origen de esa plata. Dinero donado a Nicaragua por Venezuela para su desarrollo.

No hace falta ahondar mucho en la estrecha relación que desde un principio cosechó el chavismo con el Frente Sandinista. La más reciente expresión de esa alianza fue la escandalosa retención de los diputados venezolanos Luis Florido, Ángel Medina y Williams Dávila, en el aeropuerto de la capital nicaragüense, y su posterior expulsión del país. Iban para solidarizarse con los legisladores destituidos.

“La espada de Bolívar que camina por América Latina” es una de las consignas predilectas del chavismo, proclama de su influencia en la región. Pero las acciones de los gobernantes de Venezuela y Nicaragua más bien sugieren que es una nueva Internacional de las Espadas la que está suelta por ahí. Esta expresión ha sido usada para designar la fraternidad existente entre dictaduras militares latinoamericanas en los años 50. Por lo general se incluye a Pérez Jiménez, en Venezuela; Anastasio Somoza, en Nicaragua; Fulgencio Batista, en Cuba; y Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana. A veces también al colombiano Gustavo Rojas Pinilla, el peruano Manuel Odría y el paraguayo Alfredo Stroessner.

Todos estos regímenes se caracterizaron por ser defensores de un statu quo oligárquico y corrupto. Para ello persiguieron cruelmente a sus opositores, sobre todo a los de izquierda, bien hayan sido socialdemócratas o marxistas. Para muestra lo que hizo Pérez Jiménez con AD y el PCV. En el contexto de la Guerra Fría, su anticomunismo les granjeó el apoyo de Estados Unidos.

Amasar fortunas a punta del erario público de sus países fue otro de sus principales rasgos. El caso de “Tacho” Somoza fue particularmente notable. Se había lucrado bastante como para dejar a sus hijos un grandioso legado monetario luego de que lo mataran a balazos en 1956. Cinco años después, mientras salía de Santo Domingo para visitar a una de sus jóvenes “amantes a la fuerza”, Trujillo sufrió el mismo destino. En el ínterin de ese lustro, el tirano dominicano permitió a Pérez Jiménez y Batista reposar en Ciudad Trujillo (nombre que había puesto a la capital, en un acto de megalomanía aberrante) como primera escala en su partida al exilio luego de sus respectivos derrocamientos. Los dictadores que fueron solidarios entre ellos en las buenas también lo fueron en las malas. Qué bonito, ¿verdad?

De vuelta a Nicaragua, el cadáver agujereado del patriarca fue puesto bajo tierra, pero en la superficie quedó la dinastía Somoza. Sus hijos gobernaron la nación por 23 años más. El más recordado de los dos fue Anastasio hijo, “Tachito”. Reprodujo los vicios del padre: autoritarismo sangriento y corrupción. El Frente Sandinista, en el que Ortega se erigió como comandante guerrillero, nació a la vanguardia de la lucha contra este despotismo, y logró su objetivo en 1979. Somoza huyó a Paraguay, donde también fue asesinado, un año más tarde.

Es irónico que quien se haya formado para acabar con la oligarquía somocista repita algunas de sus tendencias negativas cuatro décadas luego. Otra vez una familia aspira a eternizarse en el gobierno de Nicaragua, con todos los beneficios que ello implica.

Cuando se supone que América Latina dejó atrás su pasado de caudillos autoritarios, resulta alarmante ver cómo Venezuela  y Nicaragua ponen la palanca en retroceso y se encaminan por la senda opuesta. Lo hacen hombro con hombro. Esperemos que ni esto dure mucho ni se contagie a otros países. Nadie con dos dedos de frente quiere otra Internacional de las Espadas.

 

Alejandro Armas

@AAAD25

 

Cadenas

“Dictadura”, “neodictadura”, “totalitarismo”, “régimen híbrido”. Son muchos los términos aplicados para intentar describir el tipo de gobierno que hoy existe en Venezuela. Difícilmente habrá una respuesta única a esta pregunta, ni siquiera entre politólogos. Lo que no amerita discusión es que esto no es una democracia.

