Todo el mundo sabe que el gobierno del madurocabellismo dista mucho de ser un ente homogéneo. La cacareada “unidad interna” del oficialismo no pasa de ser un cuento de hadas, solo útil para la propaganda y para convencer a los tontos y distraÃdos. Existe una tendencia que podrÃa calificarse de más “civilista”, que defiende los postulados de su modelo de dominación pero en el marco de reglas democráticas mÃnimas, y otro sector más militarista (no exclusivamente militar) que no compra la tesis de la solución polÃtica a la actual crisis.
Ambas tendencias están en la práctica enfrentadas, lo cual es una de las razones que explica tanto la parálisis del Gobierno en términos de rendimiento, como el discurso aparentemente esquizofrénico de Maduro, quien pasa de moderado a radical en cuestión de minutos, porque tiene que estar “tirándole algo” a 2 sectores antagónicos pero a ninguno de los cuales puede descuidar, so pena de poner la estabilidad de su régimen en alto riesgo.
Esto es muy distinto, tanto en naturaleza como en comportamiento, de lo que sucede en la acera de la oposición venezolana. A pesar de las legÃtimas y esperables discusiones que existen a lo interno, ellas difieren no en el qué de la lucha sino en el cómo llevarla adelante.
Ninguna de las distintas perspectivas de la alternativa democrática, por ejemplo, ha planteado salidas violentas o extraconstitucionales. Quienes hayan asomado tan terrible como estúpida idea no pertenecen ni se identifican con la verdadera oposición venezolana organizada. Hay diferencias en la lectura de la coyuntura, en el diagnóstico de la situación, en las actividades necesarias y en los tiempos. Pero más allá de la pugna normal entre tendencias, la oposición –como un todo- parece estar entrando en un proceso de redefiniciones, donde se está entendiendo cada vez más la importancia de conquistar el paÃs antes de conquistar el poder, la necesidad de transformar el enorme e innegable descontento social en fuerza y apoyo polÃtico a la alternativa del cambio democrático.
En esta etapa de redefiniciones, mucha gente en la calle, incluyendo algunos dirigentes de la oposición, se preguntan: ¿y qué hacemos? Sin embargo, puede que esa pregunta no sea la correcta. De hecho, una cosa es preguntar qué podemos hacer y otra cuál es el objetivo, qué es lo que se quiere lograr. La primera pregunta lleva simplemente a elaborar una lista desordenada de acciones, muchas de las cuales pueden no tener el impacto deseado. En cambio, la segunda implica una estrategia, donde las acciones que de ella se deriven persiguen de manera ordenada y sistemática la obtención de un objetivo.
El objetivo último de la alternativa democrática es, sin ambages, cambiar de Gobierno y cambiar de modelo en la primera oportunidad que sea polÃticamente posible. Pero para que ello sea viable, hay un objetivo previo que es producir un cambio polÃtico. Pero, contrario a lo que algunos puedan pensar, no se trata de esperar llegar al Gobierno para que ocurra el cambio polÃtico. Se trata de construir el cambio polÃtico para que sea inevitable llegar al Gobierno.
El gobierno del madurocabellismo está agotado y además es malo como ninguno de sus antecesores. Pero eso no es suficiente para que se despida del poder. Hay que reemplazarlo a través de un cambio polÃtico, que comienza no solo cuando la gente está insatisfecha y en desacuerdo con el rumbo de la nación (lo cual ya está ocurriendo), o cuando está molesta con la forma como el régimen dirige el paÃs (lo cual también está ocurriendo), sino cuando siente y se convence que cuenta con otra opción polÃtica que sufre con ella, le ayuda, le conoce, es a ella a quien le habla, y la percibe como suya, porque le defiende de los ataques de un gobierno explotador e insensible. Construir progresivamente ese cambio en la población es el reto que nos queda por asumir, el camino que hay que recorrer, para que sea indetenible e inevitable la superación del actual modelo de dominio.
¿Cuál es el gran reto hoy por hoy de la oposición? Que la gente sufra menos, acompañarla en desarrollar estrategias para que padezca menos, ayudarla a defenderse del Gobierno y, en último caso, que entienda que su sufrimiento no es por casualidad sino que está asociado a las polÃticas y acciones de un gobierno indolente, solo preocupado en la conservación del poder y sus propios beneficios.
Que la gente sufra menos pasa por construir junto con el pueblo alternativas creÃbles y viables para superar la crisis, acompañar a la gente en sus demandas y luchas cotidianas, plantear desde todos los frentes propuestas (leyes, iniciativas, acuerdos) que sirvan para aminorar el enorme sufrimiento popular.
Cuando la gran mayorÃa de la población esté convencida que tiene una oposición que la defienda y cuya labor principal en la crisis es que el pueblo sufra menos, ese cambio polÃtico hará indetenible un cambio de Gobierno. Lo demás es sólo cuestión de tiempo. Pero sin eso, el tiempo puede ser muy largo.
Angel Oropeza
@angeloropeza182




