Es otra historia mágica la que cuenta cómo Andrés se curó del cáncer.
Unos días después de que el país y el mundo entero supieron la mala noticia, una joven abogada, Marilyn de Perera, soñó que la Virgen de la Rosa Mística le había dicho que contactara a Andrés Galarraga y le dijera que rezara el rosario en familia.
Esta muchacha, que jamás se había interesado por el beisbol, pero que sabía que el pelotero era una súper figura, muy querida hasta por los que no son fanáticos, da inicio a la sanación ubicando el teléfono de Luís Alfonso Galarraga, quien era un hombre más bien esquivo con el celular.
La chica consigue el teléfono, lo llama y él le atiende, la escucha con atención y se comunica con Eneida, quien la llama para enterarse en detalles del sueño y de cómo rezarle a la Rosa Mística.
Marilyn había encargado una imagen de la Vírgen a Italia y se la había enviado con Luís Alfonso. Cuando la imagen llegó, Eneida habló con ella sobre el particular rosario y supo que había que ofrendarle unas rosas blancas.
En todo West Palm Beach no halló ni una sola rosa blanca, sólo anaranjadas, pero igual las llevó, después de todo, lo importante era rezar toda la familia junta.
Era un poco antes de la media noche cuando Eneida llamó otra vez a Marilyn para contarle que mientras rezaban el Rosario, las rosas naranjas se habían vuelto blancas…
La fe de Andrés debe venirle de parte de Juana. Ella es muy católica, creyente del Niño Jesús de Capaya, de la Vírgen de Betania, a quien le encomendó la rodilla de Andrés en 1993 cuando fue líder bateador, y de José Gregorio Hernández. Ahora también es una de las principales promotoras del Rosario de la Rosa Mística.
Confiada en esa alineación, Juana recibió la terrible noticia con optimismo. Después del susto inicial, su única convicción era que su jonronero no iba a dejarse ganar.
Lo puso en las manos de Dios y su equipo, confiando en que no podía estar en mejores manos.
Unas semanas después de esos primeros días de la enfermedad de Andrés, ocurrió nuestra visita, para entrevistarlo para el documental.
Alejandro Wiedeman, cineasta venezolano, director de fotografía, escéptico y ácido, me confesó después que varias veces se le puso la piel de gallina. Es importante recordar que la película se rodó estando Andrés en plena lucha.
Podría decirse que eran los primeros innings del cáncer y que por difícil que se pintara el juego, no entregarse, igual que en el beisbol, fue determinante en la vida de Andrés.
Esta vez no estaba el “Chico” ordenándole que tomara el guante y saliera a jugar, ya eso estaba muy aprendido.
Él era el mismo de aquel juego que se decidió con un batazo suyo, el que aprendió a batear de nuevo, el que ganó un título de bateo con todo y la rodilla rota. “El Gran Gato” que no se rinde.
Inolvidable un titular de Meridiano, indudablemente hecho por José Visconti, periodista deportivo, locutor, animador de eventos religiosos, caraquista y ex sem inarista, que decía en sus grandes letras amarillas sobre fondo rojo: “TRANQUILOS TIENE 7 VIDAS”.
Para terminar nuestra entrevista, César Miguel resolvió ubicar a Andrés en el jardín de su casa, rodeado de centenares de cartas, tarjetas, fotografías, letreros tipo afiche y una enorme tela que pusieron los Bravos de Atlanta en la entrada del parque de Disney, donde entrenan en primavera, para que los fanáticos le escriberan un mensaje, al lado de un dibujo del Gato Sonrisa, el personaje de Alicia en el País de la Maravillas.
Andrés fue un pelotero amable con la prensa, siempre pendiente de atender a los fanáticos, no creo que sea temerario decir que jamás negó un autógrafo a nadie, ni un consejo a un novato. Quererlo es inevitable.
Muchas de esas cartas Andrés no había tenido tiempo de leerlas, así que fue allí donde se encontró con toda esa correspondencia amorosa que le había llegado desde todas partes de Estados Unidos y Canadá, de Venezuela, de Puerto Rico, Nicaragua, República Dominicana y otros sitios lejanos como Melbourne, Australia, para manifestarle apoyo.
Para los efectos de la edición, Andrés respondía a nuestras preguntas, mirando directamente a la cámara.
Estaba muy conmovido con lo que tenía alrededor, así que César Miguel, sorprendiendo a todos, sin prepararle para la pregunta, le gritó: “¡Andrés! ¿tú te vas a morir?”
Sin dudar, sin quebrarse, convencido, confiado y vigorosamente, el “Gato” dijo que no, que él no iba a morirse por ese cáncer: “ Yo soy una persona a la que no le gusta perder”, su voz se tambaleó únicamente cuando habló de lo que para él significaba todo ese amor que lo rodeaba. “Este es mi Salón de la Fama”, dijo con palabras que salieron de su alma.
Su respuesta fue el último parlamento de la película antes de terminar con la imagen de Andrés acompañado de Eneida y sus tres hijas, Andria, Katherin y Andrea, caminando con ellas en un jardín enorme, con el mundo por delante.
Así terminó el documental, pero todos sabemos que la historia es todavía más rica.
Andrés derrotó el cáncer y regresó a la prinera base de los Bravos. En los primeros días de los entrenamientos de primavera, cuando los lanzadores enfrentan a los jugadores del propio equipo, antes de que se dé inicio a la pretemporada o juegos de exhibición, el “Gran Gato” enfrentó a Gregg Maddux y se la conectó tan bien, que el estelar lanzador le dijo, según reseñaron los diarios de Atlanta, que él (Andrés) como que no había tenido nada.
Ese año 2000, la ciudad de Atlanta fue la anfitriona del Juego de las Estrellas y Andrés, aunque no fue elegido como abridor por los fanáticos, igual tuvo el privilegio de estar en el line up inicial porque Mark Mcgwire no participó por una lesión en su rodilla derecha. Bobby Cox se decidió por Andrés sobre Todd Helton, quien sustituyó al Gato en la primera base de los Rockies de Colorado.
Al momento de su anuncio, justo después de Chiper Jones, el gran consentido de los Bravos, el Turner Field le brindó una ovación estruendosa. Andrés saludaba con su gorra mientras la gente no dejaba de aplaudir y gritar. Ninguna estrella recibió esa noche más cariño que él.
En el palco de prensa, el periodista Carlos Figueroa y quien escribe habíamos decidido abrir el ventanal para escuchar ese momento. La ovación bajó cuando el locutor interno anunció la siguiente estrella.
Galarraga siguó siendo un buen bateador, sacó 28 jonones, dejó promedio de .302 y remolcó 100 carreras, números que le valieron el título de Regreso de Año.
A pesar de su actuación destacada y útil para la causa de los Bravos, la gerencia no lo contrató para el 2001, así que “El Gato” se fue a Texas, donde no le fue bien, más tarde vistió nuevamente el uniforme de los Expos y también el de San Francisco y por último fue cambiado a los Angelinos, equipo con el que vio su último turno oficial.
Luego quiso regresar con los Mets de Nueva York, pero decidió no seguir cuando se dio cuenta de que no podría rendir en los niveles de excelencia a los que se acostumbró y se fue.
Fueron 19 temporadas jugando en las Mayores, quedó en 399 jonrones, un número importante, pero frío, que no traduce su entrega ni su fuerza.
Sin duda, de no haberse enfermado, habría pasado muy largo la barrera de los 400 vuelacercas; Pero como él mismo dijo, el cariño que se ganó de la gente es su mejor logro.
Andrés es así de grande para que le quepa ese corazón enorme que tiene.