Recuerdo que tenía 15 o 16 años la primera vez que hice un ejercicio de reflexión política personal, más allá de lo que en mi casa siempre se decía en la materia. Fue cuando Chávez quitó casi todas sus atribuciones a un alcalde electo democráticamente, Ledezma, para dárselas a alguien designado solo por él. Me pregunté: ¿Cómo demonios puede una situación así ser considerada democrática? Luego vinieron más casos por el estilo.

Sin embargo, el chavismo siempre se justificaba ante estos atropellos con el argumento de que su conducta era siempre respaldada por la mayoría del país, expresada en una retahíla de victorias electorales. Aunque tal falacia omite la diferencia entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio, la celebración de comicios permitió al Gobierno pasar por democrático durante años ante los ojos de mucho.

Eso cambió el 6 de diciembre del año pasado. El oficialismo sufrió su primera derrota contundente, que asegura “reconocer”, a la vez que anula todos sus efectos, impidiendo la ejecución de las decisiones de la Asamblea Nacional. Desde entonces, el rechazo a Maduro y compañía no ha hecho sino aumentar, de acuerdo con todos los estudios de opinión recientes, incluyendo los de Hinterlaces. Si fuera cierto que ellos desestiman tales números como “manipulaciones de la derecha” y se sintieran apoyados por la mayoría del país, no estarían concentrados en hacer todo lo posible para que no haya revocatorio antes del 10 de enero.

El Gobierno apuesta por la radicalización del modelo en la misma medida en que el país le da la espalda. Destituye a un ministro por hacer intentos de brindar una pizca de coherencia a la política económica, pone la distribución de alimentos bajo control de generales y militantes del partido, despacha a uniformados y grupos de choque paramilitares para reprimir cualquier protesta demasiado ruidosa para su gusto y forma aquelarres de constituyentes que disertan sobre cómo disolver el Parlamento, lo que violaría la misma Carta Magna que ellos redactaron.

Mientras, uno de los pocos amigos incondicionales que quedan al chavismo en la región, Nicaragua, ha sido noticia desde el viernes. 28 diputados a la Asamblea Nacional del país centroamericano, militantes del principal partido opositor al gobierno de Daniel Ortega, fueron destituidos por una comisión parlamentaria dominada por el oficialista Frente Sandinista de Liberación Nacional. De esta forma, Ortega quedó prácticamente sin disidencia legislativa. ¿Será esta, por cierto, la verdadera fuente de la inspiración del místico Isaías Rodríguez sobre cómo anular un parlamento incómodo, en vez de Francia, como él afirmó? Digo, pudiera haber una tendencia entre quienes se desempeñan como fiscales generales a confundir en su discurso las dos nacionalidades, como le ocurrió a la actual titular con el “Víctor Hugo nicaragüense”.

En fin, la tierra de Rubén Darío se ha vuelto también fuente de preocupación, por considerarse que se aleja cada vez más de la democracia. Ortega ha inscrito su candidatura por séptima vez en elecciones presidenciales (sí, asombrosamente lo ha hecho más que Rafael Caldera). No sé si pudiera llamársele a esto competir, ya que al principal candidato opositor lo vetaron de la contienda. El mandatario escogió, además, una curiosa nominada a la vicepresidencia: su propia esposa. Al parecer la señora tiene una enorme influencia sobre todas las decisiones que toma el Gobierno. Los simpatizantes del oficialismo celebran esto como una victoria feminista, un logro espectacular en el empoderamiento de las damas. Raro feminismo aquel en el que una mujer es poderosa y ocupa cargos de altísimo nivel, no por sus méritos, sino por ser cónyuge del jefe. Suena más bien como nepotismo.

