Maduro, el espurio por Luis DeLion

No lo sabía, lo he descubierto ésta semana, difícil seguirle la traza a éste régimen usurpador tan adicto a la propaganda y al panfleto. Casi se me escapó. Ahora resulta que Maduro se ha atrevido a criticar la gestión del gobierno que lo precedió y al cual perteneció. Chávez debía tener una confianza sin límites y una singular estima por el sucesor que escogió. El encargado de perpetuar la obra revolucionaria, se lanzó con un epitafio memorable: “Quiero ser a nombre de Chávez quien sane al país de la violencia”

 

Petrificación. Lo menos que provoca la expresión del usurpador. Si el tema no fuera tan grave, lo dicho por Nicolás Maduro sería tan ridículo como risible.

 

En medio de la solemnidad que impone un duelo, las palabras de Maduro en campaña electoral, no pueden ser otra cosa que deshonestas. Los proverbiales índices de seguridad que padecen los venezolanos, no obedecen a razones atmosféricas, sino a la infatigable obra de su predecesor y padre político, el hoy difunto Hugo Chávez.

 

Este delirio del encargado y candidato a la presidencia, produce dos observaciones. La primera, muestra como los automatismos sectarios de Maduro son capaces de llevarlo a la ceguera y a la petrificación ideológica. Su ambición, de erigirse en el campeón de la lucha contra la violencia, podría ser un gesto honorable, para cualquier líder político que no se llame Nicolás Maduro ni tenga los antecedentes violentos de éste.  No obstante, la historia actual, el día a día, de nuestro país, nos ofrece contraejemplos de la eficacia del régimen en su “lucha” contra la violencia. Chávez y sus sultanes de donde sobresale Maduro, se encargaron durante 14 años de sembrar la violencia a lo largo y ancho del país. La indecente, por boca de quien la expresa, propuesta de sanear al país de la violencia, es un claro desprecio a las verdaderas necesidades del país, a su futuro y a la recuperación de la moral ciudadana.

La segunda. Están aportando una prueba más del lamentable desorden que reina a la cabeza del Estado, el cual se traduce no solo en la conducción de los asuntos propios de la cotidianidad de una República, sino que también abarca las formas. Nos han venido acostumbrando estos últimos meses a las fantasías semánticas, a las gaffes, a los deslices de los miembros de un equipo de gobierno parecido a un grupo de niños desobedientes dejados de su cuenta.

Pero Maduro parece dispuesto a seguir batiendo records. Llamó “débil” a Capriles por no ir al CNE, no contento con ello, ha puesto a la hija de Chávez a pedirle a Capriles de no jugar con el dolor de la familia y en un frenazo, propio del más prudente conductor de autobuses, en su sentimiento de evocación lírica del cadáver expuesto en la Academia Militar, Maduro alertó sobre dificultades para embalsamar a Chávez.

 

De pronto no se puede (…) va a ser “bastante difícil ” embalsamar al presidente Chávez “porque la decisión debió tomarse mucho antes”, advirtió Maduro. Una declaración tan inesperada como grotesca en la boca del presidente encargado. En la boca de un político prudente, sin complejos y sin remordimientos pueriles, lo dicho sería menos sorprendente.

 

Hacer de la política un ejercicio que produzca beneficios entre los gobernados, es algo que cuesta mucho imaginar que ocurra bajo una administración de Nicolás Maduro.  ¿Qué piensan los hermanos Castro, al respecto?

 

@LDeLION

luisdelion@gmail.com

TelegramWhatsAppFacebookX

No lo sabía, lo he descubierto ésta semana, difícil seguirle la traza a éste régimen usurpador tan adicto a la propaganda y al panfleto. Casi se me escapó. Ahora resulta que Maduro se ha atrevido a criticar la gestión del gobierno que lo precedió y al cual perteneció. Chávez debía tener una confianza sin límites y una singular estima por el sucesor que escogió. El encargado de perpetuar la obra revolucionaria, se lanzó con un epitafio memorable: “Quiero ser a nombre de Chávez quien sane al país de la violencia”

 

Petrificación. Lo menos que provoca la expresión del usurpador. Si el tema no fuera tan grave, lo dicho por Nicolás Maduro sería tan ridículo como risible.

 

En medio de la solemnidad que impone un duelo, las palabras de Maduro en campaña electoral, no pueden ser otra cosa que deshonestas. Los proverbiales índices de seguridad que padecen los venezolanos, no obedecen a razones atmosféricas, sino a la infatigable obra de su predecesor y padre político, el hoy difunto Hugo Chávez.

 

Este delirio del encargado y candidato a la presidencia, produce dos observaciones. La primera, muestra como los automatismos sectarios de Maduro son capaces de llevarlo a la ceguera y a la petrificación ideológica. Su ambición, de erigirse en el campeón de la lucha contra la violencia, podría ser un gesto honorable, para cualquier líder político que no se llame Nicolás Maduro ni tenga los antecedentes violentos de éste.  No obstante, la historia actual, el día a día, de nuestro país, nos ofrece contraejemplos de la eficacia del régimen en su “lucha” contra la violencia. Chávez y sus sultanes de donde sobresale Maduro, se encargaron durante 14 años de sembrar la violencia a lo largo y ancho del país. La indecente, por boca de quien la expresa, propuesta de sanear al país de la violencia, es un claro desprecio a las verdaderas necesidades del país, a su futuro y a la recuperación de la moral ciudadana.

La segunda. Están aportando una prueba más del lamentable desorden que reina a la cabeza del Estado, el cual se traduce no solo en la conducción de los asuntos propios de la cotidianidad de una República, sino que también abarca las formas. Nos han venido acostumbrando estos últimos meses a las fantasías semánticas, a las gaffes, a los deslices de los miembros de un equipo de gobierno parecido a un grupo de niños desobedientes dejados de su cuenta.

Pero Maduro parece dispuesto a seguir batiendo records. Llamó “débil” a Capriles por no ir al CNE, no contento con ello, ha puesto a la hija de Chávez a pedirle a Capriles de no jugar con el dolor de la familia y en un frenazo, propio del más prudente conductor de autobuses, en su sentimiento de evocación lírica del cadáver expuesto en la Academia Militar, Maduro alertó sobre dificultades para embalsamar a Chávez.

 

De pronto no se puede (…) va a ser “bastante difícil ” embalsamar al presidente Chávez “porque la decisión debió tomarse mucho antes”, advirtió Maduro. Una declaración tan inesperada como grotesca en la boca del presidente encargado. En la boca de un político prudente, sin complejos y sin remordimientos pueriles, lo dicho sería menos sorprendente.

 

Hacer de la política un ejercicio que produzca beneficios entre los gobernados, es algo que cuesta mucho imaginar que ocurra bajo una administración de Nicolás Maduro.  ¿Qué piensan los hermanos Castro, al respecto?

 

@LDeLION

luisdelion@gmail.com

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.