¿A quién se le ocurre que el Gobierno puede decidir lo que el pueblo puede comer o comprar?
En vez de andar anunciando tarjetas de racionamiento, Nicolás y Cilia deberÃan tener la valentÃa de desenchufarse y salir a hacer mercado, como lo hacen diariamente miles y miles de familias venezolanas. Si asà lo hicieran, entenderÃan el drama que representa no conseguir leche, harina de maÃz, aceite, café y papel toilette, por mencionar algunos de los “imposibles” de los hogares venezolanos. Y en el interior del paÃs la situación es más dramática. Si Cilia o a quien le toque cocinar en Miraflores no estuvieran llenos de privilegios, tendrÃan que decirle no a Nicolás cuando pida sus tres arepas de desayuno. Tampoco le podrÃan dar empanadas y si pide un sandwich, le tendrÃan que explicar que lo racionan en las panaderÃas: ¡entérate Nicolás!
Y ahora tal como lo habÃamos alertado, el Gobierno confirmó que el único objetivo de la nueva “Tarjeta de racionamiento del siglo XXI” es controlar que pueden y que no pueden comprar los venezolanos en las redes de Mercal, Pdval y Bicentenario. El ministro de Alimentación tuvo los riñones de afirmar que habÃa que calarse las colas para comprar comida porque aquà se hace cola para todo y que no podÃa permitirse que los venezolanos fueran a comprar todos los dÃas. ¿A quién se le ocurre que el Gobierno puede decidir por los venezolanos lo que puede comer o lo que puede comprar cuando lo quiera comprar?
Y como si eso fuera poco, el Gobierno también anunció el aumento de un solo trancazo de los precios de varios productos esenciales que se venden en Mercal. Tal es el caso del arroz que aumenta 18%, la pasta 27%, el aceite 38%, la carne de res 42%, la leche en polvo 52%, la harina de maÃz 53%, el azúcar 74%, el pollo 99% y las caraotas negras 112%. Y para completar el desastre surgen informaciones extraoficiales que el Gobierno estarÃa fomentando el incremento de precios de algunos alimentos regulados sin hacer un anuncio oficial intentando que pase por debajo de la mesa. Está claro que al final será el pueblo el que pague los platos rotos y no nos sorprenda que inventen un nuevo show contra empresas privadas desconociendo esos supuestos “acuerdos” para dejar que suban los precios sin anunciarlos.
La tarjeta de racionamiento, sin importar los adornos que le pongan para disfrazarla, es el reconocimiento del fracaso de un modelo que no produce lo suficiente para sus ciudadanos.
Julio Borges