A varios hijos de Ortega también han asignado funciones clave de Estado. La familia se ha enriquecido considerablemente con cuentas no muy claras. Este año el diario local La Prensa reveló cómo uno de los vástagos uso recursos, que se suponían públicos, para comprar a título personal un canal de televisión privado, que de inmediato viró su línea editorial para favorecer al Gobierno. Adivinen el origen de esa plata. Dinero donado a Nicaragua por Venezuela para su desarrollo.

No hace falta ahondar mucho en la estrecha relación que desde un principio cosechó el chavismo con el Frente Sandinista. La más reciente expresión de esa alianza fue la escandalosa retención de los diputados venezolanos Luis Florido, Ángel Medina y Williams Dávila, en el aeropuerto de la capital nicaragüense, y su posterior expulsión del país. Iban para solidarizarse con los legisladores destituidos.

“La espada de Bolívar que camina por América Latina” es una de las consignas predilectas del chavismo, proclama de su influencia en la región. Pero las acciones de los gobernantes de Venezuela y Nicaragua más bien sugieren que es una nueva Internacional de las Espadas la que está suelta por ahí. Esta expresión ha sido usada para designar la fraternidad existente entre dictaduras militares latinoamericanas en los años 50. Por lo general se incluye a Pérez Jiménez, en Venezuela; Anastasio Somoza, en Nicaragua; Fulgencio Batista, en Cuba; y Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana. A veces también al colombiano Gustavo Rojas Pinilla, el peruano Manuel Odría y el paraguayo Alfredo Stroessner.

Todos estos regímenes se caracterizaron por ser defensores de un statu quo oligárquico y corrupto. Para ello persiguieron cruelmente a sus opositores, sobre todo a los de izquierda, bien hayan sido socialdemócratas o marxistas. Para muestra lo que hizo Pérez Jiménez con AD y el PCV. En el contexto de la Guerra Fría, su anticomunismo les granjeó el apoyo de Estados Unidos.

Amasar fortunas a punta del erario público de sus países fue otro de sus principales rasgos. El caso de “Tacho” Somoza fue particularmente notable. Se había lucrado bastante como para dejar a sus hijos un grandioso legado monetario luego de que lo mataran a balazos en 1956. Cinco años después, mientras salía de Santo Domingo para visitar a una de sus jóvenes “amantes a la fuerza”, Trujillo sufrió el mismo destino. En el ínterin de ese lustro, el tirano dominicano permitió a Pérez Jiménez y Batista reposar en Ciudad Trujillo (nombre que había puesto a la capital, en un acto de megalomanía aberrante) como primera escala en su partida al exilio luego de sus respectivos derrocamientos. Los dictadores que fueron solidarios entre ellos en las buenas también lo fueron en las malas. Qué bonito, ¿verdad?

De vuelta a Nicaragua, el cadáver agujereado del patriarca fue puesto bajo tierra, pero en la superficie quedó la dinastía Somoza. Sus hijos gobernaron la nación por 23 años más. El más recordado de los dos fue Anastasio hijo, “Tachito”. Reprodujo los vicios del padre: autoritarismo sangriento y corrupción. El Frente Sandinista, en el que Ortega se erigió como comandante guerrillero, nació a la vanguardia de la lucha contra este despotismo, y logró su objetivo en 1979. Somoza huyó a Paraguay, donde también fue asesinado, un año más tarde.

Es irónico que quien se haya formado para acabar con la oligarquía somocista repita algunas de sus tendencias negativas cuatro décadas luego. Otra vez una familia aspira a eternizarse en el gobierno de Nicaragua, con todos los beneficios que ello implica.

Cuando se supone que América Latina dejó atrás su pasado de caudillos autoritarios, resulta alarmante ver cómo Venezuela  y Nicaragua ponen la palanca en retroceso y se encaminan por la senda opuesta. Lo hacen hombro con hombro. Esperemos que ni esto dure mucho ni se contagie a otros países. Nadie con dos dedos de frente quiere otra Internacional de las Espadas.

