Lo peor que puede pasarle a una idea gregaria y pertinente es convertirse en un buen propósito impertinente. Es un viejo pase de alquimia que inventó la humanidad hace ya milenios, a fin de burlar cualquier llamado de la fibra moral individual para actuar de acuerdo a ciertas reglas de convivencia que garanticen el bien común.
Si en un monte del Medio Oriente un lÃder tribal recibe de la mano de Dios un decálogo de buen comportamiento para garantizar que las pulsiones individualistas no pongan en peligro el destino manifiesto de la tribu; en la llanura, un sinfÃn de futuros “intérpretes verdaderos” de los preceptos pactados en la cima, ya han comenzado a fraguar el becerro de oro que les propicie una notoria carrera de profetas alternativos.
Cada uno de los diez mandamientos labrados en piedra, con el trascurrir de los segundos, minutos, horas, dÃas, meses, años y siglos, se han ido convirtiendo en buenos propósitos a los cuales la humanidad ha dedicado parte importante de su ingenio para darles la flexibilidad del hombre de goma. Dejados a su libre albedrÃo, los bÃpedos se debaten entre el chador y la minifalda, a la hora de lidiar con la presencia multitudinaria y tentadora de la mujer del prójimo en las calles y avenidas del mundo.
Apenas se instaló la MUD como una referencia polÃtica al servicio de la Unidad y se establecieron las reglas básicas de comportamiento y convivencia para lograr el objetivo común que la convocó; se inició el litigio -primero soterrado, luego abierto- acerca de la “naturaleza” del instrumento unitario: es solamente electoral, no tiene jurisdicción sobre las iniciativas polÃticas particulares, una cosa es la mesa y otra las acciones de calle…ObladÃ, Obladá. Mientras se hablaba de Unidad unos plantaban con cara de yo no fui las cargas de profundidad que la harÃan trastabillar y otros nadaban de muertitos de un punto de vista al otro a ver que muebles heredaban del ansiado naufragio. Los “profetas verdaderos” reclamaban su parte en la obra.
Ahora que está claro que la oposición venezolana está dividida mientras que las fuerzas que sustentan y avalan al gobierno lograron capear el temporal del III Congreso del PSUV, y que el paÃs se desmorona bajo una crisis económica y social de consecuencias impredecibles; recomponer la Unidad dejó de ser un buen propósito con el que todos se santiguan, para convertirse en la ruta vital que impida el desplome total del paÃs. Asà de trágico como suena.
Sin la Unidad no habrá fuerza polÃtica ni carisma personal que desbloquee la recuperación democrática, que posibilite el regreso de la cordura en la gestión económica, que impida que lo que queda de libertad de expresión se extinga definitivamente, que permita que la gente vuelva a caminar sin miedo por las calles y que los presos polÃticos y los exiliados regresen a sus casas. Para no exagerar el dramatismo: digamos que la cámara no está para selfies.
La Unidad es un patrimonio del paÃs que quiere un cambio y requiere de la presión participativa de todos para restituirla, regenerarla y ponerla en marcha de nuevo. Los logros de la oposición -que ahora algunos quieren minimizar- se dieron por el esfuerzo unitario de quienes asumieron la contienda electoral y la protesta pacÃfica en condiciones muy desiguales frente a quienes quieren imponer su menesteroso modelo de socialismo del siglo XXI.
El reciente llamado de Ciudadanos por la Unidad responde a la inquietud -no desprovista de un gesto de incredulidad- de tanta gente a nivel nacional e internacional que no se explica cómo es posible que en medio de la calamitosa situación que vive Venezuela, sus dirigentes opositores no logren ponerse de acuerdo en una plataforma común para presentarla al paÃs.
Hasta tanto no pasen de los buenos propósitos y asuman su responsabilidad histórica para salir del momento que se vive, la gente se preguntará con toda razón: ¿Quién le teme a la Unidad?




