Sumida en una profunda crisis, la economía venezolana transita caminos tan espinosos que ya nadie se pregunta si hace falta una nueva devaluación del bolívar, sino cuándo ocurrirá.
Los índices macroeconómicos del país demuestran que el gobierno del presidente Nicolás Maduro, presa de un control de cambio que ya cumple 11 años, no podrá sostener por mucho tiempo un ‘triple precio’ del dólar oficial (6,3 bolívares, que se utiliza para importar bienes esenciales; 11,6 y 50) cuando el dólar en el mercado negro se transa entre 75 y 80 bolívares.
La última devaluación ‘parcial’ promovida por el Gobierno ocurrió en marzo de este año, cuando creó la plataforma Sicad 2, con la que prometió que ofrecería mayor cantidad de dólares a un precio más alto –el que ronda los 50 bolívares– para tratar de cerrar la brecha de su deuda (que asciende a 122.300 millones de dólares, según el banco central) y destrabar el acceso a la moneda extranjera, vital para la economía venezolana, que importa entre 60 y 70 por ciento de lo que consume y poco más de 50 por ciento de lo que necesita para manufactura.
Sin embargo, el presidente Nicolás Maduro admitió que ese sistema “no ha venido funcionando tan bien como es necesario (…) Yo diría que del 1 al 10, está en 2”.
El mandatario esperaba que los privados “salieran al ruedo” y ofrecieran también dólares a esa tasa, pero la empresa privada esperaba acceso a más divisas y el pago de las deudas pendientes, algo que apenas ha ocurrido y que evidencia la falta de recursos del Estado.
El año pasado, Venezuela apenas expandió su Producto Interno (PIB) en 1,3 por ciento y tiene un enorme gasto público debido, en gran parte, al subsidio de un precio irreal del dólar de 6,3 u 11,6 y de otros productos como la gasolina, que solo el año pasado representó para el Estado un peso de más de 12.500 millones de dólares.
El estancamiento económico incluye al aparato productivo. La falta de divisas ha impedido la importación de todo tipo de partes, insumos y piezas, haciendo que sectores como la industria automotriz redujeran su producción en más de 80 por ciento con respecto al año pasado; la producción de carne y leche apenas alcanza 20 por ciento del consumo nacional –según la Federación Nacional de Ganaderos–, y la participación del sector manufacturero se ha contraído 1,7 en el PIB, por solo citar algunos casos.
Las consecuencias están a la vista. El índice de escasez supera el 30 por ciento, y algunos alimentos fundamentales como la leche en polvo están ausentes en 98 por ciento de los mercados del país, lo mismo que la leche líquida y las compotas de frutas.
El pollo, la harina de trigo y de maíz, la margarina y el aceite también están desaparecidos de los anaqueles. No hay repuestos para carros, sobre todo baterías, y apenas se consiguen medicinas (sobre todo para enfermedades graves), reactivos farmacológicos, ropa, zapatos y pasajes aéreos.
Los precios en estos tres últimos sectores, cuando se consiguen, han aumentado más de 300 por ciento en los últimos dos meses. En lo que va de 2014, la inflación ha aumentado 23 por ciento.
La principal asociación de empresas venezolanas, Fedecámaras, que sostuvo algunas conversaciones con el gobierno para salir de la crisis, declaró en la voz de su presidente, Jorge Roig, que cualquier corrección pasa por hacer un ajuste cambiario que sincere el valor del bolívar con respecto al mercado.
“Vayamos adelantando una sola tasa de cambio”, solicitó; “definamos quién va por Sicad 1 (los sectores que reciben dólares a 11,6) y quién va por Sicad 2 (los que reciben a 50), y el resto que libremente compre al dólar paralelo”.
A pesar de todas las advertencias, el presidente Maduro no luce dispuesto a pagar el costo político de una nueva devaluación. La situación económica ha arrastrado su popularidad a un histórico 30 por ciento, el punto más bajo en tiempos de ‘revolución’.