 

Alejandro Armas

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“Dictadura”, “neodictadura”, “totalitarismo”, “régimen híbrido”. Son muchos los términos aplicados para intentar describir el tipo de gobierno que hoy existe en Venezuela. Difícilmente habrá una respuesta única a esta pregunta, ni siquiera entre politólogos. Lo que no amerita discusión es que esto no es una democracia.

Recuerdo que tenía 15 o 16 años la primera vez que hice un ejercicio de reflexión política personal, más allá de lo que en mi casa siempre se decía en la materia. Fue cuando Chávez quitó casi todas sus atribuciones a un alcalde electo democráticamente, Ledezma, para dárselas a alguien designado solo por él. Me pregunté: ¿Cómo demonios puede una situación así ser considerada democrática? Luego vinieron más casos por el estilo.

Sin embargo, el chavismo siempre se justificaba ante estos atropellos con el argumento de que su conducta era siempre respaldada por la mayoría del país, expresada en una retahíla de victorias electorales. Aunque tal falacia omite la diferencia entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio, la celebración de comicios permitió al Gobierno pasar por democrático durante años ante los ojos de mucho.

Eso cambió el 6 de diciembre del año pasado. El oficialismo sufrió su primera derrota contundente, que asegura “reconocer”, a la vez que anula todos sus efectos, impidiendo la ejecución de las decisiones de la Asamblea Nacional. Desde entonces, el rechazo a Maduro y compañía no ha hecho sino aumentar, de acuerdo con todos los estudios de opinión recientes, incluyendo los de Hinterlaces. Si fuera cierto que ellos desestiman tales números como “manipulaciones de la derecha” y se sintieran apoyados por la mayoría del país, no estarían concentrados en hacer todo lo posible para que no haya revocatorio antes del 10 de enero.

El Gobierno apuesta por la radicalización del modelo en la misma medida en que el país le da la espalda. Destituye a un ministro por hacer intentos de brindar una pizca de coherencia a la política económica, pone la distribución de alimentos bajo control de generales y militantes del partido, despacha a uniformados y grupos de choque paramilitares para reprimir cualquier protesta demasiado ruidosa para su gusto y forma aquelarres de constituyentes que disertan sobre cómo disolver el Parlamento, lo que violaría la misma Carta Magna que ellos redactaron.

Mientras, uno de los pocos amigos incondicionales que quedan al chavismo en la región, Nicaragua, ha sido noticia desde el viernes. 28 diputados a la Asamblea Nacional del país centroamericano, militantes del principal partido opositor al gobierno de Daniel Ortega, fueron destituidos por una comisión parlamentaria dominada por el oficialista Frente Sandinista de Liberación Nacional. De esta forma, Ortega quedó prácticamente sin disidencia legislativa. ¿Será esta, por cierto, la verdadera fuente de la inspiración del místico Isaías Rodríguez sobre cómo anular un parlamento incómodo, en vez de Francia, como él afirmó? Digo, pudiera haber una tendencia entre quienes se desempeñan como fiscales generales a confundir en su discurso las dos nacionalidades, como le ocurrió a la actual titular con el “Víctor Hugo nicaragüense”.

En fin, la tierra de Rubén Darío se ha vuelto también fuente de preocupación, por considerarse que se aleja cada vez más de la democracia. Ortega ha inscrito su candidatura por séptima vez en elecciones presidenciales (sí, asombrosamente lo ha hecho más que Rafael Caldera). No sé si pudiera llamársele a esto competir, ya que al principal candidato opositor lo vetaron de la contienda. El mandatario escogió, además, una curiosa nominada a la vicepresidencia: su propia esposa. Al parecer la señora tiene una enorme influencia sobre todas las decisiones que toma el Gobierno. Los simpatizantes del oficialismo celebran esto como una victoria feminista, un logro espectacular en el empoderamiento de las damas. Raro feminismo aquel en el que una mujer es poderosa y ocupa cargos de altísimo nivel, no por sus méritos, sino por ser cónyuge del jefe. Suena más bien como nepotismo.

