La novela de moda es económica. Macroeconómica. ¿Macronovela? La violencia desmesurada, el delito campante, la irreverencia armada, el show de Rángel Ávalos rodeado de delincuentes que yo no son delincuentes porque ellos mismos dicen que no son delincuentes en un video. Todo eso, es culpa de las telenovelas, de Cabrujas, de Ibsen Martínez, de Leonardo Padrón, que con sus siniestras letras han inoculado la violencia en nuestra sociedad, generando malandros y secuaces y redentores, incluido Rángel Ávalos, me imagino.
Nunca he sido seguidor fervoroso de las telenovelas, aunque alguna que otra he visto por pedazos. Lo sabemos: forman parte de nuestra idiosincrasia, nos guste o no. Aquí se hicieron Abigail, Por Estas Calles, Kassandra, Cristal, Topacio, La Señora de Cárdenas, por nombrar las más viejas, y por las que en el extranjero le preguntan a uno cuando, de una manera u otra, la conversación termina en esa trivialidad. Son casi todas historias de amor, alejadas de la realidad, de esa realidad que día a día nos aburría, y que hoy nos agobia, en nuestro perenne clamor por el entretenimiento de pamplinas. El gobierno, como es habitual, pone un chivo expiatorio para lavar las culpas de su constante omisión. Y como la cuarta república la rayaron de tanto mentarla, y lo propio hicieron imperio gringo o la colonia española, o el imperialismo así en general, ahora, esos muertos y muertos son culpa de Cosita Rica, de Las Juanas, de Kaina. Tacupay es el padre del hampa.
Las telenovelas son, como lo es el entretenimiento en todo el planeta, una herramienta de desahogo, que existe, y están allí, porque como sociedad las hemos demandado constantemente, porque nos gustan, porque el espectáculo es la consigna de nuestra generación. Las ficciones nos deleitan, y el show se cuela en todo, para nuestra satisfacción. Las novelas son nuestro producto, y nuestras conductas difícilmente son consecuencia de aquellos guiones. Viviríamos en un país lleno de mujeres absurdamente voluptuosas, maquilladas todas (desde que se despiertan) de hombres todos de gimnasio, de amores imposibles, de amnesias y parálisis, de amantes incestuosos, de finales felices. La intensidad emocional sería insufrible, como para ocuparse uno de Cadivi, de devaluaciones, de escasez, etcétera, dramas cotidianos achacables a, quien sabe, Vampi. Quizás la conspiración es precisamente esa: el gobierno pretende sumirnos a una vida de novela, a una ficción absurda e irreal, como de televisión, olvidar la realidad, pensar mirando al horizonte con indiferencia como Carlos Mata o como Guillermo Dávila. Convertir a toda la patria en una macronovela, con su protagonista y arranca el narrador ese de Venevisión de voz trágica: “que ha de luchar contra (música) panpanpanpaann, la especulación, el acaparamiento, la usura”, todos sustantivos para denominar el mismo problema, pero que cambian al culpable, y sigue el narrador “junto a su primera combatienta y su archienemigo que se hace pasar por amigo, gordito y querrrequerre, un teniente. No te lo pierdas, esta noche, en el siglo XXI”. Quizás el despelote cuadre mejor en narco novela. Lo que preocupa es que en la telenovela, mientras más audiencia, más la alargan. Ojalá fuera todo, una ficción, incluido, Rángel Ávalos.
Miguel E. Weil Di Miele




