
Imaginar la Cuba del año 2020 es un desafío casi tan grande como fundarla. Para entonces, varias generaciones de cubanos habrán nacido bajo el signo de la dictadura más longeva de Occidente, castrados de libertades y de derechos. Una gran parte de esos cubanos habrán emigrado en busca de horizontes más promisorios, a algún lugar donde no se les exija el sacrificio de vivir una existencia de carencias y humillaciones; donde no se les hable de batallas, luchas, enemigos, traiciones, deserciones, guerras, mártires y sangre derramada por otros para ellos y para los que vendrán después. El peso del totalitarismo y las deudas materiales y espirituales impuestas a la nación desde el poder, han mutilado durante décadas el hálito nacional y han debilitado la voluntad popular hasta casi aniquilarla.
Si pretendemos imaginar a esa Cuba de 2020, en primera instancia tendríamos que considerar que el tiempo que media desde hoy hasta entonces es de solo siete años, casi el mismo que ha transcurrido desde que Fidel Castro abandonó forzosamente el poder y señaló la continuidad de la dinastía en la persona de su hermano menor, período durante el cual –si bien se han estado sucediendo numerosas transformaciones de fondo en la sociedad cubana– no han ocurrido cambios trascendentales ni se ha definido claramente una alternativa cercana para dar paso a una sociedad democrática.
En segunda instancia, es preciso tener en cuenta que cualquier futuro cercano o mediato estará sesgado por un período de transición que ya ha comenzado, aunque pocos lo perciben por la complejidad que supone la fractura social, por la total destrucción de la infraestructura económica, por la escasez de instituciones cívicas capaces de articular dicha transición hacia la democracia y por otros factores de índole subjetiva que abarcan desde el sentimiento de desarraigo y otros daños morales, hasta la sostenida y creciente emigración que ha descapitalizado una significativa parte del talento y de la fuerza de trabajo del país.
Por último, habría que establecer si la Cuba imaginada para 2020 es la deseada o la posible. La visión, pues, ha de ser completa si queremos ser realistas, es decir, ¿qué Cuba sería imaginable a partir de la realidad y las perspectivas de hoy? Seleccionar un elemento de esa realidad al azar para fabricar nuestra Cuba imaginada ofrecería un resultado desalentador, por lo que es preciso asumir el conjunto y descubrir las posibilidades que este ofrece. Hay que desear lo posible y hacer posible lo deseado.
Por ejemplo, si juzgamos el futuro teniendo en cuenta la cantidad de cubanos, fundamentalmente jóvenes, que emigran o aspiran a hacerlo a la primera posibilidad, en 2020 Cuba bien podría ser una isla semidesierta, poblada apenas por unos pocos miles de ancianos sin voluntad y sin memoria, medrando en espera de sus remesas salvadoras.
Si tomáramos en cuenta solo el estado actual de la economía, imaginaríamos para la Cuba de 2020 dos opciones: una tierra desbordante de marabú, habitada por un puñado de famélicos sobrevivientes del experimento castrista refugiados en las ruinas de las otrora ciudades y pueblos, en fase de regreso a la barbarie; o bien una especie de feudo tropical en el cual una exitosa casta militar –junto a las empresas extranjeras que ahora invierten su capital en la isla procurando sacar provecho sin mostrar muchos escrúpulos por el constante atropello de los derechos de los cubanos– continuaría detentando el poder absoluto y disfrutando de sus faraónicos privilegios .
Si la corrupción que ha calado en todos los estratos sociales y en la vibra de la nación fuera el rasero que mostrara el destino, todo apuntaría al caos, a la anarquía, a la desmoralización irreversible. Cuba en 2020 sería apenas un vertedero de detritus de los que alguna vez fueron humanos, un sitio sin bondad donde ningún hombre virtuoso podría siquiera sobrevivir.
Si, por último, algún nefasto sentimiento de derrota nos llevara a considerar la represión como el signo de la Cuba futura, entonces habría que imaginar para dentro de siete años una gran isla-cárcel –más cárcel de lo que ha sido hasta ahora–, solo poblada por presos y guardianes, represores y reprimidos, amos y esclavos.