A varios hijos de Ortega también han asignado funciones clave de Estado. La familia se ha enriquecido considerablemente con cuentas no muy claras. Este año el diario local La Prensa reveló cómo uno de los vástagos uso recursos, que se suponían públicos, para comprar a título personal un canal de televisión privado, que de inmediato viró su línea editorial para favorecer al Gobierno. Adivinen el origen de esa plata. Dinero donado a Nicaragua por Venezuela para su desarrollo.

No hace falta ahondar mucho en la estrecha relación que desde un principio cosechó el chavismo con el Frente Sandinista. La más reciente expresión de esa alianza fue la escandalosa retención de los diputados venezolanos Luis Florido, Ángel Medina y Williams Dávila, en el aeropuerto de la capital nicaragüense, y su posterior expulsión del país. Iban para solidarizarse con los legisladores destituidos.

“La espada de Bolívar que camina por América Latina” es una de las consignas predilectas del chavismo, proclama de su influencia en la región. Pero las acciones de los gobernantes de Venezuela y Nicaragua más bien sugieren que es una nueva Internacional de las Espadas la que está suelta por ahí. Esta expresión ha sido usada para designar la fraternidad existente entre dictaduras militares latinoamericanas en los años 50. Por lo general se incluye a Pérez Jiménez, en Venezuela; Anastasio Somoza, en Nicaragua; Fulgencio Batista, en Cuba; y Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana. A veces también al colombiano Gustavo Rojas Pinilla, el peruano Manuel Odría y el paraguayo Alfredo Stroessner.

Todos estos regímenes se caracterizaron por ser defensores de un statu quo oligárquico y corrupto. Para ello persiguieron cruelmente a sus opositores, sobre todo a los de izquierda, bien hayan sido socialdemócratas o marxistas. Para muestra lo que hizo Pérez Jiménez con AD y el PCV. En el contexto de la Guerra Fría, su anticomunismo les granjeó el apoyo de Estados Unidos.

Amasar fortunas a punta del erario público de sus países fue otro de sus principales rasgos. El caso de “Tacho” Somoza fue particularmente notable. Se había lucrado bastante como para dejar a sus hijos un grandioso legado monetario luego de que lo mataran a balazos en 1956. Cinco años después, mientras salía de Santo Domingo para visitar a una de sus jóvenes “amantes a la fuerza”, Trujillo sufrió el mismo destino. En el ínterin de ese lustro, el tirano dominicano permitió a Pérez Jiménez y Batista reposar en Ciudad Trujillo (nombre que había puesto a la capital, en un acto de megalomanía aberrante) como primera escala en su partida al exilio luego de sus respectivos derrocamientos. Los dictadores que fueron solidarios entre ellos en las buenas también lo fueron en las malas. Qué bonito, ¿verdad?

De vuelta a Nicaragua, el cadáver agujereado del patriarca fue puesto bajo tierra, pero en la superficie quedó la dinastía Somoza. Sus hijos gobernaron la nación por 23 años más. El más recordado de los dos fue Anastasio hijo, “Tachito”. Reprodujo los vicios del padre: autoritarismo sangriento y corrupción. El Frente Sandinista, en el que Ortega se erigió como comandante guerrillero, nació a la vanguardia de la lucha contra este despotismo, y logró su objetivo en 1979. Somoza huyó a Paraguay, donde también fue asesinado, un año más tarde.

Es irónico que quien se haya formado para acabar con la oligarquía somocista repita algunas de sus tendencias negativas cuatro décadas luego. Otra vez una familia aspira a eternizarse en el gobierno de Nicaragua, con todos los beneficios que ello implica.

Cuando se supone que América Latina dejó atrás su pasado de caudillos autoritarios, resulta alarmante ver cómo Venezuela  y Nicaragua ponen la palanca en retroceso y se encaminan por la senda opuesta. Lo hacen hombro con hombro. Esperemos que ni esto dure mucho ni se contagie a otros países. Nadie con dos dedos de frente quiere otra Internacional de las Espadas.

 

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