BEISBOL: PEGALE, NO TE DEJES

Ha sido muy interesante la discusión a propósito del episodio protagonizado por Francisco Rodríguez la semana pasada y que ya fue comentado en este espacio.

El sábado, de vuelta al roster luego de dos dias de suspensión,  Rodríguez presentó disculpas a los aficionados y al equipo. En menos de un minuto, el cerrador manifestó estar arrepentido por el incidente, a las pocas salió a trabajar y fue abucheado por el público.

En los Estados Unidos, darle unas trompadas a otro y golpear su cabeza contra la pared es un delito, pero en nuestro país, aunque las leyes también castigan este tipo de lesiones, que alguien le de unos golpes a otro por un cruce de palabras es visto como algo relativamente normal.

Es muy común escuchar a un papá decirle a su hijo que si ofenden a mamá o una hermana, él debe pelear.

“Si se meten con tu mamá le caes a  carajazos”

“No te dejes”

Muchos aprenden desde pequeños que las cosas se resuelven a puños y así llegan a grandes, como diría Rubén Blades: “repartiendo bofetadas”.

Nada justifica la reacción del Kid, pero unas palabras subidas de tono hacia su abuelita podrían ser la explicación de esos golpes.

Eso alegó el lanzador, eso dijeron testigos, que Rodríguez hizo eso porque el “suegro” ofendió a su abuela, que es como su mamá.

No sé cómo es el asunto en otras latitudes, pero en nuestro país, si un muchacho se “deja” ofender de palabra y no pelea, es cobarde, es un “nerd” o es “marico”, así que desde temprano los muchachos aprenden a enfrentarse a golpes por “quítame esta paja” y así llegan a hombres, creyendo que la solución es irse a las manos y por supuesto, el que acabe con el otro es el más macho.

El Kid debe someterse a una terapia de “control de la ira”, para aprender a dominar sus instintos.

Lo ocurrido con el cerrador de los Mets y los Tiburones de La Guaira debe servir para pensar en la forma como educamos a nuestros muchachos.

Desde hace tiempo he escrito sobre lo que pasa en las escuelas de beisbol menor, donde la violencia impera en el terreno y en las tribunas.

Es increíble cuántos padres piensan, desde que el muchachito empieza a jugar en la categoría “semillitas”, que va a ser un grande liga y cuántas distorsiones ha traído eso.

Ahora los semillitas compiten y ello trae consigo una presión que no soportan igual todos los niños, ni todos los padres o entrenadores.

Lo más importante debería ser que los niños aprendieran a jugar beisbol divirtiéndose y eso no es así.

No todos los instructores o padres entienden que  las categorías menores son para aprender, para poncharse, para que les den batazos, para saber  hacerle swing a las buenas o para aprender a colocar los picheos, a fildear, a lanzar.

Pero no en todos los casos es así,  muchos padres y técnicos reprenden a los niños de mala forma, hasta con descalificaciones, etiquetas o insultos. Hay discriminación.

Y mientras unos niños se  sienten estelares e intocables, que no importan sus notas o disciplina, otros tienen problemas de autoestima estimulados por padres o instructores.

Esta cronista escuchó a una mamá, muy bien arreglada y universitaria, gritarle a su hijo: “Imbécil, cómo te vas aponchar con las bases llenas”. Huelga cualquier comentario ante semejante violencia verbal de una madre a su hijo por no poder batear.

Papás que gritan al niño porque cometieron un error, técnicos que deciden que en su equipo hay “caballos” y “maletas”, los segundos no aprenden porque juegan el mínimo porcentaje porque lo importante para el entrenador es ganar y en las prácticas se ocupan más de unos que de otros.

Las autoridades de Criollitos están al tanto de situaciones así y escurren el bulto hacia los padres, a que cada divisa tiene sus normas y a que eso “deberían saberlo”.  Mientras se dice todo esto, los niños son víctimas de humillaciones y se pierde uno de los sentidos del beisbol menor, que es aprender, además de fundamentos del juego, valores de equipo, solidaridad, respeto por el contrario y aceptar que se gana y se pierde.

No digo que el Kid Rodríguez haya tenido esta experiencia, pero el tema es pertinente para hablar de la violencia como modelaje, como cosa cotidiana, de la grosería y el insulto como herramienta, de los golpes como solución.

Lamentablemente la contundencia de sus puños no sólo le costó unas horas de arresto, según las últimas informaciones, Rodríguez tendría que someterse a una intervención quirúrgica para reparar el ligamento del pulgar derecho. Si se establece  que dicha lesión tuvo que ver con los golpes propinados al padre de su pareja,  los Mets podrían suspenderle el sueldo que debía ganar por lo que resta de temporada y hasta rescindir el contrato de 37 millones de dólares.

Insisto en que el Kid está a tiempo de superar su problema de agresividad, es bueno saber que ha admitido que debe recibir ayuda profesional y como dijo “ser mejor persona”.

Aquí les guindé un video donde se puede oír al manager del equipo decirle a uno de los chamos “Lánzale tres rectas… Si le vas a pegar la bola por la cabeza, mejor… Ojalá lo matéis!”

Estamos a tiempo como sociedad de entender que los niños que crecen con violencia, física, psíquica o verbal, serán adultos que actuarán de acuerdo a eso.

