Pájaros ganadores

Aquellos Orioles de 1997 fueron los últimos, hasta este lunes 4 de abril, que abrieron la temporada con  cuatro victorias consecutivas.

Chris Hoile, Rafael Palmeiro, Roberto Alomar, Mike Bordick, Cal Ripken jr., B.J. Surhoff, Brady Anderson, Jeffrey Hammonds y Gerónimo Berroa eran la alineación del recordado Davey Johnson, además de una banca en la que destacaban Lenny Webster, Jeff Reboulet, Tony Tarasco,  Harold Baines y Pete Incaviglia.  Terminaron liderando el este de la Americana con record de noventa y ocho y sesenta y cuatro,  anotaron ochocientas doce carreras y permitieron seiscientas ochenta y una.

Tenían una rotación que encabezaba el as Mike Mussina, seguido de Scott Ericsson, Jimmy Key y Scott Kamieniecki y en el relevo contaban con los brazos del Randy Myers, quien acumuló cuarenta y cinco rescates, el experimentado Jesse Orozco, Arthur Rhodes, Armando Benítez y Therry Mathews entre otros.

Era sin duda un equipo estructurado para dar la pelea en la es posiblemente la más difícil de las divisiones en ambas Ligas, el este de la Americana, donde están los Yanquis y los Medias Rojas, aunque es pertinente recordar que aún no estaba Tampa (la expansión fue en 1998) y  que Detroit y Toronto completaban el grupo.

En 1997 sólo los Yanquis guiados por Joe Torre amenazaron a los oropéndolas y quedaron a dos juegos con registro de noventa y seis y sesenta y seis. Detroit terminó alejado a diecinueve, Boston a veinte y Toronto a veintidós. Los Orioles le ganaron la serie divisional a los Marineros de Seattle con tres y uno y luego cayeron por el banderín de la Liga ante los Indios de Cleveland de Omar Vizquel cuatro juegos por dos.

Como podemos ver sin entrar en mucho detalle, en la alineación había dos seguros jugadores “Salón de la Fama” (Ripken y Alomar), sin contar a Rafael Palmeiro (cuestionado ahora por el uso de esteroides), además del lanzador Mike Mussina.

Estos Orioles son diferentes, son otros nombres, otros tipos,  pero nadie se parece tanto a otro, como cuando usa un bate  y se para en el plato,  cuando se ubica en alguna parte del terreno con un guante para atrapar la bola o está en la lomita con la pelota en la mano para enfrentar a los bateadores.

Como dijo mi hijo Santiago cuando tenía 6 años en una frase que más bien parece dicha por Yogi Berra “todo el que tiene un bate se poncha y todo el que tiene un bate batea”, aquellos Orioles de 1997 o estos de 2011.

Desde entonces Baltimore no llega tan lejos. Sus fanáticos disfrutamos al año siguiente con la alegría de seguir la inalcanzable racha de los 2.632 juegos consecutivos de Cal Ripken jr. que terminó el 20 de septiembre de 1998, después vino un declive sostenido, el “hombre de hierro” se retiró y vino este ciclo tormentoso.

Una generación completa no entiende cómo los orioles tienen fanáticos. Por años sólo hemos soportado las bromas de los amigos y las caras de asombro cuando decimos por qué equipo vamos, sobre todo a quienes no vivimos en Maryland.

Frases como “los Orioles están a mitad de camino entre triple A y las Grandes Ligas”, que espetó una vez sin consideración alguna César Miguel Rondón en su muy escuchado programa de radio y otras más dolorosas hemos tenido que oír con amargura.

Pero el año pasado, después del despido de David Trembley (15 y 39) y Juan Samuel (17 y 34), cuando llegó Buck Showalter (34 Y 23) , el equipo evidenció un cambio que le permitió derribar los horribles pronósticos que aseguraban que no ganarían cincuenta juegos. Ganaron sesenta y seis , perdieron noventa y seis y quedaron a treinta juegos de los Rays, pero extrañamente los fanáticos terminamos optimistas. “Hay futuro”, tuvimos derecho a pensar.

Es casi seguro que la mayoría de quienes leen esto son de los Yanquis o de cualquier otro y no entiende mucho (salvo que sea guairista), cómo es  posible que después de terminar así, el optimismo tenga espacio,  pero así es, de verdad, no como una convicción de fanático, sino porque al final de la temporada 2010, los Orioles de  Buck Showalter terminaron con record positivo.

En el invierno la gerencia del equipo hizo cambios y la esperanza creció entre los fanáticos, siempre buscando motivos para apoyar la fe en que “esta vez si” y llegó la primavera.  Durante los entrenamientos y juegos de exhibición los Orioles exhibieron el talento veterano e intermedio, jugadores cómo Vladimir Guerrero, Brian Roberts o  Nick Markakis con buenos novatos y ahí van, nadie ha dicho que seremos campeones, sabemos que sólo han 4 juegos,  pero es definitivamente augurioso que hayan tenido el mejor arranque desde la última vez que fueron mejores que los Yanquis.

Este lunes en el Camden Yard, previo a la cuarta victoria, esta vez frente a los Tigres de Detroit, con Maglio Ordoñez, Miguel Cabrera y Víctor Martínez, uno detrás del otro, apareció el queridísimo y legendario Earl Weber, el emblemático y polémico manager de los Orioles de los años 70’s para hacer el primer pitcheo en casa y le recibió Buck Showalter ante un estadio completamente vendido aunque el juego comenzó a las 3 de tarde.

Falta mucho, pero ha sido divertido arrancar barriendo a los campeones de la división y por encima de los favoritos…bueno, a decir verdad,  por encima de quien sea.

