Los gobiernos pasan por José Domingo Blanco

aeropuertomaiquetia

Tenía muchos años sin verla, sin recorrerla y vivirla. La extrañaba y mucho. Por eso, no vacilé en ir a su encuentro; presuroso, como quien acude a la primera cita. ¿Habrá cambiado? ¿Quizá envejecido? ¿Cómo encontraría a mi isla? Mi Margarita, porque así te siento: muy mía. ¡Cuánto me gustas! Con tus azules contrastantes e intensos. Con tu calor pegostoso como un abrazo del que no podemos librarnos. Con tus playas de aguas frías. Con tus montañas verdes coronadas por nubes. Con ese no sé qué que atrapa desde un primer momento. Me gustas desde siempre y, para mi asombro, sigues siendo la misma: con ese sabor a Caribe que se derrocha, desborda y atrapa.

Llego, con la emoción y el ánimo de quien escudriña para asegurarse que todo sigue como en los recuerdos. Me recibe un aeropuerto, ahora infectado de afiches y carteles en los que abunda el rojo, y el ¡Chévere! se repite hasta el cansancio. Hago la fila para que funcionarios del Saime registren en sus máquinas que estamos ingresando a un territorio distinto, quizá con ínfulas de nación. Algo novedoso que no sabía se estaba haciendo para destinos nacionales y que, supongo, enriqueció a quien ofreció el servicio, las máquinas y el entrenamiento para el uso de esos equipos, justificando que así se tendría mejor control del movimiento migratorio interno. ¿Se estará haciendo en todos los aeropuertos nacionales? Esa pregunta me la responderé después, porque por estos días mi prisa es otra: el deseo de entregarme a disfrutar Margarita.

Debo reconocer que ciertas cosas han mejorado. Algunas vialidades –nuevas para mí, no tanto para quienes habitan en Nueva Esparta– amplias, en relativo buen estado y estratégicamente desarrolladas hacen más rápido el traslado de un punto a otro. Hay tráfico, el que atribuyo a la temporada alta; pero también tengo la sensación de que ha habido un aumento de la población. Las playas, igualitas. Pero ahora, hasta el vendedor de piña colada nos recomienda guardar los teléfonos, quitarnos el reloj y no dejar nunca los bolsos sin supervisión. Es tanta la inseguridad que, en una de las playas más concurridas, en pleno apogeo navideño, unos ladrones hicieron de las suyas, y ante la alharaca de los temporadistas, se abrieron paso a punta de tiros. El saldo, como era de esperar, fue una señora herida. La delincuencia trajo otra secuela: ver el atardecer frente al mar es algo que se hace bajo propio riesgo. Las playas quedan desoladas a partir de las 4:30 pm.

Me encuentro con nuevos amigos. Turistas como yo; pero que ahora no vienen de Caracas como antes, sino de Inglaterra. Me cuentan, con ese color local que caracteriza las anécdotas donde los protagonistas son margariteños, que el 25 de diciembre les tocó ir a la farmacia por un medicamento. El taxista, aprovechando la fecha, aumentó la tarifa. No cobraría Bs. 70 como siempre, sino trescientos: porque era día de fiesta, porque sería ida y vuelta, porque nadie un 25 de diciembre se levanta tan temprano para ir del Sambil a la Av. Bolívar a la única farmacia abierta. Como ñapa no cobraría el tiempo de espera. Lo insólito del cuento no es el aumento de la tarifa, sino que, para sorpresa de mis amigos, cuando salieron del establecimiento veían el taxi, pero no al conductor. Lo encontraron dentro de la farmacia, en la cola para pagar, cargado de pañales, haciendo señas para que le tuvieran paciencia. Les gritaba emocionado que había llegado el producto y él no podía desperdiciar la ocasión. Los pasajeros terminaron esperándolo media hora. ¡Y además pagando una exageración por el traslado!

Entonces, pienso en las razones por las cuales aún mi isla sigue incipiente en materia de turismo. Tiene con qué, le sobra con qué. Pero no sabe cómo ofrecerlo. El servicio, por más que se esfuerzan, aún es deficiente. Como el del restaurante donde cené una noche: un lugar hermoso, bien decorado, con vista a la bahía de Pampatar; pero donde el mesonero iba y venía ofreciendo disculpas por el retraso, por sus olvidos, por los cambios en nuestros platos, por la falta de ingredientes, por su cansancio -que justificaba con una sonrisa congelada y contagiosa. Un chiste de servicio con pretensiones y precios de estrellas Michelín.

Visito la Virgen del Valle para agradecerle por todo y pedirle lo de siempre. Compro una imagen y dos kioscos más arriba su precio es considerablemente menor. Y me enrumbo hacia Playa Caribe. Uno de mis lugares predilectos. Busco afanoso en el trayecto las Tetas de María Guevara, ¿querrá mostrármelas? ¿Seguirán erguidas como las de una mujer en flor? Playa Caribe sigue allí con sus olas que parecen correr para ver cuál llega primero.

