Mi mejor camisa: La vinotinto

Hace muchos, muchos años, cuando conducía “Deportes Globovisión”  y me tocaba ir a los juegos de la Vinotinto, en los estadios casi no había gente. Algunas novias, familiares y uno que otro fanático que vestía orgulloso su camisa de la Selección, con la esperanza de que algún día las cosas cambiaran.

Recuerdo que una vez  el periodista de El Nacional Ignacio Serrano llegó al Universitario con su camisa vinotinto de cuello azul y parecía un bicho raro. No era común ver esa camiseta, lo habitual era usar la de Brasil, Argentina, España o cualquier otra, pero la nuestra era casi una excentricidad.

Cuando llegó la “Sub-23” del preolímpico 1996,  que tuvo una actuación memorable,  en el aeropuerto estábamos unos pocos esperando a Rafael Dudamel y compañía.

No me atrevería a decir si el enamoramiento comenzó con ellos, pero fueron unos días de fútbol alegre que anunciaban que las cosas podrían estar mejor.

Y fue pasando el tiempo y la selección comenzó a ser cosa nuestra de verdad. La Vinotinto al mando de Richard Páez comenzó a enamorarnos a todos y comenzaron a venderse las camisas y en cada juego había más gente y más orgullo.

La historia desde esos días de Páez hasta aquí, seguramente la conocen los amables lectores mejor que esta cronista, ocupada siempre del beisbol. Ocurrieron hitos inolvidables como los 3 goles contra Uruguay en Montevideo, esos eventos que hacen que todo el mundo se voltee y celebre.

Había más orgullo cada vez, más identidad.

Y aunque hay desencantos, sinsabores, disgustos y críticas, el interés no ha dejado de crecer y la frustración de no poder llegar más lejos en las eliminatorias mundialistas sólo obedece a cuánto nos importa.

Antes no era ni noticia “Jugamos como nunca y perdimos como siempre” se convirtió en una máxima amarga, en una sentencia a la que casi nos resignamos, acostumbrados al mote de “Cenicienta”, los 3 puntos fáciles…

Además de cambiar esa percepción de nuestros rivales, nosotros también cambiamos y las ofensas a la selección comenzamos a sentirlas en la piel.

Ahora, como diría Yordano Di Marzo, la Vinotinto es “mi mejor camisa”.

Con la cabeza fría sabemos que mucho de lo que se dice en contra de una selección no es para tomárselo tan intensamente, pero prefiero eso, con todo y los excesos de algunos, que aquella apatía que se confundía con mezquindad y falta de amor propio.

Quien esto escribe sabe de fútbol muy poco, así que no puedo analizar cómo ha sido la evolución de la selección, pero leo a expertos como Jován Pulgarín, Esteban Rojas o Manuel De Oliveira y entiendo que aún cuando falta mucho para estar al nivel deseado y muy por encima de los desaciertos y acciones cuestionables de la dirigencia de la FVF, inevitablemente la Vinotinto ha crecido y estamos viendo los resultados.

Esto que ha ocurrido en Argentina no es gratis, no es suerte, no es un regalo divino, hasta los pesados comentaristas de los equipos rivales han tenido que reconocer eso, ya comenzarán a respetar, por lo pronto han tenido que sosegarse.

Ayer no más dijo un narrador que  “a la cenicienta se le hicieron las 2am y se le fue el sueño al demonio”, cuando el juego iba 3×1 a favor de la selección Paraguaya…después tragó duro y tuvo que poner la lengua en su sitio.

Pero ¿para qué hablar de necedades cuando tenemos que celebrar?

Le cuento todo esto a mi hijo Daniel, de 14 años, un fiebrúo de los deportes y quien lleva con orgullo la Vinotinto desde que nació y me dice “buena historia mamá, nos has visto crecer juntos a la Vinotinto y a mi”.

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Hace muchos, muchos años, cuando conducía “Deportes Globovisión”  y me tocaba ir a los juegos de la Vinotinto, en los estadios casi no había gente. Algunas novias, familiares y uno que otro fanático que vestía orgulloso su camisa de la Selección, con la esperanza de que algún día las cosas cambiaran.

Recuerdo que una vez  el periodista de El Nacional Ignacio Serrano llegó al Universitario con su camisa vinotinto de cuello azul y parecía un bicho raro. No era común ver esa camiseta, lo habitual era usar la de Brasil, Argentina, España o cualquier otra, pero la nuestra era casi una excentricidad.

Cuando llegó la “Sub-23” del preolímpico 1996,  que tuvo una actuación memorable,  en el aeropuerto estábamos unos pocos esperando a Rafael Dudamel y compañía.

No me atrevería a decir si el enamoramiento comenzó con ellos, pero fueron unos días de fútbol alegre que anunciaban que las cosas podrían estar mejor.

Y fue pasando el tiempo y la selección comenzó a ser cosa nuestra de verdad. La Vinotinto al mando de Richard Páez comenzó a enamorarnos a todos y comenzaron a venderse las camisas y en cada juego había más gente y más orgullo.

La historia desde esos días de Páez hasta aquí, seguramente la conocen los amables lectores mejor que esta cronista, ocupada siempre del beisbol. Ocurrieron hitos inolvidables como los 3 goles contra Uruguay en Montevideo, esos eventos que hacen que todo el mundo se voltee y celebre.

Había más orgullo cada vez, más identidad.

Y aunque hay desencantos, sinsabores, disgustos y críticas, el interés no ha dejado de crecer y la frustración de no poder llegar más lejos en las eliminatorias mundialistas sólo obedece a cuánto nos importa.

Antes no era ni noticia “Jugamos como nunca y perdimos como siempre” se convirtió en una máxima amarga, en una sentencia a la que casi nos resignamos, acostumbrados al mote de “Cenicienta”, los 3 puntos fáciles…

Además de cambiar esa percepción de nuestros rivales, nosotros también cambiamos y las ofensas a la selección comenzamos a sentirlas en la piel.

Ahora, como diría Yordano Di Marzo, la Vinotinto es “mi mejor camisa”.

Con la cabeza fría sabemos que mucho de lo que se dice en contra de una selección no es para tomárselo tan intensamente, pero prefiero eso, con todo y los excesos de algunos, que aquella apatía que se confundía con mezquindad y falta de amor propio.

Quien esto escribe sabe de fútbol muy poco, así que no puedo analizar cómo ha sido la evolución de la selección, pero leo a expertos como Jován Pulgarín, Esteban Rojas o Manuel De Oliveira y entiendo que aún cuando falta mucho para estar al nivel deseado y muy por encima de los desaciertos y acciones cuestionables de la dirigencia de la FVF, inevitablemente la Vinotinto ha crecido y estamos viendo los resultados.

Esto que ha ocurrido en Argentina no es gratis, no es suerte, no es un regalo divino, hasta los pesados comentaristas de los equipos rivales han tenido que reconocer eso, ya comenzarán a respetar, por lo pronto han tenido que sosegarse.

Ayer no más dijo un narrador que  “a la cenicienta se le hicieron las 2am y se le fue el sueño al demonio”, cuando el juego iba 3×1 a favor de la selección Paraguaya…después tragó duro y tuvo que poner la lengua en su sitio.

Pero ¿para qué hablar de necedades cuando tenemos que celebrar?

Le cuento todo esto a mi hijo Daniel, de 14 años, un fiebrúo de los deportes y quien lleva con orgullo la Vinotinto desde que nació y me dice “buena historia mamá, nos has visto crecer juntos a la Vinotinto y a mi”.

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