La tibia voz de Arturo Sosa, por Sebastián de la Nuez – Runrun

La tibia voz de Arturo Sosa, por Sebastián de la Nuez

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Hay gente que piensa tanto que se queda paralizada, enganchada a un concepto-comodín. Es el caso de Arturo Sosa Abascal y su palabra predilecta, “polarización”. Así como el Papa se quedó con “concordia” al referirse a Venezuela (y, ¡zas!, mataron a otro joven en el Táchira: pura concordia encapsulada en un cañón), el padre Arturo se aferra a la idea de una polarización inexistente

 

@sdelanuez

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Arturo Sosa Abascal no habla de dictadura en su última comparecencia hace dos días ante la Prensa. Nunca lo hace al hablar de Venezuela. Se limita a lamentar el sufrimiento del pueblo venezolano y asegura que el Papa sigue muy de cerca la situación en el país suramericano. Sí, los obispos venezolanos y la voz del Papa son lo mismo, “no hay dos direcciones”. Luego agrega que los prelados venezolanos “están de parte de la gente” y “no quieren la polarización política sino que se escuche la voz del sufrimiento humano”.

Muy bien. La voz del sufrimiento humano está diciendo que no hay ninguna polarización entre dos mitades del país enfrentadas sino un grupo en el poder, atrincherado, criminal, corrupto hasta la médula, que tiene secuestrado a todo un país. La palabra polarización ha pasado tan de moda en Venezuela como el concepto ni-ni. Sosa, que sigue con sus contactos y su gente cercana en Venezuela, debería perfectamente informado de esto.

Hace años recibí un correo en el que alguien recogía una conseja popular entre caraqueños del este: puedes ser chavista, puedes ser honesto y puedes ser inteligente. Pero no puedes ser las tres cosas al mismo tiempo. Desde luego, había un tremendo prejuicio en la máxima. Yo conocí al menos tres periodistas (me reservaré los nombres) muy chavistas, muy honestos y muy talentosos. Pero aparte de ellos, cuando leía SIC o cuando lo escuchaba hablar, me decía que la trilogía de adjetivos la encarnaba absolutamente Arturo Sosa Abascal. Por algún tiempo fue confinado a la UCAT o Universidad Católica del Táchira mientras que otro jesuita, quien se la pasaba con su verbo incendiario y un tanto histérico en los programas de Marta Colomina, fue enviado al otro lado del océano a ver si se moderaba. A veces las instituciones deben actuar así para calmar las aguas. La Compañía de Jesús actuaba por el bien del cometido último de la Iglesia pues eran tiempos, entonces sí, de polarización.

Pero la polarización ya no existe, padre. Existe un poder enquistado que mata a todo un pueblo. Es el mayor de los pecados hecho Estado. Le ruego que hable con la realidad en la boca, se lo pido en nombre de quienes siempre le admiramos y escuchamos con devoción en el auditorio Hermano Lanz o donde fuese. Los jóvenes que ha matado la dictadura, egresados o estudiantes de la UCAT, son de alguna manera sus hijos; como los de la UCAB en Caracas o pertenecientes a otras universidades en todo el país. Juan Guaidó es un sobreviviente, ya lo ve a donde está llegando: ¿le niega ahora su condición de representante del pueblo? ¿Por qué no lo nombra, padre, con todas sus letras? Juan Guaidó. No es difícil pronunciarlo. Si usted, o sus hermanos jesuitas o sus amigos los profesores, lo educaron precisamente para que supiera entregarse con inteligencia y determinación a la causa de su país, ¿por qué no lo nombra ahora que hace aquello para lo cual fue preparado?

Le voy a contar una pequeña anécdota: en marzo de 2014 las cosas se pusieron bastante feas en Caracas (vamos, en todo el país). Yo trabajaba en la UCAB, en Montalbán. Una mañana, los estudiantes salieron a manifestar, querían llegar a la autopista a trancar un par de canales al menos para hacer valer su voz de rebeldía. Había temor en las autoridades porque se sabía que los colectivos de Carapita estaban atentos y podrían ponerse belicosos. Pero tampoco podía impedirse que los muchachos protestaran. No llegaron a trancar la autopista, al menos no ese día. Yo estaba en el estacionamiento viendo el desarrollo de los acontecimientos, los estudiantes dirigiéndose hacia las salidas o gritando desde los límites de la universidad. Nada del otro mundo.

Aparecieron unos tipos en la pasarela que comunica a la UCAB con Carapita. Unos individuos armados. La GNB estaba cerca, sin hacer nada ni a favor ni en contra. Desde el lugar donde yo estaba se escuchó claramente una descarga de al menos ocho tiros, seguidos. Toda una cacerina de un solo golpe.

“Carajo, esos sí fueron tiros”, dijo Reinaldo, un joven de extracción humilde que trabajaba en mi departamento. La aclaratoria era pertinente porque días antes las hordas chavistas se habían limitado a lanzar petardos del tipo “Bin Laden” sobre las instalaciones universitarias.

Al día siguiente, una de las autoridades comentó: “Si ese tipo le hubiese querido dar a un estudiante, le da”. Era cierto. Tal comentario conllevaba, en el fondo, la triste sombra de una convicción: había que agradecerle al vándalo por haber levantado un poquito el revólver —solo un poquito— para que las balas nada más silbaran por encima de las cabezas de los estudiantes. O sea, les había perdonado la vida.

Un fotógrafo de El Nacional lo captó mientras disparaba, a una distancia considerable pero el individuo probablemente hubiese podido ser identificado y detenido, gracias a la foto, si el gobierno hubiera querido. No lo quiso. Nunca hubo detención alguna. ¿Quiere contarle esta anécdota a Su Santidad la próxima vez que toquen el tema venezolano?

Ese es el gobierno, padre, que pone usted en perfecto equilibrio frente al país: dos bandos opuestos en igualdad de condiciones ya que la “polarización” continúa. Y en medio, se supone, el pueblo sufriendo.

Es un paradigma compartido. Todavía en estos días, el afamado periódico español El País habla de que Guaidó echa “un pulso” con Maduro. Tienen esa palabrita como comodín, en El País. Se las debe haber enseñado Rodríguez Zapatero. Concordia, polarización, pulso. ¿Cuántas veces voltearán usted y tantos otros la cara, padre, antes de tomarse la libertad de decir las cosas tal cual son?

 

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