Cal Ripken “oldfashion boy”

Espero tener la fortuna de conversar al menos una vez  con Cal Ripken. Una vez vi un documental de su historia en A&E, cuando aún no se había retirado pero había cerrado la marca y la idea que me quedó fue que Ripken era un  jugador de esos de antes, un romántico del beisbol, un “oldfashion boy”.

Desde que llegó a las Mayores en 1981 con el equipo de mis amores, Orioles de Baltimore, he seguido su  trayectoria simplemente porque soy fanática de los oropéndolas, así que digamos que Ripken llegó a mi vida en ese paquete.

Como he contado ya, comencé a seguir a Baltimore en los setentas y terminé de inscribirlos en mi corazón en la Serie Mundial de 1979, la que perdimos con los Piratas de “La Cobra” y Ken Tekulve, magallaneros, y que fue amenizada por “Sisters Sledge” y el clásico de la música disco: “We are family”

Cal Ripken junior llegó debutó en 1981 y en 1982 cuando sorprendió con su actuación de 28 jonrones y 93 empujadas, lo que le valió el premio “Jackie Robinson” como Novato del Año, era un solvente campocorto y además podía batear.

Cuando inició la racha el 30 de mayo 1982 nadie, creo que ni él, imaginó que comenzaba la racha  que llegaría hasta el 20 de septiembre de 1998, cuando su nombre no apareció en la alineación después de  2.632 juegos seguidos.

En 1983, los Orioles llegaron a la Serie Mundial y le ganaron en cinco juegos a los Filis de Filadelfia de Baudilio Díaz y sus compañeros Pete Rose , Tony Pérez y Joe Morgan, piezas clave en el engranaje de la Gran Maquinaria Roja de Cincinnati, en ese momento cuáqueros y nada menos que Mike Schmidt, uno de los mejores antesalistas del beisbol, además de gran bateador exaltado al Salón de la Fama en el año 2000.

Se decía que la serie sería pareja, pero el pitcheo de Baltimore fue superior y sus bates los más oportunos.

Jim Palmer era un guapo veterano que seguía tirando strikes igual que Mike Flanagan. Deslumbraba Mike Bodicker con su control y Stom Davies, Scout Mc Greggor, Sammy Stewart y Tippy Martínez componían un eficiente cuerpo monticular,

Sus bates eran oportunos. Los Orioles tenían al catcher Rick Dempsey, ganador del Más valioso de la Serie, quien además era conocido por la afición caraquista, ya que a mediados de los setenta vino a Venezuela con los Leones,  destacaban Jim Dyer y John Lowenstein y además de Ripken, otro joven ya había iniciado su recorrido a la inmortalidad, su nombre: Eddie Murray, quien conectó dos jonrones en el quinto y último juego.

Ripken llegaba a un equipo de abolengo, debía calzar aquellos spikes, que nadie olvide que en esa pradera corta estuvo otro short stop inmortal llamado Luís Ernesto Aparicio Montiel.

Pronto se convirtió en el “pelotero franquicia” y el récord, sin aspavientos, seguía avanzando mientras Cal Ripken se lucía en el campo corto, bateaba y además era un “buen muchacho” de Maryland.

Aunque bateó 3.184 hits y conectó 431 jonrones, Ripken fue sobre todo un campo corto estelar. Junto a Omar Vizquel tiene el récord de menos errores en una campaña con tres, ganó dos Guantes Oro, 1991 y 1992 y después vino la hegemonía  por 9 años al hilo del torpedero caraqueño.

Cal Ripken fue un brillante infielder que jugó la mayor parte de su carrera en el short stop, aunque cuando se retiró defendía la antesala, que  pertenece al selecto club de quienes han bateado 2 mil hits y con un récord que parece irrompible como el de los juegos consecutivos, pero eso no es todo.

En 1994 luego de pasar media temporada en verdadero pleito entre los propietarios de los equipos y el sindicato de los jugadores de beisbol que dirigía Don Fehr, el 13 de agosto se anunció que al no llegar a un acuerdo en el tema del tome salarial, los peloteros habían decidido hacer un huelga.

Fueron días muy oscuros para el beisbol. Quedó al descubierto algo que los fanáticos no queríamos saber: que el beisbol también es un negocio y es así desde la primera vez que se cobró por dejar ver a dos equipos enfrentarse en un viejo terreno de Nueva York.

Era duro aceptar aquella huelga de estrellas del beisbol, el salario de un jugador en una temporada la mayoría de nosotros no la reunimos en un año, varios años o nunca en la vida.

Unos millonarios se pelearon con otros más millonarios y los fanáticos nos quedamos sin algo tan importante como nuestra más entrañable diversión.