Hay quienes sueñan otras alternativas, como la de una Cuba colonia, o estado asociado, o anexado; o simplemente añoran la Cuba republicana que tuvimos. “¡Aaah, el país que fuimos… lo felices que éramos sin saberlo!”, dicen, aunque no alcanzan a explicarse cómo en una República tan pujante y risueña fue posible una revolución que colocó en el poder una dictadura tan pertinaz: ¿acaso siempre la predestinación trágica de nuestra historia como excusa para eludir la responsabilidad de todos?
Quedan, pues, tres ingredientes esenciales que agregar a ese cuadro tan poco promisorio para imaginar la mejor Cuba posible en el año 2020: la esperanza, la voluntad y el romanticismo de los que han tenido la fe para conservar los sueños y el valor de luchar por ellos.
La Cuba que imagino
Para no sucumbir a espejismos ni caer en inútiles añoranzas en torno a una Cuba pasada, quizás más quimérica que real, quiero imaginar para 2020 una Cuba a la vez deseada y posible. Para lograrla, es preciso tratar de superar todo el lastre acumulado, no solo en los últimos 54 años, sino también durante el medio siglo anterior y en los tres siglos precedentes a éste. Nos quedarían los próximos siete años para exorcizar la violencia, los rencores, la desconfianza. Tendríamos ese lapso breve para que al menos una cifra crítica de cubanos logre a asumir la responsabilidad de ser ciudadanos, exigir derechos, tomar deberes, creer en nuestras propias capacidades y hacerlas valer, desterrar el miedo, aplicar la justicia, entender que es mejor vivir por la patria (hogar de todos, familia, protección, surco, fragua, destino común, trabajo, esperanza) que morir por ella.
Trazando un ideal de Cuba para 2020, deberíamos aspirar a una nación en cual la democracia adquiera significado real, tangible y cotidiano; una sociedad inclusiva y abierta, con ciudadanos capaces de elegir y de decidir sobre la política, la economía, la cultura, la sociedad, el pensamiento. Un país que abra las perspectivas de sus hijos y fomente el espíritu de libertad como principal impulsor del progreso y de la prosperidad. Una Cuba de paz, que se inserte en el mundo, a donde cada cubano quiera regresar, en la que cada quien pueda prosperar con su trabajo y su talento. Una Cuba, en fin, cuyo principal credo se base en el culto a todos los derechos humanos.
Si así no fuera, en 2020 al menos tendremos que haber conquistado el espíritu común de luchar por la Cuba que imaginamos. En 2020 Cuba (los cubanos), tendrá que haber superado la fase de transición o estará camino a la extinción, desgastada y exhausta.
Cuba en 2020: ser democrática o no ser
Es cierto que en el panorama de la Cuba de hoy sobran los motivos para la incertidumbre, pero también lo es que nunca antes el escenario fue más propicio para el parto de una Cuba mejor. En la actualidad estamos asistiendo a la aparición de grupos de actores necesarios para protagonizar los cambios: la sociedad civil está renaciendo, cobrando fuerzas, organizándose y ganando espacios. Por primera vez en los últimos 50 años, sectores significativos de la sociedad han logrado superar los recelos y comienzan a establecerse las alianzas, en un incipiente entramado de consensos que se fundan sobre pilares cívicos y no sobre ideologías, aunque éstas no se excluyan. Espontáneamente, grupos de cubanos de las más disímiles procedencias sociales, de aquí y de todas partes del mundo, de los más variados intereses y de generaciones diferentes, se asocian bajo la conciencia colectiva de la necesidad de los cambios y en el convencimiento de que es a ellos –a todos, en fin– a quienes corresponde hacerlo.
A la vez, se está consolidando dentro de la isla un nuevo modo de ser cubano, que quiere ser ciudadano del mundo sin renunciar a su propia matriz cultural, que no pide permiso para pensar, expresarse y actuar. Un cubano que tampoco pide disculpas, que no se excusa, que se reconoce soberano y se declara, cuando menos, propietario de sí mismo y de sus actos. Quizás está naciendo, finalmente, un tipo de cubano responsable que contagie de esperanzas y de voluntad a las multitudes descontentas, pero todavía indecisas, aletargadas en el marasmo de décadas de hipnosis y de pereza cerebral.
Si en apenas siete años se impone el espíritu de los nuevos cubanos, la Cuba de 2020 deberá estar libre de aldeanismos y complejos históricos, deberá haber salvado solo lo mejor de su herencia, y estaría lista para asistir al parto de sí misma, a la medida de estos tiempos.



