Crónicas desde Israel: Día 1

 TelAvivIsraelYajure

 

Por: Jesus Alberto Yajure | @albertoyajure

DÍA 1:

– “¿Sabe usted que Israel está en guerra?”, pregunta una agente del servicio de inmigración israelí en el aeropuerto Internacional David Ben Gurion, en Tel Aviv.

La respuesta es obvia viniendo de un periodista, pero solo me atrevo a asentir con la cabeza. “Responde solo lo que se te pregunta”, me repito una y otra vez en la cabeza. Espero en una sala a la que me envían después de revisar toda mi documentación: boletos aéreos de vuelta a Madrid con una compañía turca, un ticket de Lufthansa que me llevará de regreso a Venezuela, después de seis meses fuera; reservas de hoteles; un visado israelí; balances de cuentas bancarias. Todo es visto y analizado. Sin embargo, quedan por delante una entrevista y más interrogatorios.

La funcionaria de inmigración pregunta los nombres de mis padres, de mis abuelos, mi credo, la ciudad donde crecí, mi domicilio en el último año, los países que he visitado, inquiere también sobre el propósito de mi visita a este país. Pide que anote en una pieza de papel “todas” las direcciones de correo electrónico que manejo; me pregunta sobre el diario para el que trabajé en Madrid y al que estoy vinculado en Caracas. Pide que le entregue el teléfono móvil, que le introduzca la clave. Lo chequea frente a mi y yo solo quiero saltar el escritorio y arrancárselo de la mano. Me siento invadido, pero conservo la calma. Sonrío. Aguanto. “¿Qué tipo de historias escribe?”, indaga de nuevo. Son las dos y media de la madrugada. Hacía más de diez horas que estaba en aeropuertos, primero en Barajas-Madrid, luego en el Sabiha Gocken en Estambul. Tras dos vuelos, despegues, desembarcos, estoy que tiro la toalla. Estoy cansado.

Me hacen esperar de nuevo. Luego llama a otra funcionaria israelí que hace las mismas preguntas, esta vez en español. “¿Dónde va a hospedarse?”, increpa esta. “¿Por qué vino solo?”. El último paso: una policía se presenta amablemente, me muestra su identificación y dice que va a revisar mi equipaje. “Si todo está bien, podrás irte”. Buscamos mi mochila, que ha sido olvidada en una correa tras casi tres o cuatro horas de interrogatorios y espera. Abro los candados y ella mete sus manos en las entrañas de mi bolso. Pregunta si traigo drogas. Tras el chequeo rápido me pide firmar un papel en el que dice que todo se ha practicado en mi presencia y sin daño a mis pertenencias. Firmo, me voy.

Es sábado en la mañana. Es Shabbat. Desde el viernes en la tarde hasta el sábado al caer el sol, la ciudad se detiene como si contuviese la respiración. No operan los trenes que van del Aeropuerto a Tel Aviv, ni los buses. La única opción para el turista es un taxi que cuesta 160 shekkels (50 euros). Un par de turistas hindúes acceden a compartir ese medio de transporte, el monto es altísimo incluso para los lugareños. En la ciudad los negocios están cerrados, las calles lucen desoladas, llenas de silencio. Solo se escuchan cuervos y vehículos. Mi guía de Lonely Planet dice que Tel Aviv no guarda el Shabbat, pero las playas están atestadas de gente. La ciudad es una mezcla de hedonismo, que para los más religiosos pudiese rayar en la rebeldía o el desacato.

Los israelíes están obsesionados con la seguridad. Si se camina junto al mar, es posible encontrar soldados portando rifles de asalto. Ayer uno de ellos llevaba en la espalda un AK-47. Iba de la mano con una chica. Aquí se ama sin dejar de lado la guerra. Los locales y centros comerciales tienen torniquetes en las entradas y soldados que requisan bolsos y buscan armas con detectores de metales. Hay cámaras de seguridad en edificios y algunas calles. Es una ciudad que pese a ser moderna y estar llena de rascacielos parece aún está en construcción. Los obreros trabajan bajo el sol abrasador —las temperaturas rozan los 40 grados— en medio del ruido incesante de la maquinaria y las mezcladoras de concreto. Hay decenas de edificios que están aún por levantarse, se mezcla la arquitectura contemporánea, la ciudad blanca, los bloques de estilo Bauhaus con las torres y estructuras modernas.

