Don Rómulo por Isa Dobles @IsaOropeza

Rómulo Gallegos

 

Crecer como crecí yo entre hombres que tenían como objetivo en su vida servir a Venezuela y además hacerlo  con ese brillo, esa luminosidad con que les había prodigado la vida, era un privilegio gozoso. Eran la familia. Mientras crecíamos, cuando   entraban y salían de nuestra casa como uno más,  era natural, cotidiano.

 

Pero cuando  íbamos creciendo en el ardor  de la lucha política y  ellos en su propio espacio,  cuando se dimensionaban   indetenibles, creciendo con sus circunstancias, el que se inclinaba cariñoso para besarnos cuando venía desayunar , o alborotaba el cabello crespo de Julieta mi hermana preguntando por papá que ya lo esperaba, se iba alejando y engrandeciendo. Si Venezuela se obligara a conocer sus riquezas humanas, esas que perduran, esas que dan seguridad y orgullo a nuestro espíritu, no sería tan fácil para los déspotas manosearla. Si Venezuela leyera al Gallegos escritor recibiría los valores de su  personalidad rígida, su moralidad férrea, su valor. Tener un Rómulo Gallegos en la historia y no saberlo, no esgrimirlo frente a la indecencia y la canallada, es perder. Porque lo sustituye el poder perverso y canalla con otro cualquiera que le complazca y le permita arrodillar siervos en vez de construir ciudadanos libres.

Cuando lo recibimos en el exilio en Costa Rica, llegó a nuestra casa. Cuando se acababan las reuniones, subía a su cuarto y le escuchábamos hablar   o leer en voz alta por largo rato. El mismo nos   aclaró   una mañana: “Yo le cuento a Teotiste todas las noches lo que me pasa en el día”.
Con ella pudo compartir la vida por 38 años en entrega absoluta, como escribiera Andrés Eloy, ”Teotiste era costumbre y patria, patria de la costumbre humana de querer sin estarlo diciendo”. Cuando se corrió la voz que la dictadura militar de Venezuela le permitiría inhumar sus restos en Caracas, su respuesta  llegó al mundo:
“Yo le rindo homenaje a su memoria con la determinación de no llevarla a descansar en su tierra sino cuando yo pueda regresar a la Patria sin mengua de mi dignidad.”
Había sido el Presidente Constitucional en las primeras elecciones libres, universales celebradas en Venezuela el 14 de Diciembre de 1947, tenía 63 años y de un millón ciento ochenta y tres mil  votantes  (1.183.000 ) había recibido ochocientos setenta mil (870.000)
La última vez lo vi en mi casa cuando sacábamos de ella el cuerpo de mi padre. Que había ofrecido a unos damnificados de Boconó llevarles ayuda  tras un incendio en el mercado donde trabajaban y su avioneta se estrelló saliendo de La Carlota  un 28 de Diciembre, día de los inocentes.
Su pecho nos recibió protector Silencioso. Conmovido. ¡Y tuvo un gesto!  Buscó a mamá  y se detuvo con ella  a la entrada de la casa y tomó su mano y la colocó allí sobre las piedras de la pared. Y puso la de él encima. La casa. El hogar. El amor. El tiempo compartido. Todo lo que se iba con papá y se quedaba también. La vida. Él se iría a encontrarse con  el amor el 5 de abril de 1969. Cinco años después.

 

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Rómulo Gallegos

 

Crecer como crecí yo entre hombres que tenían como objetivo en su vida servir a Venezuela y además hacerlo  con ese brillo, esa luminosidad con que les había prodigado la vida, era un privilegio gozoso. Eran la familia. Mientras crecíamos, cuando   entraban y salían de nuestra casa como uno más,  era natural, cotidiano.

 

Pero cuando  íbamos creciendo en el ardor  de la lucha política y  ellos en su propio espacio,  cuando se dimensionaban   indetenibles, creciendo con sus circunstancias, el que se inclinaba cariñoso para besarnos cuando venía desayunar , o alborotaba el cabello crespo de Julieta mi hermana preguntando por papá que ya lo esperaba, se iba alejando y engrandeciendo. Si Venezuela se obligara a conocer sus riquezas humanas, esas que perduran, esas que dan seguridad y orgullo a nuestro espíritu, no sería tan fácil para los déspotas manosearla. Si Venezuela leyera al Gallegos escritor recibiría los valores de su  personalidad rígida, su moralidad férrea, su valor. Tener un Rómulo Gallegos en la historia y no saberlo, no esgrimirlo frente a la indecencia y la canallada, es perder. Porque lo sustituye el poder perverso y canalla con otro cualquiera que le complazca y le permita arrodillar siervos en vez de construir ciudadanos libres.

Cuando lo recibimos en el exilio en Costa Rica, llegó a nuestra casa. Cuando se acababan las reuniones, subía a su cuarto y le escuchábamos hablar   o leer en voz alta por largo rato. El mismo nos   aclaró   una mañana: “Yo le cuento a Teotiste todas las noches lo que me pasa en el día”.
Con ella pudo compartir la vida por 38 años en entrega absoluta, como escribiera Andrés Eloy, ”Teotiste era costumbre y patria, patria de la costumbre humana de querer sin estarlo diciendo”. Cuando se corrió la voz que la dictadura militar de Venezuela le permitiría inhumar sus restos en Caracas, su respuesta  llegó al mundo:
“Yo le rindo homenaje a su memoria con la determinación de no llevarla a descansar en su tierra sino cuando yo pueda regresar a la Patria sin mengua de mi dignidad.”
Había sido el Presidente Constitucional en las primeras elecciones libres, universales celebradas en Venezuela el 14 de Diciembre de 1947, tenía 63 años y de un millón ciento ochenta y tres mil  votantes  (1.183.000 ) había recibido ochocientos setenta mil (870.000)
La última vez lo vi en mi casa cuando sacábamos de ella el cuerpo de mi padre. Que había ofrecido a unos damnificados de Boconó llevarles ayuda  tras un incendio en el mercado donde trabajaban y su avioneta se estrelló saliendo de La Carlota  un 28 de Diciembre, día de los inocentes.
Su pecho nos recibió protector Silencioso. Conmovido. ¡Y tuvo un gesto!  Buscó a mamá  y se detuvo con ella  a la entrada de la casa y tomó su mano y la colocó allí sobre las piedras de la pared. Y puso la de él encima. La casa. El hogar. El amor. El tiempo compartido. Todo lo que se iba con papá y se quedaba también. La vida. Él se iría a encontrarse con  el amor el 5 de abril de 1969. Cinco años después.

 

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