¿Por qué Margarita no es cómo Aruba o Curazao? ¿Será porque es apenas un estado más del país y depende de un gobierno? Los gobiernos pasan: blancos, verdes y ahora rojos. Y mi isla sigue siendo la misma. Igual, como siempre. ¿Mancillada por muchos de esos gobiernos? Sin duda.

mingo.blanco@gmail.com

@mingo_1

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Tenía muchos años sin verla, sin recorrerla y vivirla. La extrañaba y mucho. Por eso, no vacilé en ir a su encuentro; presuroso, como quien acude a la primera cita. ¿Habrá cambiado? ¿Quizá envejecido? ¿Cómo encontraría a mi isla? Mi Margarita, porque así te siento: muy mía. ¡Cuánto me gustas! Con tus azules contrastantes e intensos. Con tu calor pegostoso como un abrazo del que no podemos librarnos. Con tus playas de aguas frías. Con tus montañas verdes coronadas por nubes. Con ese no sé qué que atrapa desde un primer momento. Me gustas desde siempre y, para mi asombro, sigues siendo la misma: con ese sabor a Caribe que se derrocha, desborda y atrapa.

Llego, con la emoción y el ánimo de quien escudriña para asegurarse que todo sigue como en los recuerdos. Me recibe un aeropuerto, ahora infectado de afiches y carteles en los que abunda el rojo, y el ¡Chévere! se repite hasta el cansancio. Hago la fila para que funcionarios del Saime registren en sus máquinas que estamos ingresando a un territorio distinto, quizá con ínfulas de nación. Algo novedoso que no sabía se estaba haciendo para destinos nacionales y que, supongo, enriqueció a quien ofreció el servicio, las máquinas y el entrenamiento para el uso de esos equipos, justificando que así se tendría mejor control del movimiento migratorio interno. ¿Se estará haciendo en todos los aeropuertos nacionales? Esa pregunta me la responderé después, porque por estos días mi prisa es otra: el deseo de entregarme a disfrutar Margarita.

Debo reconocer que ciertas cosas han mejorado. Algunas vialidades –nuevas para mí, no tanto para quienes habitan en Nueva Esparta– amplias, en relativo buen estado y estratégicamente desarrolladas hacen más rápido el traslado de un punto a otro. Hay tráfico, el que atribuyo a la temporada alta; pero también tengo la sensación de que ha habido un aumento de la población. Las playas, igualitas. Pero ahora, hasta el vendedor de piña colada nos recomienda guardar los teléfonos, quitarnos el reloj y no dejar nunca los bolsos sin supervisión. Es tanta la inseguridad que, en una de las playas más concurridas, en pleno apogeo navideño, unos ladrones hicieron de las suyas, y ante la alharaca de los temporadistas, se abrieron paso a punta de tiros. El saldo, como era de esperar, fue una señora herida. La delincuencia trajo otra secuela: ver el atardecer frente al mar es algo que se hace bajo propio riesgo. Las playas quedan desoladas a partir de las 4:30 pm.

Me encuentro con nuevos amigos. Turistas como yo; pero que ahora no vienen de Caracas como antes, sino de Inglaterra. Me cuentan, con ese color local que caracteriza las anécdotas donde los protagonistas son margariteños, que el 25 de diciembre les tocó ir a la farmacia por un medicamento. El taxista, aprovechando la fecha, aumentó la tarifa. No cobraría Bs. 70 como siempre, sino trescientos: porque era día de fiesta, porque sería ida y vuelta, porque nadie un 25 de diciembre se levanta tan temprano para ir del Sambil a la Av. Bolívar a la única farmacia abierta. Como ñapa no cobraría el tiempo de espera. Lo insólito del cuento no es el aumento de la tarifa, sino que, para sorpresa de mis amigos, cuando salieron del establecimiento veían el taxi, pero no al conductor. Lo encontraron dentro de la farmacia, en la cola para pagar, cargado de pañales, haciendo señas para que le tuvieran paciencia. Les gritaba emocionado que había llegado el producto y él no podía desperdiciar la ocasión. Los pasajeros terminaron esperándolo media hora. ¡Y además pagando una exageración por el traslado!

Entonces, pienso en las razones por las cuales aún mi isla sigue incipiente en materia de turismo. Tiene con qué, le sobra con qué. Pero no sabe cómo ofrecerlo. El servicio, por más que se esfuerzan, aún es deficiente. Como el del restaurante donde cené una noche: un lugar hermoso, bien decorado, con vista a la bahía de Pampatar; pero donde el mesonero iba y venía ofreciendo disculpas por el retraso, por sus olvidos, por los cambios en nuestros platos, por la falta de ingredientes, por su cansancio -que justificaba con una sonrisa congelada y contagiosa. Un chiste de servicio con pretensiones y precios de estrellas Michelín.

Visito la Virgen del Valle para agradecerle por todo y pedirle lo de siempre. Compro una imagen y dos kioscos más arriba su precio es considerablemente menor. Y me enrumbo hacia Playa Caribe. Uno de mis lugares predilectos. Busco afanoso en el trayecto las Tetas de María Guevara, ¿querrá mostrármelas? ¿Seguirán erguidas como las de una mujer en flor? Playa Caribe sigue allí con sus olas que parecen correr para ver cuál llega primero.

¿Por qué Margarita no es cómo Aruba o Curazao? ¿Será porque es apenas un estado más del país y depende de un gobierno? Los gobiernos pasan: blancos, verdes y ahora rojos. Y mi isla sigue siendo la misma. Igual, como siempre. ¿Mancillada por muchos de esos gobiernos? Sin duda.

mingo.blanco@gmail.com

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