Tel Aviv se siente segura. La gente camina despreocupada, hace compras, surca la calle en bicicleta. Rusia se opuso a la instalación de baterías antimisiles de EEUU en Europa, pero Israel logró hacerse con el Iron Dome, —Domo de Hierro, aunque podría llamársele también escudo— que usa radares y alta tecnología para detectar e interceptar radares enemigos en el aire. Un voluntario español que trabaja en el albergue donde me hospedo contó hace días que el viernes (1 de agosto) las sirenas sonaron en toda la ciudad. Todos los huéspedes corrieron a un sótano. Israel reformó su código de construcción después de 1967 para que todas las nuevas edificaciones estuviesen dotadas de búnkeres y refugios subterráneos para que sus ciudadanos pudiesen resguardarse en caso de una guerra.

Pero la guerra no es del todo ajena a Tel Aviv. En Gordon Beach, frente a las aguas de color turquesa, hay al menos 10 pistas de voleibol de playa. Frente a una de ellas está un memorial al soldado Roy Peles Ben Hagt, de 21 años, uno de los soldados asesinados en Gaza desde que comenzó la operación israelí en Gaza. Hay velas por todos lados, fotografías, notas de amigos. Una hoja de papel que hace las veces de epitafio dice: “En memoria de nuestro amado Roy, a la memoria de este maravilloso hijo, que era también un hijo de Israel, un hermano y un extraordinario jugador de voleibol de playa. Que su alma pueda elevarse al Jardín del Edén, que su familia no sufra más penas, que sus amigos nunca olviden su alma y que Israel y todos sus ciudadanos conozcan la paz”. Por cada soldado israelí que ha muerto en combate, hay casi 30 vidas palestinas que han desaparecido para siempre bajo el fuego de la artillería y los bombardeos. Pero, ¿quién puede saberlo con certeza? Para cuando termine de escribir esta nota, el saldo de muertos no será el mismo. En esta guerra no hay saldos positivos, no hay victorias para nadie.

Tel Aviv, lunes 4 de agosto. Hora: 10:49 AM.

LEA MAS – Así se ve un cohete israelí.

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Por: Jesus Alberto Yajure | @albertoyajure

DÍA 1:

– “¿Sabe usted que Israel está en guerra?”, pregunta una agente del servicio de inmigración israelí en el aeropuerto Internacional David Ben Gurion, en Tel Aviv.

La respuesta es obvia viniendo de un periodista, pero solo me atrevo a asentir con la cabeza. “Responde solo lo que se te pregunta”, me repito una y otra vez en la cabeza. Espero en una sala a la que me envían después de revisar toda mi documentación: boletos aéreos de vuelta a Madrid con una compañía turca, un ticket de Lufthansa que me llevará de regreso a Venezuela, después de seis meses fuera; reservas de hoteles; un visado israelí; balances de cuentas bancarias. Todo es visto y analizado. Sin embargo, quedan por delante una entrevista y más interrogatorios.

La funcionaria de inmigración pregunta los nombres de mis padres, de mis abuelos, mi credo, la ciudad donde crecí, mi domicilio en el último año, los países que he visitado, inquiere también sobre el propósito de mi visita a este país. Pide que anote en una pieza de papel “todas” las direcciones de correo electrónico que manejo; me pregunta sobre el diario para el que trabajé en Madrid y al que estoy vinculado en Caracas. Pide que le entregue el teléfono móvil, que le introduzca la clave. Lo chequea frente a mi y yo solo quiero saltar el escritorio y arrancárselo de la mano. Me siento invadido, pero conservo la calma. Sonrío. Aguanto. “¿Qué tipo de historias escribe?”, indaga de nuevo. Son las dos y media de la madrugada. Hacía más de diez horas que estaba en aeropuertos, primero en Barajas-Madrid, luego en el Sabiha Gocken en Estambul. Tras dos vuelos, despegues, desembarcos, estoy que tiro la toalla. Estoy cansado.

