En la celebración de las bodas católicas, el sacerdote sella la unión diciendo: “hasta que la muerte los separe” y sin embargo centenares de miles de divorcios se inician y concluyen todos los dias.
Aquellos que se juraron amor hoy no pueden ni verse.
Pero hay amores sólidos como rocas. Los hijos claro, los padres, los verdaderos amigos, una película inolvidable, los libros que leímos un montón de veces y el equipo por el que hinchamos probablemente desde niños.
Ese es un amor inamovible, irrenunciableble. A lo mejor existen casos de personas que abandonaron a su equipo, pero deben ser muy pocos.
En la mayoría de los casos, es un amor que comenzó muy temprano, cuando éramos niños e incluso desde antes de nacer.
Para un montón de enamorados es hereditario y para otros el primer acto de rebeldía, la primera decisión de, como argumentó el gran actor y director de teatro, Héctor Manrique, el día que anunció que volvería a ser del Magallanes, “formar parte de una vaina”.
Sólo quienes tienen un equipo en el corazón saben que es un amor profundo, que puede hacernos muy desdichados cuando perdemos y demasiado felices si ganamos.
En un sólo swing y por centímetros la vida puede hacerse pedazos. Y se traga grueso, pero uno no renuncia.
Es un amor que permanece en las victorias y las derrotas, en la buenas rachas y en los slumps, con arepas o sin arepas (preferiblemente).
@porlagoma