Al año siguiente, cuando volvieron a los estadios después de una decisión de la juez Soto Mayor, hoy en la Suprema Corte, los fanáticos dieron la bienvenida a los huelguistas lanzándoles monedas, billetes, abucheándolos, llevando todo tipo de letreros para hacerles saber el disgusto.

“Es nuestro juego” decían algunas pancartas, aunque la mayoría era más directa: “AVAROS”.

La sensación de muchos era que esos hombres sólo estaban ahí por dinero, pero apareció Cal Ripken.

Cuando comenzó la temporada de 1996, la seguidilla que hasta entonces conocían los fanáticos de Baltimore y otros interesados, se convirtió en noticia, Cal Ripken, quien fue Novato del Año, ganador de dos Guantes de Oro, eterno invitado al Juego de las Estrellas, hombre de familia, esposo y padre ejemplar, de conducta intachable y amable con todos, incluyendo los periodistas, podía dejar atrás el impresionante record del “Iron Horse” Lou Gehrig.

Durante toda esa temporada los estadios donde jugaban los Orioles se llenaban de aficionados que querían verlo avanzar hacia el ansiado récord que parecía imposible.

Finalmente llegó el 6 de septiembre y el récord de Gehrig quedó atrás, ubicando a Ripken en una dimensión heroica indiscutible que le hizo mucho bien al beisbol en un momento en el que fue tan cuestionado.

“Gracias por salvar el beisbol”-leímos en una pancarta del Oriole Park Camden Yard.

Pasaron dos temporadas más hasta que llegó a su tope, 2.632 juegos en fila. Con dolores musculares, de cabeza, cuello, gastritis, molestias que todos padecemos, etcétera…nada lo desanimaba para entrar al campo.

Después de cortar la racha confesó que se aburrió muchísimo.

En su primera postulación ingresó al Salón de la Fama con el 98 por ciento de los votos, cosa que algunos jamás entenderemos ¿en qué habrían estado pensando los que no votaron por él?

Puedo dar fe de que es un hombre afable que siempre entendió que debía ser gentil con los fanáticos, dedicaba horas a firmar autógrafos, en primavera y en la campaña regular y siempre tuvo una sensibilidad especial con los más pequeños.

Ahora tiene una escuela de beisbol y ha escrito varios libros, el último salió hoy al mercado, es una novela llamada “HOTHEAD” que publica con Disney company y que me ha servido hoy de excusa para hablar de él.

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Espero tener la fortuna de conversar al menos una vez  con Cal Ripken. Una vez vi un documental de su historia en A&E, cuando aún no se había retirado pero había cerrado la marca y la idea que me quedó fue que Ripken era un  jugador de esos de antes, un romántico del beisbol, un “oldfashion boy”.

Desde que llegó a las Mayores en 1981 con el equipo de mis amores, Orioles de Baltimore, he seguido su  trayectoria simplemente porque soy fanática de los oropéndolas, así que digamos que Ripken llegó a mi vida en ese paquete.

Como he contado ya, comencé a seguir a Baltimore en los setentas y terminé de inscribirlos en mi corazón en la Serie Mundial de 1979, la que perdimos con los Piratas de “La Cobra” y Ken Tekulve, magallaneros, y que fue amenizada por “Sisters Sledge” y el clásico de la música disco: “We are family”

Cal Ripken junior llegó debutó en 1981 y en 1982 cuando sorprendió con su actuación de 28 jonrones y 93 empujadas, lo que le valió el premio “Jackie Robinson” como Novato del Año, era un solvente campocorto y además podía batear.

Cuando inició la racha el 30 de mayo 1982 nadie, creo que ni él, imaginó que comenzaba la racha  que llegaría hasta el 20 de septiembre de 1998, cuando su nombre no apareció en la alineación después de  2.632 juegos seguidos.

En 1983, los Orioles llegaron a la Serie Mundial y le ganaron en cinco juegos a los Filis de Filadelfia de Baudilio Díaz y sus compañeros Pete Rose , Tony Pérez y Joe Morgan, piezas clave en el engranaje de la Gran Maquinaria Roja de Cincinnati, en ese momento cuáqueros y nada menos que Mike Schmidt, uno de los mejores antesalistas del beisbol, además de gran bateador exaltado al Salón de la Fama en el año 2000.

Se decía que la serie sería pareja, pero el pitcheo de Baltimore fue superior y sus bates los más oportunos.

