La venganza de Tania

venganza

Tiempo atrás escribí algunas cosas sobre Tito Andrónico y sobre la posibilidad de indagar lo jurídico en las obras de Shakespeare. Tito Andrónico no es como Romeo y Julieta. No goza de su fama ni de su romance. Es una tragedia violenta y cruenta, en la que se manifiesta lo más salvaje de nuestra humanidad. Valga una breve referencia: Tito, general romano vencedor de bárbaros, vuelve a Roma, con 21 hijos muertos y 4 vivos. Como prisionera de guerra, lleva consigo a Roma a la Reina de los vencidos, Tamora, al amante de esta, Aaron, y a sus tres hijos. Pero como la tragedia tiene que dar una vuelta, Saturnino, emperador de Roma, toma a la Reina vencida como esposa, quien desde el poder, empieza una venganza sin cuartel contra los hijos de Tito. De allí en adelante, las venganzas van y vienen, incluyendo vejaciones, asesinatos, canibalismo, mutilaciones, que entre matariles dejan con vida a pocos.

La Vendetta, desde las posiciones de poder, desencadena un monstruo incontrolable en el que la imposición de la violencia incluye hasta al mismísimo Emperador, en desconocimiento de las reglas existentes, y de la intrínseca dignidad derivada de esas reglas, que impregnan a la sociedad sometida al Estado de Derecho. Pero cuando la autoridad y el poder abandonan la sujeción a la Ley, el desenfreno y el horror se apoderan de la colectividad, que aborta la convivencia a cambio de la supervivencia y que abona el campo para el ostracismo de los sectores inconvenientes para aquellos en el ejercicio de la venganza, tienen más fuerza. Y si Tania, o Tamora, o como se le quiera llamar, promete y ejecuta una venganza a pesar del derecho, de los procesos, y de todo el aparataje republicano y democrático que procura el reconocimiento de la dignidad de todos, mientras el poder la vitorea, no puede pretenderse otra cosa que una escalada, de ojos por ojos y dientes por dientes.

En aquella oportunidad, llamábamos la atención sobre la propuesta de país que se estaba ofreciendo electoralmente: de la necesidad de reforzar la idea de lo que el Estado de Derecho implica para una verdadera civilidad democrática y contemporánea, y de los peligros subyacentes de menospreciar esas ideas, sin las que avanzar como sociedad parece un imposible. Hoy, no existe la perspectiva electoral, pero vale la descripción comparativa: cuando la omisión saturnina, o la acción de Tamora, se convierten en usos habituales desde lo más alto del poder, se corre el gravísimo riesgo de someterlos a todos a una lucha sin cuartel, en la que no necesariamente vencen los buenos. Porque al vengador en su irracionalidad, la dignidad le trae sin cuidado y pretender desde el patíbulo “justiciero” respuestas ajustadas a derecho, es exigir sumisión a un verdugo sin justificaciones racionales. Es exigirle al condenado la negación de sí mismo y de toda su humanidad.

Lo había avisado el teniente. El muro de contención ya no existe. Lo que no se sabe es si él, Tania, y los vengadores, tienen una idea de las consecuencias de la avalancha. Tito Andrónico es, como bien se sabe, una tragedia.

Miguel Weil Di Miele

@weilmiguel

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Tiempo atrás escribí algunas cosas sobre Tito Andrónico y sobre la posibilidad de indagar lo jurídico en las obras de Shakespeare. Tito Andrónico no es como Romeo y Julieta. No goza de su fama ni de su romance. Es una tragedia violenta y cruenta, en la que se manifiesta lo más salvaje de nuestra humanidad. Valga una breve referencia: Tito, general romano vencedor de bárbaros, vuelve a Roma, con 21 hijos muertos y 4 vivos. Como prisionera de guerra, lleva consigo a Roma a la Reina de los vencidos, Tamora, al amante de esta, Aaron, y a sus tres hijos. Pero como la tragedia tiene que dar una vuelta, Saturnino, emperador de Roma, toma a la Reina vencida como esposa, quien desde el poder, empieza una venganza sin cuartel contra los hijos de Tito. De allí en adelante, las venganzas van y vienen, incluyendo vejaciones, asesinatos, canibalismo, mutilaciones, que entre matariles dejan con vida a pocos.

La Vendetta, desde las posiciones de poder, desencadena un monstruo incontrolable en el que la imposición de la violencia incluye hasta al mismísimo Emperador, en desconocimiento de las reglas existentes, y de la intrínseca dignidad derivada de esas reglas, que impregnan a la sociedad sometida al Estado de Derecho. Pero cuando la autoridad y el poder abandonan la sujeción a la Ley, el desenfreno y el horror se apoderan de la colectividad, que aborta la convivencia a cambio de la supervivencia y que abona el campo para el ostracismo de los sectores inconvenientes para aquellos en el ejercicio de la venganza, tienen más fuerza. Y si Tania, o Tamora, o como se le quiera llamar, promete y ejecuta una venganza a pesar del derecho, de los procesos, y de todo el aparataje republicano y democrático que procura el reconocimiento de la dignidad de todos, mientras el poder la vitorea, no puede pretenderse otra cosa que una escalada, de ojos por ojos y dientes por dientes.

En aquella oportunidad, llamábamos la atención sobre la propuesta de país que se estaba ofreciendo electoralmente: de la necesidad de reforzar la idea de lo que el Estado de Derecho implica para una verdadera civilidad democrática y contemporánea, y de los peligros subyacentes de menospreciar esas ideas, sin las que avanzar como sociedad parece un imposible. Hoy, no existe la perspectiva electoral, pero vale la descripción comparativa: cuando la omisión saturnina, o la acción de Tamora, se convierten en usos habituales desde lo más alto del poder, se corre el gravísimo riesgo de someterlos a todos a una lucha sin cuartel, en la que no necesariamente vencen los buenos. Porque al vengador en su irracionalidad, la dignidad le trae sin cuidado y pretender desde el patíbulo “justiciero” respuestas ajustadas a derecho, es exigir sumisión a un verdugo sin justificaciones racionales. Es exigirle al condenado la negación de sí mismo y de toda su humanidad.

Lo había avisado el teniente. El muro de contención ya no existe. Lo que no se sabe es si él, Tania, y los vengadores, tienen una idea de las consecuencias de la avalancha. Tito Andrónico es, como bien se sabe, una tragedia.

Miguel Weil Di Miele

@weilmiguel

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