Vivencia de una rebeldía, por Carolina Jaimes Branger
Vivencia de una rebeldía, por Carolina Jaimes Branger

RafaelArévaloGonzález

 

La Historia hay que conocerla. No sólo para tratar de no repetir los errores, sino para aprender de quienes han dejado su impronta de honor, decencia y valentía. Sobre todo en estos tiempos cuando la palabra no vale nada, el dinero compra todo, lava todo, corrompe todo y la mayoría critica, pero no hace nada.

El miércoles pasado mi amigo Otto Seijas Sigala me hizo un regalo maravilloso: la biografía de su bisabuelo Rafael Arévalo González, escrita por Mariela Arvelo. Grandes lazos de afecto me unen a esa familia, heredera de una tradición de integridad que ha sabido honrar. Rafael Arévalo González fue periodista, director del diario El Pregonero y de la revista literaria Atenas. Sufrió catorce prisiones políticas, desde Crespo hasta Gómez, en el Castillo San Carlos en el Zulia, en La Rotunda en Caracas y en el Castillo Libertador de Puerto Cabello. Todas por opinar en contra del régimen de turno.

Su esposa Elisa Bernal Ponte -prima del Libertador- y sus hijos, padecieron las penurias que significaba tener al sostén de la familia preso, más nunca se quejaron. Elisa fue mujer de gran guáramo: se encargó de que la Revista Atenas siguiera imprimiéndose. Con esa escasa ganancia mantuvo a sus diez hijos. Murió unos meses antes de que Arévalo saliera de su última prisión. En una carta escrita poco después de su liberación “Para mi Elisa”, él le expresa su infinita gratitud:“No obstante la inmensidad de tu infortunio, nunca tuviste para mí un reproche, ni una queja siquiera por haberte arrastrado a los horrores de mi negra suerte…Te encaraste con la desgracia, la frente erguida y el corazón sereno. Te reíste de la pobreza…”. Elisa  de Arévalo nunca se cansó de abogar por la libertad de su marido. Fue la pareja perfecta para el idealista.
Arévalo González, como otros héroes venezolanos, fue considerado conspirador y desestabilizador por las opiniones que nunca calló. Su delito mayor fue haber postulado desde su columna del diario El Pregonero la candidatura de Félix Montes para la Presidencia de la República para el período entre 1914 y 1918, cuando pidió la renuncia de Juan Vicente Gómez. Su memoria debería ser objeto de los mayores homenajes, porque jamás cedió ni entregó sus principios. Es el precursor de tantos periodistas y presos políticos que han puesto sus valores por encima de cualquier amenaza o chantaje. Luis Beltrán Guerrero escribió el 5 de abril de 1965 en El Universal:
“Las Memorias de Arévalo González se leen de un tirón, como si fuese una novela de aventuras o policial, con interés creciente… En ningún otro libro venezolano encontrarán los jóvenes mayor ejemplo de dignidad, de honorabilidad verdadera, ajeno a toda componenda. Arévalo no se vendió ni antes del parto, ni en el parto, ni después del parto…”
“Ha llegado la hora de las reparaciones definitivas. La hora de reconocer, en toda forma, que Rafael Arévalo González ha sido uno de los grandes varones de la nacionalidad”.

Ricardo Zuloaga tenía en mente reeditar esas memorias y comisionó a la escritora Nacha Sucre, pero murió antes de cumplir su cometido. Ojalá que alguien retome la iniciativa, porque es cuestión de mera justicia. Como dijo Rafael Caldera: “Él fue el creador de la conciencia nacional. La expresión de secular anhelo. La vivencia de una rebeldía y al mismo tiempo –en la época del pesimismo máximo en la historia política del país- la afirmación de fe en un ideal”.

@cjaimesb