Nada puede ser peor que el último gobierno. O eso dicen. Soplan vientos de cambio. La decadencia económica de los últimos tiempos ha generado un malestar social inevitable. Fueron demasiados años de un solo hombre en el poder, cosa que es necesariamente una fatalidad, incrementada en este caso por las maneras autoritarias, que más de revolución son del conservadurismo más tÃpico. El candidato opositor, conciliador en su discurso pero a la vez lleno de energÃa y vigor, cuya oportunidad de victoria estaba descartada por todos los augures profesionales; ese mismo que parecÃa no tener chance ante la brutal y salvaje maquinaria alineadÃsima con el señor y lÃder supremo, saca pecho, pone una mejilla y los parte a votos. La sorpresa adicional, la de la participación, que a pesar de tanto cuento de fraude y que se yo, salió todo mundo a votar.
No nos engañemos, ya se sabe que ganó. ¿Y cómo no iba a ganar? Era lo natural. La gente estaba harta: la vorágine de la inflación y el desempleo juntos estaban crujiéndoles hasta las uñas de los meñiques a los ciudadanos. La clase media asfixiada se extinguÃa. ¡En un paÃs petrolero! No hay derecho chico, dirÃa mi abuela. Y claro, el lÃder opositor proponÃa dar más libertades a los medios de comunicación; dejar en libertad a los presos polÃticos de su kafkiana prisión; acabar con esos pillos (o enchufados) que tan eficientes son a los intereses del opresor y no del ciudadano; de involucrar con honestidad a la comunidad internacional sin ser el picapasitos metecasquillo del recreo de la ONU; y en general cambiar las cosas y dejarse de tanto cuento y alharacas.
El sistema, por su parte, se vio frente a la posibilidad de hacer lo de costumbre: Dejar colgada la legalidad y la realidad, y pasar por el filo del verdugo a cuanta manifestación pudiese ocurrir en contra del resultado trucado, como ya se hizo en el pasado. Trampear la cosa como quien no quiere hacerlo, dejando a los perdedores lucir ganadores, por un pelo y tal. Qué voluntad popular ni que ocho cuartos, y cuidadito con chistar. Pero con tanta hartura popular, la mansedumbre acostumbrada quizás no serÃa tal, y se puede ser muy varón y tener un montón de pelo en la cara, pero un pueblo enardecido es un pueblo enardecido, y a nadie le conviene eso. O sea, que no era el momento. Soplan vientos de cambio, pues ha ganado Hasan RohanÃ, el moderado de Irán. Y nada podrá ser peor que el último gobierno, dicen. Quien lo dirÃa. En Irán. ¿Lo otro? En veremos.
Miguel E. Weil Di Miele
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