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Ha sido muy interesante la discusión a propósito del episodio protagonizado por Francisco Rodríguez la semana pasada y que ya fue comentado en este espacio.

El sábado, de vuelta al roster luego de dos dias de suspensión,  Rodríguez presentó disculpas a los aficionados y al equipo. En menos de un minuto, el cerrador manifestó estar arrepentido por el incidente, a las pocas salió a trabajar y fue abucheado por el público.

En los Estados Unidos, darle unas trompadas a otro y golpear su cabeza contra la pared es un delito, pero en nuestro país, aunque las leyes también castigan este tipo de lesiones, que alguien le de unos golpes a otro por un cruce de palabras es visto como algo relativamente normal.

Es muy común escuchar a un papá decirle a su hijo que si ofenden a mamá o una hermana, él debe pelear.

“Si se meten con tu mamá le caes a  carajazos”

“No te dejes”

Muchos aprenden desde pequeños que las cosas se resuelven a puños y así llegan a grandes, como diría Rubén Blades: “repartiendo bofetadas”.

Nada justifica la reacción del Kid, pero unas palabras subidas de tono hacia su abuelita podrían ser la explicación de esos golpes.

Eso alegó el lanzador, eso dijeron testigos, que Rodríguez hizo eso porque el “suegro” ofendió a su abuela, que es como su mamá.

No sé cómo es el asunto en otras latitudes, pero en nuestro país, si un muchacho se “deja” ofender de palabra y no pelea, es cobarde, es un “nerd” o es “marico”, así que desde temprano los muchachos aprenden a enfrentarse a golpes por “quítame esta paja” y así llegan a hombres, creyendo que la solución es irse a las manos y por supuesto, el que acabe con el otro es el más macho.

El Kid debe someterse a una terapia de “control de la ira”, para aprender a dominar sus instintos.

Lo ocurrido con el cerrador de los Mets y los Tiburones de La Guaira debe servir para pensar en la forma como educamos a nuestros muchachos.

Desde hace tiempo he escrito sobre lo que pasa en las escuelas de beisbol menor, donde la violencia impera en el terreno y en las tribunas.

Es increíble cuántos padres piensan, desde que el muchachito empieza a jugar en la categoría “semillitas”, que va a ser un grande liga y cuántas distorsiones ha traído eso.

Ahora los semillitas compiten y ello trae consigo una presión que no soportan igual todos los niños, ni todos los padres o entrenadores.

Lo más importante debería ser que los niños aprendieran a jugar beisbol divirtiéndose y eso no es así.

No todos los instructores o padres entienden que  las categorías menores son para aprender, para poncharse, para que les den batazos, para saber  hacerle swing a las buenas o para aprender a colocar los picheos, a fildear, a lanzar.

Pero no en todos los casos es así,  muchos padres y técnicos reprenden a los niños de mala forma, hasta con descalificaciones, etiquetas o insultos. Hay discriminación.

Y mientras unos niños se  sienten estelares e intocables, que no importan sus notas o disciplina, otros tienen problemas de autoestima estimulados por padres o instructores.

Esta cronista escuchó a una mamá, muy bien arreglada y universitaria, gritarle a su hijo: “Imbécil, cómo te vas aponchar con las bases llenas”. Huelga cualquier comentario ante semejante violencia verbal de una madre a su hijo por no poder batear.

Papás que gritan al niño porque cometieron un error, técnicos que deciden que en su equipo hay “caballos” y “maletas”, los segundos no aprenden porque juegan el mínimo porcentaje porque lo importante para el entrenador es ganar y en las prácticas se ocupan más de unos que de otros.

Las autoridades de Criollitos están al tanto de situaciones así y escurren el bulto hacia los padres, a que cada divisa tiene sus normas y a que eso “deberían saberlo”.  Mientras se dice todo esto, los niños son víctimas de humillaciones y se pierde uno de los sentidos del beisbol menor, que es aprender, además de fundamentos del juego, valores de equipo, solidaridad, respeto por el contrario y aceptar que se gana y se pierde.

No digo que el Kid Rodríguez haya tenido esta experiencia, pero el tema es pertinente para hablar de la violencia como modelaje, como cosa cotidiana, de la grosería y el insulto como herramienta, de los golpes como solución.

Lamentablemente la contundencia de sus puños no sólo le costó unas horas de arresto, según las últimas informaciones, Rodríguez tendría que someterse a una intervención quirúrgica para reparar el ligamento del pulgar derecho. Si se establece  que dicha lesión tuvo que ver con los golpes propinados al padre de su pareja,  los Mets podrían suspenderle el sueldo que debía ganar por lo que resta de temporada y hasta rescindir el contrato de 37 millones de dólares.

Insisto en que el Kid está a tiempo de superar su problema de agresividad, es bueno saber que ha admitido que debe recibir ayuda profesional y como dijo “ser mejor persona”.

Aquí les guindé un video donde se puede oír al manager del equipo decirle a uno de los chamos “Lánzale tres rectas… Si le vas a pegar la bola por la cabeza, mejor… Ojalá lo matéis!”

Estamos a tiempo como sociedad de entender que los niños que crecen con violencia, física, psíquica o verbal, serán adultos que actuarán de acuerdo a eso.

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