Jim Palmer era un guapo veterano que seguía tirando strikes igual que Mike Flanagan. Deslumbraba Mike Bodicker con su control y Stom Davies, Scout Mc Greggor, Sammy Stewart y Tippy Martínez componían un eficiente cuerpo monticular,

Sus bates eran oportunos. Los Orioles tenían al catcher Rick Dempsey, ganador del Más valioso de la Serie, quien además era conocido por la afición caraquista, ya que a mediados de los setenta vino a Venezuela con los Leones,  destacaban Jim Dyer y John Lowenstein y además de Ripken, otro joven ya había iniciado su recorrido a la inmortalidad, su nombre: Eddie Murray, quien conectó dos jonrones en el quinto y último juego.

Ripken llegaba a un equipo de abolengo, debía calzar aquellos spikes, que nadie olvide que en esa pradera corta estuvo otro short stop inmortal llamado Luís Ernesto Aparicio Montiel.

Pronto se convirtió en el “pelotero franquicia” y el récord, sin aspavientos, seguía avanzando mientras Cal Ripken se lucía en el campo corto, bateaba y además era un “buen muchacho” de Maryland.

Aunque bateó 3.184 hits y conectó 431 jonrones, Ripken fue sobre todo un campo corto estelar. Junto a Omar Vizquel tiene el récord de menos errores en una campaña con tres, ganó dos Guantes Oro, 1991 y 1992 y después vino la hegemonía  por 9 años al hilo del torpedero caraqueño.

Cal Ripken fue un brillante infielder que jugó la mayor parte de su carrera en el short stop, aunque cuando se retiró defendía la antesala, que  pertenece al selecto club de quienes han bateado 2 mil hits y con un récord que parece irrompible como el de los juegos consecutivos, pero eso no es todo.

En 1994 luego de pasar media temporada en verdadero pleito entre los propietarios de los equipos y el sindicato de los jugadores de beisbol que dirigía Don Fehr, el 13 de agosto se anunció que al no llegar a un acuerdo en el tema del tome salarial, los peloteros habían decidido hacer un huelga.

Fueron días muy oscuros para el beisbol. Quedó al descubierto algo que los fanáticos no queríamos saber: que el beisbol también es un negocio y es así desde la primera vez que se cobró por dejar ver a dos equipos enfrentarse en un viejo terreno de Nueva York.

Era duro aceptar aquella huelga de estrellas del beisbol, el salario de un jugador en una temporada la mayoría de nosotros no la reunimos en un año, varios años o nunca en la vida.

Unos millonarios se pelearon con otros más millonarios y los fanáticos nos quedamos sin algo tan importante como nuestra más entrañable diversión.

Al año siguiente, cuando volvieron a los estadios después de una decisión de la juez Soto Mayor, hoy en la Suprema Corte, los fanáticos dieron la bienvenida a los huelguistas lanzándoles monedas, billetes, abucheándolos, llevando todo tipo de letreros para hacerles saber el disgusto.

“Es nuestro juego” decían algunas pancartas, aunque la mayoría era más directa: “AVAROS”.

La sensación de muchos era que esos hombres sólo estaban ahí por dinero, pero apareció Cal Ripken.

Cuando comenzó la temporada de 1996, la seguidilla que hasta entonces conocían los fanáticos de Baltimore y otros interesados, se convirtió en noticia, Cal Ripken, quien fue Novato del Año, ganador de dos Guantes de Oro, eterno invitado al Juego de las Estrellas, hombre de familia, esposo y padre ejemplar, de conducta intachable y amable con todos, incluyendo los periodistas, podía dejar atrás el impresionante record del “Iron Horse” Lou Gehrig.

Durante toda esa temporada los estadios donde jugaban los Orioles se llenaban de aficionados que querían verlo avanzar hacia el ansiado récord que parecía imposible.

Finalmente llegó el 6 de septiembre y el récord de Gehrig quedó atrás, ubicando a Ripken en una dimensión heroica indiscutible que le hizo mucho bien al beisbol en un momento en el que fue tan cuestionado.

“Gracias por salvar el beisbol”-leímos en una pancarta del Oriole Park Camden Yard.

Pasaron dos temporadas más hasta que llegó a su tope, 2.632 juegos en fila. Con dolores musculares, de cabeza, cuello, gastritis, molestias que todos padecemos, etcétera…nada lo desanimaba para entrar al campo.

Después de cortar la racha confesó que se aburrió muchísimo.

En su primera postulación ingresó al Salón de la Fama con el 98 por ciento de los votos, cosa que algunos jamás entenderemos ¿en qué habrían estado pensando los que no votaron por él?

Puedo dar fe de que es un hombre afable que siempre entendió que debía ser gentil con los fanáticos, dedicaba horas a firmar autógrafos, en primavera y en la campaña regular y siempre tuvo una sensibilidad especial con los más pequeños.

Ahora tiene una escuela de beisbol y ha escrito varios libros, el último salió hoy al mercado, es una novela llamada “HOTHEAD” que publica con Disney company y que me ha servido hoy de excusa para hablar de él.

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