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Aquellos Orioles de 1997 fueron los últimos, hasta este lunes 4 de abril, que abrieron la temporada con  cuatro victorias consecutivas.

Chris Hoile, Rafael Palmeiro, Roberto Alomar, Mike Bordick, Cal Ripken jr., B.J. Surhoff, Brady Anderson, Jeffrey Hammonds y Gerónimo Berroa eran la alineación del recordado Davey Johnson, además de una banca en la que destacaban Lenny Webster, Jeff Reboulet, Tony Tarasco,  Harold Baines y Pete Incaviglia.  Terminaron liderando el este de la Americana con record de noventa y ocho y sesenta y cuatro,  anotaron ochocientas doce carreras y permitieron seiscientas ochenta y una.

Tenían una rotación que encabezaba el as Mike Mussina, seguido de Scott Ericsson, Jimmy Key y Scott Kamieniecki y en el relevo contaban con los brazos del Randy Myers, quien acumuló cuarenta y cinco rescates, el experimentado Jesse Orozco, Arthur Rhodes, Armando Benítez y Therry Mathews entre otros.

Era sin duda un equipo estructurado para dar la pelea en la es posiblemente la más difícil de las divisiones en ambas Ligas, el este de la Americana, donde están los Yanquis y los Medias Rojas, aunque es pertinente recordar que aún no estaba Tampa (la expansión fue en 1998) y  que Detroit y Toronto completaban el grupo.

En 1997 sólo los Yanquis guiados por Joe Torre amenazaron a los oropéndolas y quedaron a dos juegos con registro de noventa y seis y sesenta y seis. Detroit terminó alejado a diecinueve, Boston a veinte y Toronto a veintidós. Los Orioles le ganaron la serie divisional a los Marineros de Seattle con tres y uno y luego cayeron por el banderín de la Liga ante los Indios de Cleveland de Omar Vizquel cuatro juegos por dos.

Como podemos ver sin entrar en mucho detalle, en la alineación había dos seguros jugadores “Salón de la Fama” (Ripken y Alomar), sin contar a Rafael Palmeiro (cuestionado ahora por el uso de esteroides), además del lanzador Mike Mussina.

Estos Orioles son diferentes, son otros nombres, otros tipos,  pero nadie se parece tanto a otro, como cuando usa un bate  y se para en el plato,  cuando se ubica en alguna parte del terreno con un guante para atrapar la bola o está en la lomita con la pelota en la mano para enfrentar a los bateadores.

Como dijo mi hijo Santiago cuando tenía 6 años en una frase que más bien parece dicha por Yogi Berra “todo el que tiene un bate se poncha y todo el que tiene un bate batea”, aquellos Orioles de 1997 o estos de 2011.

Desde entonces Baltimore no llega tan lejos. Sus fanáticos disfrutamos al año siguiente con la alegría de seguir la inalcanzable racha de los 2.632 juegos consecutivos de Cal Ripken jr. que terminó el 20 de septiembre de 1998, después vino un declive sostenido, el “hombre de hierro” se retiró y vino este ciclo tormentoso.

Una generación completa no entiende cómo los orioles tienen fanáticos. Por años sólo hemos soportado las bromas de los amigos y las caras de asombro cuando decimos por qué equipo vamos, sobre todo a quienes no vivimos en Maryland.

Frases como “los Orioles están a mitad de camino entre triple A y las Grandes Ligas”, que espetó una vez sin consideración alguna César Miguel Rondón en su muy escuchado programa de radio y otras más dolorosas hemos tenido que oír con amargura.

Pero el año pasado, después del despido de David Trembley (15 y 39) y Juan Samuel (17 y 34), cuando llegó Buck Showalter (34 Y 23) , el equipo evidenció un cambio que le permitió derribar los horribles pronósticos que aseguraban que no ganarían cincuenta juegos. Ganaron sesenta y seis , perdieron noventa y seis y quedaron a treinta juegos de los Rays, pero extrañamente los fanáticos terminamos optimistas. “Hay futuro”, tuvimos derecho a pensar.

Es casi seguro que la mayoría de quienes leen esto son de los Yanquis o de cualquier otro y no entiende mucho (salvo que sea guairista), cómo es  posible que después de terminar así, el optimismo tenga espacio,  pero así es, de verdad, no como una convicción de fanático, sino porque al final de la temporada 2010, los Orioles de  Buck Showalter terminaron con record positivo.

En el invierno la gerencia del equipo hizo cambios y la esperanza creció entre los fanáticos, siempre buscando motivos para apoyar la fe en que “esta vez si” y llegó la primavera.  Durante los entrenamientos y juegos de exhibición los Orioles exhibieron el talento veterano e intermedio, jugadores cómo Vladimir Guerrero, Brian Roberts o  Nick Markakis con buenos novatos y ahí van, nadie ha dicho que seremos campeones, sabemos que sólo han 4 juegos,  pero es definitivamente augurioso que hayan tenido el mejor arranque desde la última vez que fueron mejores que los Yanquis.

Este lunes en el Camden Yard, previo a la cuarta victoria, esta vez frente a los Tigres de Detroit, con Maglio Ordoñez, Miguel Cabrera y Víctor Martínez, uno detrás del otro, apareció el queridísimo y legendario Earl Weber, el emblemático y polémico manager de los Orioles de los años 70’s para hacer el primer pitcheo en casa y le recibió Buck Showalter ante un estadio completamente vendido aunque el juego comenzó a las 3 de tarde.

Falta mucho, pero ha sido divertido arrancar barriendo a los campeones de la división y por encima de los favoritos…bueno, a decir verdad,  por encima de quien sea.

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