Después de 14 años de encuentros y desencuentros, de llantos y pesares, de 150.000 venezolanos fallecidos en manos del hampa, de millones de hectáreas expropiadas para servir de cultivo espontáneo del más genuino gamelote, de la brutal devaluación de nuestra moneda, de millones de dólares invertidos en chatarra rusa como los famosos helicópteros que tienen en su haber muchos deudos militares y civiles, de cientos de empresas expropiadas para más nunca ser productivas, de presos políticos en escandalosos procesos de injusticia, de comprometer nuestro petróleo futuro con los chinos, de una economia de puertos insana, de millones de dólares repartidos entre los más pobres para que sigan siendo pobres, de millones de barriles de crudo regalados a otros países para generarnos la reputación de generosos, de millones de dólares en pocas manos de una cleptocracia decadente, de interminables horas de condena, perdón de cadena donde siempre escuchamos los mismos chistes malos, las mismas historias de héroes de caballitos descontextualizadas o las anécdotas de arañero de Sabaneta, de millones de dólares repartidos a otros países para resolver problemas que nosotros tenemos, de miles de groserías, insultos y patanadas, de amenazas, de ofensas, de desprecio y odio en un discurso que siempre fomentó la fragmentación de la identidad venezolana, de la entrega vergonzosa de nuestra soberanía a otros países que hasta infiltraron nuestros cuarteles, que intervinieron nuestros registros públicos, que nos invadieron con la autorización patética de un gobernante extraviado, después de todo esto, ha llegado el 7 de Octubre de 2.012.
Mañana, como nunca antes, pareciera que no hace falta decir nada. Todo está dicho. Ya ese empleado de todos los venezolanos agotó las infinitas oportunidades que le brindamos. Ya no nos engañará más con cuentos de camino. Se le acabó su tiempo. Es hora que se retire y comience a rendir cuentas por sus desafueros. Es el momento de una nueva Venezuela. Es hora de que los empleados públicos recuperen su libre albedrío, su personalidad, ya basta de atropellos. Mañana, con el arma del voto, derrotaremos las páginas más tristes de nuestra historia, comenzaremos una nueva etapa de esperanza y cambio. Los militares dejarán de sentir la vergüenza de ser señalados como cómplices de los desmanes de un autócrata, los periodistas podrán ejercer sus labores sin el miedo a la represalias de leyes aberrantes contra la libertad de expresión y el derecho a la información. Las amas de casa comenzarán a vivir el proceso de reabastecimiento de los anaqueles, los hombres y mujeres del campo le encontrarán el sentido a volver a sembrar con la ayuda real de un gobierno responsable, los jóvenes tendrán universidades que formen profesionales y no desempleados y dejarán de autosecuestrarse para poder disfrutar de una vida sana de esparcimiento, los políticos podrán ventilar sus diferencias abiertamente donde el disenso no genere rencores y produzca venganzas, la justicia se administrará sin el sesgo de la conveniencia a los intereses de un proyecto personalista, las madres no tendrán que dejar que sus hijos las abandonen buscando formación y seguridad al vivir en otras latitudes.
Mañana es un gran día, que para todos debe significar el cierre de un ciclo y el comienzo de otro. No escatimemos esfuerzo alguno en acudir a la cita que tenemos con nuestro futuro, con el de nuestros hijos, con el de nuestros nietos, con Venezuela. Miles de venezolanos recorren a esta hora cientos de kilómetros desde Miami a New Orleans para ejercer su derecho al voto. Nosotros no podemos quedarnos en nuestras casa. Debemos celebrar esta fiesta democrática con alegría, pero con mucha seriedad, porque no puede quedar duda que ante la hipotética intención malévola de ignorar el clamor de un pueblo, no nos resignaremos a los artilugios de sicofantes trasnochados y defenderemos nuestro voto como verdaderos hijos de Bolívar.
El lunes, Dios mediante, amanecerá y veremos…