Me hacen esperar de nuevo. Luego llama a otra funcionaria israelí que hace las mismas preguntas, esta vez en español. “¿Dónde va a hospedarse?”, increpa esta. “¿Por qué vino solo?”. El último paso: una policía se presenta amablemente, me muestra su identificación y dice que va a revisar mi equipaje. “Si todo está bien, podrás irte”. Buscamos mi mochila, que ha sido olvidada en una correa tras casi tres o cuatro horas de interrogatorios y espera. Abro los candados y ella mete sus manos en las entrañas de mi bolso. Pregunta si traigo drogas. Tras el chequeo rápido me pide firmar un papel en el que dice que todo se ha practicado en mi presencia y sin daño a mis pertenencias. Firmo, me voy.

Es sábado en la mañana. Es Shabbat. Desde el viernes en la tarde hasta el sábado al caer el sol, la ciudad se detiene como si contuviese la respiración. No operan los trenes que van del Aeropuerto a Tel Aviv, ni los buses. La única opción para el turista es un taxi que cuesta 160 shekkels (50 euros). Un par de turistas hindúes acceden a compartir ese medio de transporte, el monto es altísimo incluso para los lugareños. En la ciudad los negocios están cerrados, las calles lucen desoladas, llenas de silencio. Solo se escuchan cuervos y vehículos. Mi guía de Lonely Planet dice que Tel Aviv no guarda el Shabbat, pero las playas están atestadas de gente. La ciudad es una mezcla de hedonismo, que para los más religiosos pudiese rayar en la rebeldía o el desacato.

Los israelíes están obsesionados con la seguridad. Si se camina junto al mar, es posible encontrar soldados portando rifles de asalto. Ayer uno de ellos llevaba en la espalda un AK-47. Iba de la mano con una chica. Aquí se ama sin dejar de lado la guerra. Los locales y centros comerciales tienen torniquetes en las entradas y soldados que requisan bolsos y buscan armas con detectores de metales. Hay cámaras de seguridad en edificios y algunas calles. Es una ciudad que pese a ser moderna y estar llena de rascacielos parece aún está en construcción. Los obreros trabajan bajo el sol abrasador —las temperaturas rozan los 40 grados— en medio del ruido incesante de la maquinaria y las mezcladoras de concreto. Hay decenas de edificios que están aún por levantarse, se mezcla la arquitectura contemporánea, la ciudad blanca, los bloques de estilo Bauhaus con las torres y estructuras modernas.

Tel Aviv se siente segura. La gente camina despreocupada, hace compras, surca la calle en bicicleta. Rusia se opuso a la instalación de baterías antimisiles de EEUU en Europa, pero Israel logró hacerse con el Iron Dome, —Domo de Hierro, aunque podría llamársele también escudo— que usa radares y alta tecnología para detectar e interceptar radares enemigos en el aire. Un voluntario español que trabaja en el albergue donde me hospedo contó hace días que el viernes (1 de agosto) las sirenas sonaron en toda la ciudad. Todos los huéspedes corrieron a un sótano. Israel reformó su código de construcción después de 1967 para que todas las nuevas edificaciones estuviesen dotadas de búnkeres y refugios subterráneos para que sus ciudadanos pudiesen resguardarse en caso de una guerra.

Pero la guerra no es del todo ajena a Tel Aviv. En Gordon Beach, frente a las aguas de color turquesa, hay al menos 10 pistas de voleibol de playa. Frente a una de ellas está un memorial al soldado Roy Peles Ben Hagt, de 21 años, uno de los soldados asesinados en Gaza desde que comenzó la operación israelí en Gaza. Hay velas por todos lados, fotografías, notas de amigos. Una hoja de papel que hace las veces de epitafio dice: “En memoria de nuestro amado Roy, a la memoria de este maravilloso hijo, que era también un hijo de Israel, un hermano y un extraordinario jugador de voleibol de playa. Que su alma pueda elevarse al Jardín del Edén, que su familia no sufra más penas, que sus amigos nunca olviden su alma y que Israel y todos sus ciudadanos conozcan la paz”. Por cada soldado israelí que ha muerto en combate, hay casi 30 vidas palestinas que han desaparecido para siempre bajo el fuego de la artillería y los bombardeos. Pero, ¿quién puede saberlo con certeza? Para cuando termine de escribir esta nota, el saldo de muertos no será el mismo. En esta guerra no hay saldos positivos, no hay victorias para nadie.

Tel Aviv, lunes 4 de agosto. Hora: 10:49 AM.

LEA MAS – Así se ve un cohete israelí.

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